Alí Primera: la Canción, militante y hermana de la
Revolución.
En este tiempo de avanzada
del fascismo global imperialista, el canto de Alí Primera es una escuela y
trinchera de la lucha más humanitaria de la Humanidad: el antiimperialismo,
antifascismo, antisionismo. Alí nos rearma con el amor liberador, que es la
solidaridad concreta.
I
La canción es la expresión
más sencilla y sincera del espíritu de los pueblos. A través del canto,
generación tras generación, las diversas civilizaciones han dejado su rastro de
sensibilidad en la humanidad contemporánea.
El pueblo añú del Lago
Maracaibo tiene el arein: un impulso vital a la creación poética musical. Los wayúu
de la Guajira cantan su jayeshi en la árida sabana. El yekuana entona su ademi
en la húmeda selva. El complejo e inexplicable mundo de los sueños o la crónica
cotidiana del humilde oficio del cazador, son motivos de inspiración del canto
indígena, la canción originaria.
Así también, los momentos
cruciales de la historia de las naciones, son cantados con esencias del corazón
de los pueblos.
Nuestro “Gloria al bravo
pueblo” antes que himno, fue la canción popular que insufló bríos a los
soldados patriotas de la gesta independentista. “La Bayamesa”, canción marcial
de los bravos mambíes, es hoy el glorioso Himno de la República de Cuba. “La Marsellesa”
simboliza musicalmente a la Revolución Francesa. “La Internacional” es el canto
unitario del proletariado mundial y coro ritual que cantamos los comunistas,
igual que “O bella chao”.
La resistencia popular en la
Guerra Civil Española nos legó un largo y hermoso repertorio de canciones
espontáneas que la gente improvisó para ensalzar su causa y desenmascarar al
enemigo. “La Tortilla” y “Carmela” son para muestra dos botones que han sido
luego versionadas en diferentes latitudes y estilos.
Mención aparte y honorífica
merece el cancionero de la Revolución Mexicana. “Nuestro México febrero 23”,
“El 7 leguas”, y la inmortal y popularísima “Carabina 30-30”, han recorrido el
mundo en las voces de las cantoras y los cantores indoamericanos, y sus músicas
han inspirado a creadores de otras nacionalidades a colocarles letras diversas,
siempre dentro del espectro del canto comprometido.
Y, qué decir de la magnífica
producción musical de la Revolución Cubana.
También de son vive el hombre…
La humanidad le debe mucho a
la Revolución Cubana. Ojalá algún día la historia recoja el aporte en
sacrificios hechos por Cuba a la independencia de África. Independencia en
todos los sentidos. Con la liberación de Angola y Namibia, la caída del
Apartheit, la excarcelación y elección de Mandela, pero también graduando
médicos, maestros, ingenieros, que luego han ido a servirles a sus pueblos con
gran mística como se les formó en la Isla de la Dignidad.
Pero lo que le debemos más a
Cuba, es su gigantesco acervo musical. De la “vieja trova” al estilo del
maestro Carlos Puebla, hasta el original sonido de la Nueva Trova de Silvio y
Pablo, la canción cubana ha abierto caminos de Revolución en todo el planeta. “Tu querida presencia”, una sola de las
varias canciones que Carlos Puebla hizo al Che, ha sido cantada en decenas de
idiomas, pasando por el griego, el ruso, el francés, el polaco, el búlgaro, el
italiano, el creole, el zulú, el vietnamita y el inglés.
La Canción con mayúsculas se
hace militante y hermana de la Revolución. Adquiere vida propia y se transforma
en instrumento de lucha y victoria. La Nueva Trova Cubana es el ejemplo más
convincente de lo que decimos. El tradicional genio musical del Caribe se
incorpora en una guitarra audaz y una voz metálica y original como la de Silvio
Rodríguez, una de las mentes más brillantes del siglo XX y lo que va del XXI.
Revolucionario irreductible que prefiere ser llamado el necio antes que
“traicionar la gloria que se ha vivido”. Con él, Pablo Milanés (heredero del
filing), Vicente Feliú (dragón que canta claro), Noel Nicola (la ternura y el
ocaso), Lázaro García (nostalgia y espejo), Amaury Pérez (poesía y búsqueda),
Sara González (fuerza y entraña), constituyeron y constituyen hoy un ejército
ideológico, espiritual, más poderoso que toda la maquinaria tecnológica
comunicacional del imperialismo. Cuando éste se empeñó en aislar, los muchachos
de la Trova tejieron un indestructible puente de afectos en los corazones
nuestroamericanos. Contra el amor no puede nadie.
El Sandinismo canta Revolución…
Otra Revolución que triunfa
por las armas en nuestro continente es la Nicaragüense. El Frente Sandinista de
Liberación Nacional agrupa a los patriotas nicas contra la corrupta dinastía de
los Somoza, que es apoyada, por supuesto, por los Estados Unidos. El 19 de
julio de 1979 la guerrilla revolucionaria derroca al tirano e instaura el
gobierno popular.
La consigna sandinista es
Patria Libre o Morir (PLOMO), pero además de plomo, los heroicos descendientes
de Augusto César Sandino y Carlos Fonseca Amador, cantan a todo gañote la
alegría de su lucha. Cabe recordar a Carlos Mejía Godoy y los de Palacaguina,
que hicieron famosos temas como “El cristo de Palacaguina”, “Quincho
Barrilete”, “Son tus perjúmenes”, “Clodomiro el ñajo”, “Monimbó”, “La flor de
pino” y “Alforja campesina”. También Luís Enrique, el hermano menor de Carlos
Mejía Godoy, tuvo su propio estilo y aportó temas gloriosos como “Juana”, “De
la palabra vida”, “Eran treinta con él”, y muchas otras.
La canción sandinista estuvo
siempre ahí donde el movimiento popular la necesitara. Incluso en la cárcel, de
entre los horrendos barrotes de la dictadura pro-imperialista, brotó la poesía
de un Tomás Borges quien junto a sus compañeros de la Dirección Nacional del
Frente, cantó aquella bellísima canción al “Tayacán, vencedor de la muerte”,
Carlos Fonseca.
Temas inolvidables que nos
rememoran la emotividad de ver el despertar de la Revolución en Centroamérica:
“No pasarán”, “Cuál es la consigna”, “Nicaragua, Nicaraguita”. Honor y gloria a
la Patria de Sandino.
Chile de Violeta, Chile de Víctor…
Antes de Allende, durante
Allende y después de Allende, la canción chilena labró mucha conciencia
patriótica y revolucionaria. Violeta Parra y toda se estirpe cantando al pueblo
trabajador, al campesinado, al estudiantado, llamando a lucha, invitando a mundo
mejor.
Víctor Jara es un hito
histórico en Nuestra América. ¿Quién lo duda? En su cuerpo martirizado se
materializa la leyenda del Cristo crucificado. Su canción lastimera revela el
dolor del humano humilde condenado a una pobreza cruel. Pero también convoca a rebelión.
Responsablemente revolucionaria, la canción de Víctor Jara, es denuncia y
construcción. Canta lo hermoso de los valores humanos populares (Si tuviera un
martillo), ataca sin cuartel la vanidad de la burguesía (Las casitas del barrio
alto); y reivindica la acción revolucionaria y el internacionalismo (Zamba al
Che).
Con Víctor, muchos de su
generación como Patricio “El Pato” Mans, excelente cantautor, los grupos
Inti-ilimani, Quillapayún e Illapu, magníficos músicos al servicio de la causa
socialista, crearon una cultura de la canción revolucionaria que traspasó la largurucha
geografía chilena y recorrió toda Nuestra América incluida la de habla inglesa,
y llegaron por fuerza del exilio a Europa, donde aún son referencia de todo
cuánto tenga que ver con eso que allá llaman Latinoamérica.
Como el maíz…
En toda esta tierra que la
voz indígena llama Abia Yala y que el Popol Vuh nos enseña fue poblada por
“hombres de maíz”, la canción comprometida, necesaria, urgente, protesta,
solidaria, en fin, la canción revolucionaria, ha tenido poderosos efectos generadores.
Del Río Bravo al Estrecho de Magallanes, la canción es el fruto común de
nuestra inmensa alma creadora.
Brasil tuvo a su malogrado
Geraldo Vandré y tiene su Chico Buarque. Uruguay su Daniel Biglietti, su
Zitarrosa, sus Olimareños. Argentina su Atahualpa Yupanki y Mercedes Sosa.
Bolivia su Benjo Cruz.
Como el maíz, la papa, el
tomate y los frijoles, la canción revolucionaria tiene raíces profundas en
Nuestra América. Con ella nos hacemos montaraces guerreros de la Revolución o
nos enternecemos en arrullos por la vida que vendrá. Con ella nos llenamos de
conciencia y crecemos para la Patria Humanidad. Con ella nos elevamos para
construir la República Humana de que nos habló Bartolomé de Las Casas.
Parafraseando al Apóstol de Cuba, José Martí, digámosle a la canción lo que él
le dijo al verso (que a los efectos, son lo mismo): “o nos condenan juntos, o
nos salvamos los dos”.
II
Crisol de valores humanistas
o la maravillosa aventura del canto revolucionario
Mi
padre a los cuarenta años se interesó por Viet Nam y por las luchas de los
afrodescendientes en Estados Unidos. Siendo obrero petrolero, había carecido de
oportunidades para estudiar la geopolítica mundial o la sociología de la gran
nación del norte. Entonces quiso leer el libro Raíces de Alex Halley y saber de Ho Chi Ming. Todo por un cartucho
que Mamá adquirió en el centro de Maracaibo en uno de sus viajes a comprar
telas e hilos. La carátula del enorme casete era anaranjada y negra, con la
silueta de un torso soportando una guitarra y el rostro de un hombre de afro y
bigotes espesos que cantaba. Era Alí Primera.
Papá,
como millones de venezolanos humildes, conoció la geografía universal a través
del canto de ese inmenso muchacho falconiano que escrutó en las luchas de los
pueblos la exquisita mina de la solidaridad.
Palabra más cristiana que cualquier oración religiosa, la predilecta de Jesús,
ese sentimiento que nos mueve a actuar a favor de los demás porque no somos
felices ante su necesidad. Alí fue maestro de la solidaridad. Militante a morir
de su sensibilidad social que en términos revolucionarios no se conforma con
lamentarse sino que compromete sus energías con la transformación social,
arrancando de raíz las causas de la injusticia. Por eso Alí fue comunista desde
temprana edad.
El
Chile de Allende y Victor Jara (Canción para los valientes), la Nicaragua
sandinista (Agua clara Nicaragua), El Salvador de Arnulfo Romero (Sombrero
Azul), Uruguay (Canto Oriental), Bolivia (El Cantor de Bolivia), Cuba (Cuba es
un paraíso), Colombia (La Guerra del Petróleo), Brasil (América Latina Obrera),
Haití (La noche del jabalí), Puerto Rico (Borincana), todas las naciones
hermanas fueron temas de sus canciones y destinos de su amor infinito y su
atención. Alí no tuvo límites en su entrega y desprendimiento.
Como
el cisne de Rubén Darío, Alí atravesó el pantano de la fama y salió límpido,
puro, inmaculado de toda vanidad o avaricia. Los proxenetas de la farándula le
tendían emboscadas multimillonarias y Alí las conjuraba llenándose de pueblo.
Su mayor adicción era la de estar entre los humildes, su alfa y omega. Su
secreto. Por eso cultivó como nadie la verticalidad de principios y la perseverancia, enseñándonos que quien
abraza la causa del pueblo lo hace de una vez y para siempre.
Cuando
nuestra historia patria se hundía en el doloroso abismo del olvido, la canción
necesaria de Alí Primera se transfiguró en poderosa Canción Bolivariana para
resucitar al Libertador en la esperanza de la buena gente de este país. Surgió
el bolivarianismo como ideología de la posibilidad cierta de construir una
nueva sociedad: la Patria Buena.
Cuando
nuestros valores culturales patrios eran segregados por la dictadura de los
malditos medios de alienación, Alí nos regaló aquel precioso tejido de
canciones dedicadas a Luís Mariano Rivera, Pío Alvarado, César Rengifo, Armando
Reverón, Sobeida La Muñequera y Armando Molero. Allí se detuvo un rato a
beberse un trago de puesta de sol en la costa oeste de Paraguaná y nos dictó
cátedra de poesía entre voces de Andrés Eloy Blanco y Aquiles Nazoa.
Cuando
la avasallante cultura neoliberal del individualismo nos empujaba en masa al
suicidio del amor, Alí emergió solemne de los desiertos océanos de la soledad,
con una multitud de pájaros en la melena. Trajo enormes cestas de ternura, de
amor por el terruño, por los recuerdos de la infancia y la amistad. Amor por la
madre, por los hermanos, por las niñas y los niños, por la ciudad, por el
poblado rural, por el paisaje, por la Vida.
Él
nos advirtió del mal que nos azota: el imperialismo. Nos dijo cómo quitárnoslo
de encima: con la Revolución. Nos enseñó el camino de esa nueva vida: el
Socialismo. Es que Alí fue sobre todo maestro.
Por
eso, al hablar de valores de la falconianidad que es hablar de valores de la
venezolanidad, tenemos que hablar de Alí Primera. Hoy,
reivindicar la obra de Alí, pasa por la difusión de sus valores intrínsecos:
compromiso revolucionario, solidaridad militante, radicalidad principista,
unidad del pueblo, concepción integral-universal de la Patria, revaloración de
la cultura popular; y tenemos que partir del reconocimiento de las propias
raíces del Padre Cantor, de la tierra, el vientre y el hábitat natural-cultural
donde bebió la sabia primaria de su conversión en Precursor de la Revolución.
Porque entre estos cardones y tunas, entre estos medanales y anchuroso mar,
entre esta paradójica mezcla de tristeza y exuberancia, nació su abrazo eterno
al compromiso revolucionario y su talento como creador. Y aquí tiene que venir
la Patria toda a verse y reinventarse en la vida y el ejemplo de Alí. Ejemplo
que no cesa de señalar los peligros que nos acechan desde afuera y desde
adentro. Ejemplo que nos habla de cómo entregarse por completo a la lucha del
pueblo con un desprendimiento absoluto hacia los privilegios.
Parafraseando
a Fidel Castro, quien al recordar a Che Guevara dijo que quería que sus hijos
fueran como él, digamos nosotros que si tuviéramos que escoger un ejemplo de
cómo quisiéramos que fuesen nuestros hijos y los hijos todos de esta Patria,
pues diríamos sin ninguna duda, que sean como Alí.
Alí Primera enseñó el
bolivarianismo con sus canciones, cuando casi nadie en Venezuela se
identificaba como militante bolivariano. Enseñó a todo el pueblo a decir
Revolución (“Revolución temprana tenemos que hacer…”, “busquemos con alborozo
el sol maravilloso de la revolución”), Patria (“La Patria es el hombre…”),
Compatriota (“entonces ¿a qué vienen pequeño compatriota?”), Camarada (“Yo te
digo camarada…”), imperialismo (“sé que hay un enemigo, es el imperialismo y a
él lo venceré”), y hasta nos recordó que Bolívar era algo más que una moneda
devaluada. Alí resucitó a El Libertador y nos llamó a todos a seguir sus pasos
(“Bolívar, bolivariano, no es un pensamiento muerto…”).
Con su tenaz militancia en
la solidaridad internacional, Alí bordó para los venezolanos un precioso
pañuelo de luces con las luchas de los pueblos del mundo contra la explotación
y el colonialismo: Mujer del Vietnam, La Noche del Jabalí, Sombrero Azul, Tonada
de un pueblo amaneciendo, Canción para los valientes, Agua clara Nicaragua,
entre otras muchas, eran canciones que al venezolano común lo formaban en la
mejor escuela de temas mundiales: el internacionalismo proletario, que es estar
del lado de los oprimidos en cualquier rincón del planeta.
Hoy, reivindicar la obra de
Alí, pasa por la difusión de sus valores intrínsecos: compromiso revolucionario
inquebrantable, solidaridad militante, radicalidad principista, unidad del
pueblo ante todo, concepción integral-universal de la Patria, revaloración de
la cultura popular. ¡Honor y gloria al Cóndor Cantor! ¡Comandante del Amor, Alí
Primera!
Yldefonso Finol



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