miércoles, 24 de junio de 2026

La Batalla de Carabobo: diálogo bolivariano con la revolución posible

 




La Batalla de Carabobo: diálogo bolivariano con la revolución posible

Introito: La Batalla de las batallas

Nos negamos a caer en el extremo de reducir la historia a la historiografía episódica, aunque resulta insoslayable pasearse por la crónica –siempre más breve y simple que la realidad- de la Campaña de Carabobo, misma que deberíamos llamar “de Venezuela”.

En cinco meses hubo que organizar la Batalla de Carabobo. El 28 de enero de 1821 la Provincia de Maracaibo se insurrecciona contra España al influjo del General Rafael Urdaneta. Entra en crisis el Armisticio acordado en Trujillo a finales de noviembre de 1820 por el jefe realista Pablo Morillo y el Libertador Presidente Simón Bolívar. La parte española denuncia la presunta violación del Armisticio y reclama la devolución del territorio maracaibero. Urdaneta argumenta que el derecho de gentes y los mismos preceptos del acuerdo obligan a acoger y proteger a quienes decidan pasarse al bando republicano. El Libertador se restea con esta posición. El General Miguel de la Torre, quien sustituyó a Morillo desde diciembre de 1820, plantea soluciones inaceptables. El 10 de marzo, Bolívar escribe a La Torre desde Boconó, invocando el Artículo 12º del Armisticio, que reza: “Si por desgracia volviere a renovarse la guerra entre ambos gobiernos, no podrán abrirse las hostilidades sin que preceda un aviso que deberá dar el primero que intente o se prepare a romper el armisticio. Este aviso se dará cuarenta días antes que se ejecute el primer acto de hostilidad.”

Ese mismo día se envían instrucciones a Páez para que impida que se sigan sacando rebaños de Apure para el enemigo y que “esté pronto para moverse con el ejército para fines de abril”. La preocupación por las penurias de las tropas fue una constante en El Libertador, y en esos días era un asunto de vida o muerte para la República, especialmente por el ejército concentrado en Barinas. Lo mismo la dotación de armamento y disposición de caballos, al punto de haber ofrecido recompensas a los patriotas que lograsen despojar a los españoles de los suyos.

El 11 de marzo desde Niquitao se expiden comunicaciones a los vicepresidentes de Venezuela y Cundinamarca informándoles la situación sobrevenida; al primero de ellos ordenando el refuerzo del ejército de oriente para que actúe sobre Caracas, tal como se había previsto desde el 5 de marzo, para ocupar la ciudad “por la espalda del enemigo”; al General Urdaneta ordenándole que “ejecute todas las medidas de que está encargado, con la celeridad que sea posible, de modo que para el día primero de mayo próximo venidero”, tenga todo listo para emprender la campaña, “en el concepto de que los cuarenta días que deben preceder al rompimiento se contarán desde el 20 del presente”.

Torbellino de preparativos, lluvia de comunicaciones. En cuarenta días calculados a partir de la recepción del oficio de ruptura de hostilidades por la parte contraria, había que entrar en operaciones. La campaña abarca toda Venezuela e implica acciones de apoyo desde regiones cercanas de la Nueva Granada, como Santa Marta.

Estando en Achaguas, a 22 de marzo de 1821, Bolívar escribe al general Carlos Soublette, además de algunas instrucciones que luego variaron, el más sucinto informe de lo político, diplomático y logístico del momento: “Ayer he llegado aquí después de haber pasado por Mérida, Trujillo y Barinas. En todos estos países he hallado nuestras tropas pereciendo de miseria por la escasez de víveres, y por el mal clima. Esta consideración me ha obligado a notificar al general La Torre que, si los comisionados pacificadores no tienen facultades para ha­cer la paz, cuarenta días después de recibida aquella nota, se abri­rían las hostilidades según el artículo doce del armisticio.”

El espionaje de los movimientos del enemigo, el trabajo de inteligencia y contrainteligencia, eran herramientas que El Libertador nunca descuidaba. A Rafael Urdaneta le informaba: “Acaba de llegar un desertor… del enemigo, y entre los muchos detalles que hace de las fuerzas españolas, es uno, el que todas están concentradas en Carabobo al mando de Morales, porque La Torre se ha retirado a Puerto Cabello y según parece está sin mando. El desertor asegura que están también reunidas allí las tropas que se oponían al señor General Bermúdez en Caracas, y que Carabobo es el campo que han elegido para la batalla. Esta misma relación se confirma por algunos espías nuestros que han vuelto, añadiendo que las avanzadas enemigas están en los Taguanes.”

La estrategia militar de Bolívar es un puzle que sólo él sabía armar, cuyo objetivo central, es la concentración de un gran ejército para provocar una batalla definitiva donde debía quedar destruido el ejército enemigo. Esto implicaba la movilización de miles de combatientes. Bolívar aspiraba reunir diez mil. Logró el 65%. La División de Urdaneta aportó dos mil. Los movimientos partían de diversos puntos geográficos. Algunos de esos movimientos eran las llamadas “diversiones”, es decir, acciones que distraían al enemigo para que no lograse ver la jugada principal, o, que aun llegando a deducirla, no tuviese tiempo de despejar la ecuación.

El ejército realista quedaría cercado en el campo de batalla, con una sólo vía de escape hacia el mar: Puerto Cabello. La diversión sobre Caracas tuvo un carácter determinante en el triunfo de la estrategia bolivariana. El 28 de abril –con exactitud geométrica- partió Bermúdez desde Barcelona con 1200 soldados, dejando otros 600 hostigando la plaza de Cumaná en manos realistas. La marcha de esta tropa debía ser intensa (“marchas forzadas”), porque su función principal era mantener al enemigo -dominante en Caracas- asediado por el flanco oriental, obligándolo a combatir. De allí el término “diversión”, como sinónimo de distracción. Bermúdez cumplió con tal nitidez y dinamismo sus instrucciones, que victoria tras victoria, vence a 1300 veteranos el 12 de mayo en Guatire y el 14 en la tarde entra triunfal a Caracas, que los españoles temerosos habían evacuado. 

Casi todos los autores coinciden que 1820 es un año de cansancio en la guerra que ya lleva una década. Nos dice Vicente Lecuna: “Después de la extensas y activas operaciones del año 1819, ambos bandos necesitaban largo reposo, por esto en 1820 sólo se efectuaron operación y combates parciales”.

Uno de los contendores en la pugna independentista, el Reino de España, arrastraba desde inicios de 1820 un movimiento intrínseco que propugnaba una sociedad liberal regida por una Constitución, con libertades hasta ahora negadas a las mayorías, incluidas las colonias americanas. La llamada revolución de Riego y Quiroga trastocó el establecimiento político de la metrópoli y ello de seguro tendría repercusiones en esta parte que deseaba zafarse -de una vez por todas- el yugo colonial. De modo que el aparente reposo de 1820, no hacía sino preparar para el año siguiente “los sucesos adversos para los realistas” de que habla Baralt.

Podemos afirmar, en este instante de reflexión histórica, que la revolución de Riego y Quiroga le fue al desenlace de la guerra en 1821, lo que la deposición de Fernando VII por la invasión napoleónica en los sucesos del 19 de abril de 1810.

Sin duda este acontecimiento incidió definitivamente en la decisión de Pablo Morillo de promover un armisticio con Simón Bolívar. Para nuestra causa era un logro diplomático muy importante, porque se trataba del reconocimiento tácito de la República; y esta pausa creativa generaría las condiciones vaticinadas por Bolívar de reunir un magno ejército capaz de batir en una sola batalla final al enemigo.   

El armisticio y el tratado de regularización de la guerra sellados con la cita de Estado entre el jefe realista Pablo Morillo, máxima autoridad española, agotada tras cinco años de guerra contra una gente levantisca que nunca se rinde, y Simón Bolívar, jefe de una república en formación que se le aparece por todos lados arrebatándole su gloria como le ha arrebatado a España media Suramérica, tuvo lugar en la misma comarca donde EL Libertador dictó en 1813 el Decreto de Guerra a Muerte. La simbología de esta coincidencia no podía ser más venturosa. El augurio auspicioso rodeaba como áurea celeste la causa sublevada del “Nuevo Mundo” que al tender su mano cálida al representante del Imperio que nos oprimió tres centurias, le quebraba la moral por la insensatez de pretender prolongar el cepo colonial. Los que fueron tildados de bandidos, insurrectos, vándalos, daban en Trujillo lecciones de humanidad y elevada cultura política a quienes siempre se creyeron superiores.

Pero el Armisticio sólo alcanzó para unas Navidades y Noche Vieja de 1820 más o menos serenas.

El 28 de enero de 1821 se produce la Insurrección de Maracaibo, que provocó la ruptura del Armisticio, y dio pie al reinicio de las hostilidades. El patriota maracaibero Juan Evangelista González, desde los inicios del armisticio acordado entre Simón Bolívar y el jefe realista Pablo Morillo, fue designado gobernador republicano de Gibraltar por encargo del General Rafael Urdaneta. El 26 de enero de 1821, una moneda con un documento van vía al poblado de Santa Rita como señal enviada al Teniente Coronel Francisco Delgado, Gobernador militar de la Maracaibo colonial, a través de la señora María de los Dolores Moreno, quien hizo la entrega por mano de su pareja, Antonio Castro, hábil navegante que con ayuda de los vientos alisios atravesó raudo las agitadas aguas aquella fresca noche.

En Gibraltar, el líder regional Juan Evangelista González, ha tomado todas las diligencias logísticas y políticas para trasladar en piraguas cerca de Maracaibo al Batallón Tiradores que comanda el habanero José Rafael de las Heras, mismo que había colocado en el puerto sureño el prevenido Jefe de La Guardia, Rafael Urdaneta. Disuasivo eficaz que desalentó cualquier intento de retaliación por parte de las sorprendidas armas realistas. Dentro del mismo plan, unas falsificadas órdenes del general español La Torre, mandaban que dos unidades militares españolas fuesen movidas hacia los Puertos de Altagracia para seguir a Coro. Así quedó lista la plaza para la victoria independentista.

Según Vicente Lecuna “ocurrió entonces un acontecimiento harto favorable, y fue el alzamiento de Maracaibo a favor de los patriotas el 28 de enero. Equivalía a un gran triunfo de la revolución. Desde entonces sus adeptos pudieron comunicarse con el mar. Provocado este movimiento por Urdaneta, el batallón Tiradores enviado por él desde Trujillo, ocupó la plaza al día siguiente. Esta gran ventaja conseguida sin esfuerzo de armas, permitía reunir rápidamente las tropas granadinas a las venezolanas”.

De hecho, al renovarse las hostilidades con la ruptura del armisticio, por la ciudad lacustre se podrían traer desde Santa Marta el batallón Rifles y los Húsares de La Guardia, que unidos al Batallón Tiradores y otro nuevo creado con el nombre Maracaibo, formarían la División con que el General Rafael Urdaneta coronó la liberación de Coro, y engrandeció el ejército triunfador en Carabobo.

Sobre su actuación en los hechos de la Provincia de Maracaibo -cuya autoría asumió responsablemente- Rafael Urdaneta escribe a Bolívar el 11 de febrero de aquel año: “El motivo que se tuvo para apresurarla fue de que el actual Gobernador (Francisco Delgado) debía ser relevado muy pronto y como ya había conseguido ganármelo, parecía que no debíamos perder la oportunidad, y como Usted me había recomendado tanto este negocio, yo creí de mi deber aprovechar los momentos. He escrito dos veces al General (español) La Torre sobre el particular interesando a favor de mi conducta la razón de que pudiéndose admitir recíprocamente un desertor o un pasado, con mayor razón debía admitirse un pueblo entero que se insurrecciona y pide auxilio a nuestras armas”.

La acción de Maracaibo, dirigida muy prudentemente por Urdaneta, es lo que en el Arte de la Guerra Sun Tzu se considera la batalla perfecta: “La victoria completa se produce cuando el ejército no lucha, la ciudad no es asediada, la destrucción no se prolonga durante mucho tiempo, y en cada caso el enemigo es vencido por el empleo de la estrategia”.

Paradójicamente -como suele suceder en procesos sociales complejos- la declaratoria de independencia maracaibera del yugo español y su adhesión a la causa bolivariana, que se catalizó en las condiciones creadas por el armisticio, significó el desencadenamiento de los hechos que llevaron a su fin.

En la visión totalizante del Libertador, el campo de batalla esos días era toda Venezuela, una fracción del mapa que rondaba en su mente: todo el continente.

Entre los efectos positivos de la incorporación de Maracaibo a la causa bolivariana, podemos destacar el acceso a los recursos de que disponía esta gobernación, incluidos equipamientos, personal apto para el ejército, alimentación para las tropas, y capacidad financiera que hasta ese momento estuvo en manos enemigas; control de los pasos terrestres desde y hacia Maracaibo por la ruta andina, y la navegabilidad por el Lago y Golfo de Venezuela, lo que permitió la movilización de contingentes que luego lucharon en Carabobo, como los Húsares de la Guardia y el Batallón Rifles que se trajeron de Santa Marta; conformación en tiempo récord del nuevo Batallón Maracaibo con ciudadanos residentes en la región, que fue la tropa de la diversión dirigida por Cruz Carrillo contra Tello en San Felipe.

En las fuerzas enemigas que ocupaban Coro, la noticia afectó amargamente sus ánimos, por la sorpresa de tan audaz acción en medio del Armisticio y por el prestigio militar del jefe del movimiento, el General Rafael Urdaneta, un nombre consagrado a lo largo de once años de guerra en los campos de batalla de la Nueva Granada y Venezuela. Por el contrario, los focos patrióticos que resistían en esas comarcas favorables al colonialismo, sintieron un inmenso aliciente, esperanzados en los aires libertarios que se anunciaban, aumentando las adhesiones ante la inminente posibilidad de triunfo independentista; como ocurrió en la península de Paraguaná con las milicias conducidas por la heroína Josefa Camejo, conocida de Urdaneta desde 1814, y con quien logró mantener contacto a través de mensajeros clandestinos. Un inmenso territorio quedaba a merced de las armas nacionales: todo el occidente venezolano, el control del macizo andino, la costa neogranadina y la cuenca del estuario maracaibero. 

El 30 de abril sale de Maracaibo el General Rafael Urdaneta con su División por la ruta costera hacia Coro, va liberando todos los pueblos que por primera vez ver entrar tropas patriotas en esos territorios colonizados desde la llegada de los “welser” en 1529. El 3 de mayo, Josefa Camejo al frente de unos 15 hombres armados irrumpió en el poblado de Baraived, sorprendiendo al realista José “Chepito” González, a quien venció en rápida acción. En Pueblo Nuevo, se les une Segundo Primera, que comandaba la pequeña milicia que allí se acantonaba; así se aseguraron el triunfo patriota en Paraguaná. Ese día proclamaron la adhesión de la Provincia de Coro a la República. El 9 de mayo Urdaneta rechaza una jugarreta del gobernador español que ha designado una supuesta junta de gobierno que acude a pedirle que detenga su marcha sobre la ciudad; el 11 entra en Coro completando su liberación y organiza el primer gobierno republicano en esa Provincia, al mando del cual deja al Coronel Juan Escalona. 

El 24 de mayo Bolívar se entera, por un correo realista capturado el día 22, que La Torre se había movilizado precipitadamente hacia Caracas, de seguro por las noticias de la llegada de Bermúdez a aquella ciudad. Esto se corrobora en oficio de Briceño Méndez al General Urdaneta: “Acaba de saber Su Excelencia el Libertador por un correo interceptado en Sarare a los enemigos: que el General La Torre ha marchado precipitadamente para Caracas, con el primero y segundo de Valencey, a consecuencia de novedades graves en la Costa y en Ocumare; que la infantería de Morales se ha situado cerca de Ortiz; y que las divisiones 3º y 5º que estaban en Araure, se han retirado ya. Estas noticias que no admiten duda han movido a Su Excelencia a continuar sus operaciones con este cuerpo sobre Araure sin esperar a Usted, puesto que no hay probabilidad de que llegue Usted pronto. En consecuencia de este movimiento debe Usted variar el suyo dirigiéndose sobre Barquisimeto, a buscar su reunión por Sarare con este ejército; a menos que por un conducto fidedigno y seguro, tal como el Coronel Carrillo u otro semejante, sepa Usted positivamente que estas noticias se han falsificado o que este ejército no ha ejecutado el movimiento que emprende mañana.”

El 28 de mayo sale Urdaneta de Coro vía Pedregal hacia Carora. El 8 de junio, impedido de continuar por la enfermedad, pasa el mando al Coronel merideño Antonio Rangel. Los españoles ignoraban que la fuerza de Urdaneta había logrado con éxito unirse al Ejército Libertador que triunfaría en Carabobo. Esto fue posible en parte por la diversión ordenada por Bolívar al trujillano Cruz Carrillo -quien desde su pueblo natal recorrió vencedor la ruta por el Tocuyo hasta Barquisimeto- para que con soldados del recién creado Batallón Maracaibo, hicieran un movimiento sobre el flanco occidental del enemigo ubicado en San Felipe, anzuelo que mordió La Torre al enviar una fuerza de entre 800 y mil hombres al mando del Coronel Tello la madrugada del 22 de junio. Craso error del jefe español.  

Se estableció nuestro Cuartel General en San Carlos que estaba en manos de Cedeño desde el 2 de junio; las tropas llaneras del General José Antonio Páez, con su caballería de 1000 jinetes que llegaron el 11 de junio, y sumadas las que vinieron de lugares más remotos en occidente, el Libertador tenía ante sí el teatro de guerra que concibió para decidir lo que sería ese día y lo que vendría los meses siguientes. Su mente inquieta y veloz iba delante de sus pasos abriéndose caminos esplendentes rumbo al sur.

El 19 de junio nuestro Ejército inició su marcha al campo de batalla. El coronel José Laurencio Silva tomó por sorpresa con su escuadrón de caballería a Tinaquillo. El 20 se pasó por Tinaco. Al amanecer del 23 de junio, Bolívar, pasa revista a las engalanadas tropas; recordó en Taguanes aquél triunfo cruento de 1813, y encomendó a sus compañeros caídos la jornada que estaba por cumplir los sueños gestados en la Campaña Admirable. También rememoró que el sabor de la victoria podía ser efímero, tal como lo disfrutó los breves días de 1814 en ese campo carabobeño.

Vicente Lecuna describe sucintamente la escena previa al combate: “Desde San Carlos el ejército venía organizado en tres divisiones a las órdenes de los Generales Páez, Sedeño y Plaza. Urdaneta había quedado enfermo en Carora. A pesar de todos los esfuerzos del Libertador, sólo se presentaron en línea 6.400 combatientes, cuando los diversos destacamentos reunidos para formar el ejército sumaban 10.000. Tal era el resultado de las pérdidas sufridas en las marchas, a causa de los malos caminos, de la alimentación incompleta y del paludismo. Los españoles defendían la amplia entrada a la sabana por el Sur con fortificaciones de campaña y algunas piezas de artillería, pero sólo contaban con 5.500 hombres”.

El 25 de junio Bolívar concluía: “se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político la República”. Exactamente cinco años después, en esas mismas tierras valencianas, el General más elogiado por El Libertador por su hazaña en Carabobo, a quien ofreciera en el campo de batalla el máximo grado militar de la patria, lideró un movimiento oligárquico que dinamitó las bases del proyecto emancipador, haciendo germinar en el país la mala hierba del antibolivarianismo. 



II

La Batalla eterna

Me anoto en la conversación de César Rengifo con Federico Brito Figueroa: “¿Otra vez Carabobo? Sí, y otra, y otra, y otra…Una batalla que hay que librarla día a día, hora a hora, minuto a minuto”.

Releer la Batalla de Carabobo en el Ciclo Bicentenario planteado por el Comandante Hugo Chávez a comienzos de este siglo, es, ante todo, reivindicar el carácter bolivariano de aquel hito fundamental de nuestra historia: ¿De la venezolana? Sí, por lo que toca al pueblo que en este pedazo del planeta se hizo vanguardia de un proceso liberador, y parió de sus entrañas al líder inspirador y realizador de la utopía independentista. ¿De la latinoamericana? También, porque el proceso venezolano que despegó en 1810 impactó en las ideas y los movimientos de todo el continente, constituyendo los ejércitos que vencieron al imperio ocupante y porque el gran líder político-militar de aquella epopeya lo fue (y es) indiscutiblemente El Libertador Simón Bolívar.

Ya no se trata de despachar el 24 de junio con los manidos clichés de la historiografía oficial de la república burguesa dependiente que surgió tras la (truncada) gesta de Independencia; todo un proceso revolucionario inédito en el devenir de la humanidad, quedaba reducido al dogma nacional -muy discutible por cierto- de que “en Carabobo se selló la independencia de Venezuela”, y al micro relato donde un soldado ya difunto se mantenía erguido sobre el caballo para ir a despedirse de su jefe: “General, vengo a decirle adiós porque estoy muerto”. Así se inició, desde la oralidad popular venezolana, el realismo mágico latinoamericano.

La lectura crítica del tiempo histórico nos invita a valorar la Revolución de Independencia como un proceso que pasó de ser la acción ambigua de la elite criolla en abril de 1810 por obtener algunas ventajas económicas y otros fueros negados por la Metrópolis Colonial, hasta convertirse en un movimiento de liberación anticolonial con una agenda emancipadora que fue integrando derechos políticos e igualdades sociales antes no previstas en el orden establecido.

Esa revolución quedó definida en la palabra luminosa del maestro Simón Rodríguez: “Hoy se piensa, como nunca se había pensado, se oyen cosas, que nunca se habían oído, se escribe, como nunca se había escrito, y esto va formando opinión en favor de una reforma, que nunca se había intentado, la de la sociedad”.

Lo Bicentenario es lo Bolivariano; es la épica que juntó a todas las regiones y sectores sociales de Venezuela; es reivindicar ese mundo fundado por Bolívar y sus camaradas en Angostura durante aquella Tercera República (Primera Bolivariana), que liberó a la Nueva Granada, a Venezuela y a Quito (Ecuador); que de la unión de éstas creó Colombia, y se atrevió a llevar la independencia al Perú, y fundar otra nueva república llamada Bolivia.

Lo trascendente de aquella gesta es, sin la más mínima duda, el bolivarianismo, entendido como un cuerpo doctrinario para la emancipación antiimperialista de los pueblos, para el ejercicio de una democracia con justicia social, para la búsqueda de la paz internacional como premisa de un mundo en equilibrio, para la protección del ecosistema y el establecimiento de la educación popular como vía democratizadora del conocimiento y de la sociedad. 

En junio de 1821, el pensamiento de Bolívar ya ha sido expuesto en sus documentos fundamentales; el mismo conforma un sistema coherente en ámbitos ético-filosóficos, socio-políticos, socioeconómicos, militares y geopolíticos. Sus ideas daban la pauta de algo nuevo que debía surgir en contraste con un orden establecido que se suponía inconmovible; y aún en las lejanías del tiempo que lo trascendió, sus elaboraciones son fuente de causas pendientes por realizarse. Hay temas esenciales al quehacer de Simón Bolívar: anticolonialismo, igualdad social, construcción de repúblicas democráticas, buen gobierno, ética pública y educación popular. Tales son sus grandes preocupaciones –amén de la ocupación total en la guerra de liberación- que se manifiestan en los momentos estelares de sus reflexiones políticas, en sus principales escritos, y en los diálogos epistemológicos que mantuvo con sus contemporáneos.

Toda batalla es el resultado de una contradicción antagónica que no pudo resolverse de otra manera. Y Carabobo fue la batalla donde se sintetizó todo lo ocurrido en Venezuela desde la primera gobernación colonial de 1529 con Ambrosio Alfinger. Ese 24 de junio de 1821 ya Venezuela era sinónimo de rebeldía irreductible, el nombre de Simón Bolívar era leyenda por su perseverancia y las proezas militares que hizo al frente de tropas inexpertas de indios, mestizos, pardos, afros, criollos, caudillos regionales, corsarios, voluntarios extranjeros. 

La contradicción fundamental Colonia o Independencia generó el movimiento político criollo que asumió la confrontación armada con España; la contradicción monarquía o república estuvo presente desde el comienzo en la concepción del Estado que debía surgir con la Independencia, y hasta el debate entre los republicanos federalistas y centralistas provocó absurdos enfrentamientos que casi hacen naufragar la causa fundamental de construir una nueva soberanía arrancándola a sangre y fuego al imperio español. 

El imperio colonial llegó a manipular a su favor las contradicciones de clase internas en las sociedades americanas, colocando parte de la población explotada, indígenas, esclavos afrodescendientes y campesinos mestizos, en contra de la vanguardia independentista conformada en un primer momento por la elite mantuana (como se le llamaba en la Venezuela colonial), que eran los blancos terratenientes y propietarios de manufacturas incipientes de exportación y el comercio, muchos de los cuales eran los patrones explotadores de ese pueblo humilde.

La Doctrina Bolivariana es la síntesis de esos antagonismos que problematizaron la existencia misma del Libertador, al entrar en contradicción con su condición de clase, desarrollando las ideas más avanzadas de su tiempo, al punto que muchos autores las consideran adelantadas a su época e imposibles de materializarse en las condiciones socioeconómicas y culturales que prevalecían esas primeras tres décadas del siglo XIX. 

Coincidimos en lo esencial con la visión de Acosta Saignes, en el sentido que “no es posible estudiar a Bolívar fuera del gran contexto político internacional, americano y europeo, dentro del cual hubo de actuar, ni aislarlo siquiera momentánea o metodológicamente, como solitario de capacidades eminentes cuyo solo genio lo llevó a ser guía y héroe. Así lo presentan muchos historiadores y políticos, para que la enseñanza de su esfuerzo resulte baldía y para que las masas combatientes en el mundo de la segunda parte del siglo XX, no vean ejemplo y enseñanza en las peleas de los esclavos, de los pardos, de los indios, de los mestizos, quienes formaron los ejércitos de la liberación. Nosotros lo vemos como el genio resultante de los esfuerzos de muchos sectores: el de los criollos dirigentes del proceso de libertad con sus propios designios; el de los ejércitos mixtos, que sufrieron infinitos sacrificios y enseñaron a Bolívar cómo era en realidad su vida cotidiana, en marchas innumerables a través de Venezuela, de Nueva Granada, de Perú, hasta del Potosí; el de los esclavos, también, que en algunas regiones, como en el oriente de Venezuela en 1813 y 1814, lucharon con entusiasmo al lado de los patriotas y en ocasiones, como durante esos mismos años en los Llanos, erraron el camino del progreso inmediato, que era la libertad nacional, pero obligaron al propio Bolívar, y a los criollos, a tomarlos en cuenta como inmensos factores en la lucha. No sólo el deseo de Petion, en 1816, llevó a Bolívar a promulgar la libertad de los esclavos en Carúpano y en Ocumare, sino el convencimiento, nacido de la lección del Año Terrible de 1814, de que no se podría lograr éxito sin contar con el concurso de todos los sectores…”

No faltó la polémica sobre aspectos tan característicos de aquella sociedad colonial esclavista, entre la posición progresista y el pragmatismo conservador. Polanco Alcántara nos presenta su mirada del asunto al contrastar cómo Santander “no compartía plenamente algunas medidas administrativas y políticas, por ejemplo, el gravísimo tema de liberar plenamente a aquellas personas que tuviesen la condición de esclavos pero que fuesen llamados a las armas. Para Bolívar se trataba de una cuestión de principio, pues pelear por la libertad era un medio legítimo para alcanzarla”.

El desfase de esa clase dirigente, muchas veces pendiente de conservar y hasta asaltar privilegios, llegó a ser motivo de molestia para El Libertador, que fue padeciendo pacientemente la incomprensión de sus propuestas societarias. Esto ocurrió tanto con los decretos de liberación de esclavos como con el establecimiento del Poder Moral. Mucha decepción le causaba la famélica voluntad de cambio de la representación parlamentaria, y su enclaustramiento en la sociedad de castas que para Bolívar no tenía ninguna justificación histórica ni ninguna razón social para persistir.

“Piensan esos caballeros que Colombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado una mirada sobre los Caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patia, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de América que, como gamos, recorren las soledades de Colombia”, escribía desde su Cuartel General en San Carlos a Santander el 13 de junio de 1821, justo once días antes de la Batalla en el Campo de Carabobo, manifestando su malestar con el desempeño de los congresistas reunidos en Cúcuta, de quienes expresa: “Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, porque realmente está, y porque ha conquistado este pueblo de mano de los tiranos; porque además es el pueblo que quiere, el pueblo que obra, y el pueblo que puede; todo lo demás es gente que vegeta con más o menos malignidad, o con más o menos patriotismo, pero todos sin ningún derecho a ser otra cosa que ciudadanos pasivos”.

Pensar “Carabobo” no cabe en los mejores lienzos, ni podemos imaginarla como un álbum de fotografías; ni siquiera recogerla en las mejores crónicas, o intentar sintetizarla en brillantes relatos. “Carabobo” no es un instante glorioso. Menos la anécdota surrealista de un muerto despidiéndose de su incrédulo jefe. La Batalla de Carabobo es historia de pueblos detrás de unas ideas. Es un punto de llegada y a la vez de partida, porque el nuevo mundo que debía surgir de aquellos lances, no estaba hecho de victorias puntuales, sino de luchas eternas, como esa espiral dialéctica de que nos hablan los clásicos del marxismo.

Entender dónde comenzó a prepararse esta batalla crucial, cómo se crearon las condiciones para llegar a esta contienda determinante para dos fuerzas históricas que estaban en pugna antagónica desde diez años atrás, tendríamos que respondernos mirando ese proceso complejísimo que desembocó en la Primera República Bolivariana en Angostura, que a su vez, sólo fue posible, gracias a la solidaridad del General haitiano Alejandro Petion con El Libertador. Porque sin las dos expediciones desde Haití, no hubiera habido República de Venezuela en Angostura. 

En 1821 la vida y la guerra habían forjado suficientemente en Simón Bolívar el carácter personal, la madurez política y el genio militar, para ejercer un liderazgo constructor de radicales transformaciones sociopolíticas, y para conducir ejércitos multiclasistas y plurinacionales, en un teatro de la guerra –previamente estudiado- cada vez más a merced de sus análisis estratégicos y escenarios predictivos.

Carabobo es un punto en la geografía de la guerra donde combate toda Venezuela; es un segmento de la línea que traza un nuevo mapa en la división político territorial del continente; es el mediodía de esa jornada de dos décadas que amaneció en 1810 y tuvo su ocaso en la agónica patria de 1830.

Si la visión estrecha de quienes gestaron el “Congresillo de Cariaco” se hubiese impuesto, diluyendo el mando central en instituciones quiméricas, todavía el Imperio Español dominaría este continente. Para enfrentar un poder tan grande y experimentado, se requería una mirada totalizante, capaz de convertir el amplio escenario de la guerra en un tablero de ajedrez o un pequeño mapa donde observar las condiciones del enemigo y descifrar las señales de vía histórica. Esa capacidad la tuvo Bolívar, y fue el secreto de su genio. 

Los caudillismos envalentonados en sabanas vírgenes, cabalgando contra espejismos y conformándose con mandar sus fincas, nunca hubiesen concebido la ecuación política que llevaba a consolidar un Estado viable y sostenible, en un continente de fronteras movedizas al antojo del Imperio Colonial, mucho menos a proponer, desde las más profundas convicciones ideológicas, la ruptura radical con las viejas instituciones y el surgimiento de un modelo social original, capaz de hacerse tan fuerte como para disuadir las pretensiones hegemonistas de nuevas potencias foráneas.   

Los giros sorprendentes que Bolívar daba a la guerra, incomprendidos a veces por sus propios compañeros, fueron conformando una espiral ascendente de triunfos que iban agrandando el territorio abarcado por su jefatura. Esto también fue acompañado de un proceso de maduración de su Doctrina político-militar, junto al concepto teórico-práctico del buen gobierno; concepción que problematizaba los acomodaticios intereses de las oligarquías que no cesaron de contrariar el plan bolivariano.

Por algo dijo Pablo Morillo al informar al Rey sobre Bolívar tras la entrevista que sostuvieron en Trujillo en noviembre de 1820: “Él es la revolución.”

A priori comenzó a concebirse el triunfo del Ejército Patriota en la Batalla de Carabobo, en la mente del Libertador Simón Bolívar, que estando en Bogotá en enero de 1821 decía en carta al Coronel Ambrosio Plaza: “estoy resuelto a terminar la guerra en Venezuela en este año”; lo no predecible en 1815 era ¿dónde comenzaría a materializarse ese triunfo?; diría que en Haití, durante las reuniones de Bolívar con el General Alexander Petion.

El Libertador dejó plasmado en una frase preciosa, su sentir sobre el Presidente haitiano Alejandro Petion: “el autor de nuestra libertad”. Sin la ayuda política y logística que Haití otorgó a la Causa Independentista de Venezuela, cuando El Libertador se hallaba aislado y debilitado políticamente en su exilio de Jamaica, la mayoría de los jefes militares enfrentados entre sí, sin mando central, carentes de recursos siquiera para sostener sus propios gastos personales, y con la dificultad de ir a enfrentar un enemigo poderoso, organizado, experimentado, que dominaba, bajo la prestigiada dirección del “Pacificador” Pablo Morillo, casi todo el escenario de tierra firme en Venezuela y la Nueva Granada, habiendo desbaratado fortificados reductos republicanos como Cartagena.

Dejemos que lo diga Mario Briceño Iragorry, teórico de la venezolanidad desde la perspectiva filo-hispanista: “En los años dolorosos en que nuestra patria andaba al acaso sobre los azares del mar, compendiada en los penates que Bolívar había jurado guardar, Petion representó el mejor apoyo que tuvo nuestro destino republicano…con la ayuda eficaz del ilustre Presidente haitiano, pudo armar el Libertador las expediciones que lo llevaron, contra el propio egoísmo de los jefes nativos, a consagrarse definitivamente a la obra de redimir, no sólo ya a la Patria sojuzgada sino a la América entera que buscaba su inquebrantable destino democrático…No traía armas y municiones solamente la expedición que zarpó de Los Cayos el 31 de marzo de 1816. En ella comandaba un pensamiento poderoso. Una idea ecuménica de igualdad inspiraba la mente del Héroe.”

En tan complicada situación, los auxilios de Petion al Libertador en particular, vinieron a representar la resurrección de la revolución de Independencia. La nueva estrategia contenía dos cambios radicales respecto a la conducción de la guerra hasta esa fecha. El primero, un audaz giro táctico del mapa de operaciones, inaugurándose –con la marina mirada caribeña- el control territorial desde el Oriente y el eje Orinoco-Apure: Bolívar expuso en Haití la tesis de lanzarse primero por Venezuela, donde el ejército realista estaba disperso, posición que compartía el Coronel Juan Bautista Bideau, mulato francés de Santa Lucía, buen conocedor del oriente venezolano por su incorporación temprana a nuestra causa desde 1811, quien argumentó a favor de dicha incursión con la mira puesta en Guayana. En segundo lugar, la convicción de que había que incorporar a la causa a todos los sectores sociales, particularmente declarando la libertad de los esclavos y abriéndoles espacio para ser parte del Ejército Libertador.    

Su primer decreto abolicionista lo dicta como Jefe Supremo en Carúpano el 2 de junio de 1816, al arribar a tierra firme con la gloriosa expedición de Los Cayos que patrocinó el generoso presidente haitiano Petion: “Considerando que la justicia, la política, y la Patria reclaman imperiosamente los derechos imprescriptibles de la naturaleza, he venido en decretar, como decreto, la libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados”.

El 6 de julio de ese mismo año de 1816, al desembarcar en Ocumare de la Costa dicta su segundo Decreto sobre la libertad de los esclavos: “Esta porción desgraciada de nuestros hermanos que han gemido bajo las miserias de la esclavitud, ya es libre. La naturaleza, la justicia y la política piden la emancipación de los esclavos: de aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres, todos serán ciudadanos”.

Recordemos que el 15 de febrero de 1819, en su magistral discurso de Angostura, predica con vehemencia la libertad absoluta de los esclavos como paradigma de una nueva vida en las nacientes repúblicas. Consciente como estaba de las dificultades de esta iniciativa, en una economía agraria colonial basada en la mano de obra esclava, que atentaba desde profundas estructuras de poder contra el consenso requerido, apeló a los argumentos más desesperados por conseguir apoyo a su ferviente deseo: “…yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida, y la vida de la República”. Y aún resuenan sus palabras en las alturas bolivianas en este mundo azotado por las bestias de un pasado oprobioso que se empeña en reencarnar: “¡Legisladores! La infracción de todas las leyes es la esclavitud.” 

Es por lo que consideramos que la Batalla de Carabobo es un crisol de pueblos labrando un afinque para la libertad y la igualdad. No se trataba sólo de expandir horizontes terrenales, si no de soñar otra sociedad de relaciones y empoderamientos diferentes a las conocidas. “Carabobo”
es mucho más que una batalla. Es la cristalización de una doctrina militar y el despegue de una geopolítica continental libertaria. En lo militar es una acción envolvente; es la campaña nacional de un pequeño país que deshizo un imperio trasatlántico.

En Carabobo luchó toda Venezuela: del Llano, de Oriente, de Occidente, y también lucharon patriotas de la Nueva Granada, voluntarios caribeños, británicos y de otros países. Los jefes, eso sí, todos venezolanos. Carabobo es el mar donde desembocaron el 19 de abril de 1810, el 5 de julio de 1811, el Manifiesto de Cartagena, la Campaña Admirable, el Manifiesto de Carúpano, la Carta de Jamaica, la Expedición de los Cayos, los decretos abolicionistas, el Discurso de Angostura, las Batallas de Pantano de Vargas y Boyacá, y el Pronunciamiento de Maracaibo del 28 de enero de 1821 que catalizó los eventos de aquel año glorioso, al que Baralt precalifica como un “año abundante en sucesos adversos para los realistas y decisivos en bien de sus contrarios.”



III

La Batalla desencadenante: el autor incandescente

Ineludible abrirle espacio en estas humildes páginas al autor de las excelsas letras de nuestra existencia: “Ayer se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político la República de Colombia”. Así iniciaba su Parte de Guerra del 25 de junio El Libertador Simón Bolívar.

Lo imaginamos meciéndose en su hamaca cuando apuntaba en la Carta de Jamaica la creación de Colombia. Lo presentimos gozoso e inquieto dictando el resumen de la batalla más esperada, pero que ya ganada, no hacía sino agrandar sus ansias de caminos. “Reunidas las divisiones del Ejército Libertador en los campos Tinaquillo el 23, marchamos ayer por la mañana sobre el Cuartel General enemigo situado en Carabobo, en el orden siguiente: La primera división, compuesta del bravo batallón Británico, del Bravo de Apure y 1.500 caballos a las órdenes del señor general Páez. La segunda, compuesta de la segunda brigada de La Guardia con los batallones Tiradores, Boyacá y Vargas, y el Escuadrón Sagrado que manda el impertérrito coronel Aramendi a las órdenes del señor general Cedeño. La tercera, compuesta de la primera brigada de La Guardia con los batallones Rifles, Granaderos, Vencedor de Boyacá, Anzoátegui y el regimiento de caballería del intrépido coronel Rondón, a las órdenes del señor coronel Plaza.

Nuestra marcha por los montes y desfiladeros que nos separaban del campo enemigo fue rápida y ordenada. A las 11 de la mañana desfilamos por nuestra izquierda al frente del ejército enemigo bajo sus fuegos; atravesamos un riachuelo, que sólo daba frente para un hombre, a presencia de un ejército que bien colocado en una altura inaccesible y plana, nos dominaba y nos cruzaba con todos sus fuegos.

El bizarro general Páez a la cabeza de los dos batallones de su división y del regimiento de caballería del valiente coronel Muñoz, marchó con tal intrepidez sobre la derecha del enemigo que en media hora todo él fue envuelto y cortado. Nada hará jamás bastante honor al valor de estas tropas. El batallón Británico mandado por el benemérito coronel Farriar pudo aún distinguirse entre tantos valientes y tuvo una gran pérdida de oficiales.

La conducta del general Páez en la última y en la más gloriosa victoria de Colombia lo ha hecho acreedor al último rango en la milicia, y yo, en nombre del Congreso, le he ofrecido en el campo de batalla el empleo de General en Jefe de ejército.

De la segunda división no entró en acción más que una parte del batallón de Tiradores de La Guardia que manda el benemérito comandante Heras. Pero su general, desesperado de no poder entrar en la batalla con toda su división por los obstáculos del terreno, dio solo contra una masa de infantería y murió en medio de ella del modo heroico que merecía terminar la noble carrera del bravo de los bravos de Colombia. La República ha perdido en el general Cedeño un grande apoyo en paz o en guerra; ninguno más valiente que él, ninguno más obediente al Gobierno. Yo recomiendo las cenizas de este General al Congreso Soberano para que se le tributen los honores de un triunfo solemne. Igual dolor sufre la República con la muerte del intrepidísimo coronel Plaza que, lleno de un entusiasmo sin ejemplo, se precipitó sobre un batallón enemigo a rendirlo. El coronel Plaza es acreedor a las lágrimas de Colombia y a que el Congreso le conceda los honores de un heroísmo eminente.

Disperso el ejército enemigo, el ardor de nuestros jefes y oficiales en perseguirlo fue tal que tuvimos una gran pérdida en esta alta clase del ejército. El boletín dará el nombre de estos ilustres.

El ejército español pasaba de seis mil hombres, compuesto de todo lo mejor de las expediciones pacificadoras. Este ejército ha dejado de serlo. Cuatrocientos hombres habrán entrado hoy a Puerto Cabello.

El Ejército Libertador tenía igual fuerza que el enemigo, pero no más que una quinta parte de él ha decidido la batalla. Nuestra pérdida no es sino dolorosa: apenas 200 muertos y heridos.

El coronel Rangel, que hizo como siempre prodigios, ha marchado hoy a establecer la línea contra Puerto Cabello.

Acepte el Congreso Soberano en nombre de los bravos que tengo la honra de mandar, el homenaje de un ejército rendido, el más grande y más hermoso que ha hecho armas en Colombia en un campo de batalla.

Tengo el honor de ser con la más alta consideración, de Vuestra Excelencia atento, humilde servidor.

Simón Bolívar

Valencia, 25 de junio de 1821”

 

La capacidad de síntesis, el apego minucioso a los hechos narrados, la generosidad de reconocer méritos, los sentimientos de dolor ante la pérdida de compañeros valiosos, el afán de hacerles justicia, hasta el elogio al ejército vencido, hacen de cada pieza literaria de Bolívar un texto digno de apreciar con interés lingüístico, y de sorber como savia vivificadora de la tierra a la que pertenecemos.

Uno de los talentos que tuvo Bolívar fue el de ser un gran orfebre de la palabra. Por eso sus detractores se esmeran fuertemente en esquilmarle este don, que lo cultivó, como todo en su vida, con estudio agudo y disciplina.

Key Ayala celebra, desde su buró de erudito, que en el caso del Libertador la palabra precede y determina la acción: “Como sus actos, su verbo. Es contra toda lógica separar el verbo de Bolívar de su acción, como si fuesen dos funciones distintas. Forman una sola función, están dirigidas al fin único. Bolívar lleva la revolución en las armas y en la palabra. Gana naciones con batallas. Gana pueblos y hombres con su verbo alerta, flexible, de apóstol, de hombre convencido. Posee varios acentos. El acento es adecuado al objeto. Convence, confunde, deslumbra, inspira fe y confianza. Es el que conviene a los pueblos a quienes se dirige. El poeta no es frustrado, porque es el héroe de su propio poema. Lo sueña con la palabra. Lo escribe con la acción”.

Por su parte, Manuel Pérez Vila, en su prólogo a la compilación de textos bolivarianos que bajo el título Doctrina de Simón Bolívar reunió el maestro Augusto Mijares, hace un resumen muy ilustrativo de esa condición de literato: “se ha calculado en no menos de diez mil el número de documentos emanados del Libertador, entre cartas, oficios, decretos, mensajes, manifiestos, proclamas, proyectos constitucionales, discursos, artículos periodísticos, etc., desde el primero que se conoce –de 14 de octubre de 1795– hasta la carta que le escribió al general Justo Briceño el 11 de diciembre de 1830, seis días antes de morir. Que este cálculo no es exagerado lo demuestra el hecho de que la Comisión Editora de los Escritos del Libertador, de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, haya publicado hasta hoy 11 volúmenes con un total de 2.290 documentos, que llegan sólo al 31 de octubre de 1817”. Hay suficiente material escrito para varios años de lectura.

El mismo Pérez Vila, pero esta vez en su obra El Legado de Bolívar, reseña que El Libertador: “como escritor, maneja una prosa densa en ideas, pero clara, concisa, relampagueante en su forma; en su lenguaje alternan intuiciones deslumbrantes, las imágenes poéticas, y las máximas que condensan la sabiduría de un sagaz observador del hombre y del mundo”.

Ángel Rosenblat afirma que “Bolívar es un gran escritor de lengua española, que se puede emparentar lingüísticamente con el padre Feijoo o con Jovellanos. Desde sus cartas más íntimas hasta sus discursos y proclamas militares, es dueño y señor de todos los recursos expresivos de su lengua y la maneja como un bien propio”.

Augusto Mijares, historiador denso y agudo que nos legó una de las mejores biografías del Libertador, tiene plena certeza de la capacidad literaria de Bolívar, cuya oralidad fluye de su mente brillante al pergamino que redacta el autor o transcriben secretarios diversos en distintas épocas e idiomas. “Su estilo era florido y correcto; sus discursos y sus escritos están llenos de imágenes atrevidas y originales. Sus proclamas son modelos de la elocuencia militar. En sus despachos lucen, a la par de la galanura del estilo, la claridad y la precisión. En sus órdenes, que comunicaba a sus tenientes, no olvidaba ni los detalles más triviales, todo lo calculaba, todo lo preveía”.

Rufino Blanco Fombona, que dedicó una vida a la investigación histórica de Bolívar, decía en las primeras décadas del siglo XX: “Hoy no nos damos cuenta de la revolución que inició e impuso en castellano El Libertador, por cuanto él no hizo profesión de las letras, y esta actitud literaria suya se apagaba o desvanecía ante el deslumbramiento de su epopeya…Bolívar es en punto a letras, lo más alto en su época en lengua de Castilla. Con Bolívar se realiza la revolución de Independencia en las letras castellanas, o, para no salir de casa, en letras americanas…Fue también en literatura El Libertador”.

Arturo Uslar Pietri -coincidiendo con Parra Pérez, Rosenblat y otros- destaca la condición de escritor de Bolívar, para lo cual, tomando en cuenta las exigencias que dicho arte presenta en los albores del siglo XIX, no bastaba el simple deseo de escribir, pues había que tener dominio de las tendencias e influencias previas, estilos y autores, así como una densa formación en los temas de su aplicación literaria. Dice: “Tenía en grado excelso el don de expresión de los grandes escritores: lo que hacía correspondía a un pensamiento luminoso y se manifestaba en una expresión viva y hermosa”.

Lo cierto es que a finales de 1818, con la naciente República bolivariana instalada en Angostura, El Libertador había logrado unificar los mandos militares que antes fueron caudillos regionalistas y jefes personalistas que nadie atendían sino a su sólo arrojo; también en el campo de la ideas sorprendió a inicios del 1819 a letrados, políticos y diplomáticos con una de sus piezas oratorias más maduradas y sólidas intelectualmente. Ese año saltó los Andes empapado aún de las inundadas llanuras, liberó de españoles la Nueva Granada, volvió a Angostura, creó Colombia, organizó un Estado con instituciones medianamente estables; los poetas comenzaron a dedicarle sus odas y sonetos, y los músicos, sus danzas y contradanzas, como La Vencedora de autor anónimo y La Libertadora del venezolano Silverio Añez que sonó en Bogotá quince días seguidos tras el triunfo de Boyacá.

Esta última tuvo Bolívar el placer de escucharla y bailarla en Maracaibo durante su última estadía en la ciudad en diciembre de 1826, interpretada por la orquesta del propio autor, el médico y clarinetista Silverio Añez. En esa tertulia el poeta maracaibero José Antonio Almarza, Capitán del Ejército Libertador, declamó:

“Desdeñaste, señor, con heroísmo

Una diadema que ofrecer quisieron

Los intrigantes que jamás supieron

Comparar a Bolívar con el mismo.

 

Y si tanto has odiado el despotismo

Si tus grandes virtudes te ascendieron

A mandar corazones que ofrecieron

Respetarte, señor, sin servilismo;

¿Será extraño que mires con horror

Las coronas de pérfidos tiranos?

Tu dominio te da más esplendor

 

Mandando corazones colombianos

Que es más augusto de Libertador

Y más heroico ser republicano.”

 


IV                                                

Epílogo

El 24 de junio de 1821 Simón Bolívar está a un mes de cumplir 38 años. Dirige un ejército fogueado en una década de guerra de liberación. Sabe más de derrotas que de victorias, y de ellas ha aprendido tanto, como tener la certeza que este día el trofeo es suyo. En el ínterin, ha vivido tres exilios, sorteado varios intentos de asesinarlo en Jamaica, Rincón de los Toros y camino a Angostura; se libró de un posible fusilamiento en Oriente al caer la Segunda República, y se salvó de la muerte nadando con frenesí en Casacoima. En constante vibración chamánica, desarrolló el talento predictivo, que sólo le es dado a quienes entregan su vida a una convicción tan poderosa, que se convierte en la vida misma y consume cada instante del pensar y el palpitar del ser.

Este Bolívar que desde Barinas y San Carlos va definiendo cada detalle de la estrategia final de una campaña que involucra a toda Venezuela, que va dictando órdenes a sus Generales con precisiones rayanas en el perfeccionismo, que va rodeando al enemigo por todos los puntos cardinales habiendo dejado antes liberada la Nueva Granada, erguido sobre su caballo disponiendo los movimientos de su ejército que ya sabe vencedor, está pensando en el día siguiente, está pensando en la Campaña del Sur, ni su mente de Libertador sin límites ni sus sonoras espuelas le permiten distracción alguna que no sea volver sobre el futuro que está al amanecer y saltar de la hamaca con ganas de un café.

Ese mediodía del 24 de junio de 1821, Simón Bolívar, que ya era una leyenda internacional por su impresionante terquedad independentista y sus hazañas militares, victorioso e intranquilo dominando el campo de batalla con su visionario cerebro audiovisual, repasó como estudiante en la antesala de un examen decisivo, las ideas pregonadas en sus cuatro documentos doctrinarios esenciales: el Manifiesto de Cartagena, el de Carúpano, la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura.

Proclamas, decretos, actos de gobierno, proyectos legislativos, ideas desparramadas en su prolija literatura epistolar, hablan de un ideario progresista con trazos utópicos no siempre comprendidos -y menos compartidos- por sus camaradas de armas y los políticos que ascendían al podio parlamentario o el buró gubernamental gracias a los estribos de sus glorias.

Ese día en el Campo de Carabobo, Bolívar representa la independencia plena de todo añejo colonialismo o imperialismo de nuevo cuño, encarna la igualdad “establecida y practicada”, invoca el buen gobierno republicano-democrático de servicio público, popular, ético, económicamente soberano, cívicamente liberal, respetuoso de la libertad de expresión y opinión, abolicionista, antiesclavista, defensor de los derechos de los pueblos originarios, promotor de la educación pública y gratuita, la ciencia, las artes, la protección del ambiente, integracionista, impulsor del Equilibrio del Universo que es la justicia internacional y la paz como desiderátum de un mundo respetuoso de la autodeterminación de los pueblos y la convivencia solidaria por una mejor humanidad.

Esta es la verdad más profunda de la Venezuela Bolivariana. Esta es nuestra Batalla de hoy, como dijera César Rengifo: “Una batalla que hay que librarla día a día, hora a hora, minuto a minuto”.

 

Post Scriptum

“Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres”. (Arthur Rimbaud)

Defender al Libertador Simón Bolívar y definir el bolivarianismo como pensamiento nacional emancipatorio, deben ser tareas intrínsecas y transversales al movimiento revolucionario venezolano.

El bolivarismo o bolivarianismo es un cuerpo doctrinario para la emancipación antiimperialista de los pueblos, para el ejercicio de una democracia con justicia social, para la búsqueda de la paz internacional como premisa de un mundo en equilibrio, viable y sostenible.

Los pueblos que pierden conexión con su ancestralidad, son presas fáciles del colonialismo cultural, que es la llave para todas las formas de dominación extranjera. No puede sentir verdadero patriotismo quien no tiene de su historia más que unos aislados datos festivos.

La guerra mutante aplicada por los imperialismos contra la Venezuela Bolivariana, ha desarrollado una descomunal campaña de descrédito de la venezolanidad, con su poderosa industria comunicacional y valiéndose de los sectores más vulnerables ideológicamente, intentando desmoralizar nuestra justa lucha por la soberanía y la igualdad.

Esta batalla crucial para seguir existiendo como República soberana ocurre en el plano de lo simbólico. Si no asumimos con urgencia la enseñanza del valor histórico de la venezolanidad, masificándolo a través de la educación y las comunicaciones, luego será tarde y lamentaremos la falta de voluntad política para haber cumplido esta tarea vital para la Patria.

La revolución cultural para vencer al enemigo transnacional, es la Doctrina Bolivariana, entendida como la concepción desarrollada por el Libertador Simón Bolívar sobre los asuntos fundamentales de la independencia nacional latinoamericana, la creación de una nueva sociedad basada en la igualdad establecida y practicada, el surgimiento de gobiernos garantes del bien común, y la unión de las repúblicas hermanas en historia, para alcanzar el Equilibrio del Universo como sistema de convivencia, paz y cooperación internacional.

Nada es más temido por el imperialismo que el bolivarianismo. Las transnacionales del pensamiento, editoriales, industria del cine, medios de desinformación, sitios web, convergen en una insolente campaña internacional de desprestigio contra Simón Bolívar y aúpan un linchamiento moral de la venezolanidad.

La creación cultural, en todo su ancho universo (pluriverso) de realizaciones y utopías, debe acompañar la construcción de una cosmovisión venezolana renovada en el bolivarianismo. La agenda es ambiciosa: descolonización de las conciencias, desmontaje del glosario de autoflagelación colonialista, resistencia frente a los intentos de neocolonialismos, consolidación del pensamiento emancipatorio nacional, inclusión de las diversidades en un proyecto común de Patria, redefinición de los Derechos Humanos y de lo humano como pieza problemática de la naturaleza, una nueva ética de la vida desde la ancestralidad, una cultura para la liberación de los pueblos y la ruptura con toda forma de sumisión. Y la independencia económica depende de crear esa nueva cultura que integra el estudio y el trabajo con lo creativo y epistémico.

Esta es nuestra Batalla de Carabobo del Siglo XXI: la batalla cotidiana y eterna.

Yldefonso Finol

(Escrito en 2021)

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