Bolívar contra la esclavitud
Por
sentimiento y convencimiento Bolívar está contra la esclavitud. Considera
abominable esa aberración del humano dueño de otra vida humana. Tampoco quiere
enfrentamientos raciales. Su lucha por la igualdad implica eliminar odiosas
brechas socioeconómicas y culturales. La humanidad es una. La condición humana
es una sola y un solo título anhela para todas las personas: ciudadanos. Sabe
además que la unidad del pueblo es la única garantía de victorias sobre el
coloniaje, al que considera una modalidad de esclavitud, en este caso, de
muchas naciones sojuzgadas por un imperio.
La
esclavización del indígena por parte de los invasores europeos, inició esta
práctica que exhibe el colmo del afán de lucro como propiciador de la
perversión humana. Luego fueron incorporados forzosamente grandes contingentes
de africanos traídos como esclavos, en un comercio desaforado de vidas que
provocó la miseria secular de aquel continente, y plasmó con encadenados ríos
de sangre las páginas más atroces de la historia.
El
joven Simón Bolívar, heredero de ricas propiedades que incluyen varios cientos
de esclavos, no es indiferente a la realidad cruel que significa la esclavitud.
Practica el buen trato y aún sabe que no es suficiente. Tiene afectos muy
sentidos entre esta gente de piel achocolatada a los que considera dignos de
todos los derechos. Ha sido amamantado y criado por una de ellas: su mamá
Hipólita, a la que también considera “un padre”. Sentimientos y convicciones
mueven a la acción por lo justo. Tempranamente el Bolívar que se entrega sin
reservas a la causa de la independencia, con solo 29 años, cuenta entre sus
tropas a antiguos esclavos que ya no lo son porque quien pregona con el ejemplo
los ha llamado a combatir por la libertad.
La
concepción bolivariana de igualdad tiene basamento científico. Bolívar comparte
con Humboldt una amistad entrañable, basada en la comunión de ideas y la visión
compartida de un mundo mejor. El Libertador le da brillo a su espada con el
aceite del saber liberador. Humboldt —como recuerda Mijares— aporta desde la
ciencia su concepción de la igualdad: “Al afirmar la unidad de la especie
humana, también nos oponemos a aceptar el antipático supuesto de razas humanas
superiores e inferiores. Todas están destinadas a la libertad por igual”.
Al
inaugurar el Congreso de Angostura, refiriéndose a una de sus grandes
preocupaciones, el tipo de Gobierno que ha de darse la nueva república,
expresa: “Un Gobierno republicano es, ha sido y debe ser el de Venezuela; sus
bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes y la
proscripción de la esclavitud”.
Su
primer decreto abolicionista lo dicta como Jefe Supremo en Carúpano el 2 de
junio de 1816, al arribar a tierra firme con la gloriosa expedición de Los
Cayos que patrocinó el generoso presidente haitiano Petión:
Considerando
que la justicia, la política, y la Patria reclaman imperiosamente los derechos
imprescriptibles de la naturaleza, he venido en decretar, como decreto, la
libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los
tres siglos pasados.
El 6
de julio de ese mismo año de 1816, al desembarcar en Ocumare de la Costa dicta
su segundo decreto sobre la libertad de los esclavos:
Esta
porción desgraciada de nuestros hermanos que han gemido bajo las miserias de la
esclavitud, ya es libre. La naturaleza, la justicia y la política piden la
emancipación de los esclavos: de aquí en adelante solo habrá en Venezuela una
clase de hombres, todos serán ciudadanos.
La
maduración de sus ideas progresistas e igualitarias, se alimenta también de los
reveces sufridos ante una ideología dominante que no solo encarnan los enemigos
realistas, sino que coexiste en las propias filas independentistas. No en balde
la clase de “mantuanos”, de la que Bolívar proviene, es la primera en oponerse
a sus radicales reformas sociales.
Le
ocurrió con el Congreso de Angostura, donde el ala más conservadora desoyó su
dramático llamado antiesclavista, mediatizando las decisiones adoptadas.
El 23
de octubre de 1820, por la vía de un decreto, el Libertador decide la
confiscación de la hacienda “Ceiba Grande” y la liberación de sus esclavos.
Este decreto manda un mensaje muy nítido sobre la concepción política de
Bolívar acerca del delicado asunto de la esclavitud, visión no compartida por
la mayoría de las clases pudientes de la época, incluidas importantes figuras
de la vanguardia militar independentista y de la burocracia republicana.
El decreto
de “Ceiba Grande” guarda una especial significación, porque muestra la
progresiva evolución del pensamiento de Bolívar en materia de esclavitud. Él
mismo recoge los precedentes ya establecidos a la vez que perfecciona
anteriores limitaciones en la legislación de la primera jefatura bolivariana.
Ahora es presidente de su Colombia original, cuelgan en su pecho las proezas
del Paso de los Llanos y los Andes, y las victorias de Pantano de Vargas y
Boyacá. Por eso, con gran autoridad moral, parte de considerar “que las leyes
fundamentales de Colombia han decretado la libertad de los esclavos de derecho,
y que las propiedades de la República no pueden emplearse más útilmente en
favor de la humanidad que en la emancipación de estos desgraciados
colombianos”; vale decir, valida las medidas anteriormente dictadas a favor de
los esclavos, y les considera ciudadanos de pleno derecho en la Colombia
bolivariana.
En su
articulado, el decreto confisca la hacienda “Ceiba Grande”, antes propiedad del
“Erario Real y actualmente correspondiente al de la República”; simultáneamente
declara que “los esclavos que fueron pertenecientes a esta hacienda son desde
hoy en adelante perpetuamente libres y por consiguiente ciudadanos de
Colombia”, con una sola condición que obliga a “los hombres útiles de llevar
las armas” a tomarlas “mientras que dure la actual guerra”, estableciendo por
primera vez que el delito de deserción o abandono, no acarreará castigos a su
familia, sino que serán tratados “como los demás soldados del ejército”.
Esta
última cláusula no debe pasar desapercibida en el estudio de la legislación
antiesclavista americana, ya que inaugura una etapa superior que trasciende la
medida utilitaria de sumar esclavos a la tropa que, en el caso de abandonar su
obligación militar, en castigo eran devueltos con sus familias a la previa
condición. En adelante la incorporación a la lucha patriótica los haría
irreversiblemente libres, y sus faltas no implicarían sanciones diferenciadas,
sino en condición de ciudadanos iguales a los soldados de cualquier color de
piel.
En
1821 el Congreso de Cúcuta encuentra nuevamente a Bolívar abogando por la
abolición de la esclavitud, aunque solo aprueban promulgar la libertad de
vientre con la Ley de Manumisión, que contempla la libertad de hijos de
esclavas que solo gozarían al cumplir los 18 años de edad. El Libertador,
insistiendo en concretar la que considera una reivindicación fundamental de la
humanidad, otorga la libertad al último grupo de esclavos que poseían sus
familiares en los Valles de Aragua.
El 24
de marzo de 1824, estando en Perú, dirige un oficio al prefecto de Trujillo, en
el cual solicita:
Protección
a los esclavos para que escojan en libertad el dueño que les convenga: Todos
los esclavos que quieran cambiar de señor, tengan o no tengan razón, y aun
cuando sea por capricho, deben ser protegidos y debe obligarse a los amos a que
les permitan cambiar de señor concediéndoles el tiempo necesario para que lo
soliciten… dispense a los pobres esclavos toda la protección imaginable del
Gobierno, pues es el colmo de la tiranía privar a estos miserables del triste
consuelo de cambiar de dominador.
Tal
sería la oposición que encontró a sus ideas abolicionistas en Perú, que
replegándose tácticamente de los avances que ya había mostrado en su Colombia,
trata sin embargo de introducir algunas tímidas conquistas para la población
esclava, lo que demuestra su constante interés en superar la vieja esclavitud.
En
cambio, para la proyectada Constitución del nuevo Estado en la región llamada
hasta entonces Alto Perú, bautizada por Sucre como Bolivia, su planteamiento
emancipador de esclavos fue directo, considerando como ciudadanos bolivianos a
“todos los que hasta el día han sido esclavos; y por lo mismo quedarán de
derecho libres, en el acto de publicarse la Constitución”.
El 28
de junio de 1827, de paso por Caracas en la infructuosa tarea de conjurar el
separatismo autócrata de Páez, emite otro decreto: “Dando eficacia a la Ley de
Manumisión” que aún múltiples oligarcas se negaban a aplicar. Una muestra más
de lo cuesta arriba que resultó la efectiva concreción de sus mandatos
antiesclavistas en el ancho territorio que su genio libertó.
Queda
demostrado que Bolívar nunca dejó de gestionar, por todas las vías posibles, la
liberación de los esclavos. Así lo comenta Morón Urbina:
Uno de
los aspectos que se resalta linealmente en el pensamiento bolivariano es su
claro planteamiento a favor de la libertad civil y la igualdad mediante la
abolición total de la esclavitud, considerada por el Libertador como una
locura. En este tema ya Bolívar había avanzado mediante sus acciones personales
(personalmente manumitió a sus propios esclavos), lo mantuvo permanentemente en
sus proclamas personales, y en sus proyectos constitucionales para Angostura y
Bolivia.
El
maestro Miguel Acosta Saignes lo resume con sobrada claridad:
No solo
el deseo de Petión, en 1816, llevó a Bolívar a promulgar la libertad de los
esclavos en Carúpano y en Ocumare, sino el convencimiento, nacido de la lección
del Año Terrible de 1814, de que no se podría lograr éxito sin contar con el
concurso de todos los sectores, incluidos los esclavos, bravísimos combatientes
que nada tenían que perder, sino sus cadenas… Bolívar fue un extraordinario ser
humano, de inagotable energía y capacidades increíbles, al servicio de una
causa históricamente progresiva. Vivió los ideales de su clase, impulsó algunos
y entró en contradicción con otros, como cuando se convirtió en el gran líder
de la libertad de los esclavos, decretada por él en Carúpano y en Ocumare, y
pedida a los congresos constituyentes, desde Angostura en 1819, hasta Bolivia
en 1826, sin éxito.
El
historiador haitiano Paul Verna, autor de un estudio extraordinario sobre Petión
y Bolívar, pone en el tapete la metamorfosis ideológica experimentada, ya que: …
al convertirse en Libertador de los esclavos y en su protector, es cuando
Bolívar se transforma en verdadero revolucionario. Atacará directamente el
viejo problema social venezolano, de castas y diferencias étnicas, tratando de
lograr, para beneficio de la lucha de los patriotas, la supresión de la
desigualdad social.
La
militancia de Bolívar en la causa abolicionista alcanzó niveles de doctrina
continental, cuando su propuesta buscó la adhesión de los gobiernos
representados en el Congreso de Panamá. Sin embargo, las maquinaciones del
conservadurismo impidieron un pronunciamiento decisivo que hubiera convertido a
Latinoamérica en una región libre de esclavitud. Así lo analiza Liévano
Aguirre:
Con
respecto al problema de la esclavitud, Bolívar deseaba que en el Congreso se
hiciera un pronunciamiento que comprometiera a los países signatarios a tomar
medidas, en sus respectivas legislaciones, para ponerle pronto término a la
ominosa institución. Sus deseos tropezaron, sin embargo, con los poderosos
intereses vinculados al sistema esclavista en los países representados en
Panamá y particularmente con la oposición de los Estados Unidos, cuyos agentes
no economizaban esfuerzos para generalizar la idea de que la abolición
inmediata de la esclavitud solo podía conducir a que se repitieran, en escala
continental, las depredaciones y matanzas de blancos a que dio origen la
rebelión de los esclavos en Haití y Santo Domingo.
Finalmente,
para quienes por mi o por fa han puesto y siguen poniendo en duda la convicción
abolicionista del Libertador, o pretenden minimizar los esfuerzos realizados
por Él para abolir el régimen esclavista, recordemos que el 15 de febrero de
1819, en su magistral Discurso de
Angostura, predica con vehemencia la libertad absoluta de los esclavos como
paradigma de una nueva vida en las nacientes repúblicas. Consciente como estaba
de las dificultades de esta iniciativa, en una economía agraria colonial basada
en la mano de obra esclava, que atentaba desde profundas estructuras de poder
contra el consenso requerido, apeló a los argumentos más desesperados por
conseguir apoyo a su ferviente deseo: “… yo imploro la confirmación de la
libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la
República”.
Suenan
aún sus palabras en este mundo azotado por las bestias de un pasado oprobioso
que se empeña en reencarnar:
¡Legisladores!
La infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley que la conservara,
sería la más sacrílega. ¿Qué derecho se alegaría para su conservación? Mírese
este delito por todos aspectos, y no me persuado que haya un solo boliviano tan
depravado que pretenda legitimar la más insigne violación de la dignidad
humana.
¡Un
hombre poseído por otro! ¡Un hombre propiedad! ¡Una imagen de Dios puesta al
yugo como el bruto! Dígasenos, ¿dónde están los títulos de los usurpadores del
hombre? La Guinea no los ha mandado, pues el África desbastada por el
fratricidio, no ofrece más que crímenes. Trasplantadas aquí estas reliquias de
aquellas tribus africanas ¿qué ley o potestad será capaz de sancionar el
dominio sobre estas víctimas? Trasmitir, prorrogar, eternizar este crimen
mezclado de suplicios es el ultraje más chocante. Fundar un principio de
posesión sobre la más feroz delincuencia no podría concebirse sin el trastorno
de los elementos del derecho, y sin la perversión más absoluta de las nociones
del deber. Nadie puede romper el santo dogma de la igualdad; y ¿habrá
esclavitud donde reina la igualdad? Tales contradicciones formarían más bien el
vituperio de nuestra razón que el de nuestra justicia; seríamos reputados por
más dementes que usurpadores.
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