viernes, 28 de agosto de 2026

SOCIALISMO Y FEDERACIÓN (A Luís Hómez In Memoriam)


Recordando al profesor y amigo Luís Hómez, líder muy querido del Zulia profunda, a 36 años de su siembra. Publico en su honor estas reflexiones escritas hace veinte años, donde no sólo lo nombro como referente de dignidad y como político ejemplar, sino que -de seguro- algo de las conversaciones que tuvimos el placer de compartir con Él, habitarán en estas líneas de orilla y horizonte.   

Socialismo y Federación

Cualquier debate que se nos presente sobre el dilema centralismo o regionalismo, debemos resolverlo a la luz de la concepción revolucionaria de la historia. Dejemos sentado de una vez, que la contradicción fundamental de nuestro tiempo no es centralismo-federación, ese es un asunto de forma, de arquitectura burocrática, de método administrativo. Lo cual no quiere decir que no sea importante. En ello se juega gran parte de la posibilidad de alcanzar la eficacia política y el buen gobierno en nuestro país.

La contradicción fundamental de nuestro tiempo es imperialismo o socialismo, que en lo interno se traduce en el conflicto revolución o reacción capitalista. A los revolucionarios nos interesa con carácter prioritario transformar la estructura socioeconómica, que es lo esencial, y para ello, debemos controlar y preservar el poder político. Puede ocurrir que esta condición, nos exija aplicar una metodología administrativa centralista o federal descentralizada, según sea el caso, porque cada realidad tiene sus particularidades.

En el caso cubano, tratándose de un país con un territorio pequeño, con una economía modesta y escasas posibilidades de obtener ingresos fiscales, además, asediado por la amenaza constante de una intervención militar imperialista, es obvia la necesidad de centralizar la administración pública. Más aún, estatizar y socializar la mayor parte de la actividad productiva ha sido vital para la sobrevivencia de la Revolución. Ello ha significado, entre otras consecuencias –y pese al enorme esfuerzo que hace el Gobierno Revolucionario de atender toda la población en todo el territorio- el éxodo de cientos de miles de personas del interior hacia la capital, llegándose al punto que hoy La Habana representa la mitad de la estadística demográfica, y hasta han tenido que implementarse severas ordenanzas para tratar de frenar ese fenómeno que parece no detenerse. La descentralización emerge en nuestro país como un paliativo de forma en el régimen oligárquico, atendiendo la ola reformista que sobrevino tras la insurrección popular del 27 de febrero de 1989.

A la luz de las ideas neoliberales que predominaban en el ambiente político y económico continental, el proceso descentralizador favorecía la estrategia imperialista de desmantelar los Estados y privilegiar la tendencia privatizadora de los servicios públicos.

Pero, también debemos aclarar que, la medida adoptada por la clase política como reacción al “Guarenazo”, obedecía a la intención de manipular el cada vez más creciente reclamo popular de participación, lo que simultáneamente implicaba la exigencia de gobiernos cercanos, o, para utilizar un anglicismo citado por Mariategui, la “idea del self government”.

La visión del socialismo indoamericano

El revolucionario peruano José Carlos Mariategui ha sido uno de los pocos que dedicó esfuerzos teóricos a este tema. En uno de sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, titulado Regionalismo y Centralismo, Mariategui no duda en sentenciar que “uno de los vicios de nuestra organización política, es, ciertamente, el centralismo”. Nos habla de un “centralismo burocrático” y abunda en la situación específica de su país atacando radicalmente lo que califica como regionalismo gamonalista, que es la aspiración de las burguesías locales y terratenientes de fortalecer su hegemonía regional contra los intereses de los más desposeídos, en particular, de la población indígena, sin tierra ni poder político. Este “regionalismo”, busca reproducir herencias feudales de dominación.

Los señores feudales de nuevo cuño, usan demagógicamente el discurso de la descentralización, siempre que sirva a sus intereses económicos. El centralismo los utiliza como punta de lanza de la oligarquía dominante y éstos se prestan al juego por las migajas que les tocan.

En la Venezuela dominada por el centralismo oligárquico, desde Gómez hasta los gobiernos del Pacto de Punto Fijo, hubo esos feudos regionales con los militares Presidentes de Estado que ponía a dedo el caudillo tachirense o los delegados políticos de los presidentes de turno de AD y COPEI que dominaban a su antojo la vida de los estados. Recordemos los tristemente célebres feudos de los Celi en Carabobo, Sánchez Verdú en Miranda, Ildemaro Villasmil en Falcón y los “Bachacos” en el Zulia con el todopoderoso Américo Araujo a la cabeza.

Es la práctica que han pretendido repetir algunos gobernadores electos en forma directa después de las reformas del año 89. Mariategui advierte, sin embargo, como dato de la realidad, la existencia de “sentimientos regionalistas”, aunque no se expresen en programas concretos. “Las aspiraciones regionales son imprecisas; indefinidas, no se concretan en categorías y vigorosas reivindicaciones”, nos dice.

El fundador del Partido Socialista del Perú y de la Confederación General de Trabajadores, traza una visión dialéctica del dilema en cuestión, de la siguiente manera: “Tienen plena razón las regiones, las provincias, cuando condenan el centralismo, sus métodos y sus instituciones. Tienen plena razón cuando denuncian una organización que concentra en la capital la administración de la República”. Y remata, “pero no tienen razón absolutamente cuando, engañados por un miraje, creen que la descentralización bastaría para resolver sus problemas esenciales”.

Como buen marxista, Mariategui sabe que el mecanismo administrativo es algo formal, mientras que lo verdaderamente substancial es la formación económica. Nos aporta además una visión socio-histórica y antropológica original, como casi toda su obra, en cuanto a la definición de región. “Una región no nace del estatuto político del Estado. Su biología es más compleja. La región tiene generalmente raíces más antiguas que la nación misma”. Coincidimos con este precursor del pensamiento socialista latinoamericano: “Nuestra organización política y económica necesita ser íntegramente revisada y transformada”.

La capital colonial-capitalista

Si los conquistadores españoles que invadieron el territorio de lo que hoy es Venezuela, hubieran tenido entre sus planes la creación de una gran civilización, hubiesen fundado sus ciudades principales cerca de los grandes ríos. Ese nunca fue el objetivo de los que trajeron la espada y la cruz. El poblamiento colonial de lo que actualmente constituye el territorio nacional de la República Bolivariana de Venezuela, se hizo pensando en el vínculo con la metrópoli, por eso la mayor acumulación demográfica se ubica en la zona norte costera, mientras las zonas de grandes ríos están prácticamente despobladas.

Desde la creación de la Capitanía General fuimos país puerto. El invasor se establece frente al mar para desembarcar él mismo y sus importaciones, y para llevarse toda la riqueza que pueda mientras dure su estadía. Los primeros en llegar ni siquiera pensaban quedarse en forma permanente. Su sueño era regresar al sitio de origen convertidos en potentados señores para provocar la admiración de sus coterráneos y los favores de la Corona.

El sentido de pertenencia tardó tres siglos en formarse, y aún costó un inmenso derramamiento de sangre poder zafarse del yugo político-militar de España.

El proceso de formación de la capitalidad es sin lugar a dudas, imposición colonial. El centralismo es herencia colonial. La selección del lugar tiene mucho de azaroso, donde las condiciones climáticas y la cercanía con la costa terminaron definiendo su establecimiento. Los españoles aborrecían el clima tropical caribeño al que calificaban de hostil, enfermizo, infernal. Lógicamente, la benevolente frescura del valle, comparable a una primavera ibérica, les atrajo a fijar residencia, aunque los negocios ultramarinos se hiciesen desde La Guaira.

La oligarquía criolla que toma el poder al finalizar las guerras de independencia, le da continuidad al modelo centralista de gobierno. El desvanecimiento del sueño bolivariano de la Colombia original, consumado por la traición de Páez y Santander, fortaleció el poderío feudal de las rancias oligarquías capitalinas. Así se fueron delineando las capitales capitalistas dependientes que conocemos en la actualidad. La sugerencia hecha por El Libertador de diseñar una nueva capital para aquella Colombia utópica, que estuviera ubicada en un punto equidistante, como podría ser Maracaibo o una nueva ciudad llamada Bartolomé de Las Casas, fue una de las cosas que más irritó a las centralistas oligarquías de Caracas y Bogotá. (De hecho, la oligarquía central venezolana usó el pretexto del centralismo bogotano para su conspiración antibolivariana junto a Páez).

La vida republicana, penetrada precozmente por el imperialismo capitalista que condenó a nuestras naciones a la dependencia y el subdesarrollo, reiteró el esquema centralista de manera brutal, saqueando las riquezas naturales de todas las regiones del territorio nacional para satisfacer las apetencias del capital transnacional y la lacaya burguesía parasitaria. La añeja conexión de la aristocracia colonial con el imperio español, se reproduce en la nueva imbricación de la oligarquía criolla con el imperialismo.

El centralismo oligárquico capitalino es desde siempre, enemigo histórico de la liberación nacional y el socialismo.

Nuestro Federalismo

El federalismo aparece en nuestra historia unido a las luchas populares por reivindicaciones antioligárquicas. La máxima encarnación de esa unidad combativa es Ezequiel Zamora, de quien ha dicho su biógrafo Laureano Villanueva, que “su ambición constante consistía en servir al pueblo… con ciertas ideas utópicas de socialismo y de igualdad de bienes”.

Zamora es parte integrante y fundamental del “Árbol de las Tres Raíces” que inspira la Revolución Venezolana. Junto a Simón Rodríguez y Bolívar, el vencedor de Santa Inés, aporta el compromiso radical con la justicia social y el ideario de un gobierno cercano a la gente, antecedente claro del concepto de la democracia participativa pregonado y practicado por nuestra Revolución. El General de Hombres Libres nos habla de “igualdad entre los venezolanos; el imperio de las mayorías; la verdadera República” o “la República genuina” que representa la federación original del 5 de julio de 1811.

La autora del libro Las luchas federalistas en Venezuela, Catalina Banko, caracteriza la gesta zamorana como “una auténtica guerra social orientada a la lucha contra la opresión de las clases poderosas” y nos recuerda que “la lucha contra la oligarquía y en favor de la federación se transforma en una guerra que reedita las acciones heroicas de la emancipación venezolana. Ambos procesos se sintetizan en la misma causa de la libertad y en la defensa de los derechos del pueblo”.

Por eso no es extraño el enorme respaldo popular que fue granjeándose el General “Cara de Cuchillo” a su paso por las rancherías indígenas, barracones de esclavos y pueblos paupérrimos de campesinos hambrientos, porque su lucha era contra el sistema que les mantenía oprimidos. De allí que, en nuestra historia revolucionaria, hablar de federación es sinónimo de revolución social; lo supieron muy temprano los oligarcas centralistas que el 4 de mayo de 1859 publicaron un comunicado en el periódico guaireño El Comercio, donde, escandalizados por las recientes victorias federalistas, los descalificaban diciendo que “es la guerra del crimen contra la virtud, la tiranía del comunismo contra el sagrado derecho de propiedad… es lo que hasta hoy nadie creía pudiese suceder en Venezuela”. (Catalina Banko)

El caso de la región del Lago de Maracaibo

El Zulia es una región de esas que Mariategui señala de tener “raíces más antiguas que la nación misma” y de no nacer “del estatuto político de un Estado”.

Lo es desde el punto de vista de su biología geográfica. Esta condición viene dada por la existencia misma del Lago de Maracaibo (14 mil km2). Miremos el mapa y constatemos que –salvo las dos absurdas disecciones de La Ceiba y Palmarito, ambas impuestas a la fuerza como castigo por resentidos dictadores antizulianos- el territorio del actual estado Zulia corresponde a la región natural del Lago de Maracaibo. Está el Lago como inmenso corazón de agua, rodeado por la fértil planicie que bañan más de cien ríos y caños, y delimitada por las serranías que cierran el universo lacustre por oriente (Ciruma), sur (Andes) y occidente (Perijá). El norte es el mero vientre donde nace el Caribe con el Golfo de Venezuela (también llamado de Maracaibo hasta el siglo XVII) entre las penínsulas de Paraguaná y La Guajira.

El espacio ambiental derivado determina la existencia de una vegetación y una fauna específicas, así como de fenómenos paisajísticos particulares, tales como el estuario que se forma del contacto con el mar en el estrecho (hábitat ancestral de los añú) y las grandes desembocaduras del sur, con las ciénegas de Juan Manuel de Aguas Blancas y Aguas Negras y el enigmático rayo del Catatumbo.

Esta región contó con una pluricultural y multilingüe población desde tiempos inmemoriales. La invasión europea tardó una centuria en enseñorearse y la resistencia indígena se prolongó hasta la década del sesenta del siglo pasado, cuando aún los barí se enfrentaban al despojo de sus territorios por parte de las empresas petroleras y los terratenientes criollos.

La población colonial no desarrolló desde sus inicios apego a otro centro político que no fuera España misma. La inestable ocupación por la lucha de los originarios habitantes y los posteriores devaneos del gobierno imperial, que desmembró a Maracaibo de Venezuela para fundirlo con Mérida y La Grita, con sujeción a Santa Fe de Bogotá, van creando paulatinamente la necesidad de la autosuficiencia frente al distanciamiento de las autoridades coloniales. La posición geográfica de Maracaibo imposibilitaba ejercer la gobernabilidad desde cualquiera de los centros políticos implementados por la Colonia.

Paralelamente, se fue generando una simbiosis cultural diferenciada que tiene aún en el voceo su más fuerte expresión de resistencia ante la masiva arremetida oficial centralista de los siglos XIX y XX, que proponían el modelo cultural llanero-capitalino o andinocapitalino, según la impronta paecista o gomecista, como estereotipo del ser nacional.

Obviamente, no es El Zulia la única región del país con rasgos particulares. También lo son Los Andes, Guayana y La Amazonía, Los Llanos, y el Oriente con su zona insular. Y esas realidades concretas deben ser tomadas en cuenta por el proyecto revolucionario.

Regionalismo y Revolución

Que el pueblo zuliano haya asumido culturalmente una posición regionalista, es sólo la consecuencia dialéctica de su proceso histórico y sociocultural. Las gaitas de Ricardo Aguirre (La Grey Zuliana y Maracaibo Marginada) o Bernardo Bracho (Cabimas La Cenicienta) en la década del sesenta, recogían ya por entonces, el sentir de un pueblo que veía salir de su suelo y sudor toda la riqueza que se dilapidaba en el país, mientras se acumulaban las carencias locales. Luego en los 70s y 80s, el Padre Cantor Alí Primera nos regaló Perdóneme Tío Juan, Coquivacoa y Tía Juana, para solidarizarse con esos sentimientos populares; y aún su infinita generosidad nos legó pos mortem El Lago y su gente, porque sin Lago no hay puerto ni gente de Maracaibo.

La razón les asistía a nuestros queridos cultores populares: del Zulia salía el petróleo que aportaba el 70% de los ingresos fiscales y el 80% de las divisas que entraban al país; el 75% de la producción de leche y el 60% de la producción de carne; una tercera parte de los huevos y pollos, y casi todo el carbón. A cambio, los índices de pobreza sobresalían por encima de la media nacional. A cambio, en el centro capitalino florecían las grandes autopistas, mientras la Falcón-Zulia era condenada a ser una carretera rural, a pesar de estar en Paraguaná la mayor refinería mundial.

Ese reclamo justo no puede ser estigmatizado para descalificarlo. Porque la justicia distributiva también debe tomar en cuenta el sacrificio que hace una región por la grandeza nacional, cuando sus activos naturales se desgastan o destruyen, como en el caso del Lago de Maracaibo. ¿Acaso no ha sido la industria petrolera, antes gringa, luego nacionalizada, el gran verdugo del Lago? ¿O, el fenómeno de la subsidencia en la Costa Oriental del Lago? ¿O, la canalización del estrecho del Lago que ha producido su brutal salinización?

La corruptocracia que desgobernó al país en la IV República, decidió en Caracas clavarle al Lago las torres eléctricas esas que crean peligros innecesarios, afean el paisaje y asesinan especies típicas de peces y aves migratorias; esas misma elite centralista decidió entregar las tierras de los indígenas Barí y Yukpa a las transnacionales del carbón, o, despedían a mansalva trabajadores petroleros y petroquímicos mientras llenaban las ociosas oficinas de Chuao de vagos con influencia y privilegios (Los mismos que orquestaron el Golpe fascista de abril del 2002 y el “paro petrolero”).

Todo esto ocurrió cuando gobernaron tipos que de pronto mutaron a voceros de una patraña “secesionista”, con más bulla que cabuya, habiendo sido los más centralistas de la historia contemporánea. No tengo ninguna duda que detrás de esa farsa estuvo metida la mano de los Estados Unidos.

Reivindicamos el verdadero regionalismo. Si cada ciudadano ama y –por tanto-trabaja por su región, el país gana. No hay nada más desmotivador que la falta de autoestima. Pero el verdadero regionalismo es patriótico y revolucionario, y, por esencia, profundamente antiimperialista. Porque regionalismo es nacionalismo; es decir, “soy orgulloso de provenir de equis región de Mi país”.

Este regionalismo se nutre de los trabajadores petroleros que en el 36 despertaron las luchas clasistas en Venezuela. Del primer triunfo socialista en las elecciones estadales de 1989 cuando le hicieron fraude a Luís Hómez. Del primer triunfo de una gobernadora mujer con discurso progresista en 1993; de la primera Rectora de una universidad autónoma (LUZ), mujer honesta y de izquierda, como Imelda Rincón; del primer triunfo electoral dado por pueblo alguno de Venezuela a los alzados del 4 de febrero en las elecciones estadales de 1995.

Y, más allá, adentrados en la historia, nuestro regionalismo se alimenta de las luchas de nuestros pueblos indígenas encarnados en la figura de Nigale, ignorado por la historia y educación oficiales centralistas de la IV República. Porque aquí en el Lago la guerra de resistencia contra la invasión europea duró más de cien años, y eso no se enseña en las escuelas. Porque es mentira que el Zulia llegó tarde a la guerra de independencia. Nuestra resistencia anticolonialista comenzó desde el primer acercamiento de invasores por el Golfo de Venezuela el 24 de agosto de 1499. En la Gesta Independentista estuvieron los grupos clandestinos “Hijos de Maracaibo” desde 1808. Y estuvo, desde los primeros días, el Brillante patriota Rafael Urdaneta, a quien Bolívar llamó el más leal de sus soldados. En el Zulia nació el nombre de Venezuela y se selló su independencia con la Batalla Naval. En nuestra región del Catatumbo barí, enfrentamos y dimos de baja al primer gobernador colonial Ambrosio Alfinger. Hablamos de vos y cantamos gaitas. Somos mayoría bolivariana. En el referéndum reafirmatorio quedó claro. Como también está claro que el centralismo es contrarrevolucionario. En él, la democracia participativa y protagónica, y el Estado federal descentralizado de la Constitución, no son posibles.

En busca de un Regionalismo del Siglo XXI

Es urgente generar una política socialista para El Zulia. Resulta inaceptable que, bajo la mediocre manipulación de unos íconos trillados y manidas frases hechas, repetidas como letanías plañideras, la derecha se apropie del discurso regionalista. El falso regionalismo se escuda con grandilocuencia en la belleza del Lago, la majestad constructiva del Puente, la religiosidad popular simbolizada por La Chinita, la magia de la inexplicable naturaleza que es el relámpago del Catatumbo, y la rítmica musicalidad innata del zuliano que se expresa en la gaita. Pero sucumbe ante una realidad contradictoria, en la que el Lago muere de contaminación, el Puente de desidia, la Chinita es trocada por el mamotreto plástico mientras la mujer indígena sigue oprimida, el navideño kitsch luminoso apaga al Catatumbo, y la decadente música basura domina la radio y la fiesta.

Lo regional, como parte de lo nacional, debe convertirse en fuerza de resistencia a la globalización neoliberal. Atrincherarnos en los valores de nuestro ser regional y específico, fortalece nuestra personalidad colectiva, acendra el sentido de pertenencia y potencia la posibilidad de reinventarnos originales al renombrar nuestro cosmos sentipensante desde lo genuinamente raigal. Por eso, ante el dilema centralismo-descentralización, decimos, desde una perspectiva revolucionaria, nuevo regionalismo, nueva federación.

Administrativamente, centralismo o descentralización, no son dogmas sobre la eficiencia y la honestidad. Por sí mismo, un servicio o institución manejados desde el poder central, no dan segura garantía de buen funcionamiento. Veamos el ejemplo de las estaciones gasolineras en las zonas fronterizas. Siendo que dependen del Ministerio de Energía e Hidrocarburos, y que son custodiadas por la Guardia Nacional, su funcionamiento dista mucho de respetar el ordenamiento jurídico nacional y prestar buen servicio. Prácticamente, están al servicio del contrabando descarado de combustible que sirve a los más tenebrosos intereses paramiltares colombianos, enemigos a muerte de Venezuela y de la Revolución Bolivariana. Igual pudiéramos citar el sistema carcelario, las oficinas de identificación y extranjería, entre otros malos ejemplos. Pero lo mismo podemos decir de la arrogante administración descentralizada en manos de las gobernaciones. ¿Quién ha visto a alguna gobernación descentralizar alguna competencia hacia los municipios? ¿Alguien conoce de alguna alcaldía que haya transferido un servicio a determinada junta parroquial?

El centralismo se terminó convirtiendo en una enfermedad social que contagió a todos los niveles de gobierno en la IV República, que aún se padece. Pasa entonces que todas las capitales son centralistas. Porque se trata de la acumulación de cuotas de poder, a partir del manejo del presupuesto público, de esa renta petrolera las más de las veces malgastada y saqueada. Quienes me conocen saben que milito del federalismo y soy un regionalista. En la Asamblea Nacional Constituyente fui proponente de la hacienda pública estadal y las asignaciones económicas especiales. Temprano, en la sesión del 9 de septiembre de ese histórico año de 1999, propuse la caracterización federalista en los siguientes términos: “Es muy importante para nosotros que quede ratificado que el modelo de país que surja de esta Asamblea, sea un modelo de país federal descentralizado, porque, ciertamente, el centralismo es un enemigo del desarrollo de Venezuela”. Así quedó establecido tres meses después.

El proyecto de Constitución presentado por el Presidente Chávez era mucho más federalista que la Constitución que fue redactada por la Asamblea y aprobada en el referéndum del 15 de diciembre de 1999. Directamente transfería una serie de tributos a los estados creando de hecho y derecho la hacienda estadal y delimitaba perfectamente las competencias de cada nivel gubernativo, rescatando de manera ejemplar la raíz federalista zamorana.

Pero, por encima de cualquier reivindicación regionalista, está claro que lo estratégico de nuestra revolución viene dado por su carácter antiimperialista y anticapitalista; es decir, por la construcción del socialismo y de una nueva humanidad. Contrario al carácter servil del caudillismo local impuesto desde la capital centralista, que despreciaba lo regional en la historia, la cultura, la economía y las reivindicaciones sociales, el movimiento revolucionario recorrió desde tiempos añejos el camino del rescate y fortalecimiento de la cultura popular en las regiones, como vehículo para la unidad y la movilización por sus más ansiados reclamos.

Recordemos el impactante Congreso Cultural Cabimas 70, donde la izquierda revolucionaria se convocó para debatir los paradigmas de la transformación civilizatoria y trazar estrategias comunes de vinculación al movimiento de masas en pos de construir una fuerza revolucionaria que fuera alternativa al traidor Pacto de Punto Fijo. Eran los días del apogeo del movimiento literario que propugnaba, desde la izquierda política-ideológica, la irrupción de un lenguaje directo que no por cotidiano y panfletario deja de cultivar una nueva estética, que tiene en lo popular-revolucionario y en la irreverencia hacia las falsas poses de la cultura elitista, las fuentes inspiradoras de su búsqueda creativa. Eran los días del maracuchismo-leninismo. En 1977 el Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa, política de masas impulsada por el PRV-RUPTURA, realiza en Maracaibo el Encuentro de la Cultura Popular Armando Molero, reivindicando en la figura del cantor de Maracaibo Florido, toda la acción creadora de los humildes que sueñan un mundo mejor. Fue ese un evento de impacto político que sumó voluntades hasta el momento dispersas por toda la geografía regional. La politización y el crecimiento ideológico del pueblo zuliano experimentó un impulso telúrico inusitado a partir del movimiento cultural comprometido con la revolución. El mismo movimiento tomó la iniciativa de organizar en octubre de 1979 el Primer Encuentro Nacional Indígena en Paraguaipoa (Frente al Mar en wayúunaiki), al que acudieron representantes de pueblos originarios nacionales y de otros países, así como luchadores sociales e intelectuales solidarios con las luchas de los pueblos indígenas. Este evento, absolutamente original y pionero, echó las bases del movimiento indígena que luego se manifestó entusiasta y firme en la explosión constituyente, alcanzando las históricas conquistas que recoge nítidamente la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Me detengo acá para recalcar que estos eventos prenombrados, y, particularmente, este último de los pueblos indígenas, sí constituyeron y constituyen aportes concretos a la conformación del concepto de la zulianidad. Qué puede ser más zuliano que la reivindicación de nuestra condición indígena originaria, nuestra condición pluricultural y multilingüe. Es propicio apuntar que el Cantor del Pueblo, Alí Primera, Precursor de la Revolución Bolivariana, comprendió tan oportunamente la pertinencia de estas convocatorias, que, el 12 de octubre de aquel 1979, se presentó espontáneamente en Paraguaipoa a dejar fiel testimonio de su compromiso, cantando su Un guarao, su Coquivacoa, su Canción mansa para un pueblo bravo. Y fue él, quien recogió y dio continuidad organizativa a los frutos del Encuentro Armando Molero, al punto de llegar a establecer en la casa de Josefina, la viuda de Molero, su puesto de comando, desde donde dirigió la Canción Solidaria y la Canción Bolivariana, verdaderos hitos en la historia de la Revolución venezolana y latinoamericana.

La desértica década de los 80s, conoció, sin embargo, el andar de los movimientos sociales alternativos que, desde las luchas culturales, ambientales, indigenistas, estudiantiles, resistimos al congelamiento ideológico de la “concertación” y el bozal de arepas de la corrupción. La hegemonía adeco-copeyana local, tutorada por el poder centralista, fue enfrentada por estos movimientos donde conseguimos refugio los reductos del naufragio de la izquierda, que por esos días lucía envilecida, dispersa, vencida, cuando no entregada y subsumida al régimen que antes combatió.

El profesor universitario Luis Hómez Martínez, politólogo estudiado en Francia, militante del socialismo europeo reformista, despertó un liderazgo interesante que combinó la lucha contra la corrupción con el acompañamiento a reclamos comunitarios, utilizando de manera natural y grácil, la oralidad vernácula y los modos regionales de comunicación interpersonal. Hómez cultivaba las manifestaciones culturales zulianas, él mismo interpretaba al piano, con notable virtuosismo, las piezas tradicionales del vals, la danza, la gaita y el bambuco.

Una terrible enfermedad lo indispuso para enfrentar el fraude de que fuimos víctimas en diciembre de 1989, cuando la derecha regional centralista, nos arrebató aquel importante triunfo electoral.

Los sucesos de febrero de 1992 son harto conocidos. Un sentimiento popular se encendió con aquella chispa liberadora y comenzó a transitar la ruta de la Revolución Bolivariana. El Zulia, contrario a la conseja centralista de que tenemos una conducta política conservadora, fue el primer lugar del país que premió con su voto la insurrección del 4 de febrero. No abordaremos aquí los resultados de aquella elección, pero el hecho señalado, es, sencillamente, incontrastable.

La militancia revolucionaria de este tiempo, tiene la tarea impostergable de renombrarse desde la identidad regional construyendo el discurso de la nueva venezolanidad como expresión específica de esa nueva federación revolucionaria que aspiramos consolidar con la patria socialista.

La Nueva Federación se afinca en el fortalecimiento del Poder Popular

Si bien el fenómeno de la capitalidad es una herencia colonial, no ocurre lo mismo con la división político-territorial de la nación, que es una hechura de la República basada en los estudios geográficos y cartográficos de Agustín Codazzi y los aportes historiográficos de Rafael María Baralt. Tremendo sello de calidad que no ha sido valorado por las nuevas generaciones de académicos y gobernantes. La obra de estos dos significativos patriotas, no volvió a ser publicada en forma simultánea desde aquella primera vez de 1841 cuando sus gloriosas páginas salieron de la imprenta parisiense de la rue de San Benuá.

Los actuales estados, con algunas variaciones, son básicamente los mismos que resultaron de aquella división político-territorial convalidada por el pacto federal en 1864, pacto que devino en la complacencia de los caudillismos regionales, pero que dejó vigente el predominio oligárquico traicionando el contenido clasista original de la causa federal que encabezó Ezequiel Zamora. A todas estas, los municipios fueron proliferando de forma burocrática al calor de las apetencias clientelares partidistas, al punto que estados relativamente pequeños en territorio como Táchira y Falcón, llegan a tener en la actualidad 29 y 25 municipios respectivamente.

Y eso que los preceptos establecidos en la Constitución Nacional sobre la diversidad de configuración de los municipios, atendiendo a sus especificidades, no se han puesto en marcha todavía. La nueva arquitectura federal trasciende lo meramente formal territorial, para adentrarse en la descentralización y desconcentración del poder hacia la comunidad organizada.

La Revolución Bolivariana profundiza el carácter federal del Estado transfiriendo al pueblo competencias en la “formulación, ejecución, control y evaluación de políticas públicas”, según se lee en el Artículo 2º de la Ley de los Consejos Comunales. Más profundo aún vamos, al transferir a la gente la propiedad y administración de importantes medios de producción, en un alarde robinsoniano de inventar para crear el nuevo modelo de sociedad. Entonces, el esquema tradicional de la descentralización puntofijista, capitalista, centralista, neoliberal y farfulla, no encaja con la nueva política federal descentralizada con base en la democracia participativa y protagónica, que tiene alcances cualitativa y cuantitativamente superiores a los cacareados logros de las reformas neoliberales de los 90s.

Yldefonso Finol


jueves, 27 de agosto de 2026

PALESTINA EN EL ALMA

 


La Muerte de Arafat [1]

La Mukata es una prisión construida por el colonialismo inglés en Ramala, cuando aún ocupaba esas tierras. En esa edificación montó temporalmente Arafat la Autoridad Nacional Palestina después que el ejército israelí destruyera a bombazos su sede oficial.

Pero los israelíes decidieron que La Mukata fuera la cárcel de un Arafat condenado a cadena perpetua y pena de muerte a la vez. El delito que le achacan es el de haber dedicado toda la vida a la causa de su pueblo, de su patria, de la desterrada Palestina que clama existir.

La mayor parte de su vida cargó con el fardo de ser estigmatizado como terrorista. Y he allí una de las mayores y más injustas paradojas de la lucha del pueblo palestino y del pueblo árabe en general: ser un patriota que se enfrenta a la ocupación imperialista es ser un terrorista. No es terrorista, sin embargo, el ejército que invade y asesina a todo un pueblo. Si no, miremos a Irak: más de cien mil civiles muertos calificados por los medios de comunicación como terroristas.

Hablar de Arafat, ahora que un criminal ministro israelí celebra su muerte, es hablar del cinismo y el fracaso del sistema de Naciones Unidas, y de la hipocresía y el fariseísmo de la mayoría de los gobernantes y líderes del mundo árabe, entregados vergonzosamente a los negocios con sus enemigos históricos. Es hablar también de la gran contradicción de nuestro tiempo: emancipación de los pueblos versus imperialismo.

¿Cómo se podría explicar que un Estado de 21.000 kms2 –una tercera parte del Zulia- haya mantenido en jaque a las Naciones Unidas, incumpliendo con arrogancia sus resoluciones? No nos engañemos. El mundo está bajo la égida de la bota y la bomba imperialista. Cualquier idiota que ocupe la Casa Blanca podrá decidir qué gobierno es estable y respetado, y qué otro sucumbe. O lo que es lo mismo: el peso político de todos los Estados del planeta juntos no inclina la balanza a su lado tanto como la lleva al suyo el país de la CIA. Toda la ONU vota para levantar el bloqueo a Cuba y a los gringos no les da la gana y punto. Toda la ONU vota para sancionar a Israel y otra vez a los gringos no les da la gana. Claro que esas ganas no son gratuitas: son las ganas del capital financiero transnacional.

Entonces se ve que cuando uno quería hablar de Yasir Arafat, del héroe palestino por excelencia, termina hablando del imperialismo. Los telediarios, noticieros y documentales de las cadenas informativas internacionales dirán muchas cosas sobre él: que tal vez lo envenenaron, que no se sabe la hora exacta de su fallecimiento, que el entierro en Ramala fue un desorden que anuncia la falta de liderazgo y la ingobernabilidad en que queda Palestina, que Bush y Blair ahora si ven una salida política al conflicto árabe-israelí, que Hamas aprovechará la coyuntura para enardecer a las bases de Al Fatah en su plan de radicalizar la lucha, que Arafat no previó el surgimiento de un líder que lo sustituyera y, por tanto es responsable de la acefalía del movimiento palestino. Dirán esto y mucho más.

Nosotros, desde este rescoldo de las patrias oprimidas en proceso de liberación, como bolivarianos solidarios comprometidos con la inmensa causa palestina, sólo diremos que ha muerto un imprescindible, un hermano combatiente de todos los días de toda la vida. Honor y gloria a Yasir Arafat, Abu Amar, Padre del Pueblo de la Patria Palestina. Nazcan muchos como él.   

Israel y un mundo cobarde

(Martes, 01/06/2010

Yo estoy convencido que el llamado “problema palestino” es el principal problema político que tiene la humanidad. Dependiendo de cómo este asunto se resuelva, veremos si es posible una mejor humanidad o si se profundiza el actual estado de cosas.

En la compleja situación que vive este pueblo ancestral, hay muchos elementos tergiversados por manipulación ideológica de los grandes medios, empezando por el cine. La poderosa maquinaria cultural sionista ha impuesto en el mundo la idea del “holocausto judío” como hecho más trascendente de la mal llamada Segunda Guerra Mundial. Ciertamente la razzia llevada a cabo por la extrema derecha nazifacista es un hecho repudiable desde todo punto de vista. Pero cómo llamar entonces a los veintidós millones de muertos que sufrió la extinta Unión Soviética; pueblos enteros enterrados en fosas comunes, pueblos heroicos que con su inmenso sacrificio derrotaron a la bestia nazi.

Y, ¿cómo llamar los ochenta millones de seres humanos asesinados en la invasión europea al continente hoy llamado América?

Esas no son víctimas dignas de considerar ni de indemnizar. Ni de reivindicar en versión histórica alguna. Eran solo indios, gentilicio prestado por error.

Pero esta Israel no es la de la Biblia. Es un amasijo de gentes de todos lados, sobretodo de Europa, que han invadido con saña y alevosía desde hace 63 años la tierra palestina, engañando y asesinando a sus originarios habitantes.

Avigdor Lieberman, el canciller del actual gobierno, lleva apenas 25 años viviendo allí. Es un extranjero y tiene el poder de destruir vidas por miles. Lo mismo ocurre con la agresiva invasión con colonos. A Palestina le van dejando sólo un 13% del territorio que le reconocen las Resoluciones de Naciones Unidas.

La ONU está totalmente deslegitimada. La impunidad internacional impuesta por Israel con apoyo de Estados Unidos e Inglaterra es el cáncer que diezma la posibilidad de una comunidad de naciones en paz y con justicia.

El mundo observa indiferente el genocidio planificado, sostenido y creciente de un pueblo entero, donde el poder financiero transnacional hace gala de su prepotencia, y los gobiernos de países árabes y musulmanes, exhiben sin pudor su desvergüenza y su cobardía.

Al contrario, la actitud viril y solidaria de nuestro Gobierno Bolivariano, es motivo de orgullo nacional y mensaje de esperanza al pueblo árabe-palestino.

El único camino posible para detener la carnicería sionista contra Palestina, es darle una lección de fuerza a Israel, declarando el bloqueo de ese mercado y el boicot de sus productos y de empresas asociadas a nivel mundial; a la vez que se establece definitivamente el Estado Palestino con ayuda internacional para ser dotado de un ejército apertrechado con disuasivos suficientes para bajarle los humos al envalentonado guapetón del Medio Oriente.

Para lograr esto en indispensable la unidad de los patriotas palestinos.

Lo ocurrido con la flotilla humanitaria en aguas internacionales del Mediterráneo, es la última prueba que la ONU necesitaba para terminar con la impunidad sionista. Si no lo hacen institucionalmente, vendrán situaciones de mayor peligro aún, donde el riesgo de una guerra atómica podría ser la terrible desembocadura de un mundo cobarde y egoísta.

Economista, Historiador, Escritor y Diplomático. Constituyente de 1999
caciquenigale@yahoo.es


El plan de Israel: exterminio y hegemonía en Oriente Medio [2]

Durante la tortura de una mujer venezolana, militante de izquierda con ocho meses de embarazo, el terrorista cubano al servicio de Estados Unidos Luís Posada Carriles, ordenó que le patearan el vientre para “matar esa semilla”.

Ese también fue el propósito de las esterilizaciones masivas en comunidades indígenas de Latinoamérica, llevadas a cabo por el imperialismo en tiempos de la “Alianza para el progreso”, cuando en el Pentágono decían que era más barato matar los Che Guevara antes de nacer.

Tal es el Plan de Israel con Palestina. El francotirador del ejército israelí David Ovadia, se ufana públicamente de matar en un día 13 niños palestinos, mientras un grupo de hinchas sionistas celebran el hecho en las calles de Tel Aviv, cantando: “Mañana no hay escuela, ya no quedan niños en Gaza! Olé, Olé, Olé, Olé.  Gaza es un cementerio.  Muerte a los árabes”.

Pensar que la Liga Árabe fue diligente contra sus hermanos de Libia y Siria, pero le lame las suelas a su enemigo histórico. ¡Nido de sanguijuelas!

Durante esta nueva masacre que ejecuta Israel contra Palestina, la muerte de trescientos niños y muchas mujeres, no es un “daño colateral”, al contrario, es parte clave de plan terrorista israelí: exterminar para robar tierras y recursos e imponer una hegemonía imperialista en la región.

En tres semanas sesenta mil palestinos perdieron sus hogares y 460 mil han sido desplazados. Destruyeron la única planta eléctrica, atacaron ambulancias y bombardearon hospitales. Delitos de lesa humanidad puros y duros. Por algo ese Estado criminal no reconoce la Corte Penal Internacional.  

Israel ha ejecutado dos mil ataques aéreos, y movilizó 86 mil efectivos militares en la operación “Margen Protector”, y ha solicitado a Estados Unidos más municiones de su arsenal local con equipamiento valorado en mil millones de dólares.

Al menos diez escuelas, incluidas las que regenta Naciones Unidas, fueron agredidas por la maquinaria bélica judía. Hasta el 1º de agosto ha matado más de 1.700 y herido más de 12.000. Datos del ministerio de salud palestino y organizaciones internacionales estiman que 80% de las víctimas son civiles, entre niños, mujeres y ancianos.

Para el gran cartel mediático imperialista, se trata de un conflicto entre Israel y Hamas, ya que éste último lanza cohetes a territorio sionista. Esta falsedad se cae sola a la vista de la verdad histórica: cuando Hamas fue fundada a finales de 1987, Israel llevaba 40 años violentando a Palestina.

Obama es culpable de este genocidio, y Ban Ki Moon alcahuete.

En el otro extremo, el del amor, el chavismo mundial exige paz, cese del genocidio y el derecho a un Estado Palestino soberano, con todo su territorio libre del terrorismo global israelita. Para esto hay que desarmar al monstruo sionista.

Repito, en Palestina se decide el futuro de la humanidad. Sólo los pueblos alzados contra el imperialismo la salvarán.

 

Yo soy palestino

Yo soy palestino

No necesito que me mate el ejército israelí para aborrecerlo

Me basta verlo pasearse todo maquillado ante la cámara de CNN para despreciarlo

Yo no necesito nacer en Gaza para saber que las finanzas internacionales son una maldición

Porque yo soy palestino aunque nadie me lo autorice

Tengo mi pasaporte entre el pecho y la rabia que es el amor elevado al despojo insolente del imperialismo

Tengo mi residencia debajo de la penúltima piedra de la Intifada más reciente que recogió León Felipe para hacer un poema de verdad

Mi condición de palestino no me la quita nadie

Porque yo desde niño he soñado con danzas jolgorios de manos alzadas  al aire

Corderos en llamas de leña perfumada rodeados de abrazos tribales que oran

Leches vegetales mosaicos de verdes de miles de coles aliñadas

Yo soy el jugo de naranja que llueve sobre Palestina

No me hace falta el dios de los judíos ni ningún otro para ser miel de las almendras

Menos para encontrar la verdad debajo del pañuelo crisálida de un alma que respira

Yo soy palestino sin derechos ni prebendas soy solo el deber de resistir

Otros caminan por ver la luz yo palestino me entierro para añorarla

Y otros muy otros tan otros que no son ni ellos

Me buscan en el vientre de mi madre para descuartizar lo que yo he sido

Me matan si he nacido para evitar que pueda ser

Porque yo soy palestino dueño ancestral y amoroso de lo que el odio envidia

Soy perseguido del ogro el señor de los perfumes y las transacciones

Me culpan de estar aquí donde estuvieron siempre los míos

A esos otros tan otros que no son ni ellos

Les ha dado por borrarnos del mapa para establecer el planeta de la dolarfilia

Yo soy palestino sin agua ni dólar ni alimento

Palestino sin noche de amor ni amanecer

Pero seré palestino por siempre lunas estrellas cielos tierra

Aunque los otros que de tan otros ya no humanos

Me nieguen a bombazos un día de sol.

Soy palestino

Y mi ternura ya es daga vengadora de mil entregas

De mil poemas humanidad.

 

Yldefonso Finol



[1] Artículo escrito el 15 de noviembre de 2004

[2] Artículo de 2014



lunes, 24 de agosto de 2026

24 de agosto de 1499: cómo un tal Alonso de Ojeda se ha burlado de todos por más de cinco siglos

 




24 de agosto de 1499: cómo Alonso de Ojeda se ha burlado de maracuchos y venezolanos por más de cinco siglos



La historia oficial creó el culto al colonialismo. Desde aquel viaje han pasado 527 años y aun sobrevive la imagen épica, idílica, religiosa y hasta poética del invasor Alonso de Ojeda, el que menos le prestó atención al estuario, y al que la historiografía oficial otorgó el pomposo título de “descubridor” de un lago cuya grandeza ni siquiera conoció.

La mayoría de los autores, cronistas e historiadores, se han embelesado construyendo una narrativa justificadora de la invasión y ensalzando la figura del conquistador con detalles biográficos cursis, plagados de falsedades, que maquillan de heroísmo lo que no fue otra cosa que bribonería y ambición bestial.

Nos impusieron los mitos alienantes del “descubrimiento” de nuestras tierras y la “fundación” de nuestras ciudades por parte del invasor, pero cabe preguntarse ¿quién descubrió España? ¿Fueron acaso los romanos que hasta le pusieron el nombre o los árabes que la ocuparon ocho siglos permitiendo la convivencia de religiones y sin destruirles sus culturas locales? Del “descubrimiento” de España y demás potencias imperiales no se habla. Eso es obra divina.

Al Lago lo descubrieron los ancestros arahuacos que aquí se asentaron miles de años antes de la invasión; los añú, originarios de la patria acuática llamada Maracaibo. También lo descubrieron los barí de tronco chibcha instalados en sus ríos y serranías muchos siglos antes que los europeos. Aún los yukpa y sapreyes caribes que llegaron con medio milenio de ventaja a los españoles, y los wayúu y caquetíos y cuicas que aquí venían a maravillarse.  

No se puede descubrir lo que está habitado, ni inventar lo que está creado, ni fundar lo que ya existe. Los términos que componen el glosario de la autoflagelación colonialista, son armas ideológicas para justificar el genocidio, el robo, la esclavitud, y perpetuar el predominio de la colonización espiritual de los pueblos vencidos por el invasor mercantilista.

Con este pronunciamiento quiero provocar un debate que cuestione la opresión colonial en todas sus formas y en todos los tiempos. No se trata sólo de discutir si Ojeda realmente entró o no al Lago Maracaibo –que muy probablemente no lo hizo- sino también de revisar las consecuencias fácticas de aquella incursión enemiga. No creo –ni aspiro- tener la verdad absoluta. Los que si creyeron –y creen- tenerla son los que nos impusieron desde los púlpitos, las escuelas, los estrados, que aquellos invasores extranjeros vinieron a “descubrirnos” y a “civilizarnos”; esos que establecieron como verdad incuestionable que Colón descubrió América y Ojeda al Lago Maracaibo.

Seguro tratarán de descalificar mi trabajo con argucias extraídas de las manoseadas versiones pro colonialistas, mil veces refritas por autores respetables y también por piratas y plagiarios, pero algo puedo sostener con sobrada convicción: si yo no pudiera llegar a demostrar fehacientemente que Alonso de Ojeda no estuvo en el Lago Maracaibo, mucho menos sus acólitos podrán confirmar lo que pretenden pétreamente cierto, pues, sobre esa presunta visita de seis o nueve días, no quedó ni la más mínima relación que describa ni someramente un paisaje imposible de soslayar.

    

El relato de ese viaje lo escribió el famoso italiano Américo Vespucio, y lo trazó en mapas el cántabro (o vizcaíno según distintas fuentes) Juan de la Cosa, avezado marinero y cartógrafo, que aportó su carabela Santa María en el Primer Viaje de Colón y que, en otra invasión con Ojeda murió flechado por los originarios arahuacos de Turbaco en 1510.

Esa primera expedición de Alonso de Ojeda salió del Puerto de Santa María más o menos el 18 de mayo de 1499 por la ruta del Tercer Viaje de Colón que llegó a Trinidad y Margarita, siguiendo por la costa rumbo oeste con algunas paradas en costa mansa y una bravía donde cayeron los primeros mártires de la resistencia indígena, hasta llegar a Curazao –que llamaron Isla de Gigantes- y el cabo de San Román en la península de Paraguaná (también llamada Curiana) y la Guajira, que confundieron con una isla, a la cual nombraban Coquibacoa.

Su arribo al Golfo de Venezuela se produce el 24 de agosto (referencia al día de San Bartolomé), y luego de un rápido recorrido rumbo noroeste hasta divisar el actual Cabo de la Vela, se van hacia la isla Española donde llegaron por el puerto de Yáquimo el 5 de septiembre de 1499. Como se puede ver con claridad por las fechas del recorrido, en ese primer viaje de Ojeda a “tierra firme”, no pareciera haberse dado alguna entrada al Lago Maracaibo.

Ojeda regresó a Sevilla a buscar un poder que le permitiera erigirse en señor de los territorios recién hallados. Recordemos que es la primera vez que se permiten expediciones fuera del monopolio de Cristóbal Colón, siempre que fuese en áreas no atribuidas a su (“descubrimiento”) jurisdicción. Con apoyo del clero castellano, Ojeda fue nombrado Gobernador de Coquibacoa (ese lugar que soñó para su reino en alguna playa de la alta Guajira) el 8 de junio de 1501, dedicándose algunos meses a organizar una expedición colonizadora con dos nuevos socios, Juan de Vergara y García de Ocampo. Salieron en enero de 1502 en cuatro embarcaciones. Llegaron al Cabo San Román y continuaron hacia una ensenada en la fachada noroccidental de la península Guajira, hoy perteneciente a Colombia (algunos autores la sitúan en Bahía Honda).

A la usanza de lo aprendido con Colón, construyeron un pequeño fuerte y lo bautizaron “Santa Cruz”, nombre del lugar que suelen destacar en esa historia oficial colonialista como el primer establecimiento español en Suramérica. Este viaje tuvo planes colonizadores. Pretendían instalarse en el territorio y poseerlo. La Corona española iniciaba con esta avanzada, su estrategia de posicionarse en los territorios recién invadidos, para prevenir que los tomasen otras monarquías europeas. Ese campamento (con ínfulas de ciudad para algunos cronistas pro coloniales) duró muy poco tiempo, por el escaso bastimento, las rencillas surgidas entre los colonos, y el acecho de los pueblos arahuacos molestos por la presencia de extraños en sus sitios sagrados.

Existen razones científicas para poner en duda la enquistada leyenda de que Alonso de Ojeda entró al Lago Maracaibo. En toda la documentación oficial que él mismo suministró al Reino de España para hacerse con la Gobernación de Coquibacoa, se trata a las penínsulas Guajira y Paraguaná como si fuesen islas. No aparece por ningún lado la descripción de una gran laguna, y más bien da la impresión que llaman San Bartolomé al golfo “con forma cuadrada” que se forma entre San Román y Coquibacoa.

La narración de Vespuci que dio origen al nombre Venezuela, no menciona en ningún momento al Lago: “Desde esta isla fuimos a otra isla vecina de aquella a diez leguas, y encontramos una grandísima población que tenía sus casas construidas en el mar como Venecia, con mucho arte; y maravillados de tal cosa, acordamos ir a verlas, y al llegar a sus casas, quisieron impedir que entrásemos en ellas. Probaron cómo cortaban las espadas y se conformaron con dejarnos entrar, y encontramos que tenían colmadas las casas con finísimo algodón, y las vigas de sus casas eran también de brasil, y les quitamos mucho algodón y brasil, volviendo luego a nuestros navíos. Habéis de saber que en todas partes donde saltamos a tierra, encontramos siempre gran cantidad de algodón, y los campos llenos de plantas de él, tanto que en esos lugares se podrían cargar cuantas carabelas y navíos hay en el mundo, con algodón y brasil”. (18 de julio de 1500, Sevilla. Carta dirigida a Lorenzo Pier Francesco de Medici, en Florencia)

Se sabe que el discurso de Américo Vespuci incurre en exageraciones fantásticas, pero informa con carácter de primicia en cuanto a descripción de lugares, habitantes, costumbres y paisajes (¿no es raro que haya dejado de decir algún dato sobre el Lago?); lo que ha llevado a considerar que las viviendas palafíticas mencionadas por él sin hacer alusión a haber entrado por el estrecho hacia el cuerpo de agua dulce, estarían localizadas en la costa oriental del golfo hacia las actuales poblaciones orilleras del municipio Miranda del estado Zulia. Porque algo si está claro, es que Vespucio no regresó con Ojeda en sus siguientes viajes, como si hizo La Cosa hasta morir.

Baralt, repitiendo lo que contaron los cronistas hispanos, no deja de impresionarnos al colocarle al verbo descubrir el inciso cuestionador “según parece”, que en jerga criolla connota al menos un ápice de duda: “descubrió según parece, el 24 de agosto, el puerto y lago de San Bartolomé que hoy llamamos laguna de Maracaibo. No se detuvo mucho tiempo en aquellos parajes; antes bien… reconoció la parte occidental del golfo, y doblado el cabo Coquibacoa, siguió a lo largo de la costa hasta el cabo de la Vela, término de esta navegación. El 30 de agosto dirigió el rumbo a la Española, y entró en el puerto de Jaquimo el 5 de septiembre de 1499”.

A juzgar por las explicaciones de Vespuci y lo que se desprende de los comentarios al mapa de La Cosa en la Suma de Geografía de Enciso, Ojeda no tuvo tiempo de descubrir que en medio de esas penínsulas que él creyó eran islas, se hallaba un lago de 14 mil kilómetros cuadrados con 132 ríos y caños alimentándolo todo el año de aguas dulces y cristalinas.

De regreso a España, entre 1500 y 1502, con la información recopilada en los dos viajes de Ojeda, Juan de la Cosa dibujó un mapamundi, en el cual, hacia la entrada del lago de Maracaibo, aparece por primera vez el nombre de Venezuela. El original de este mapa se encuentra en el Museo Naval de Madrid, y este Cronista lo vio en septiembre de 1996 cuando se acreditó como investigador de los Archivos Históricos de España. Una copia del mismo existe en mi biblioteca.

Nectario María, en “Mapas y planos de Maracaibo y su región”, cita aquella primera edición de 1519 del libro Suma de Geografía del Bachiller Martín Fernández de Enciso, donde se publica el mapa de Juan de la Cosa que hemos mencionado: “Del cabo de San Román al cabo Coquibacoa hay tres isleos en triángulo, entre estos dos cabos se hace un golfo de mar en figura cuadrada, y el cabo de Coquibacoa entra desde este golfo otro golfo pequeño en la tierra 4 leguas. Y al cabo del acerca de la tierra está una peña grande que es llana encima della. Y encima della está un lugar o casas de indios que se llama Veneciuela. Está en X grados. Entre este golfo de Veneciuela y el cabo de Coquibacoa haze una vuelta el agua dentro de la tierra a la parte del Oeste. Y en esta vuelta está Coquibacoa”.

La lectura mecánica de estos documentos generó los grandes enredos que persisten en el conocimiento de las verdades de aquello sucesos. Juan Besson –como otros tantos historiadores- parafrasea el relato contenido en las cartas de Américo Vespucio, y se apresura a magnificar esos seis días que Ojeda exploró el Golfo de Venezuela, ubicando erróneamente dentro del Lago Maracaibo, varios pasajes que corresponden al recorrido que la expedición hizo desde su arribo a las costas venezolanas por las desembocaduras del Esequivo y el Orinoco.

Algunos autores insinúan que Ojeda habiendo valorado la majestuosidad del Lago y sus potenciales riquezas, escondió esa información a la Corona para no tentar a otros navegantes a esquilmarle el hallazgo. Esta tesis parece poco verosímil a la luz de los hechos, puesto que habiendo tenido la oportunidad de retornar al Maracaibo en sus siguientes viajes, prefirió tomar la misma ruta de 1499 hacia la península Guajira y aún más al occidente, hasta ir a parar a los lados de la actual Cartagena y el Darién. Estas realidades consumadas y confirmadas históricamente, constituyen en sí mismas la mayor prueba del desconocimiento, o por lo menos de la subestimación, que hizo Ojeda del lago maracaibero. No puedo negar tajantemente que hubiese navegado alguna parte del estuario, tal vez lo hizo en la desembocadura del Macomite (río Limón) o la Bahía del Tablazo (tal vez ese “otro golfo pequeño en la tierra 4 leguas”, al decir de Vespucio), pero no he encontrado ningún documento que certifique que dicha entrada haya ocurrido al interior lacustre. Todo indica que pudo ser en el segundo viaje emprendido en enero de 1502 como flamante “gobernador de la isla de Coquibacoa”.

Tampoco sería desdeñable deducir que la resistencia multitudinaria opuesta en estas orillas por los originarios pobladores, les recordara el sangriento combate de Puerto Flechado, y prefiriera el Ojeda evitar nuevas bajas, toda vez que su tropa cabía en un barco casi sin bastimentos y agotada por la travesía. Esto último quedó confirmado por la presurosa vuelta hacia Santo Domingo, donde más de un lío enfrentó el conquense por las mañas de que se valió para conseguir provisiones y dinero.  

Nectario María, militantemente pro hispanista, exaltador de la figura de Ojeda y de su condición de “adelantado” (práctica similar a la del fraile Las Casas), se cuida sin embargo de anteponer una mínima duda razonable a la fecha del “descubrimiento” que él defiende a capa y espada: “apuntamos la particularidad de que probablemente el descubrimiento del pueblo de Veneciuela y el del lago de Maracaibo coincidiera en el mismo día, 24 de agosto”.

La palabra “probablemente” deja constancia que el religioso historiador no tenía la certeza nítida de que el avistamiento del pueblo de palafitos que Vespucio (aunque Nectario, para más engrandecer a Ojeda y a España, le minimiza protagonismo en la expedición) comparó con Venecia, ocurriese simultáneamente al encuentro del lago del mene; y por muy fantasiosas que hayan sido las cartas del mercader florentino, en sus líneas se lee por primera vez la referencia veneciana que luego plasmó en sus mapas Juan de la Cosa, y publicó Martín Fernández de Enciso casi veinte años después.  

Nectario coquetea con la posible etimología indígena de Veneciuela, pero hace ratos hemos descartado esa opción, que no por desear que el nombre de la patria fuese de un idioma originario, vamos a incurrir en la falsificación de los hechos. No existen en las lenguas nativas como el añún nukú, auténtica maracaibera, y las otras de tronco lingüístico arahuaco, ni el prefijo “vene” o “bene”, ni el sufijo “ciuela” o “zuela”. Por cierto, tampoco guarda relación la palabra “Coquibacoa” usada por Ojeda, con el Lago Maracaibo propiamente dicho; ella más parece indicar la península al oeste del Golfo venezolano.

En textos contemporáneos, redactados sin ánimos apologistas ni detractores del invasor, sino con plena vocación científica, como los aportados por el profesor Emanuele Amodio, coinciden en aspectos importantes de la tesis que aquí esbozamos, en el sentido que la única posible entrada de Ojeda al Lago Maracaibo ocurriría hipotéticamente en su segundo viaje al golfo de Venezuela en 1502. Dice Amodio: “Sugiero que la entrada verdadera al lago se realizó durante este segundo viaje, cuando navegó por nueve días lago adentro… si en el primer viaje hubiera llegado por lo menos a la isla de Toas, se hubiera percatado de que el agua se volvía dulce y, por ende, que se trataba de un lago o de un grande río, como ya había sucedido a Colón en el viaje al delta del Orinoco. Así que, en 1499, lo que fue “descubierto” por los europeos no fue el lago de Maracaibo sino el golfo de Venezuela”.

De hecho, Ojeda sólo usa el nombre del lago o golfo “San Bartolomé” en tres ocasiones: primero en la orden que da en 1502 a su socio Juan de Vergara, para que fuera en busca de alimentos a Jamaica; segundo, al enviar –ya impaciente- a Juan López a buscar a Vergara que tardaba en regresar; y tercero, en una Instrucción dada a su sobrino Pedro Ojeda. En las tres menciones correlaciona al lugar llamado por él “San Bartolomé” con el Cabo de la Vela, como punto de referencia en caso de extravío de los navegantes a su mando, a los cuales les instruye reunirse allí. Al sobrino, que debía ir en pos del carabelón “Santana”, le dice Ojeda: “si no lo encuentra en cabo Codera ni en puerto Flechado, donde me hirieron cierta gente, navegue hasta el lago de San Bartolomé, donde tomamos las indias en el viaje de 1499”.

Las precarias referencias de localización usadas por aquellos primeros invasores, se aferraban de cualquier accidente geográfico notable y de los sucesos ocurridos en ellos, para armar la bitácora de regreso y nuevos recorridos. Por eso Ojeda insiste en recordar esa playa del litoral donde tuvieron la primera batalla en Tierra Firme con la población originaria, “Puerto Flechado”, que la mayoría de los autores ubica cerca del actual Parque Nacional Morrocoy; y asienta ese golfo de “San Bartolomé” en el lugar donde raptaron a un grupo de muchachas, inaugurando la trata de personas, la violencia sexual contra la mujer y la esclavitud femenina en nuestro continente. ¡Vaya postal, “descubridor”!

Evidentemente no se interesó Ojeda en “su lago de seda” (como se ha vendido ridículamente en la poética colonizada) ni por la abundante agua dulce y alimentos, ni por las rutas que como pista de navegación se le abrían hacia tierras ricas en oro, maderas y demás frutos de la tierra. No. Apenas lo consideró un lugar de paso, una referencia para no perderse en los mares que conducían a su efímera y quimérica gobernación de Coquibacoa, y su fallida otra gobernación de Urabá, que iba desde el Cabo de la Vela al golfo homónimo. ¿Por qué “don Alonso” no incluyó al espectacular Lago en su invento de gobernación? ¿En qué quedó entonces el apego que el “descubridor” debía a su Lago, donde hasta una ciudad bautizaron los dictadores del siglo XX con su nombre, para cometer memoricidio sobre el genocidio de Paraute?  

No me interesa indagar en la biografía de los invasores. Me ocupa el proceso de dominación por el cual destruyeron a los pueblos indígenas y sus culturas por sobre un océano de muertes injustas y crueles, todo por saciar la avaricia infinita que se tradujo en acumulación originaria de capital para abrir cauces al mundo capitalista. Me preocupa que no hayamos sido capaces de independizarnos del yugo ideológico que representa aun hoy día el pensamiento pro colonial dominante. El opio alienante que se nos aparece hasta en la sopa.

Alonso de Ojeda no sólo fue un aventurero con mala energía, que hizo trampas a sus compañeros de conquista para ganar privilegios o algunos maravedíes más; fue un protagonista en el exterminio de los originarios de Haití, República Dominicana y otras islas caribeñas. Él fue uno de esos asesinos denunciados por los frailes Pedro de Córdova y Antonio Montesinos en 1511, que causaron la desaparición de la población autóctona en las Indias, como llamaban al archipiélago taíno. Sus propios colegas lo reportaron como agresor en varios juicios de residencia, sustanciando con sus testimonios el expediente de un criminal que no conoció límites morales en su afán de poder. Su periplo por las costas venezolanas, inauguró el derramamiento de nuestra sangre india, y a partir de su presencia por estos lares, descubrimos las cadenas de la esclavitud que oprimen por la espada y por la cruz.

 

Yldefonso Finol