Socialismo
y Federación
Cualquier
debate que se nos presente sobre el dilema centralismo o regionalismo, debemos
resolverlo a la luz de la concepción revolucionaria de la historia. Dejemos
sentado de una vez, que la contradicción fundamental de nuestro tiempo no es
centralismo-federación, ese es un asunto de forma, de arquitectura burocrática,
de método administrativo. Lo cual no quiere decir que no sea importante. En
ello se juega gran parte de la posibilidad de alcanzar la eficacia política y
el buen gobierno en nuestro país.
La
contradicción fundamental de nuestro tiempo es imperialismo o socialismo, que
en lo interno se traduce en el conflicto revolución o reacción capitalista. A
los revolucionarios nos interesa con carácter prioritario transformar la
estructura socioeconómica, que es lo esencial, y para ello, debemos controlar y
preservar el poder político. Puede ocurrir que esta condición, nos exija
aplicar una metodología administrativa centralista o federal descentralizada,
según sea el caso, porque cada realidad tiene sus particularidades.
En el
caso cubano, tratándose de un país con un territorio pequeño, con una economía
modesta y escasas posibilidades de obtener ingresos fiscales, además, asediado
por la amenaza constante de una intervención militar imperialista, es obvia la
necesidad de centralizar la administración pública. Más aún, estatizar y
socializar la mayor parte de la actividad productiva ha sido vital para la
sobrevivencia de la Revolución. Ello ha significado, entre otras consecuencias
–y pese al enorme esfuerzo que hace el Gobierno Revolucionario de atender toda
la población en todo el territorio- el éxodo de cientos de miles de personas
del interior hacia la capital, llegándose al punto que hoy La Habana representa
la mitad de la estadística demográfica, y hasta han tenido que implementarse
severas ordenanzas para tratar de frenar ese fenómeno que parece no detenerse.
La descentralización emerge en nuestro país como un paliativo de forma en el
régimen oligárquico, atendiendo la ola reformista que sobrevino tras la
insurrección popular del 27 de febrero de 1989.
A la
luz de las ideas neoliberales que predominaban en el ambiente político y
económico continental, el proceso descentralizador favorecía la estrategia
imperialista de desmantelar los Estados y privilegiar la tendencia
privatizadora de los servicios públicos.
Pero,
también debemos aclarar que, la medida adoptada por la clase política como reacción
al “Guarenazo”, obedecía a la intención de manipular el cada vez más creciente
reclamo popular de participación, lo que simultáneamente implicaba la exigencia
de gobiernos cercanos, o, para utilizar un anglicismo citado por Mariategui, la
“idea del self government”.
La
visión del socialismo indoamericano
El
revolucionario peruano José Carlos Mariategui ha sido uno de los pocos que
dedicó esfuerzos teóricos a este tema. En uno de sus Siete Ensayos de
Interpretación de la Realidad Peruana, titulado Regionalismo y Centralismo,
Mariategui no duda en sentenciar que “uno de los vicios de nuestra organización
política, es, ciertamente, el centralismo”. Nos habla de un “centralismo
burocrático” y abunda en la situación específica de su país atacando
radicalmente lo que califica como regionalismo gamonalista, que es la
aspiración de las burguesías locales y terratenientes de fortalecer su
hegemonía regional contra los intereses de los más desposeídos, en particular,
de la población indígena, sin tierra ni poder político. Este “regionalismo”,
busca reproducir herencias feudales de dominación.
Los
señores feudales de nuevo cuño, usan demagógicamente el discurso de la
descentralización, siempre que sirva a sus intereses económicos. El centralismo
los utiliza como punta de lanza de la oligarquía dominante y éstos se prestan
al juego por las migajas que les tocan.
En la
Venezuela dominada por el centralismo oligárquico, desde Gómez hasta los
gobiernos del Pacto de Punto Fijo, hubo esos feudos regionales con los
militares Presidentes de Estado que ponía a dedo el caudillo tachirense o los
delegados políticos de los presidentes de turno de AD y COPEI que dominaban a
su antojo la vida de los estados. Recordemos los tristemente célebres feudos de
los Celi en Carabobo, Sánchez Verdú en Miranda, Ildemaro Villasmil en Falcón y
los “Bachacos” en el Zulia con el todopoderoso Américo Araujo a la cabeza.
Es la
práctica que han pretendido repetir algunos gobernadores electos en forma
directa después de las reformas del año 89. Mariategui advierte, sin embargo,
como dato de la realidad, la existencia de “sentimientos regionalistas”, aunque
no se expresen en programas concretos. “Las aspiraciones regionales son
imprecisas; indefinidas, no se concretan en categorías y vigorosas
reivindicaciones”, nos dice.
El
fundador del Partido Socialista del Perú y de la Confederación General de
Trabajadores, traza una visión dialéctica del dilema en cuestión, de la
siguiente manera: “Tienen plena razón las regiones, las provincias, cuando
condenan el centralismo, sus métodos y sus instituciones. Tienen plena razón
cuando denuncian una organización que concentra en la capital la administración
de la República”. Y remata, “pero no tienen razón absolutamente cuando,
engañados por un miraje, creen que la descentralización bastaría para resolver
sus problemas esenciales”.
Como
buen marxista, Mariategui sabe que el mecanismo administrativo es algo formal,
mientras que lo verdaderamente substancial es la formación económica. Nos
aporta además una visión socio-histórica y antropológica original, como casi
toda su obra, en cuanto a la definición de región. “Una región no nace del
estatuto político del Estado. Su biología es más compleja. La región tiene
generalmente raíces más antiguas que la nación misma”. Coincidimos con este
precursor del pensamiento socialista latinoamericano: “Nuestra organización
política y económica necesita ser íntegramente revisada y transformada”.
La
capital colonial-capitalista
Si los
conquistadores españoles que invadieron el territorio de lo que hoy es
Venezuela, hubieran tenido entre sus planes la creación de una gran
civilización, hubiesen fundado sus ciudades principales cerca de los grandes
ríos. Ese nunca fue el objetivo de los que trajeron la espada y la cruz. El
poblamiento colonial de lo que actualmente constituye el territorio nacional de
la República Bolivariana de Venezuela, se hizo pensando en el vínculo con la
metrópoli, por eso la mayor acumulación demográfica se ubica en la zona norte
costera, mientras las zonas de grandes ríos están prácticamente despobladas.
Desde
la creación de la Capitanía General fuimos país puerto. El invasor se establece
frente al mar para desembarcar él mismo y sus importaciones, y para llevarse
toda la riqueza que pueda mientras dure su estadía. Los primeros en llegar ni
siquiera pensaban quedarse en forma permanente. Su sueño era regresar al sitio
de origen convertidos en potentados señores para provocar la admiración de sus
coterráneos y los favores de la Corona.
El
sentido de pertenencia tardó tres siglos en formarse, y aún costó un inmenso
derramamiento de sangre poder zafarse del yugo político-militar de España.
El
proceso de formación de la capitalidad es sin lugar a dudas, imposición
colonial. El centralismo es herencia colonial. La selección del lugar tiene
mucho de azaroso, donde las condiciones climáticas y la cercanía con la costa
terminaron definiendo su establecimiento. Los españoles aborrecían el clima
tropical caribeño al que calificaban de hostil, enfermizo, infernal.
Lógicamente, la benevolente frescura del valle, comparable a una primavera
ibérica, les atrajo a fijar residencia, aunque los negocios ultramarinos se
hiciesen desde La Guaira.
La
oligarquía criolla que toma el poder al finalizar las guerras de independencia,
le da continuidad al modelo centralista de gobierno. El desvanecimiento del
sueño bolivariano de la Colombia original, consumado por la traición de Páez y
Santander, fortaleció el poderío feudal de las rancias oligarquías capitalinas.
Así se fueron delineando las capitales capitalistas dependientes que conocemos
en la actualidad. La sugerencia hecha por El Libertador de diseñar una nueva
capital para aquella Colombia utópica, que estuviera ubicada en un punto
equidistante, como podría ser Maracaibo o una nueva ciudad llamada Bartolomé de
Las Casas, fue una de las cosas que más irritó a las centralistas oligarquías
de Caracas y Bogotá. (De hecho, la oligarquía central venezolana usó el pretexto
del centralismo bogotano para su conspiración antibolivariana junto a Páez).
La
vida republicana, penetrada precozmente por el imperialismo capitalista que
condenó a nuestras naciones a la dependencia y el subdesarrollo, reiteró el
esquema centralista de manera brutal, saqueando las riquezas naturales de todas
las regiones del territorio nacional para satisfacer las apetencias del capital
transnacional y la lacaya burguesía parasitaria. La añeja conexión de la
aristocracia colonial con el imperio español, se reproduce en la nueva
imbricación de la oligarquía criolla con el imperialismo.
El
centralismo oligárquico capitalino es desde siempre, enemigo histórico de la
liberación nacional y el socialismo.
Nuestro
Federalismo
El
federalismo aparece en nuestra historia unido a las luchas populares por
reivindicaciones antioligárquicas. La máxima encarnación de esa unidad
combativa es Ezequiel Zamora, de quien ha dicho su biógrafo Laureano
Villanueva, que “su ambición constante consistía en servir al pueblo… con
ciertas ideas utópicas de socialismo y de igualdad de bienes”.
Zamora
es parte integrante y fundamental del “Árbol de las Tres Raíces” que inspira la
Revolución Venezolana. Junto a Simón Rodríguez y Bolívar, el vencedor de Santa
Inés, aporta el compromiso radical con la justicia social y el ideario de un
gobierno cercano a la gente, antecedente claro del concepto de la democracia
participativa pregonado y practicado por nuestra Revolución. El General de
Hombres Libres nos habla de “igualdad entre los venezolanos; el imperio de las
mayorías; la verdadera República” o “la República genuina” que representa la
federación original del 5 de julio de 1811.
La
autora del libro Las luchas federalistas en Venezuela, Catalina Banko,
caracteriza la gesta zamorana como “una auténtica guerra social orientada a la
lucha contra la opresión de las clases poderosas” y nos recuerda que “la lucha
contra la oligarquía y en favor de la federación se transforma en una guerra
que reedita las acciones heroicas de la emancipación venezolana. Ambos procesos
se sintetizan en la misma causa de la libertad y en la defensa de los derechos
del pueblo”.
Por
eso no es extraño el enorme respaldo popular que fue granjeándose el General
“Cara de Cuchillo” a su paso por las rancherías indígenas, barracones de
esclavos y pueblos paupérrimos de campesinos hambrientos, porque su lucha era
contra el sistema que les mantenía oprimidos. De allí que, en nuestra historia
revolucionaria, hablar de federación es sinónimo de revolución social; lo
supieron muy temprano los oligarcas centralistas que el 4 de mayo de 1859
publicaron un comunicado en el periódico guaireño El Comercio, donde,
escandalizados por las recientes victorias federalistas, los descalificaban
diciendo que “es la guerra del crimen contra la virtud, la tiranía del
comunismo contra el sagrado derecho de propiedad… es lo que hasta hoy nadie
creía pudiese suceder en Venezuela”. (Catalina Banko)
El
caso de la región del Lago de Maracaibo
El
Zulia es una región de esas que Mariategui señala de tener “raíces más antiguas
que la nación misma” y de no nacer “del estatuto político de un Estado”.
Lo es
desde el punto de vista de su biología geográfica. Esta condición viene dada
por la existencia misma del Lago de Maracaibo (14 mil km2). Miremos el mapa y
constatemos que –salvo las dos absurdas disecciones de La Ceiba y Palmarito,
ambas impuestas a la fuerza como castigo por resentidos dictadores
antizulianos- el territorio del actual estado Zulia corresponde a la región
natural del Lago de Maracaibo. Está el Lago como inmenso corazón de agua,
rodeado por la fértil planicie que bañan más de cien ríos y caños, y delimitada
por las serranías que cierran el universo lacustre por oriente (Ciruma), sur
(Andes) y occidente (Perijá). El norte es el mero vientre donde nace el Caribe
con el Golfo de Venezuela (también llamado de Maracaibo hasta el siglo XVII)
entre las penínsulas de Paraguaná y La Guajira.
El
espacio ambiental derivado determina la existencia de una vegetación y una
fauna específicas, así como de fenómenos paisajísticos particulares, tales como
el estuario que se forma del contacto con el mar en el estrecho (hábitat
ancestral de los añú) y las grandes desembocaduras del sur, con las ciénegas de
Juan Manuel de Aguas Blancas y Aguas Negras y el enigmático rayo del Catatumbo.
Esta
región contó con una pluricultural y multilingüe población desde tiempos
inmemoriales. La invasión europea tardó una centuria en enseñorearse y la
resistencia indígena se prolongó hasta la década del sesenta del siglo pasado,
cuando aún los barí se enfrentaban al despojo de sus territorios por parte de
las empresas petroleras y los terratenientes criollos.
La
población colonial no desarrolló desde sus inicios apego a otro centro político
que no fuera España misma. La inestable ocupación por la lucha de los
originarios habitantes y los posteriores devaneos del gobierno imperial, que
desmembró a Maracaibo de Venezuela para fundirlo con Mérida y La Grita, con
sujeción a Santa Fe de Bogotá, van creando paulatinamente la necesidad de la
autosuficiencia frente al distanciamiento de las autoridades coloniales. La
posición geográfica de Maracaibo imposibilitaba ejercer la gobernabilidad desde
cualquiera de los centros políticos implementados por la Colonia.
Paralelamente,
se fue generando una simbiosis cultural diferenciada que tiene aún en el voceo
su más fuerte expresión de resistencia ante la masiva arremetida oficial
centralista de los siglos XIX y XX, que proponían el modelo cultural
llanero-capitalino o andinocapitalino, según la impronta paecista o gomecista,
como estereotipo del ser nacional.
Obviamente,
no es El Zulia la única región del país con rasgos particulares. También lo son
Los Andes, Guayana y La Amazonía, Los Llanos, y el Oriente con su zona insular.
Y esas realidades concretas deben ser tomadas en cuenta por el proyecto
revolucionario.
Regionalismo
y Revolución
Que el
pueblo zuliano haya asumido culturalmente una posición regionalista, es sólo la
consecuencia dialéctica de su proceso histórico y sociocultural. Las gaitas de
Ricardo Aguirre (La Grey Zuliana y Maracaibo Marginada) o Bernardo Bracho
(Cabimas La Cenicienta) en la década del sesenta, recogían ya por entonces, el
sentir de un pueblo que veía salir de su suelo y sudor toda la riqueza que se
dilapidaba en el país, mientras se acumulaban las carencias locales. Luego en
los 70s y 80s, el Padre Cantor Alí Primera nos regaló Perdóneme Tío Juan,
Coquivacoa y Tía Juana, para solidarizarse con esos sentimientos populares; y
aún su infinita generosidad nos legó pos mortem El Lago y su gente, porque sin
Lago no hay puerto ni gente de Maracaibo.
La
razón les asistía a nuestros queridos cultores populares: del Zulia salía el
petróleo que aportaba el 70% de los ingresos fiscales y el 80% de las divisas
que entraban al país; el 75% de la producción de leche y el 60% de la
producción de carne; una tercera parte de los huevos y pollos, y casi todo el
carbón. A cambio, los índices de pobreza sobresalían por encima de la media
nacional. A cambio, en el centro capitalino florecían las grandes autopistas,
mientras la Falcón-Zulia era condenada a ser una carretera rural, a pesar de
estar en Paraguaná la mayor refinería mundial.
Ese
reclamo justo no puede ser estigmatizado para descalificarlo. Porque la
justicia distributiva también debe tomar en cuenta el sacrificio que hace una
región por la grandeza nacional, cuando sus activos naturales se desgastan o
destruyen, como en el caso del Lago de Maracaibo. ¿Acaso no ha sido la
industria petrolera, antes gringa, luego nacionalizada, el gran verdugo del
Lago? ¿O, el fenómeno de la subsidencia en la Costa Oriental del Lago? ¿O, la
canalización del estrecho del Lago que ha producido su brutal salinización?
La
corruptocracia que desgobernó al país en la IV República, decidió en Caracas
clavarle al Lago las torres eléctricas esas que crean peligros innecesarios,
afean el paisaje y asesinan especies típicas de peces y aves migratorias; esas
misma elite centralista decidió entregar las tierras de los indígenas Barí y
Yukpa a las transnacionales del carbón, o, despedían a mansalva trabajadores
petroleros y petroquímicos mientras llenaban las ociosas oficinas de Chuao de
vagos con influencia y privilegios (Los mismos que orquestaron el Golpe
fascista de abril del 2002 y el “paro petrolero”).
Todo
esto ocurrió cuando gobernaron tipos que de pronto mutaron a voceros de una
patraña “secesionista”, con más bulla que cabuya, habiendo sido los más
centralistas de la historia contemporánea. No tengo ninguna duda que detrás de
esa farsa estuvo metida la mano de los Estados Unidos.
Reivindicamos
el verdadero regionalismo. Si cada ciudadano ama y –por tanto-trabaja por su
región, el país gana. No hay nada más desmotivador que la falta de autoestima. Pero
el verdadero regionalismo es patriótico y revolucionario, y, por esencia,
profundamente antiimperialista. Porque regionalismo es nacionalismo; es decir,
“soy orgulloso de provenir de equis región de Mi país”.
Este
regionalismo se nutre de los trabajadores petroleros que en el 36 despertaron
las luchas clasistas en Venezuela. Del primer triunfo socialista en las
elecciones estadales de 1989 cuando le hicieron fraude a Luís Hómez. Del primer
triunfo de una gobernadora mujer con discurso progresista en 1993; de la
primera Rectora de una universidad autónoma (LUZ), mujer honesta y de
izquierda, como Imelda Rincón; del primer triunfo electoral dado por pueblo
alguno de Venezuela a los alzados del 4 de febrero en las elecciones estadales
de 1995.
Y, más
allá, adentrados en la historia, nuestro regionalismo se alimenta de las luchas
de nuestros pueblos indígenas encarnados en la figura de Nigale, ignorado por
la historia y educación oficiales centralistas de la IV República. Porque aquí
en el Lago la guerra de resistencia contra la invasión europea duró más de cien
años, y eso no se enseña en las escuelas. Porque es mentira que el Zulia llegó
tarde a la guerra de independencia. Nuestra resistencia anticolonialista comenzó
desde el primer acercamiento de invasores por el Golfo de Venezuela el 24 de
agosto de 1499. En la Gesta Independentista estuvieron los grupos clandestinos “Hijos
de Maracaibo” desde 1808. Y estuvo, desde los primeros días, el Brillante
patriota Rafael Urdaneta, a quien Bolívar llamó el más leal de sus soldados. En
el Zulia nació el nombre de Venezuela y se selló su independencia con la
Batalla Naval. En nuestra región del Catatumbo barí, enfrentamos y dimos de
baja al primer gobernador colonial Ambrosio Alfinger. Hablamos de vos y
cantamos gaitas. Somos mayoría bolivariana. En el referéndum reafirmatorio
quedó claro. Como también está claro que el centralismo es
contrarrevolucionario. En él, la democracia participativa y protagónica, y el
Estado federal descentralizado de la Constitución, no son posibles.
En
busca de un Regionalismo del Siglo XXI
Es
urgente generar una política socialista para El Zulia. Resulta inaceptable que,
bajo la mediocre manipulación de unos íconos trillados y manidas frases hechas,
repetidas como letanías plañideras, la derecha se apropie del discurso
regionalista. El falso regionalismo se escuda con grandilocuencia en la belleza
del Lago, la majestad constructiva del Puente, la religiosidad popular
simbolizada por La Chinita, la magia de la inexplicable naturaleza que es el
relámpago del Catatumbo, y la rítmica musicalidad innata del zuliano que se
expresa en la gaita. Pero sucumbe ante una realidad contradictoria, en la que
el Lago muere de contaminación, el Puente de desidia, la Chinita es trocada por
el mamotreto plástico mientras la mujer indígena sigue oprimida, el navideño kitsch
luminoso apaga al Catatumbo, y la decadente música basura domina la radio y la
fiesta.
Lo
regional, como parte de lo nacional, debe convertirse en fuerza de resistencia
a la globalización neoliberal. Atrincherarnos en los valores de nuestro ser
regional y específico, fortalece nuestra personalidad colectiva, acendra el
sentido de pertenencia y potencia la posibilidad de reinventarnos originales al
renombrar nuestro cosmos sentipensante desde lo genuinamente raigal. Por eso,
ante el dilema centralismo-descentralización, decimos, desde una perspectiva
revolucionaria, nuevo regionalismo, nueva federación.
Administrativamente,
centralismo o descentralización, no son dogmas sobre la eficiencia y la
honestidad. Por sí mismo, un servicio o institución manejados desde el poder
central, no dan segura garantía de buen funcionamiento. Veamos el ejemplo de
las estaciones gasolineras en las zonas fronterizas. Siendo que dependen del
Ministerio de Energía e Hidrocarburos, y que son custodiadas por la Guardia
Nacional, su funcionamiento dista mucho de respetar el ordenamiento jurídico
nacional y prestar buen servicio. Prácticamente, están al servicio del
contrabando descarado de combustible que sirve a los más tenebrosos intereses
paramiltares colombianos, enemigos a muerte de Venezuela y de la Revolución
Bolivariana. Igual pudiéramos citar el sistema carcelario, las oficinas de
identificación y extranjería, entre otros malos ejemplos. Pero lo mismo podemos
decir de la arrogante administración descentralizada en manos de las
gobernaciones. ¿Quién ha visto a alguna gobernación descentralizar alguna
competencia hacia los municipios? ¿Alguien conoce de alguna alcaldía que haya
transferido un servicio a determinada junta parroquial?
El
centralismo se terminó convirtiendo en una enfermedad social que contagió a
todos los niveles de gobierno en la IV República, que aún se padece. Pasa
entonces que todas las capitales son centralistas. Porque se trata de la
acumulación de cuotas de poder, a partir del manejo del presupuesto público, de
esa renta petrolera las más de las veces malgastada y saqueada. Quienes me
conocen saben que milito del federalismo y soy un regionalista. En la Asamblea
Nacional Constituyente fui proponente de la hacienda pública estadal y las
asignaciones económicas especiales. Temprano, en la sesión del 9 de septiembre
de ese histórico año de 1999, propuse la caracterización federalista en los
siguientes términos: “Es muy importante para nosotros que quede ratificado que
el modelo de país que surja de esta Asamblea, sea un modelo de país federal
descentralizado, porque, ciertamente, el centralismo es un enemigo del
desarrollo de Venezuela”. Así quedó establecido tres meses después.
El
proyecto de Constitución presentado por el Presidente Chávez era mucho más
federalista que la Constitución que fue redactada por la Asamblea y aprobada en
el referéndum del 15 de diciembre de 1999. Directamente transfería una serie de
tributos a los estados creando de hecho y derecho la hacienda estadal y
delimitaba perfectamente las competencias de cada nivel gubernativo, rescatando
de manera ejemplar la raíz federalista zamorana.
Pero,
por encima de cualquier reivindicación regionalista, está claro que lo
estratégico de nuestra revolución viene dado por su carácter antiimperialista y
anticapitalista; es decir, por la construcción del socialismo y de una nueva
humanidad. Contrario al carácter servil del caudillismo local impuesto desde la
capital centralista, que despreciaba lo regional en la historia, la cultura, la
economía y las reivindicaciones sociales, el movimiento revolucionario recorrió
desde tiempos añejos el camino del rescate y fortalecimiento de la cultura
popular en las regiones, como vehículo para la unidad y la movilización por sus
más ansiados reclamos.
Recordemos
el impactante Congreso Cultural Cabimas 70, donde la izquierda revolucionaria
se convocó para debatir los paradigmas de la transformación civilizatoria y
trazar estrategias comunes de vinculación al movimiento de masas en pos de
construir una fuerza revolucionaria que fuera alternativa al traidor Pacto de
Punto Fijo. Eran los días del apogeo del movimiento literario que propugnaba,
desde la izquierda política-ideológica, la irrupción de un lenguaje directo que
no por cotidiano y panfletario deja de cultivar una nueva estética, que tiene
en lo popular-revolucionario y en la irreverencia hacia las falsas poses de la
cultura elitista, las fuentes inspiradoras de su búsqueda creativa. Eran los
días del maracuchismo-leninismo. En 1977 el Movimiento de los Poderes Creadores
del Pueblo Aquiles Nazoa, política de masas impulsada por el PRV-RUPTURA,
realiza en Maracaibo el Encuentro de la Cultura Popular Armando Molero,
reivindicando en la figura del cantor de Maracaibo Florido, toda la acción
creadora de los humildes que sueñan un mundo mejor. Fue ese un evento de
impacto político que sumó voluntades hasta el momento dispersas por toda la
geografía regional. La politización y el crecimiento ideológico del pueblo
zuliano experimentó un impulso telúrico inusitado a partir del movimiento
cultural comprometido con la revolución. El mismo movimiento tomó la iniciativa
de organizar en octubre de 1979 el Primer Encuentro Nacional Indígena en
Paraguaipoa (Frente al Mar en wayúunaiki), al que acudieron representantes de pueblos
originarios nacionales y de otros países, así como luchadores sociales e
intelectuales solidarios con las luchas de los pueblos indígenas. Este evento,
absolutamente original y pionero, echó las bases del movimiento indígena que
luego se manifestó entusiasta y firme en la explosión constituyente, alcanzando
las históricas conquistas que recoge nítidamente la Constitución de la
República Bolivariana de Venezuela.
Me
detengo acá para recalcar que estos eventos prenombrados, y, particularmente,
este último de los pueblos indígenas, sí constituyeron y constituyen aportes
concretos a la conformación del concepto de la zulianidad. Qué puede ser más
zuliano que la reivindicación de nuestra condición indígena originaria, nuestra
condición pluricultural y multilingüe. Es propicio apuntar que el Cantor del
Pueblo, Alí Primera, Precursor de la Revolución Bolivariana, comprendió tan
oportunamente la pertinencia de estas convocatorias, que, el 12 de octubre de
aquel 1979, se presentó espontáneamente en Paraguaipoa a dejar fiel testimonio
de su compromiso, cantando su Un guarao, su Coquivacoa, su Canción mansa para
un pueblo bravo. Y fue él, quien recogió y dio continuidad organizativa a los
frutos del Encuentro Armando Molero, al punto de llegar a establecer en la casa
de Josefina, la viuda de Molero, su puesto de comando, desde donde dirigió la
Canción Solidaria y la Canción Bolivariana, verdaderos hitos en la historia de
la Revolución venezolana y latinoamericana.
La
desértica década de los 80s, conoció, sin embargo, el andar de los movimientos
sociales alternativos que, desde las luchas culturales, ambientales,
indigenistas, estudiantiles, resistimos al congelamiento ideológico de la
“concertación” y el bozal de arepas de la corrupción. La hegemonía
adeco-copeyana local, tutorada por el poder centralista, fue enfrentada por
estos movimientos donde conseguimos refugio los reductos del naufragio de la
izquierda, que por esos días lucía envilecida, dispersa, vencida, cuando no
entregada y subsumida al régimen que antes combatió.
El
profesor universitario Luis Hómez Martínez, politólogo estudiado en Francia,
militante del socialismo europeo reformista, despertó un liderazgo interesante
que combinó la lucha contra la corrupción con el acompañamiento a reclamos
comunitarios, utilizando de manera natural y grácil, la oralidad vernácula y
los modos regionales de comunicación interpersonal. Hómez cultivaba las
manifestaciones culturales zulianas, él mismo interpretaba al piano, con
notable virtuosismo, las piezas tradicionales del vals, la danza, la gaita y el
bambuco.
Una
terrible enfermedad lo indispuso para enfrentar el fraude de que fuimos
víctimas en diciembre de 1989, cuando la derecha regional centralista, nos
arrebató aquel importante triunfo electoral.
Los
sucesos de febrero de 1992 son harto conocidos. Un sentimiento popular se
encendió con aquella chispa liberadora y comenzó a transitar la ruta de la
Revolución Bolivariana. El Zulia, contrario a la conseja centralista de que
tenemos una conducta política conservadora, fue el primer lugar del país que
premió con su voto la insurrección del 4 de febrero. No abordaremos aquí los
resultados de aquella elección, pero el hecho señalado, es, sencillamente,
incontrastable.
La
militancia revolucionaria de este tiempo, tiene la tarea impostergable de
renombrarse desde la identidad regional construyendo el discurso de la nueva
venezolanidad como expresión específica de esa nueva federación revolucionaria
que aspiramos consolidar con la patria socialista.
La
Nueva Federación se afinca en el fortalecimiento del Poder Popular
Si
bien el fenómeno de la capitalidad es una herencia colonial, no ocurre lo mismo
con la división político-territorial de la nación, que es una hechura de la
República basada en los estudios geográficos y cartográficos de Agustín Codazzi
y los aportes historiográficos de Rafael María Baralt. Tremendo sello de
calidad que no ha sido valorado por las nuevas generaciones de académicos y
gobernantes. La obra de estos dos significativos patriotas, no volvió a ser
publicada en forma simultánea desde aquella primera vez de 1841 cuando sus
gloriosas páginas salieron de la imprenta parisiense de la rue de San Benuá.
Los
actuales estados, con algunas variaciones, son básicamente los mismos que
resultaron de aquella división político-territorial convalidada por el pacto
federal en 1864, pacto que devino en la complacencia de los caudillismos
regionales, pero que dejó vigente el predominio oligárquico traicionando el
contenido clasista original de la causa federal que encabezó Ezequiel Zamora. A
todas estas, los municipios fueron proliferando de forma burocrática al calor
de las apetencias clientelares partidistas, al punto que estados relativamente
pequeños en territorio como Táchira y Falcón, llegan a tener en la actualidad
29 y 25 municipios respectivamente.
Y eso
que los preceptos establecidos en la Constitución Nacional sobre la diversidad
de configuración de los municipios, atendiendo a sus especificidades, no se han
puesto en marcha todavía. La nueva arquitectura federal trasciende lo meramente
formal territorial, para adentrarse en la descentralización y desconcentración
del poder hacia la comunidad organizada.
La
Revolución Bolivariana profundiza el carácter federal del Estado transfiriendo
al pueblo competencias en la “formulación, ejecución, control y evaluación de
políticas públicas”, según se lee en el Artículo 2º de la Ley de los Consejos
Comunales. Más profundo aún vamos, al transferir a la gente la propiedad y
administración de importantes medios de producción, en un alarde robinsoniano
de inventar para crear el nuevo modelo de sociedad. Entonces, el esquema
tradicional de la descentralización puntofijista, capitalista, centralista,
neoliberal y farfulla, no encaja con la nueva política federal descentralizada
con base en la democracia participativa y protagónica, que tiene alcances
cualitativa y cuantitativamente superiores a los cacareados logros de las
reformas neoliberales de los 90s.
Yldefonso
Finol


