La Batalla de Carabobo: diálogo
bolivariano con la revolución posible
Introito: La Batalla
de las batallas
Nos negamos
a caer en el extremo de reducir la historia a la historiografía episódica,
aunque resulta insoslayable pasearse por la crónica –siempre más breve y simple
que la realidad- de la Campaña de Carabobo, misma que deberíamos llamar “de
Venezuela”.
En cinco
meses hubo que organizar la Batalla de Carabobo. El 28 de enero de 1821 la
Provincia de Maracaibo se insurrecciona contra España al influjo del General
Rafael Urdaneta. Entra en crisis el Armisticio acordado en Trujillo a finales
de noviembre de 1820 por el jefe realista Pablo Morillo y el Libertador
Presidente Simón Bolívar. La parte española denuncia la presunta violación del
Armisticio y reclama la devolución del territorio maracaibero. Urdaneta
argumenta que el derecho de gentes y los mismos preceptos del acuerdo obligan a
acoger y proteger a quienes decidan pasarse al bando republicano. El Libertador
se restea con esta posición. El General Miguel de la Torre, quien sustituyó a
Morillo desde diciembre de 1820, plantea soluciones inaceptables. El 10 de
marzo, Bolívar escribe a La Torre desde Boconó, invocando el Artículo 12º del
Armisticio, que reza: “Si por desgracia volviere a renovarse la guerra entre
ambos gobiernos, no podrán abrirse las hostilidades sin que preceda un aviso
que deberá dar el primero que intente o se prepare a romper el armisticio. Este
aviso se dará cuarenta días antes que se ejecute el primer acto de hostilidad.”
Ese mismo
día se envían instrucciones a Páez para que impida que se sigan sacando rebaños
de Apure para el enemigo y que “esté pronto para moverse con el ejército para
fines de abril”. La preocupación por las penurias de las tropas fue una
constante en El Libertador, y en esos días era un asunto de vida o muerte para
la República, especialmente por el ejército concentrado en Barinas. Lo mismo la
dotación de armamento y disposición de caballos, al punto de haber ofrecido
recompensas a los patriotas que lograsen despojar a los españoles de los suyos.
El 11 de
marzo desde Niquitao se expiden comunicaciones a los vicepresidentes de
Venezuela y Cundinamarca informándoles la situación sobrevenida; al primero de
ellos ordenando el refuerzo del ejército de oriente para que actúe sobre
Caracas, tal como se había previsto desde el 5 de marzo, para ocupar la ciudad
“por la espalda del enemigo”; al General Urdaneta ordenándole que “ejecute
todas las medidas de que está encargado, con la celeridad que sea posible, de
modo que para el día primero de mayo próximo venidero”, tenga todo listo para
emprender la campaña, “en el concepto de que los cuarenta días que deben
preceder al rompimiento se contarán desde el 20 del presente”.
Torbellino
de preparativos, lluvia de comunicaciones. En cuarenta días calculados a partir
de la recepción del oficio de ruptura de hostilidades por la parte contraria,
había que entrar en operaciones. La campaña abarca toda Venezuela e implica
acciones de apoyo desde regiones cercanas de la Nueva Granada, como Santa
Marta.
Estando en
Achaguas, a 22 de marzo de 1821, Bolívar escribe al general Carlos Soublette,
además de algunas instrucciones que luego variaron, el más sucinto informe de
lo político, diplomático y logístico del momento: “Ayer he llegado aquí después
de haber pasado por Mérida, Trujillo y Barinas. En todos estos países he
hallado nuestras tropas pereciendo de miseria por la escasez de víveres, y por
el mal clima. Esta consideración me ha obligado a notificar al general La Torre
que, si los comisionados pacificadores no tienen facultades para hacer la paz,
cuarenta días después de recibida aquella nota, se abrirían las hostilidades
según el artículo doce del armisticio.”
El espionaje
de los movimientos del enemigo, el trabajo de inteligencia y
contrainteligencia, eran herramientas que El Libertador nunca descuidaba. A
Rafael Urdaneta le informaba: “Acaba de llegar un desertor… del enemigo, y
entre los muchos detalles que hace de las fuerzas españolas, es uno, el que
todas están concentradas en Carabobo al mando de Morales, porque La Torre se ha
retirado a Puerto Cabello y según parece está sin mando. El desertor asegura
que están también reunidas allí las tropas que se oponían al señor General
Bermúdez en Caracas, y que Carabobo es el campo que han elegido para la
batalla. Esta misma relación se confirma por algunos espías nuestros que han
vuelto, añadiendo que las avanzadas enemigas están en los Taguanes.”
La
estrategia militar de Bolívar es un puzle que sólo él sabía armar, cuyo
objetivo central, es la concentración de un gran ejército para provocar una
batalla definitiva donde debía quedar destruido el ejército enemigo. Esto
implicaba la movilización de miles de combatientes. Bolívar aspiraba reunir
diez mil. Logró el 65%. La División de Urdaneta aportó dos mil. Los movimientos
partían de diversos puntos geográficos. Algunos de esos movimientos eran las
llamadas “diversiones”, es decir, acciones que distraían al enemigo para que no
lograse ver la jugada principal, o, que aun llegando a deducirla, no tuviese
tiempo de despejar la ecuación.
El ejército
realista quedaría cercado en el campo de batalla, con una sólo vía de escape
hacia el mar: Puerto Cabello. La diversión sobre Caracas tuvo un carácter
determinante en el triunfo de la estrategia bolivariana. El 28 de abril –con
exactitud geométrica- partió Bermúdez desde Barcelona con 1200 soldados,
dejando otros 600 hostigando la plaza de Cumaná en manos realistas. La marcha
de esta tropa debía ser intensa (“marchas forzadas”), porque su función
principal era mantener al enemigo -dominante en Caracas- asediado por el flanco
oriental, obligándolo a combatir. De allí el término “diversión”, como sinónimo
de distracción. Bermúdez cumplió con tal nitidez y dinamismo sus instrucciones,
que victoria tras victoria, vence a 1300 veteranos el 12 de mayo en Guatire y
el 14 en la tarde entra triunfal a Caracas, que los españoles temerosos habían
evacuado.
Casi todos
los autores coinciden que 1820 es un año de cansancio en la guerra que ya lleva
una década. Nos dice Vicente Lecuna: “Después de la extensas y activas
operaciones del año 1819, ambos bandos necesitaban largo reposo, por esto en
1820 sólo se efectuaron operación y combates parciales”.
Uno de los
contendores en la pugna independentista, el Reino de España, arrastraba desde
inicios de 1820 un movimiento intrínseco que propugnaba una sociedad liberal
regida por una Constitución, con libertades hasta ahora negadas a las mayorías,
incluidas las colonias americanas. La llamada revolución de Riego y Quiroga
trastocó el establecimiento político de la metrópoli y ello de seguro tendría
repercusiones en esta parte que deseaba zafarse -de una vez por todas- el yugo
colonial. De modo que el aparente reposo de 1820, no hacía sino preparar para
el año siguiente “los sucesos adversos para los realistas” de que habla Baralt.
Podemos
afirmar, en este instante de reflexión histórica, que la revolución de Riego y
Quiroga le fue al desenlace de la guerra en 1821, lo que la deposición de
Fernando VII por la invasión napoleónica en los sucesos del 19 de abril de
1810.
Sin duda
este acontecimiento incidió definitivamente en la decisión de Pablo Morillo de
promover un armisticio con Simón Bolívar. Para nuestra causa era un logro
diplomático muy importante, porque se trataba del reconocimiento tácito de la
República; y esta pausa creativa generaría las condiciones vaticinadas por
Bolívar de reunir un magno ejército capaz de batir en una sola batalla final al
enemigo.
El
armisticio y el tratado de regularización de la guerra sellados con la cita de
Estado entre el jefe realista Pablo Morillo, máxima autoridad española, agotada
tras cinco años de guerra contra una gente levantisca que nunca se rinde, y
Simón Bolívar, jefe de una república en formación que se le aparece por todos
lados arrebatándole su gloria como le ha arrebatado a España media Suramérica,
tuvo lugar en la misma comarca donde EL Libertador dictó en 1813 el Decreto de
Guerra a Muerte. La simbología de esta coincidencia no podía ser más venturosa.
El augurio auspicioso rodeaba como áurea celeste la causa sublevada del “Nuevo
Mundo” que al tender su mano cálida al representante del Imperio que nos
oprimió tres centurias, le quebraba la moral por la insensatez de pretender
prolongar el cepo colonial. Los que fueron tildados de bandidos, insurrectos,
vándalos, daban en Trujillo lecciones de humanidad y elevada cultura política a
quienes siempre se creyeron superiores.
Pero el
Armisticio sólo alcanzó para unas Navidades y Noche Vieja de 1820 más o menos
serenas.
El 28 de
enero de 1821 se produce la Insurrección de Maracaibo, que provocó la ruptura
del Armisticio, y dio pie al reinicio de las hostilidades. El patriota
maracaibero Juan Evangelista González, desde los inicios del armisticio
acordado entre Simón Bolívar y el jefe realista Pablo Morillo, fue designado
gobernador republicano de Gibraltar por encargo del General Rafael Urdaneta. El
26 de enero de 1821, una moneda con un documento van vía al poblado de Santa
Rita como señal enviada al Teniente Coronel Francisco Delgado, Gobernador
militar de la Maracaibo colonial, a través de la señora María de los Dolores
Moreno, quien hizo la entrega por mano de su pareja, Antonio Castro, hábil
navegante que con ayuda de los vientos alisios atravesó raudo las agitadas aguas
aquella fresca noche.
En
Gibraltar, el líder regional Juan Evangelista González, ha tomado todas las
diligencias logísticas y políticas para trasladar en piraguas cerca de
Maracaibo al Batallón Tiradores que comanda el habanero José Rafael de las
Heras, mismo que había colocado en el puerto sureño el prevenido Jefe de La
Guardia, Rafael Urdaneta. Disuasivo eficaz que desalentó cualquier intento de
retaliación por parte de las sorprendidas armas realistas. Dentro del mismo
plan, unas falsificadas órdenes del general español La Torre, mandaban que dos
unidades militares españolas fuesen movidas hacia los Puertos de Altagracia
para seguir a Coro. Así quedó lista la plaza para la victoria independentista.
Según
Vicente Lecuna “ocurrió entonces un acontecimiento harto favorable, y fue el
alzamiento de Maracaibo a favor de los patriotas el 28 de enero. Equivalía a un
gran triunfo de la revolución. Desde entonces sus adeptos pudieron comunicarse
con el mar. Provocado este movimiento por Urdaneta, el batallón Tiradores
enviado por él desde Trujillo, ocupó la plaza al día siguiente. Esta gran
ventaja conseguida sin esfuerzo de armas, permitía reunir rápidamente las
tropas granadinas a las venezolanas”.
De hecho, al
renovarse las hostilidades con la ruptura del armisticio, por la ciudad
lacustre se podrían traer desde Santa Marta el batallón Rifles y los Húsares de
La Guardia, que unidos al Batallón Tiradores y otro nuevo creado con el nombre
Maracaibo, formarían la División con que el General Rafael Urdaneta coronó la
liberación de Coro, y engrandeció el ejército triunfador en Carabobo.
Sobre su
actuación en los hechos de la Provincia de Maracaibo -cuya autoría asumió
responsablemente- Rafael Urdaneta escribe a Bolívar el 11 de febrero de aquel
año: “El motivo que se tuvo para apresurarla fue de que el actual Gobernador
(Francisco Delgado) debía ser relevado muy pronto y como ya había conseguido
ganármelo, parecía que no debíamos perder la oportunidad, y como Usted me había
recomendado tanto este negocio, yo creí de mi deber aprovechar los momentos. He
escrito dos veces al General (español) La Torre sobre el particular interesando
a favor de mi conducta la razón de que pudiéndose admitir recíprocamente un
desertor o un pasado, con mayor razón debía admitirse un pueblo entero que se
insurrecciona y pide auxilio a nuestras armas”.
La acción de
Maracaibo, dirigida muy prudentemente por Urdaneta, es lo que en el Arte de la
Guerra Sun Tzu se considera la batalla perfecta: “La victoria completa se
produce cuando el ejército no lucha, la ciudad no es asediada, la destrucción
no se prolonga durante mucho tiempo, y en cada caso el enemigo es vencido por
el empleo de la estrategia”.
Paradójicamente
-como suele suceder en procesos sociales complejos- la declaratoria de
independencia maracaibera del yugo español y su adhesión a la causa
bolivariana, que se catalizó en las condiciones creadas por el armisticio,
significó el desencadenamiento de los hechos que llevaron a su fin.
En la visión
totalizante del Libertador, el campo de batalla esos días era toda Venezuela,
una fracción del mapa que rondaba en su mente: todo el continente.
Entre los
efectos positivos de la incorporación de Maracaibo a la causa bolivariana,
podemos destacar el acceso a los recursos de que disponía esta gobernación,
incluidos equipamientos, personal apto para el ejército, alimentación para las
tropas, y capacidad financiera que hasta ese momento estuvo en manos enemigas;
control de los pasos terrestres desde y hacia Maracaibo por la ruta andina, y
la navegabilidad por el Lago y Golfo de Venezuela, lo que permitió la
movilización de contingentes que luego lucharon en Carabobo, como los Húsares
de la Guardia y el Batallón Rifles que se trajeron de Santa Marta; conformación
en tiempo récord del nuevo Batallón Maracaibo con ciudadanos residentes en la
región, que fue la tropa de la diversión dirigida por Cruz Carrillo contra
Tello en San Felipe.
En las
fuerzas enemigas que ocupaban Coro, la noticia afectó amargamente sus ánimos,
por la sorpresa de tan audaz acción en medio del Armisticio y por el prestigio
militar del jefe del movimiento, el General Rafael Urdaneta, un nombre
consagrado a lo largo de once años de guerra en los campos de batalla de la
Nueva Granada y Venezuela. Por el contrario, los focos patrióticos que
resistían en esas comarcas favorables al colonialismo, sintieron un inmenso
aliciente, esperanzados en los aires libertarios que se anunciaban, aumentando
las adhesiones ante la inminente posibilidad de triunfo independentista; como
ocurrió en la península de Paraguaná con las milicias conducidas por la heroína
Josefa Camejo, conocida de Urdaneta desde 1814, y con quien logró mantener
contacto a través de mensajeros clandestinos. Un inmenso territorio quedaba a
merced de las armas nacionales: todo el occidente venezolano, el control del
macizo andino, la costa neogranadina y la cuenca del estuario maracaibero.
El 30 de
abril sale de Maracaibo el General Rafael Urdaneta con su División por la ruta
costera hacia Coro, va liberando todos los pueblos que por primera vez ver
entrar tropas patriotas en esos territorios colonizados desde la llegada de los
“welser” en 1529. El 3 de mayo, Josefa Camejo al frente de unos 15 hombres
armados irrumpió en el poblado de Baraived, sorprendiendo al realista José
“Chepito” González, a quien venció en rápida acción. En Pueblo Nuevo, se les
une Segundo Primera, que comandaba la pequeña milicia que allí se acantonaba;
así se aseguraron el triunfo patriota en Paraguaná. Ese día proclamaron la
adhesión de la Provincia de Coro a la República. El 9 de mayo Urdaneta rechaza
una jugarreta del gobernador español que ha designado una supuesta junta de
gobierno que acude a pedirle que detenga su marcha sobre la ciudad; el 11 entra
en Coro completando su liberación y organiza el primer gobierno republicano en
esa Provincia, al mando del cual deja al Coronel Juan Escalona.
El 24 de
mayo Bolívar se entera, por un correo realista capturado el día 22, que La
Torre se había movilizado precipitadamente hacia Caracas, de seguro por las
noticias de la llegada de Bermúdez a aquella ciudad. Esto se corrobora en
oficio de Briceño Méndez al General Urdaneta: “Acaba de saber Su Excelencia el
Libertador por un correo interceptado en Sarare a los enemigos: que el General
La Torre ha marchado precipitadamente para Caracas, con el primero y segundo de
Valencey, a consecuencia de novedades graves en la Costa y en Ocumare; que la
infantería de Morales se ha situado cerca de Ortiz; y que las divisiones 3º y
5º que estaban en Araure, se han retirado ya. Estas noticias que no admiten
duda han movido a Su Excelencia a continuar sus operaciones con este cuerpo
sobre Araure sin esperar a Usted, puesto que no hay probabilidad de que llegue
Usted pronto. En consecuencia de este movimiento debe Usted variar el suyo
dirigiéndose sobre Barquisimeto, a buscar su reunión por Sarare con este
ejército; a menos que por un conducto fidedigno y seguro, tal como el Coronel
Carrillo u otro semejante, sepa Usted positivamente que estas noticias se han
falsificado o que este ejército no ha ejecutado el movimiento que emprende
mañana.”
El 28 de
mayo sale Urdaneta de Coro vía Pedregal hacia Carora. El 8 de junio, impedido
de continuar por la enfermedad, pasa el mando al Coronel merideño Antonio
Rangel. Los españoles ignoraban que la fuerza de Urdaneta había logrado con
éxito unirse al Ejército Libertador que triunfaría en Carabobo. Esto fue
posible en parte por la diversión ordenada por Bolívar al trujillano Cruz
Carrillo -quien desde su pueblo natal recorrió vencedor la ruta por el Tocuyo
hasta Barquisimeto- para que con soldados del recién creado Batallón Maracaibo,
hicieran un movimiento sobre el flanco occidental del enemigo ubicado en San
Felipe, anzuelo que mordió La Torre al enviar una fuerza de entre 800 y mil
hombres al mando del Coronel Tello la madrugada del 22 de junio. Craso error
del jefe español.
Se
estableció nuestro Cuartel General en San Carlos que estaba en manos de Cedeño
desde el 2 de junio; las tropas llaneras del General José Antonio Páez, con su
caballería de 1000 jinetes que llegaron el 11 de junio, y sumadas las que
vinieron de lugares más remotos en occidente, el Libertador tenía ante sí el
teatro de guerra que concibió para decidir lo que sería ese día y lo que
vendría los meses siguientes. Su mente inquieta y veloz iba delante de sus
pasos abriéndose caminos esplendentes rumbo al sur.
El 19 de
junio nuestro Ejército inició su marcha al campo de batalla. El coronel José
Laurencio Silva tomó por sorpresa con su escuadrón de caballería a Tinaquillo.
El 20 se pasó por Tinaco. Al amanecer del 23 de junio, Bolívar, pasa revista a
las engalanadas tropas; recordó en Taguanes aquél triunfo cruento de 1813, y
encomendó a sus compañeros caídos la jornada que estaba por cumplir los sueños
gestados en la Campaña Admirable. También rememoró que el sabor de la victoria
podía ser efímero, tal como lo disfrutó los breves días de 1814 en ese campo
carabobeño.
Vicente
Lecuna describe sucintamente la escena previa al combate: “Desde San Carlos el
ejército venía organizado en tres divisiones a las órdenes de los Generales
Páez, Sedeño y Plaza. Urdaneta había quedado enfermo en Carora. A pesar de
todos los esfuerzos del Libertador, sólo se presentaron en línea 6.400
combatientes, cuando los diversos destacamentos reunidos para formar el
ejército sumaban 10.000. Tal era el resultado de las pérdidas sufridas en las
marchas, a causa de los malos caminos, de la alimentación incompleta y del
paludismo. Los españoles defendían la amplia entrada a la sabana por el Sur con
fortificaciones de campaña y algunas piezas de artillería, pero sólo contaban
con 5.500 hombres”.
El 25 de
junio Bolívar concluía: “se ha confirmado con una espléndida victoria el
nacimiento político la República”. Exactamente cinco años después, en esas
mismas tierras valencianas, el General más elogiado por El Libertador por su
hazaña en Carabobo, a quien ofreciera en el campo de batalla el máximo grado
militar de la patria, lideró un movimiento oligárquico que dinamitó las bases
del proyecto emancipador, haciendo germinar en el país la mala hierba del
antibolivarianismo.
II
La Batalla eterna
Me anoto en
la conversación de César Rengifo con Federico Brito Figueroa: “¿Otra vez
Carabobo? Sí, y otra, y otra, y otra…Una batalla que hay que librarla día a
día, hora a hora, minuto a minuto”.
Releer la
Batalla de Carabobo en el Ciclo Bicentenario planteado por el Comandante Hugo
Chávez a comienzos de este siglo, es, ante todo, reivindicar el carácter
bolivariano de aquel hito fundamental de nuestra historia: ¿De la venezolana?
Sí, por lo que toca al pueblo que en este pedazo del planeta se hizo vanguardia
de un proceso liberador, y parió de sus entrañas al líder inspirador y
realizador de la utopía independentista. ¿De la latinoamericana? También,
porque el proceso venezolano que despegó en 1810 impactó en las ideas y los
movimientos de todo el continente, constituyendo los ejércitos que vencieron al
imperio ocupante y porque el gran líder político-militar de aquella epopeya lo
fue (y es) indiscutiblemente El Libertador Simón Bolívar.
Ya no se
trata de despachar el 24 de junio con los manidos clichés de la historiografía
oficial de la república burguesa dependiente que surgió tras la (truncada)
gesta de Independencia; todo un proceso revolucionario inédito en el devenir de
la humanidad, quedaba reducido al dogma nacional -muy discutible por cierto- de
que “en Carabobo se selló la independencia de Venezuela”, y al micro relato
donde un soldado ya difunto se mantenía erguido sobre el caballo para ir a
despedirse de su jefe: “General, vengo a decirle adiós porque estoy muerto”.
Así se inició, desde la oralidad popular venezolana, el realismo mágico
latinoamericano.
La lectura
crítica del tiempo histórico nos invita a valorar la Revolución de
Independencia como un proceso que pasó de ser la acción ambigua de la elite
criolla en abril de 1810 por obtener algunas ventajas económicas y otros fueros
negados por la Metrópolis Colonial, hasta convertirse en un movimiento de
liberación anticolonial con una agenda emancipadora que fue integrando derechos
políticos e igualdades sociales antes no previstas en el orden establecido.
Esa
revolución quedó definida en la palabra luminosa del maestro Simón Rodríguez:
“Hoy se piensa, como nunca se había pensado, se oyen cosas, que nunca se habían
oído, se escribe, como nunca se había escrito, y esto va formando opinión en
favor de una reforma, que nunca se había intentado, la de la sociedad”.
Lo
Bicentenario es lo Bolivariano; es la épica que juntó a todas las regiones y
sectores sociales de Venezuela; es reivindicar ese mundo fundado por Bolívar y
sus camaradas en Angostura durante aquella Tercera República (Primera
Bolivariana), que liberó a la Nueva Granada, a Venezuela y a Quito (Ecuador);
que de la unión de éstas creó Colombia, y se atrevió a llevar la independencia
al Perú, y fundar otra nueva república llamada Bolivia.
Lo
trascendente de aquella gesta es, sin la más mínima duda, el bolivarianismo,
entendido como un cuerpo doctrinario para la emancipación antiimperialista de
los pueblos, para el ejercicio de una democracia con justicia social, para la
búsqueda de la paz internacional como premisa de un mundo en equilibrio, para
la protección del ecosistema y el establecimiento de la educación popular como
vía democratizadora del conocimiento y de la sociedad.
En junio de
1821, el pensamiento de Bolívar ya ha sido expuesto en sus documentos
fundamentales; el mismo conforma un sistema coherente en ámbitos
ético-filosóficos, socio-políticos, socioeconómicos, militares y geopolíticos.
Sus ideas daban la pauta de algo nuevo que debía surgir en contraste con un
orden establecido que se suponía inconmovible; y aún en las lejanías del tiempo
que lo trascendió, sus elaboraciones son fuente de causas pendientes por
realizarse. Hay temas esenciales al quehacer de Simón Bolívar:
anticolonialismo, igualdad social, construcción de repúblicas democráticas,
buen gobierno, ética pública y educación popular. Tales son sus grandes
preocupaciones –amén de la ocupación total en la guerra de liberación- que se
manifiestan en los momentos estelares de sus reflexiones políticas, en sus
principales escritos, y en los diálogos epistemológicos que mantuvo con sus
contemporáneos.
Toda batalla
es el resultado de una contradicción antagónica que no pudo resolverse de otra
manera. Y Carabobo fue la batalla donde se sintetizó todo lo ocurrido en
Venezuela desde la primera gobernación colonial de 1529 con Ambrosio Alfinger.
Ese 24 de junio de 1821 ya Venezuela era sinónimo de rebeldía irreductible, el
nombre de Simón Bolívar era leyenda por su perseverancia y las proezas
militares que hizo al frente de tropas inexpertas de indios, mestizos, pardos,
afros, criollos, caudillos regionales, corsarios, voluntarios extranjeros.
La
contradicción fundamental Colonia o Independencia generó el movimiento político
criollo que asumió la confrontación armada con España; la contradicción
monarquía o república estuvo presente desde el comienzo en la concepción del
Estado que debía surgir con la Independencia, y hasta el debate entre los
republicanos federalistas y centralistas provocó absurdos enfrentamientos que
casi hacen naufragar la causa fundamental de construir una nueva soberanía
arrancándola a sangre y fuego al imperio español.
El imperio
colonial llegó a manipular a su favor las contradicciones de clase internas en
las sociedades americanas, colocando parte de la población explotada,
indígenas, esclavos afrodescendientes y campesinos mestizos, en contra de la
vanguardia independentista conformada en un primer momento por la elite
mantuana (como se le llamaba en la Venezuela colonial), que eran los blancos
terratenientes y propietarios de manufacturas incipientes de exportación y el
comercio, muchos de los cuales eran los patrones explotadores de ese pueblo
humilde.
La Doctrina
Bolivariana es la síntesis de esos antagonismos que problematizaron la
existencia misma del Libertador, al entrar en contradicción con su condición de
clase, desarrollando las ideas más avanzadas de su tiempo, al punto que muchos
autores las consideran adelantadas a su época e imposibles de materializarse en
las condiciones socioeconómicas y culturales que prevalecían esas primeras tres
décadas del siglo XIX.
Coincidimos
en lo esencial con la visión de Acosta Saignes, en el sentido que “no es
posible estudiar a Bolívar fuera del gran contexto político internacional,
americano y europeo, dentro del cual hubo de actuar, ni aislarlo siquiera
momentánea o metodológicamente, como solitario de capacidades eminentes cuyo
solo genio lo llevó a ser guía y héroe. Así lo presentan muchos historiadores y
políticos, para que la enseñanza de su esfuerzo resulte baldía y para que las
masas combatientes en el mundo de la segunda parte del siglo XX, no vean
ejemplo y enseñanza en las peleas de los esclavos, de los pardos, de los
indios, de los mestizos, quienes formaron los ejércitos de la liberación.
Nosotros lo vemos como el genio resultante de los esfuerzos de muchos sectores:
el de los criollos dirigentes del proceso de libertad con sus propios
designios; el de los ejércitos mixtos, que sufrieron infinitos sacrificios y
enseñaron a Bolívar cómo era en realidad su vida cotidiana, en marchas
innumerables a través de Venezuela, de Nueva Granada, de Perú, hasta del
Potosí; el de los esclavos, también, que en algunas regiones, como en el
oriente de Venezuela en 1813 y 1814, lucharon con entusiasmo al lado de los
patriotas y en ocasiones, como durante esos mismos años en los Llanos, erraron
el camino del progreso inmediato, que era la libertad nacional, pero obligaron
al propio Bolívar, y a los criollos, a tomarlos en cuenta como inmensos
factores en la lucha. No sólo el deseo de Petion, en 1816, llevó a Bolívar a
promulgar la libertad de los esclavos en Carúpano y en Ocumare, sino el
convencimiento, nacido de la lección del Año Terrible de 1814, de que no se
podría lograr éxito sin contar con el concurso de todos los sectores…”
No faltó la
polémica sobre aspectos tan característicos de aquella sociedad colonial
esclavista, entre la posición progresista y el pragmatismo conservador. Polanco
Alcántara nos presenta su mirada del asunto al contrastar cómo Santander “no
compartía plenamente algunas medidas administrativas y políticas, por ejemplo,
el gravísimo tema de liberar plenamente a aquellas personas que tuviesen la
condición de esclavos pero que fuesen llamados a las armas. Para Bolívar se
trataba de una cuestión de principio, pues pelear por la libertad era un medio
legítimo para alcanzarla”.
El desfase
de esa clase dirigente, muchas veces pendiente de conservar y hasta asaltar
privilegios, llegó a ser motivo de molestia para El Libertador, que fue
padeciendo pacientemente la incomprensión de sus propuestas societarias. Esto
ocurrió tanto con los decretos de liberación de esclavos como con el
establecimiento del Poder Moral. Mucha decepción le causaba la famélica
voluntad de cambio de la representación parlamentaria, y su enclaustramiento en
la sociedad de castas que para Bolívar no tenía ninguna justificación histórica
ni ninguna razón social para persistir.
“Piensan
esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las
chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado una mirada sobre los
Caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de
Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patia, sobre
los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas
salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de
Colombia”, escribía desde su Cuartel General en San Carlos a Santander el 13 de
junio de 1821, justo once días antes de la Batalla en el Campo de Carabobo,
manifestando su malestar con el desempeño de los congresistas reunidos en
Cúcuta, de quienes expresa: “Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es
la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército,
porque realmente está, y porque ha conquistado este pueblo de mano de los
tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra, y el pueblo
que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con
más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que
ciudadanos pasivos”.
Pensar
“Carabobo” no cabe en los mejores lienzos, ni podemos imaginarla como un álbum
de fotografías; ni siquiera recogerla en las mejores crónicas, o intentar
sintetizarla en brillantes relatos. “Carabobo” no es un instante glorioso.
Menos la anécdota surrealista de un muerto despidiéndose de su incrédulo jefe.
La Batalla de Carabobo es historia de pueblos detrás de unas ideas. Es un punto
de llegada y a la vez de partida, porque el nuevo mundo que debía surgir de
aquellos lances, no estaba hecho de victorias puntuales, sino de luchas
eternas, como esa espiral dialéctica de que nos hablan los clásicos del
marxismo.
Entender
dónde comenzó a prepararse esta batalla crucial, cómo se crearon las
condiciones para llegar a esta contienda determinante para dos fuerzas
históricas que estaban en pugna antagónica desde diez años atrás, tendríamos
que respondernos mirando ese proceso complejísimo que desembocó en la Primera
República Bolivariana en Angostura, que a su vez, sólo fue posible, gracias a
la solidaridad del General haitiano Alejandro Petion con El Libertador. Porque
sin las dos expediciones desde Haití, no hubiera habido República de Venezuela
en Angostura.
En 1821 la
vida y la guerra habían forjado suficientemente en Simón Bolívar el carácter
personal, la madurez política y el genio militar, para ejercer un liderazgo
constructor de radicales transformaciones sociopolíticas, y para conducir
ejércitos multiclasistas y plurinacionales, en un teatro de la guerra
–previamente estudiado- cada vez más a merced de sus análisis estratégicos y
escenarios predictivos.
Carabobo es
un punto en la geografía de la guerra donde combate toda Venezuela; es un
segmento de la línea que traza un nuevo mapa en la división político
territorial del continente; es el mediodía de esa jornada de dos décadas que
amaneció en 1810 y tuvo su ocaso en la agónica patria de 1830.
Si la visión
estrecha de quienes gestaron el “Congresillo de Cariaco” se hubiese impuesto,
diluyendo el mando central en instituciones quiméricas, todavía el Imperio
Español dominaría este continente. Para enfrentar un poder tan grande y
experimentado, se requería una mirada totalizante, capaz de convertir el amplio
escenario de la guerra en un tablero de ajedrez o un pequeño mapa donde
observar las condiciones del enemigo y descifrar las señales de vía histórica.
Esa capacidad la tuvo Bolívar, y fue el secreto de su genio.
Los
caudillismos envalentonados en sabanas vírgenes, cabalgando contra espejismos y
conformándose con mandar sus fincas, nunca hubiesen concebido la ecuación
política que llevaba a consolidar un Estado viable y sostenible, en un
continente de fronteras movedizas al antojo del Imperio Colonial, mucho menos a
proponer, desde las más profundas convicciones ideológicas, la ruptura radical
con las viejas instituciones y el surgimiento de un modelo social original,
capaz de hacerse tan fuerte como para disuadir las pretensiones hegemonistas de
nuevas potencias foráneas.
Los giros
sorprendentes que Bolívar daba a la guerra, incomprendidos a veces por sus
propios compañeros, fueron conformando una espiral ascendente de triunfos que
iban agrandando el territorio abarcado por su jefatura. Esto también fue
acompañado de un proceso de maduración de su Doctrina político-militar, junto
al concepto teórico-práctico del buen gobierno; concepción que problematizaba
los acomodaticios intereses de las oligarquías que no cesaron de contrariar el
plan bolivariano.
Por algo
dijo Pablo Morillo al informar al Rey sobre Bolívar tras la entrevista que
sostuvieron en Trujillo en noviembre de 1820: “Él es la revolución.”
A priori
comenzó a concebirse el triunfo del Ejército Patriota en la Batalla de
Carabobo, en la mente del Libertador Simón Bolívar, que estando en Bogotá en
enero de 1821 decía en carta al Coronel Ambrosio Plaza: “estoy resuelto a
terminar la guerra en Venezuela en este año”; lo no predecible en 1815 era
¿dónde comenzaría a materializarse ese triunfo?; diría que en Haití, durante
las reuniones de Bolívar con el General Alexander Petion.
El
Libertador dejó plasmado en una frase preciosa, su sentir sobre el Presidente
haitiano Alejandro Petion: “el autor de nuestra libertad”. Sin la ayuda
política y logística que Haití otorgó a la Causa Independentista de Venezuela,
cuando El Libertador se hallaba aislado y debilitado políticamente en su exilio
de Jamaica, la mayoría de los jefes militares enfrentados entre sí, sin mando
central, carentes de recursos siquiera para sostener sus propios gastos
personales, y con la dificultad de ir a enfrentar un enemigo poderoso,
organizado, experimentado, que dominaba, bajo la prestigiada dirección del
“Pacificador” Pablo Morillo, casi todo el escenario de tierra firme en
Venezuela y la Nueva Granada, habiendo desbaratado fortificados reductos
republicanos como Cartagena.
Dejemos que
lo diga Mario Briceño Iragorry, teórico de la venezolanidad desde la
perspectiva filo-hispanista: “En los años dolorosos en que nuestra patria
andaba al acaso sobre los azares del mar, compendiada en los penates que
Bolívar había jurado guardar, Petion representó el mejor apoyo que tuvo nuestro
destino republicano…con la ayuda eficaz del ilustre Presidente haitiano, pudo
armar el Libertador las expediciones que lo llevaron, contra el propio egoísmo
de los jefes nativos, a consagrarse definitivamente a la obra de redimir, no
sólo ya a la Patria sojuzgada sino a la América entera que buscaba su
inquebrantable destino democrático…No traía armas y municiones solamente la
expedición que zarpó de Los Cayos el 31 de marzo de 1816. En ella comandaba un
pensamiento poderoso. Una idea ecuménica de igualdad inspiraba la mente del
Héroe.”
En tan
complicada situación, los auxilios de Petion al Libertador en particular,
vinieron a representar la resurrección de la revolución de Independencia. La
nueva estrategia contenía dos cambios radicales respecto a la conducción de la
guerra hasta esa fecha. El primero, un audaz giro táctico del mapa de
operaciones, inaugurándose –con la marina mirada caribeña- el control
territorial desde el Oriente y el eje Orinoco-Apure: Bolívar expuso en Haití la
tesis de lanzarse primero por Venezuela, donde el ejército realista estaba
disperso, posición que compartía el Coronel Juan Bautista Bideau, mulato
francés de Santa Lucía, buen conocedor del oriente venezolano por su
incorporación temprana a nuestra causa desde 1811, quien argumentó a favor de
dicha incursión con la mira puesta en Guayana. En segundo lugar, la convicción
de que había que incorporar a la causa a todos los sectores sociales,
particularmente declarando la libertad de los esclavos y abriéndoles espacio
para ser parte del Ejército Libertador.
Su primer
decreto abolicionista lo dicta como Jefe Supremo en Carúpano el 2 de junio de
1816, al arribar a tierra firme con la gloriosa expedición de Los Cayos que
patrocinó el generoso presidente haitiano Petion: “Considerando que la
justicia, la política, y la Patria reclaman imperiosamente los derechos
imprescriptibles de la naturaleza, he venido en decretar, como decreto, la
libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los
tres siglos pasados”.
El 6 de
julio de ese mismo año de 1816, al desembarcar en Ocumare de la Costa dicta su
segundo Decreto sobre la libertad de los esclavos: “Esta porción desgraciada de
nuestros hermanos que han gemido bajo las miserias de la esclavitud, ya es
libre. La naturaleza, la justicia y la política piden la emancipación de los
esclavos: de aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres,
todos serán ciudadanos”.
Recordemos
que el 15 de febrero de 1819, en su magistral discurso de Angostura, predica
con vehemencia la libertad absoluta de los esclavos como paradigma de una nueva
vida en las nacientes repúblicas. Consciente como estaba de las dificultades de
esta iniciativa, en una economía agraria colonial basada en la mano de obra
esclava, que atentaba desde profundas estructuras de poder contra el consenso
requerido, apeló a los argumentos más desesperados por conseguir apoyo a su
ferviente deseo: “…yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los
esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República”. Y aún resuenan
sus palabras en las alturas bolivianas en este mundo azotado por las bestias de
un pasado oprobioso que se empeña en reencarnar: “¡Legisladores! La infracción
de todas las leyes es la esclavitud.”
Es por lo
que consideramos que la Batalla de Carabobo es un crisol de pueblos labrando un
afinque para la libertad y la igualdad. No se trataba sólo de expandir
horizontes terrenales, si no de soñar otra sociedad de relaciones y
empoderamientos diferentes a las conocidas. “Carabobo”
es mucho más que una batalla. Es la cristalización de una doctrina militar y el
despegue de una geopolítica continental libertaria. En lo militar es una acción
envolvente; es la campaña nacional de un pequeño país que deshizo un imperio
trasatlántico.
En Carabobo
luchó toda Venezuela: del Llano, de Oriente, de Occidente, y también lucharon
patriotas de la Nueva Granada, voluntarios caribeños, británicos y de otros
países. Los jefes, eso sí, todos venezolanos. Carabobo es el mar donde
desembocaron el 19 de abril de 1810, el 5 de julio de 1811, el Manifiesto de
Cartagena, la Campaña Admirable, el Manifiesto de Carúpano, la Carta de
Jamaica, la Expedición de los Cayos, los decretos abolicionistas, el Discurso
de Angostura, las Batallas de Pantano de Vargas y Boyacá, y el Pronunciamiento
de Maracaibo del 28 de enero de 1821 que catalizó los eventos de aquel año
glorioso, al que Baralt precalifica como un “año abundante en sucesos adversos
para los realistas y decisivos en bien de sus contrarios.”
III
La Batalla
desencadenante: el autor incandescente
Ineludible
abrirle espacio en estas humildes páginas al autor de las excelsas letras de
nuestra existencia: “Ayer se ha confirmado con una espléndida victoria el
nacimiento político la República de Colombia”. Así iniciaba su Parte de Guerra
del 25 de junio El Libertador Simón Bolívar.
Lo
imaginamos meciéndose en su hamaca cuando apuntaba en la Carta de Jamaica la
creación de Colombia. Lo presentimos gozoso e inquieto dictando el resumen de
la batalla más esperada, pero que ya ganada, no hacía sino agrandar sus ansias
de caminos. “Reunidas las divisiones del Ejército Libertador en los campos
Tinaquillo el 23, marchamos ayer por la mañana sobre el Cuartel General enemigo
situado en Carabobo, en el orden siguiente: La primera división, compuesta del
bravo batallón Británico, del Bravo de Apure y 1.500 caballos a las órdenes del
señor general Páez. La segunda, compuesta de la segunda brigada de La Guardia
con los batallones Tiradores, Boyacá y Vargas, y el Escuadrón Sagrado que manda
el impertérrito coronel Aramendi a las órdenes del señor general Cedeño. La
tercera, compuesta de la primera brigada de La Guardia con los batallones
Rifles, Granaderos, Vencedor de Boyacá, Anzoátegui y el regimiento de
caballería del intrépido coronel Rondón, a las órdenes del señor coronel Plaza.
Nuestra
marcha por los montes y desfiladeros que nos separaban del campo enemigo fue
rápida y ordenada. A las 11 de la mañana desfilamos por nuestra izquierda al
frente del ejército enemigo bajo sus fuegos; atravesamos un riachuelo, que sólo
daba frente para un hombre, a presencia de un ejército que bien colocado en una
altura inaccesible y plana, nos dominaba y nos cruzaba con todos sus fuegos.
El bizarro
general Páez a la cabeza de los dos batallones de su división y del regimiento
de caballería del valiente coronel Muñoz, marchó con tal intrepidez sobre la
derecha del enemigo que en media hora todo él fue envuelto y cortado. Nada hará
jamás bastante honor al valor de estas tropas. El batallón Británico mandado
por el benemérito coronel Farriar pudo aún distinguirse entre tantos valientes
y tuvo una gran pérdida de oficiales.
La conducta
del general Páez en la última y en la más gloriosa victoria de Colombia lo ha
hecho acreedor al último rango en la milicia, y yo, en nombre del Congreso, le
he ofrecido en el campo de batalla el empleo de General en Jefe de ejército.
De la
segunda división no entró en acción más que una parte del batallón de Tiradores
de La Guardia que manda el benemérito comandante Heras. Pero su general,
desesperado de no poder entrar en la batalla con toda su división por los
obstáculos del terreno, dio solo contra una masa de infantería y murió en medio
de ella del modo heroico que merecía terminar la noble carrera del bravo de los
bravos de Colombia. La República ha perdido en el general Cedeño un grande
apoyo en paz o en guerra; ninguno más valiente que él, ninguno más obediente al
Gobierno. Yo recomiendo las cenizas de este General al Congreso Soberano para
que se le tributen los honores de un triunfo solemne. Igual dolor sufre la
República con la muerte del intrepidísimo coronel Plaza que, lleno de un
entusiasmo sin ejemplo, se precipitó sobre un batallón enemigo a rendirlo. El
coronel Plaza es acreedor a las lágrimas de Colombia y a que el Congreso le
conceda los honores de un heroísmo eminente.
Disperso el
ejército enemigo, el ardor de nuestros jefes y oficiales en perseguirlo fue tal
que tuvimos una gran pérdida en esta alta clase del ejército. El boletín dará
el nombre de estos ilustres.
El ejército
español pasaba de seis mil hombres, compuesto de todo lo mejor de las
expediciones pacificadoras. Este ejército ha dejado de serlo. Cuatrocientos
hombres habrán entrado hoy a Puerto Cabello.
El Ejército
Libertador tenía igual fuerza que el enemigo, pero no más que una quinta parte
de él ha decidido la batalla. Nuestra pérdida no es sino dolorosa: apenas 200
muertos y heridos.
El coronel
Rangel, que hizo como siempre prodigios, ha marchado hoy a establecer la línea
contra Puerto Cabello.
Acepte el
Congreso Soberano en nombre de los bravos que tengo la honra de mandar, el
homenaje de un ejército rendido, el más grande y más hermoso que ha hecho armas
en Colombia en un campo de batalla.
Tengo el
honor de ser con la más alta consideración, de Vuestra Excelencia atento,
humilde servidor.
Simón
Bolívar
Valencia, 25
de junio de 1821”
La capacidad
de síntesis, el apego minucioso a los hechos narrados, la generosidad de
reconocer méritos, los sentimientos de dolor ante la pérdida de compañeros
valiosos, el afán de hacerles justicia, hasta el elogio al ejército vencido,
hacen de cada pieza literaria de Bolívar un texto digno de apreciar con interés
lingüístico, y de sorber como savia vivificadora de la tierra a la que
pertenecemos.
Uno de los
talentos que tuvo Bolívar fue el de ser un gran orfebre de la palabra. Por eso
sus detractores se esmeran fuertemente en esquilmarle este don, que lo cultivó,
como todo en su vida, con estudio agudo y disciplina.
Key Ayala
celebra, desde su buró de erudito, que en el caso del Libertador la palabra
precede y determina la acción: “Como sus actos, su verbo. Es contra toda lógica
separar el verbo de Bolívar de su acción, como si fuesen dos funciones
distintas. Forman una sola función, están dirigidas al fin único. Bolívar lleva
la revolución en las armas y en la palabra. Gana naciones con batallas. Gana
pueblos y hombres con su verbo alerta, flexible, de apóstol, de hombre
convencido. Posee varios acentos. El acento es adecuado al objeto. Convence,
confunde, deslumbra, inspira fe y confianza. Es el que conviene a los pueblos a
quienes se dirige. El poeta no es frustrado, porque es el héroe de su propio
poema. Lo sueña con la palabra. Lo escribe con la acción”.
Por su
parte, Manuel Pérez Vila, en su prólogo a la compilación de textos bolivarianos
que bajo el título Doctrina de Simón Bolívar reunió el maestro Augusto Mijares,
hace un resumen muy ilustrativo de esa condición de literato: “se ha calculado
en no menos de diez mil el número de documentos emanados del Libertador, entre
cartas, oficios, decretos, mensajes, manifiestos, proclamas, proyectos
constitucionales, discursos, artículos periodísticos, etc., desde el primero
que se conoce –de 14 de octubre de 1795– hasta la carta que le escribió al
general Justo Briceño el 11 de diciembre de 1830, seis días antes de morir. Que
este cálculo no es exagerado lo demuestra el hecho de que la Comisión Editora
de los Escritos del Libertador, de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, haya
publicado hasta hoy 11 volúmenes con un total de 2.290 documentos, que llegan
sólo al 31 de octubre de 1817”. Hay suficiente material escrito para varios
años de lectura.
El mismo
Pérez Vila, pero esta vez en su obra El Legado de Bolívar, reseña que El
Libertador: “como escritor, maneja una prosa densa en ideas, pero clara,
concisa, relampagueante en su forma; en su lenguaje alternan intuiciones
deslumbrantes, las imágenes poéticas, y las máximas que condensan la sabiduría
de un sagaz observador del hombre y del mundo”.
Ángel
Rosenblat afirma que “Bolívar es un gran escritor de lengua española, que se
puede emparentar lingüísticamente con el padre Feijoo o con Jovellanos. Desde
sus cartas más íntimas hasta sus discursos y proclamas militares, es dueño y
señor de todos los recursos expresivos de su lengua y la maneja como un bien
propio”.
Augusto
Mijares, historiador denso y agudo que nos legó una de las mejores biografías
del Libertador, tiene plena certeza de la capacidad literaria de Bolívar, cuya
oralidad fluye de su mente brillante al pergamino que redacta el autor o
transcriben secretarios diversos en distintas épocas e idiomas. “Su estilo era
florido y correcto; sus discursos y sus escritos están llenos de imágenes
atrevidas y originales. Sus proclamas son modelos de la elocuencia militar. En
sus despachos lucen, a la par de la galanura del estilo, la claridad y la
precisión. En sus órdenes, que comunicaba a sus tenientes, no olvidaba ni los
detalles más triviales, todo lo calculaba, todo lo preveía”.
Rufino
Blanco Fombona, que dedicó una vida a la investigación histórica de Bolívar,
decía en las primeras décadas del siglo XX: “Hoy no nos damos cuenta de la
revolución que inició e impuso en castellano El Libertador, por cuanto él no
hizo profesión de las letras, y esta actitud literaria suya se apagaba o
desvanecía ante el deslumbramiento de su epopeya…Bolívar es en punto a letras,
lo más alto en su época en lengua de Castilla. Con Bolívar se realiza la
revolución de Independencia en las letras castellanas, o, para no salir de
casa, en letras americanas…Fue también en literatura El Libertador”.
Arturo Uslar
Pietri -coincidiendo con Parra Pérez, Rosenblat y otros- destaca la condición
de escritor de Bolívar, para lo cual, tomando en cuenta las exigencias que
dicho arte presenta en los albores del siglo XIX, no bastaba el simple deseo de
escribir, pues había que tener dominio de las tendencias e influencias previas,
estilos y autores, así como una densa formación en los temas de su aplicación
literaria. Dice: “Tenía en grado excelso el don de expresión de los grandes
escritores: lo que hacía correspondía a un pensamiento luminoso y se
manifestaba en una expresión viva y hermosa”.
Lo cierto es
que a finales de 1818, con la naciente República bolivariana instalada en
Angostura, El Libertador había logrado unificar los mandos militares que antes
fueron caudillos regionalistas y jefes personalistas que nadie atendían sino a
su sólo arrojo; también en el campo de la ideas sorprendió a inicios del 1819 a
letrados, políticos y diplomáticos con una de sus piezas oratorias más
maduradas y sólidas intelectualmente. Ese año saltó los Andes empapado aún de
las inundadas llanuras, liberó de españoles la Nueva Granada, volvió a
Angostura, creó Colombia, organizó un Estado con instituciones medianamente
estables; los poetas comenzaron a dedicarle sus odas y sonetos, y los músicos,
sus danzas y contradanzas, como La Vencedora de autor anónimo y La Libertadora
del venezolano Silverio Añez que sonó en Bogotá quince días seguidos tras el
triunfo de Boyacá.
Esta última
tuvo Bolívar el placer de escucharla y bailarla en Maracaibo durante su última
estadía en la ciudad en diciembre de 1826, interpretada por la orquesta del
propio autor, el médico y clarinetista Silverio Añez. En esa tertulia el poeta
maracaibero José Antonio Almarza, Capitán del Ejército Libertador, declamó:
“Desdeñaste, señor, con heroísmo
Una diadema que ofrecer quisieron
Los intrigantes que jamás supieron
Comparar a Bolívar con el mismo.
Y si tanto has odiado el despotismo
Si tus grandes virtudes te ascendieron
A mandar corazones que ofrecieron
Respetarte, señor, sin servilismo;
¿Será extraño que mires con horror
Las coronas de pérfidos tiranos?
Tu dominio te da más esplendor
Mandando corazones colombianos
Que es más augusto de Libertador
Y más heroico ser republicano.”
IV
Epílogo
El 24 de
junio de 1821 Simón Bolívar está a un mes de cumplir 38 años. Dirige un
ejército fogueado en una década de guerra de liberación. Sabe más de derrotas
que de victorias, y de ellas ha aprendido tanto, como tener la certeza que este
día el trofeo es suyo. En el ínterin, ha vivido tres exilios, sorteado varios
intentos de asesinarlo en Jamaica, Rincón de los Toros y camino a Angostura; se
libró de un posible fusilamiento en Oriente al caer la Segunda República, y se
salvó de la muerte nadando con frenesí en Casacoima. En constante vibración chamánica,
desarrolló el talento predictivo, que sólo le es dado a quienes entregan su
vida a una convicción tan poderosa, que se convierte en la vida misma y consume
cada instante del pensar y el palpitar del ser.
Este Bolívar
que desde Barinas y San Carlos va definiendo cada detalle de la estrategia
final de una campaña que involucra a toda Venezuela, que va dictando órdenes a
sus Generales con precisiones rayanas en el perfeccionismo, que va rodeando al
enemigo por todos los puntos cardinales habiendo dejado antes liberada la Nueva
Granada, erguido sobre su caballo disponiendo los movimientos de su ejército
que ya sabe vencedor, está pensando en el día siguiente, está pensando en la
Campaña del Sur, ni su mente de Libertador sin límites ni sus sonoras espuelas
le permiten distracción alguna que no sea volver sobre el futuro que está al
amanecer y saltar de la hamaca con ganas de un café.
Ese mediodía
del 24 de junio de 1821, Simón Bolívar, que ya era una leyenda internacional
por su impresionante terquedad independentista y sus hazañas militares,
victorioso e intranquilo dominando el campo de batalla con su visionario
cerebro audiovisual, repasó como estudiante en la antesala de un examen
decisivo, las ideas pregonadas en sus cuatro documentos doctrinarios
esenciales: el Manifiesto de Cartagena, el de Carúpano, la Carta de Jamaica y
el Discurso de Angostura.
Proclamas,
decretos, actos de gobierno, proyectos legislativos, ideas desparramadas en su
prolija literatura epistolar, hablan de un ideario progresista con trazos
utópicos no siempre comprendidos -y menos compartidos- por sus camaradas de
armas y los políticos que ascendían al podio parlamentario o el buró
gubernamental gracias a los estribos de sus glorias.
Ese día en
el Campo de Carabobo, Bolívar representa la independencia plena de todo añejo
colonialismo o imperialismo de nuevo cuño, encarna la igualdad “establecida y
practicada”, invoca el buen gobierno republicano-democrático de servicio
público, popular, ético, económicamente soberano, cívicamente liberal,
respetuoso de la libertad de expresión y opinión, abolicionista,
antiesclavista, defensor de los derechos de los pueblos originarios, promotor
de la educación pública y gratuita, la ciencia, las artes, la protección del
ambiente, integracionista, impulsor del Equilibrio del Universo que es la
justicia internacional y la paz como desiderátum de un mundo respetuoso de la
autodeterminación de los pueblos y la convivencia solidaria por una mejor
humanidad.
Esta es la
verdad más profunda de la Venezuela Bolivariana. Esta es nuestra Batalla de
hoy, como dijera César Rengifo: “Una batalla que hay que librarla día a día,
hora a hora, minuto a minuto”.
Post
Scriptum
“Sólo con
una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz,
justicia y dignidad a todos los hombres”. (Arthur Rimbaud)
Defender al
Libertador Simón Bolívar y definir el bolivarianismo como pensamiento nacional
emancipatorio, deben ser tareas intrínsecas y transversales al movimiento
revolucionario venezolano.
El
bolivarismo o bolivarianismo es un cuerpo doctrinario para la emancipación
antiimperialista de los pueblos, para el ejercicio de una democracia con
justicia social, para la búsqueda de la paz internacional como premisa de un
mundo en equilibrio, viable y sostenible.
Los pueblos
que pierden conexión con su ancestralidad, son presas fáciles del colonialismo
cultural, que es la llave para todas las formas de dominación extranjera. No
puede sentir verdadero patriotismo quien no tiene de su historia más que unos
aislados datos festivos.
La guerra
mutante aplicada por los imperialismos contra la Venezuela Bolivariana, ha
desarrollado una descomunal campaña de descrédito de la venezolanidad, con su
poderosa industria comunicacional y valiéndose de los sectores más vulnerables
ideológicamente, intentando desmoralizar nuestra justa lucha por la soberanía y
la igualdad.
Esta batalla
crucial para seguir existiendo como República soberana ocurre en el plano de lo
simbólico. Si no asumimos con urgencia la enseñanza del valor histórico de la
venezolanidad, masificándolo a través de la educación y las comunicaciones,
luego será tarde y lamentaremos la falta de voluntad política para haber
cumplido esta tarea vital para la Patria.
La
revolución cultural para vencer al enemigo transnacional, es la Doctrina
Bolivariana, entendida como la concepción desarrollada por el Libertador Simón
Bolívar sobre los asuntos fundamentales de la independencia nacional
latinoamericana, la creación de una nueva sociedad basada en la igualdad
establecida y practicada, el surgimiento de gobiernos garantes del bien común,
y la unión de las repúblicas hermanas en historia, para alcanzar el Equilibrio
del Universo como sistema de convivencia, paz y cooperación internacional.
Nada es más
temido por el imperialismo que el bolivarianismo. Las transnacionales del
pensamiento, editoriales, industria del cine, medios de desinformación, sitios
web, convergen en una insolente campaña internacional de desprestigio contra
Simón Bolívar y aúpan un linchamiento moral de la venezolanidad.
La creación
cultural, en todo su ancho universo (pluriverso) de realizaciones y utopías,
debe acompañar la construcción de una cosmovisión venezolana renovada en el
bolivarianismo. La agenda es ambiciosa: descolonización de las conciencias,
desmontaje del glosario de autoflagelación colonialista, resistencia frente a
los intentos de neocolonialismos, consolidación del pensamiento emancipatorio
nacional, inclusión de las diversidades en un proyecto común de Patria,
redefinición de los Derechos Humanos y de lo humano como pieza problemática de
la naturaleza, una nueva ética de la vida desde la ancestralidad, una cultura
para la liberación de los pueblos y la ruptura con toda forma de sumisión. Y la
independencia económica depende de crear esa nueva cultura que integra el
estudio y el trabajo con lo creativo y epistémico.
Esta es nuestra
Batalla de Carabobo del Siglo XXI: la batalla cotidiana y eterna.
Yldefonso Finol
(Escrito en 2021)





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