DEFENSA
DE NICOLÁS
No apelaré
a los exánimes papeles del Derecho Internacional. Nicolás Maduro es un
prisionero de guerra, tal cual él mismo se declaró en la primera -y única-
comparecencia ante un tribunal yanqui. Él es el Presidente de la República
Bolivariana de Venezuela, secuestrado junto a su señora esposa, la diputada
Cilia Flores, durante una agresión armada, premeditada y alevosa, por parte del
gobierno de Estados Unidos, resultando asesinadas una gran cantidad de
personas, aún no precisada por la vocería oficial. Urgimos la publicación exacta
de los nombres de las víctimas, héroes y mártires, de ese ataque criminal, a
quienes debe erigirse un monumento en su honor para que ésta y las nuevas
generaciones nunca las olviden, y sean recordadas con el dolor y la veneración merecida.
Este crimen imperdonable debe ser procesado como acto terrorista y sus
perpetradores materiales y autores intelectuales, ser juzgados legítimamente
por nuestro Poder Judicial.
He allí
una paradoja que por sí sola desmonta -por inmoral- el juicio que se le
pretende seguir al Presidente Nicolás Maduro en una jurisdicción incompetente e
invasiva, extraña e ilegítima, amañada y corruptora del derecho
consuetudinario, de la doctrina y jurisprudencia del derecho desarrollado en el
marco de las Resoluciones, Declaraciones, Convenciones y Estatutos de la
Organización de Naciones Unidas; instancia necesaria, pero herida de muerte por
la inutilidad en que la ha hundido la prepotencia de los fanáticos hegemonistas
y extremistas que gobiernan Estados Unidos.
El primer
argumento en defensa de Nicolás es la falta de autoridad moral de quienes le
retienen y le pretenden juzgar. (Y no me detendré en debatir la podredumbre
moral de esa sociedad imperialista-sionista que he calificado como la “Civilización
Epstein”).
La violación
de nuestra soberanía y la vulneración de la inmunidad del Jefe de Estado a
través de un acto de guerra (no declarada formalmente, aunque ejecutada en
versión multiforme desde hace dos décadas), desautoriza al país agresor que por
atajos írritos se autoproclama agente perseguidor y verdugo antes que juez. Esto
constituye un precedente peligrosísimo en el concierto de naciones, que
descarrila las prácticas diplomáticas, el derecho de igualdad de los Estados
soberanos, las elementales relaciones de convivencia pacífica, sustituyéndolas
por la barbarie, esa que los filmes gringos llaman “ley del oeste”.
En los
orígenes del agravio a la dignidad bolivariana, la mentira. La narrativa
imperialista contra Venezuela se ensañó en la persona que encarna el proyecto
emancipatorio construido por la Revolución Bolivariana: Nicolás Maduro, el
elegido para continuar la obra del Comandante Chávez. Recordemos que vivimos un
proceso de fascistización imperialista global, y que la primera arma del
flagelo nazi-fascista (sionista) es la falsedad. Las acusaciones que
repetidamente se han lanzado hacia el Presidente Maduro son todas calumniosas. Donald
Trump, que actúa como dictador en su país y lo aspira hacer en todo el mundo,
se refiere a nuestro Presidente como “dictador narcoterrorista”, y lo corean la
transnacional mediática antibolivariana, los presidentes cipayos citados en
Miami por el “emperador” mostaza (más algunos invisibles), y las derechas
furibundas de todos lados.
Nicolás
Maduro es un trabajador, persona humilde, decente y generosa. Nunca ha cometido
ningún tipo de delito, ni siquiera alguna falta menor. Su trayectoria es fácil
de conocer, porque desde joven hizo vida pública como activista social en las
barriadas caraqueñas, donde practicó deportes, aprendió música que interpretó
con sus amigos en agrupaciones juveniles, abrazó los ideales socialistas,
participó en movimientos populares por reivindicaciones ciudadanas, levantó una
familia, se hizo sindicalista, líder democrático, impulsó cambios que el país
reclamaba por vías pacíficas, llegó a parlamentario, luego fue electo constituyente
en 1999 y es uno de los padres de la Constitución de la República Bolivariana
de Venezuela.
Nicolás
es un político dialogante, de buen talante y que gusta cultivar la amistad,
como buen venezolano y bolivariano que es; lo demostró internacionalmente como
Canciller, promoviendo escenarios de encuentro entre pueblos hermanos y en la consolidación
de espacios multilaterales, donde prevalecieran la paz y la cooperación, la
preeminencia de los Derechos Humanos y la preservación de la vida como valor
supremo, en vez de las guerras y las odiosas discriminaciones que siguen
teniendo adictos en los imperialismos y mentalidades neofascistas.
Como Presidente
Constitucional, tuvo que enfrentarse a las sucesivas agresiones fraguadas por
Estados Unidos, las oligarquías vecinas y la derecha pitiyanqui, que casi
destruyeron nuestra economía con la guerra híbrida mutante que nos aplicaron
desde el Decreto Obama, y llegaron a intentar todas las formas de violencia,
incluido el magnicidio. Aún así, reconstruimos el tejido productivo y la
asistencia social hacia los sectores más vulnerables, por encima de la maldad
desplegada por nuestros enemigos: pandilla de ladrones vendepatria.
Nunca podrán
mostrar una prueba ni un elemento de convicción serio de las acusaciones falaces
que han proferido con el único propósito de estigmatizar a una persona inocente
para liquidar al militante revolucionario que les estorbaba.
La opinión
pública universal debe saber estas verdades. Estados Unidos ha cometido crimen
de guerra contra Venezuela, como lo venía haciendo contra Cuba, y en macabra
alianza con Israel en Palestina, Líbano y ahora en Irán.
Estados
Unidos no tiene autoridad moral, ni legitimidad institucional, ni jurisdicción
legal, ni razón política, para juzgar a Nicolás Maduro y Cilia Flores. Lo único
que procede es retornarlos sanos y salvos a nuestra Patria, para retomar la
digna normalidad que merecemos, en cumplimiento cabal de la Carta Magna.
El chantaje
extorsivo, las dilaciones y manipulaciones del írrito proceso, el montaje de jugarretas
con supuestos “juristas” lacayos en la CPI, la imposición del “plan de tres
fases” de los corsarios yanquis, anuncian un tiempo de confrontaciones que
pueden retrotraernos a dilemas de siglos pasados, sólo despejados por la
claridad y el heroísmo de nuestros Libertadores.
Yldefonso
Finol

No hay comentarios:
Publicar un comentario