domingo, 8 de marzo de 2026

DEFENSA DE NICOLÁS

 


DEFENSA DE NICOLÁS

No apelaré a los exánimes papeles del Derecho Internacional. Nicolás Maduro es un prisionero de guerra, tal cual él mismo se declaró en la primera -y única- comparecencia ante un tribunal yanqui. Él es el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, secuestrado junto a su señora esposa, la diputada Cilia Flores, durante una agresión armada, premeditada y alevosa, por parte del gobierno de Estados Unidos, resultando asesinadas una gran cantidad de personas, aún no precisada por la vocería oficial. Urgimos la publicación exacta de los nombres de las víctimas, héroes y mártires, de ese ataque criminal, a quienes debe erigirse un monumento en su honor para que ésta y las nuevas generaciones nunca las olviden, y sean recordadas con el dolor y la veneración merecida. Este crimen imperdonable debe ser procesado como acto terrorista y sus perpetradores materiales y autores intelectuales, ser juzgados legítimamente por nuestro Poder Judicial.

He allí una paradoja que por sí sola desmonta -por inmoral- el juicio que se le pretende seguir al Presidente Nicolás Maduro en una jurisdicción incompetente e invasiva, extraña e ilegítima, amañada y corruptora del derecho consuetudinario, de la doctrina y jurisprudencia del derecho desarrollado en el marco de las Resoluciones, Declaraciones, Convenciones y Estatutos de la Organización de Naciones Unidas; instancia necesaria, pero herida de muerte por la inutilidad en que la ha hundido la prepotencia de los fanáticos hegemonistas y extremistas que gobiernan Estados Unidos.

El primer argumento en defensa de Nicolás es la falta de autoridad moral de quienes le retienen y le pretenden juzgar. (Y no me detendré en debatir la podredumbre moral de esa sociedad imperialista-sionista que he calificado como la “Civilización Epstein”).

La violación de nuestra soberanía y la vulneración de la inmunidad del Jefe de Estado a través de un acto de guerra (no declarada formalmente, aunque ejecutada en versión multiforme desde hace dos décadas), desautoriza al país agresor que por atajos írritos se autoproclama agente perseguidor y verdugo antes que juez. Esto constituye un precedente peligrosísimo en el concierto de naciones, que descarrila las prácticas diplomáticas, el derecho de igualdad de los Estados soberanos, las elementales relaciones de convivencia pacífica, sustituyéndolas por la barbarie, esa que los filmes gringos llaman “ley del oeste”.

En los orígenes del agravio a la dignidad bolivariana, la mentira. La narrativa imperialista contra Venezuela se ensañó en la persona que encarna el proyecto emancipatorio construido por la Revolución Bolivariana: Nicolás Maduro, el elegido para continuar la obra del Comandante Chávez. Recordemos que vivimos un proceso de fascistización imperialista global, y que la primera arma del flagelo nazi-fascista (sionista) es la falsedad. Las acusaciones que repetidamente se han lanzado hacia el Presidente Maduro son todas calumniosas. Donald Trump, que actúa como dictador en su país y lo aspira hacer en todo el mundo, se refiere a nuestro Presidente como “dictador narcoterrorista”, y lo corean la transnacional mediática antibolivariana, los presidentes cipayos citados en Miami por el “emperador” mostaza (más algunos invisibles), y las derechas furibundas de todos lados.

Nicolás Maduro es un trabajador, persona humilde, decente y generosa. Nunca ha cometido ningún tipo de delito, ni siquiera alguna falta menor. Su trayectoria es fácil de conocer, porque desde joven hizo vida pública como activista social en las barriadas caraqueñas, donde practicó deportes, aprendió música que interpretó con sus amigos en agrupaciones juveniles, abrazó los ideales socialistas, participó en movimientos populares por reivindicaciones ciudadanas, levantó una familia, se hizo sindicalista, líder democrático, impulsó cambios que el país reclamaba por vías pacíficas, llegó a parlamentario, luego fue electo constituyente en 1999 y es uno de los padres de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Nicolás es un político dialogante, de buen talante y que gusta cultivar la amistad, como buen venezolano y bolivariano que es; lo demostró internacionalmente como Canciller, promoviendo escenarios de encuentro entre pueblos hermanos y en la consolidación de espacios multilaterales, donde prevalecieran la paz y la cooperación, la preeminencia de los Derechos Humanos y la preservación de la vida como valor supremo, en vez de las guerras y las odiosas discriminaciones que siguen teniendo adictos en los imperialismos y mentalidades neofascistas.

Como Presidente Constitucional, tuvo que enfrentarse a las sucesivas agresiones fraguadas por Estados Unidos, las oligarquías vecinas y la derecha pitiyanqui, que casi destruyeron nuestra economía con la guerra híbrida mutante que nos aplicaron desde el Decreto Obama, y llegaron a intentar todas las formas de violencia, incluido el magnicidio. Aún así, reconstruimos el tejido productivo y la asistencia social hacia los sectores más vulnerables, por encima de la maldad desplegada por nuestros enemigos: pandilla de ladrones vendepatria.

Nunca podrán mostrar una prueba ni un elemento de convicción serio de las acusaciones falaces que han proferido con el único propósito de estigmatizar a una persona inocente para liquidar al militante revolucionario que les estorbaba.

La opinión pública universal debe saber estas verdades. Estados Unidos ha cometido crimen de guerra contra Venezuela, como lo venía haciendo contra Cuba, y en macabra alianza con Israel en Palestina, Líbano y ahora en Irán.

Estados Unidos no tiene autoridad moral, ni legitimidad institucional, ni jurisdicción legal, ni razón política, para juzgar a Nicolás Maduro y Cilia Flores. Lo único que procede es retornarlos sanos y salvos a nuestra Patria, para retomar la digna normalidad que merecemos, en cumplimiento cabal de la Carta Magna.

El chantaje extorsivo, las dilaciones y manipulaciones del írrito proceso, el montaje de jugarretas con supuestos “juristas” lacayos en la CPI, la imposición del “plan de tres fases” de los corsarios yanquis, anuncian un tiempo de confrontaciones que pueden retrotraernos a dilemas de siglos pasados, sólo despejados por la claridad y el heroísmo de nuestros Libertadores.

 

Yldefonso Finol       

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