SANGRE
CUBANA EN LA LIBERACIÓN DE VENEZUELA
A
los Héroes del 3 de enero de 2026
A
la unidad indestructible de los pueblos de Cuba y Venezuela en el Centenario
del Comandante Fidel Castro
Introito
El
patriota cubano José Rafael de las Heras, héroe y mártir de la liberación de
Maracaibo, Venezuela, y la Colombia original, fue el comandante del Batallón
Tiradores que por instrucciones de Rafael Urdaneta acudió a respaldar el
pronunciamiento popular y autónomo de la provincia a favor de la Independencia
el 28 de enero de 1821; tanto así, que al amanecer del día 29 está al frente de
las tropas republicanas que desembarcan provenientes de Gibraltar, como parte
del plan estratégico diseñado por Urdaneta en acuerdo con los revolucionarios
maracaiberos que protagonizaron aquella impecable victoria.
Sobre
este episodio del alzamiento de Maracaibo, nos dice Vicente Lecuna: “Provocado
este movimiento por Urdaneta, el batallón Tiradores enviado por él desde
Trujillo, ocupó la plaza el día siguiente”.
Y
esto fue así, porque tal era la confianza del Libertador en Rafael Urdaneta que,
al momento de acudir al encuentro con Pablo Morillo en Santa Ana de Trujillo
para refrendar el armisticio, previendo cualquier escenario en circunstancias
de guerra, extendió un nombramiento a Urdaneta designándolo General en Jefe de
todos los Ejércitos de la República de Colombia (la original, la grande).
El
maestro Federico Brito Figueroa resumió muy brevemente la primera participación
protagónica de Las Heras en nuestra gesta maracaibera: “El 28 de enero de 1821
Maracaibo se incorporará a Colombia y José Heras, jefe patriota de un
destacamento de Gibraltar, ocupará la ciudad, con lo cual los españoles
considerarán roto el armisticio”.
En
la autocomplaciente Autobiografía del General José Antonio Páez, dándoselas de
escritor el caudillo, nadando entre medias verdades siempre con ventaja para sí
mismo, tuvo la delicadeza de anotar: “La ocupación de Maracaibo por las tropas
de Urdaneta, al mando del teniente coronel José Rafael Heras, que entró en
dicha plaza de acuerdo con su gobernador, el venezolano Francisco Delgado, dio
origen a una protesta por parte del jefe de los realistas; y como no le
contestase Bolívar de una manera satisfactoria, se señaló el 28 de abril para
abrir de nuevo la campaña y comenzar las hostilidades, que se habían suspendido
por el armisticio celebrado el año anterior”.
Evidencia
de que hasta los mezquinos debieron reconocer el mérito combativo del
Comandante Heras.
La
reacción del Capitán General español Miguel de La Torre, fue considerar ese
acto soberano como una violación del armisticio que Bolívar y Morillo
suscribieron en Santa Ana de Trujillo en noviembre de 1820. La posición
bolivariana, sustentada por el jefe militar de la región, General Rafael
Urdaneta Farías, era que se había acudido a dar protección bajo sus armas al
pueblo de Maracaibo según los principios del derecho de gentes, y ante la
inminencia de una retaliación por parte del poder colonial que intentaría
retomar la plaza con despecho por la osadía de haberse independizado. Los meses
siguientes dieron confirmación a esa fundada sospecha.
I
Como
se sabe, las hostilidades se reanudaron el 28 de abril de 1821, resultando la
derrota del ejército monárquico el 24 de junio en la Batalla de Carabobo. Pero
el jefe realista La Torre no capituló ante las fuerzas independientes, sino que
optó por replegarse hacia la fortificada plaza de Puerto Cabello, que sirvió de
refugio al Estado Mayor del empecinado invasor y su reducto bélico.
El
Libertador, en su Parte de Guerra de la Batalla de Carabobo, fechado en
Valencia el 25 de junio de 1821, dejó para la inmortalidad este acápite: “Ayer
se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político la
República de Colombia…De la segunda división no entró en acción más que una
parte del batallón de Tiradores de La Guardia que manda el benemérito
comandante Heras”.
Rafael
Urdaneta, en sus Memorias (muy ignoradas lamentablemente) refiere con emoción
“el eco de las descargas de Tiradores de la Guardia que el bravo Heras condujo
al combate”.
En
su pionero Resumen de Historia de Venezuela, Rafael María Baralt informa cómo
el Batallón de Tiradores (ante el infortunio de Urdaneta que quedó en
Barquisimeto enfermo) estuvo en Carabobo en la Segunda División regida por el
general Cedeño, y relata que “el fogoso Heras” condujo dos compañías del
“Tiradores” al terreno donde resistían con sorprendente firmeza los soldados
enemigos; la acción combinada de Heras y la caballería del “Apure”, hizo que
cedieran al “ataque simultáneo que a la bayoneta le dieron estos cuerpos”.
Vencida
la fuerza realista en Carabobo, ésta no entró a capitulación. Heras persigue
hasta San Felipe al reducto del coronel Juan Tello, y queda operando en
occidente con movimientos en pos de impedir el reacomodo del enemigo hacia
plazas ya liberadas. Desde Puerto Cabello, con apoyo naval, La Torre
envió al General Francisco Tomás Morales a invadir las provincias de Coro y
Maracaibo, donde además de tenerlas cerca por vía marítima, sabía que contaba
aún con algunos apoyos locales que seguían –taimadamente- fieles al poder
colonial. Así llegó un enconado ejército realista a la margen oriental del
Lago, conquistando a sangre y fuego la muy patriótica población de Los Puertos
de Altagracia, donde se ensañó contra toda persona que considerase del bando
bolivariano; de igual forma avanzaron sobre La Rita, Cabimas y Lagunillas,
tomando represalias y apoderándose de los bienes de los lugareños, sobre todo
de las embarcaciones que pronto utilizarían para ir contra Maracaibo.
Morales
decide enviar a Maracaibo dos columnas comandadas por el Coronel Lorenzo
Morillo y el Capitán Juan Ballesteros, mientras él se queda en Altagracia
pendiente de los resultados de la operación para lanzarse con el resto de sus
fuerzas sobre la capital.
Es
válido un paréntesis para mencionar que posterior a la Batalla de Carabobo,
Bolívar visita Maracaibo (30 de agosto al 18 de septiembre) por primera vez,
para celebrar con este pueblo las glorias alcanzadas, y estando en plenos
preparativos para la Campaña del Sur, quiere que Urdaneta sea el primer
Intendente y Comandante General de su tierra natal; así le gira instrucciones a
través del Ministro Pedro Briceño Méndez: “continuará Vuestra Excelencia
sirviendo el departamento que se le ha confiado, cooperando por su parte a la
ejecución de la expedición, haciendo que el Comandante Heras cumpla las
instrucciones que se le han comunicado para vestir, equipar y marchar con los
batallones Vencedor y Tiradores y con el escuadrón de Lanceros de La Guardia.
V. E. tomará todo el interés que acostumbra en hacer que estos cuerpos se
muevan oportunamente por la dirección que se les ha señalado, conforme a las
instrucciones que tiene el Comandante Heras y que V. E. le pedirá para
conocerlas y hacerlas cumplir estrictamente”. (San Carlos de Zulia: septiembre
22 de 1821).
Unos
días antes de esa visita, desde Carora, escribió Bolívar el 19 de agosto al
Teniente Coronel efectivo José Rafael de las Heras, Comandante del Batallón de
Tiradores de la Guardia, para informarle que se “le declaró antigüedad en estos
empleos en 13 de agosto de 1819”; vale decir, que su ascenso tiene validez
desde el arribo de Bolívar a Bogotá tras el triunfo en Boyacá.
Urdaneta,
por su parte, habiendo acudido sin éxito a verse con El Libertador en su patria
chica, navegó en reversa y presuroso a darle alcance en Cúcuta. Los planes
expuestos en la misiva surlaguense cambiaron y el maracaibero tuvo nuevo
destino en Cundinamarca.
Dadas
las escasas reseñas biográficas disponibles, este dato es muy importante para
conocer más de José de las Heras, ya que parece errónea la versión según la
cual había llegado a Venezuela en 1808, incorporándose desde 1810 a la lucha
por la Independencia de Venezuela. Las fuentes consultadas para este ensayo
permiten identificar con mayor verosimilitud que este Las Heras (hubo otro
cubano de nombre José Agustín de las Heras que luchó en la Campaña del Sur
junto a Sucre y Bolívar) nacido en La Habana en 1785, estuvo en España durante
la guerra contra la invasión francesa de 1808 hasta 1814, y de allí –luego de
sortear una sanción por sus ideas liberales- pasó a Estados Unidos hacia
1816-1817 donde entró en contacto con revolucionarios venezolanos que cumplían
misiones diplomáticas y logísticas en apoyo a la campaña de Guayana que
permitió al Libertador instalar la Primera República Bolivariana en Angostura.
Es
por entonces cuando el cubano viaja a enrolarse definitivamente en el Ejército
Libertador en el año de 1818, seguramente entrando por el rosario de islas del
Caribe oriental que conducían a la Guayana liberada; momento en el cual estaba
Rafael Urdaneta ejerciendo de General en Jefe del ejército formado en
Margarita, de la Legión Británica, la columna alemana y demás tropas isleñas,
para obrar sobre las costas de Cumaná, Barcelona y Caracas. Como se puede ver,
la cercanía de Heras a Urdaneta fue el camino que condujo al patriota habanero
a ligarse tan estrechamente a la gesta libertadora en Maracaibo.
II
La
derrota de los realistas en Carabobo, si bien consolidó la independencia, no
significó la aniquilación del ejército enemigo ni mermó el empeño imperial por
retomar el control del país. El reducto de las fuerzas españolas se replegó a
Puerto Cabello y giró movimientos tácticos hacia occidente, donde su clásica
condición marítima le brindaba ciertas posibilidades de maniobra.
En
la Maracaibo independiente desde el 28 de enero de 1821, que eufórica de
victorias y glorias recibió al Libertador por primera vez en agosto de ese año,
se comienzan a escuchar noticias agoreras sobre las acechanzas de La Torre y
Morales que continúan su estúpido afán de dominar Venezuela.
“El
General Clemente se apresura a tomar providencias. El 16 de marzo un Bando
anuncia las medidas a tomar y las causas que le dan origen. La ciudad se pone
en estado de alerta…el jefe realista Francisco Tomás Morales es enviado por el
General La Torre desde Coro para tomar Maracaibo. Marcha sobre Los Puertos de
Altagracia sembrando el terror por donde pasa”, escribe Adolfo Romero Luengo en
su obra Bolívar en el Zulia.
En
los pueblos desde Coro a la costa oriental del lago, la tropa realista dejó una
estela de atrocidades, asesinando a mansalva, saqueando, destruyendo. No
escaparon a sus ruindades las valerosas mujeres que osaron repudiarlos: las
fusiladas Mercedes Alaña en San Félix y Domitila Flores en Los Puertos, y la
torturada Ana María Campos, por nombrar las más conocidas. ¡Qué merecido
homenaje se le ha negado a la mujer revolucionaria que ha dado su vida y su
sangre por la redención de la Patria! (Este Cronista exige que tal deuda sea
honrada).
La
inminencia de la confrontación hace que el 1º de abril se llame a las armas a
la población. La noche del 23 es sabido que el enemigo ha llegado a la orilla
occidental, en el sector denominada La Hoyada. El Batallón Maracaibo acude a
darles frente pero ya los invasores se habían guarecido en predios enmontados
aprovechando la oscuridad. Al amanecer ambos contendores se desplazan por
puntos estratégicos. Los patriotas dirigidos por el General Lino de Clemente
reconocen las ubicaciones del adversario y despliegan sus unidades: piquete de
caballería conducido por el Capitán Rudesindo Oberto, guerrillas al mando de
Ramón Farías, y el Batallón de Tiradores del Coronel José Rafael de las Heras.
La
fuerza invasora sabe moverse en el terreno, ya que su jefe es el maracaibero
Juan Ballesteros, quien además posee relaciones amistosas y ejerce alguna
influencia política en sectores descontentos con la elite que asumió el poder
local en Maracaibo tras su incorporación a la República; entre ellos, el pueblo
de Lagunillas, que apoyó momentáneamente a los realistas. De Clemente (tal vez
haciendo honor de su apellido) ofreció la paz a Ballesteros para evitar
derramamiento de sangre, pero fue en vano, ya éste venía severamente instruido
por sus superiores de actuar con determinación militar.
En
la tarde el combate fue inevitable. Más de una hora de férrea lucha dejó caídos
en el campo de batalla cerca de un centenar de guerreros de ambas tropas, entre
los cuales se contaban nuestros héroes José Rafael de Las Heras, el capitán
Silvestre Ochoa y el teniente José María Guevara, y del enemigo el jefe
realista Ballesteros. Este fue el resultado trágico generado por la arrogancia
de los invasores que no supieron valorar el gesto humanista del Intendente Lino
de Clemente al ofrecerles la paz con un retiro digno y oportuno.
La
columna española desembarcada al sur de Maracaibo, en La Cañada, al mando del
teniente coronel Lorenzo Morillo, marchó sobre Perijá asolando los pueblos que
se hallaban en el camino, particularmente la Villa que fue terriblemente
saqueada. Sin embargo, al enterarse de la derrota de sus pares en los hechos de
Juana de Ávila, Morillo aceptó capitular ante De Clemente, siendo enviados los
rendidos a Cuba.
III
Siguiendo
la línea narrativa del eximio erudito zuliano Vinicio Nava Urribarrí, dilecto
amigo con quien tuvimos el honor -y el placer- de compartir más de dos décadas
de camaradería bolivariana, el General Lino de Clemente, a la sazón intendente
del recién creado Departamento Zulia, movilizó sus tropas hacia la Cañada del
Manglar; “empero, cuando comienza el desembarco de Morillo, recibe la noticia
de una invasión semejante por Bellavista. Entonces, ordena al Coronel José
Rafael de las Heras, ir con el batallón Maracaibo a hacerle frente”.
Se
entabla la refriega en la desembocadura del río Manglar (hoy día conocida como
Cañada Morillo), pero los realistas logran desembarcar en la orilla sur y
retirarse hacia Perijá. Mientras tanto, “la otra columna española saltó a
tierra por el hato de La Hoyada. Su comandante, Ballesteros, busca el lugar
propicio para plantear el combate; y en este afán, penetra en el hato de Juana
de Ávila, haciendo ubicar sus efectivos en ventajosas posiciones, detrás de
cercas de curarire a pique, y de enormes piedras de ojo, usadas como escudos y
mampuestos”.
El
también coautor de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el
talentoso hijo de los Puertos de Altagracia, Vinicio Romero, nos relata cómo el
comandante de Las Heras buscó con afán al invasor, empezando la batalla con “un
formidable asalto. Las tropas del imperio español, se comportan con la mayor
bravura sin poder disparar sus cañones, y a cambio, hacen cerradas descargas de
fusilería. Las detonaciones en medio de una densa nube de humo y polvo, dan
paso a los golpes secos y chirridos de bayonetas, sables y cuchillos.
Ballesteros se crece en audacia y resiste temerariamente el masivo y certero
ataque de los independientes. Se trata de un sangriento combate en que
infantería y caballería pelean en muy poco espacio, levantando demasiada arena
y creando terrible confusión. Esta batalla había comenzado a las tres de la
tarde, y transcurrida media hora, sus contrincantes no cedían campo. En una
segunda etapa de la contienda, Heras, espada en mano se aparta, toma distancia
y se lanza montado sobre su brioso equino, señalando hacia donde se halla el
comandante realista. Quiere concentrar la actividad en el punto de más poder de
fuego, con la mala fortuna, de que su caballo enreda sus extremidades en una
trinchera, causa de que el bizarro prócer saliera proyectado contra una
gigantesca piedra, inmolando allí mismo su vida”.
Los
nombres de Manuel León, héroes casi anónimos Paredes y Ochoa, los hermanos
Carlos, Bruno y Fermín Mas y Rubí, que siguieron comandando con valentía tras
la caída de su jefe ejemplar Las Heras, deberían adornar los podios escolares
para que nuestra infancia se nutra de la savia de aquellos que “convertidos en
titanes” derrotaron las pretensiones de los que osaron venir a reconquistarnos
para ser entregados a intereses extranjeros.
IV
El
enfurecido Francisco Tomás Morales, enterado de la derrota realista en
Maracaibo, se regresó a Puerto Cabello a informar a La Torre, quien no pudo
reprenderlo por tan aplastante revés, puesto que ya tenía instrucciones de
entregarle el cargo de Capitán General de España en Venezuela.
Embestido
de mayores poderes, Morales se plantea volver sobre su apetecida plaza:
Maracaibo. Desea vengarse del pueblo que lo acaba de poner en fuga. Navega con
su ejército hacia la península Guajira, desembarcando en las arenas gualdas de
Cojoro. Habrá combates en Sinamaica, y aunque triunfan los patriotas, los
invasores continúan su paso hasta la entrada norte de Maracaibo, dándose otra
lucha en Salina Rica, que permite a Morales retomar la ciudad.
Los
patriotas rescatarán al Zulia en la Batalla Naval del Lago, y el mismo Morales
firmará su Capitulación el 3 de agosto de 1823, quedando la Patria libre para
siempre.
Como
recuerdo de esta gloriosa Batalla de Juana de Ávila, ganada por el heroísmo del
Comandante José de las Heras y sus soldados el 24 de abril de 1822, permanece
en terrenos de La Universidad del Zulia la piedra de ojo que fue testigo de
este capítulo de la Independencia de Venezuela y Suramérica.
V
Bolívar
y Cuba
La
ola bolivariana no dejó orilla del Mar Caribe sin bañar con sus espumas
libertarias. La isla de Cuba fue de las primeras regiones americanas que supo
de los esfuerzos independentistas. “Dos venezolanos, Juan Jorge Peoli y su
esposa Socorro Mancebo, laboraron arduamente en propagar las ideas bolivarianas
en Cuba. Tanto el comerciante Peoli como Socorro Mancebo sostuvieron
correspondencia con el Libertador y sufragaron con su dinero las compras de
armamentos para la insurrección que se preparaba (en Cuba) en 1823. Socorro
Mancebo estaba unida por lazos familiares a la cubana Inés Mancebo, radicada en
Venezuela. La antillana había alimentado con su leche materna a Bolívar durante
su infancia”. (Francisco Pérez Guzmán, 1988)
En
esa Cuba a la que se aferró el colonialismo español hasta sus agónicos
epílogos, se debatían los extremos de dos bandos en irreconciliable contienda:
el bloque de poder constituido por el ejército realista derrotado en las plazas
continentales pero campante en la isla junto a la oligarquía colonial que
sojuzgaba al pueblo cubano, versus los sectores patrióticos nacionales unidos a
personalidades de otros países latinoamericanos allí radicados. Ya desde
finales de 1819, la armada venezolana formada en el primer gobierno de Simón
Bolívar en Angostura, pasó por costas cubanas en el puerto de Manzanillo. El
ecuatoriano Vicente Rocafuerte (que luego fue Presidente de Ecuador), el
argentino José Antonio Miralla, el cartagenero José Fernández Madrid, entre otros,
difundieron las informaciones que traían de tierra firme sobre la lucha
emancipadora, y ayudaron a gestar el movimiento independentista cubano.
En
su obra Bolívar y la Independencia de Cuba (1988), Pérez Guzmán demuestra el
interés permanente del Libertador por la liberación de Cuba y Puerto Rico, y la
inspiración que despertó en el pueblo cubano el ejemplo bolivariano: “La labor
realizada en La Habana por los revolucionarios del continente fue muy
meritoria. Desde el prisma histórico, trajeron a Cuba la solidaridad
hispanoamericana y contribuyeron a formar la conciencia de la nacionalidad en
un sector de la población. Difundieron la verdadera imagen y el pensamiento de
Simón Bolívar cuando el Gobierno colonial de Cuba se esforzaba por detractarlo.
Y sobre la levadura bolivariana construyeron los cimientos de la gigantesca
conspiración que, conocida después como Soles y Rayos de Bolívar, pasó a ser la
organización política más temida por el poder colonial durante el primer cuarto
del siglo XIX cubano”.
A
este movimiento bolivariano cubano lo calificó el fiscal acusador Francisco
Hernández de La Hoya, en el juicio que se les siguió una vez capturados, como
“jóvenes irreflexivos e incautos y candorosos campesinos”. Uno de esos “jóvenes
irreflexivos” fue el poeta José María Heredia, autor de estos magníficos versos
que hablan de la irreversible determinación cubana de alcanzar la
independencia: “Cuba al fin te verás libre y pura/ como el aire de luz que
respiras/ cual las hondas hirvientes que miras/ de tus playas la arena besar/.
Aunque viles traidores le sirvan/ del tirano es inútil la saña/ que no en vano
entre Cuba y España/ tiende inmenso sus olas el mar”. (Historia de Cuba por
Torres-Cuevas y Loyola Vega)
Uno
de los líderes fundacionales de Soles y Rayos de Bolívar, el rico habanero José
Francisco Lemus, se había entrevistado con Pedro Gual y Lino de Clemente en
Estados Unidos en 1817, habiéndole sido otorgado por estos emisarios de Bolívar
el grado de Coronel del Ejército Libertador. Una vez más aparece Maracaibo como
punto de intersección de la causa emancipadora de Cuba, por la relación de
Lemus con Clemente, quien sería el primer Intendente oficial del Departamento
Zulia con sede en la ciudad lacustre. Y no son casuales ni el año ni el lugar
de ese encuentro, puesto que los dos venezolanos se hallaban en plena ejecución
del plan bolivariano para liberar la isla Amelia en las Floridas españolas, muy
cerca de Cuba, punto clave en el control de la navegación por el Caribe. Allí
fue donde se fundó la efímera República de Las Floridas, luego anexada por el
engendro imperialista en los umbrales de la gestión Monroe. Es que los
intereses de Estados Unidos siempre han sido contrarios a los de Venezuela,
Cuba y los pueblos soberanos de Nuestra América.
El
historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy, maestro de la Historia de Nuestra
América y autor de obras antológicas de prestigio internacional, destaca que
“la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, preparada para sublevar la
Isla el 17 de agosto de 1823, se nutrió con elementos de las capas medias y
trabajadores humildes, así como de algunos emigrados latinoamericanos
residentes en la isla, entre ellos…Miralla, Vidaurre, Fernández Madrid y el
comerciante venezolano Juan Jorge Peoli –quien se dice financiaba la
conspiración con letras giradas por Bolívar, con quien además se carteaba-, el
guayaquileño Vicente Rocafuerte y el joven granadino Manuel Ancízar que actuaba
de Secretario”.
Esos
días Rocafuerte está en Filadelfia reunido con el Embajador José María Salazar
y el Cónsul General del gobierno bolivariano Leandro Palacios, primo del
Libertador, quienes llevan la misión de motivarlo a retomar la causa de Cuba
participando en una expedición libertadora por iniciativa del Gobierno de
Colombia. En algunos testimonios Rocafuerte comenta que los diplomáticos venían
muy entusiasmados por la victoria del “joven General Manrique” que “ha expedido
de Maracaibo al Coronel Morales (se refiere al Capitán General que ha
capitulado) y a todas las tropas españolas”.
Y
a esa triunfante Maracaibo de Manrique la emprendió Rocafuerte a buscar la
fuerza combativa para liberar Cuba, tarea en la cual ya trabajaba el general
puertorriqueño Antonio Valero, y para la cual estaba muy ganado el
“joven General Manrique”, quien, en el esplendor de su brillante carrera,
enfermó súbitamente y murió en Maracaibo el 30 de noviembre de 1823, a la edad
de 30 años.
Sin
duda, la terrible animadversión de la elite colonial cubana contra el ideal
bolivariano que iluminaba a los patriotas de la isla, tenía un aliciente muy
fuerte en el compromiso antiesclavista del proyecto de sociedad encarnado por
El Libertador, y más aún, a la simpatía que cosechara por la Revolución
Haitiana y por su amigo y protector el Presidente Petion. Este significativo
detalle causaba pavor en la clase terrateniente y traficantes de esclavos que
dominaban la sociedad cubana.
Hay
que precisar dos aspectos claves en el papel jugado por Cuba bajo control del
gobierno colonial: uno, que la isla iba quedando como residuo militar de aquel
Imperio, sirviendo de bisagra marítima en la estrategia de guerra como puerto
de abastecimiento y traslado de tropas; dos, que la elite económica isleña fue
adquiriendo privilegios de la Corona en razón de mantenerla adicta a la
monarquía, logrando prebendas antes inconcebibles como la propiedad de la
tierra, la exoneración de aranceles, la libertad de negociar con otros
mercados, y el sostenimiento del lucrativo negocio esclavista.
Por
eso desde Cuba se aplicó con rigor el bloqueo temprano decretado por España
primero contra Venezuela y luego contra Colombia toda, se aportaron ingentes
recursos para las sucesivas invasiones bélicas organizadas contra las fuerzas
independentistas, se desplegó un aparato de espionaje en toda la región
caribeña, y se propagó toda clase de campañas difamadoras contra Bolívar y sus
compañeros.
José
Agustín Arango siguió a Bolívar hasta Lima y allí hablaron de la liberación de
Cuba. En dicha plática recordaron al héroe caído en Maracaibo, Coronel José
Rafael Heras, a quien Bolívar elogió en la Batalla de Carabobo, donde el cubano
aprovechó la ocasión de requerirle al Libertador no olvidar hacer esfuerzos
para liberar a su oprimida patria insular.
José
Aniceto Iznaga se entrevista con Bolívar en Caracas en febrero de 1827 y
mantienen contacto directo hasta marzo intentando generar alguna posibilidad de
incursión patriótica hacia Cuba. No se logra, pero queda latente el compromiso.
Pérez
Guzmán cita un testimonio de José Aniceto Iznaga, publicado en la capital
cubana en julio de 1900 con el llamativo título “Peregrinación de un insurrecto
de antaño”, donde se señala que “el teniente coronel José Rafael Heras nació en
La Habana. Durante la invasión napoleónica prestó servicios militares al lado
del pueblo español. En 1821, en Venezuela, era jefe del batallón de Tiradores
en la provincia de Trujillo. En la batalla decisiva de Carabobo en 1821, tuvo
una destacada participación. Condujo a dos compañías de Tiradores cuando el
batallón de Apure comenzó a arremolinarse y los ingleses fueron en su ayuda.
Simón Bolívar le profesaba admiración y entre el habanero y el Libertador
siempre existió una excelente amistad, nacida en medio de los combates por la
Independencia”.
Junto
al nombre de Rafael Urdaneta y Manuel Manrique, deben brillar los nombres de
José Rafael de las Heras y demás patriotas cubanos que ofrendaron sus vidas por
la liberación del continente, que son y serán, como lo fueron para Martí, musa
de inspiración raigal de la inmarcesible causa bolivariana.
Yldefonso
Finol

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