JESÚS
ROJAS WEFER IN MEMORIAM
A 30
años de su siembra
Jesús
Rojas Weffer fue, en primer término, un ser humano integral, afable,
inteligente, querendón, familiar, solidario, bien humorado, firme, alejado de
toda mezquindad, que repugnaba las miserias humanas y la avaricia, enamorado de
la vida, de su esposa, hijas e hijos. Por eso estamos aquí convocados por sus
más intensos y eternos amores.
Jesús
Rojas Weffer fue un paraguanero telúrico, con un fuerte arraigo por su paisaje
peninsular, donde el aire se renueva cada instante por los vientos nordestes
creando una atmósfera traslúcida bajo el imperio del dios sol. Tal de esa
natura está hecha su alma, que hoy podemos sentir con tan envolvente presencia
entre su cosecha de eternidad.
Rojas
Weffer fue un venezolano ejemplar. Un patriota como tanto requerimos en esta
hora urgente que sean las actuales generaciones.
Su
innato desprendimiento lo llevó al río de las luchas. En ese navegar, a veces
sin embarcación ni remos ni velas ni timón, los naufragios no detuvieron sus
brazadas, y su espalda, ancha y fuerte, fue barca para quienes desfallecíamos
entre las turbulentas aguas.
La
vocación, esa magnética sinfonía del espíritu, el instinto y la conciencia, lo
convirtieron en el Camarada Rojas Weffer, su marca imborrable en la historia,
ganada a pulso, con sacrificios, con entrega altruista, con convicciones
marmóreas, que las elites no registrarán, tarea que debemos hacer por
elementales razones de amor y honor.
Esta
conmemoración -además de un sensible y respetable deseo de su familia-, es un
paso pleno de justicia por la veneración que merecen seres humanos elevados e
imprescindibles como Jesús Rojas Weffer. Esa estirpe que sintió en sus vísceras
la Patria, que acudió a inmolarse al grito ¡Muera la opresión!, que no escatimó
esfuerzos más allá de toda limitación, que despreció las falsas excusas para
evadir la responsabilidad histórica de ser un revolucionario bolivariano.
Pero,
sobre todo, que nos iluminó con lecciones dictadas desde una franca e
invaluable amistad, con severidad cuando lo creyó necesario, y con la más
hermosa sonrisa para animar las batallas en realidades cotidianas adversas:
siguen lloviendo esos panales la miel del pueblo.
Recordamos
vívidamente ese primer día que se presentó con Daniel a manifestar su decisión
de juntarnos, no se trató de una simple sumatoria, fue un impulso cualitativo
que nos hizo ser mejores personas. Porque en medio de la soledad el oasis vino
a nosotros, prueba que el realismo mágico lo crean y escriben nuestros pueblos
cada día, como silbar el Himno Nacional mientras amasamos las arepas.
Por muchas razones -y también por causas no racionales- hemos sido militantes
de la amistad. Tal vez por esas motivaciones no muy razonadas también hemos
sido amantes de la amistad. Así lo determinó el paisaje amigable de aguas,
manglares y tardes hermosamente iluminadas y calurosas. Así debió ocurrir por
las cataratas de amor que derramaban madres y abuelas sobre la condolida
humanidad (representada en este caso por humildes vecindarios). Si. Allí
donde nuestros hogares también eran refugio tierno de los necesitados,
enfermería del alma y mesa común compartida.
La
amistad germina en el huerto amoroso donde frondosas hermandades florecen; en
el colegio entre jardines de uniformes y pupitres; en la calle con cuerdas que
lo mismo hacían bailar un trompo o sostenían el volantín huidizo hacia el azul,
o se estiraban en un cuatro para cantar la liberación. Y entonces el gusanito
de la rebeldía se abre paso en las costumbres nebulosas, compartiendo camarote,
sueños y riesgos (camaradas) y comenzando a desgranar en busca de iguales, de
misma causa. Que en eso de arriesgarlo todo por los ideales, la confianza es
cuestión de vida o muerte.
Hay
una manera bolivariana de amistad. La veo en su verbo llameante: “La amistad es
mi pasión”; escribía en su carta a Leandro Palacios el 16 de mayo de 1817. Es
cierto. “El título de amigo vale solo por un himno y por todos los dictados que
puede dar la tierra”. Esa forma especial de afecto y lealtad la vemos en
Bolívar con Sucre y Urdaneta, con su maestro Rodríguez más allá de las edades y
las distancias.
También
nuestra alma de rockola se pasea en surcos de amistad al portador. Como esas
canciones de Alberto Cortez que son recitales principistas a la amistad: “barco
frágil de papel”…que navega seguro por el capitán amor que lo conduce.
Nostalgia conmovedora “cuando un amigo se va”…la canción como encuentro de
sentires. La cátedra serena que embebimos con Serrat, ese experto que sabe qué
quiere “decir amigo”; o el incesante buscar entre los versos el destino de
quienes hemos querido, con la pregunta sencilla que escruta Pablo Milanés:
¿dónde andarán? Es Alí Primera preguntándose aún “en qué traste se perdió la
canción y la sonrisa” que queman su guitarra. Es Amaury Pérez viendo fijamente
la genial mirada de Silvio Rodríguez para decirle: “yo tengo un amigo que ríe
conmigo, que no anida enojos para mí castigo”, Hasta la religiosa exageración
poética de Nazoa creyendo que “la amistad es mejor invento” que la vida misma.
Sigamos
con Bolívar: “El gran poder existe en la fuerza irresistible del amor”.
¡Camarada
Rojas Weffer, Presente!
Tu
siembra seguirá germinando Amor, Patria y Humanidad.
Yldefonso
Finol
Maracaibo,
27 de mayo de 2026


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