sábado, 6 de junio de 2026

Jesús Rojas Weffer In Memoriam

 



JESÚS ROJAS WEFER IN MEMORIAM

A 30 años de su siembra

Jesús Rojas Weffer fue, en primer término, un ser humano integral, afable, inteligente, querendón, familiar, solidario, bien humorado, firme, alejado de toda mezquindad, que repugnaba las miserias humanas y la avaricia, enamorado de la vida, de su esposa, hijas e hijos. Por eso estamos aquí convocados por sus más intensos y eternos amores.

Jesús Rojas Weffer fue un paraguanero telúrico, con un fuerte arraigo por su paisaje peninsular, donde el aire se renueva cada instante por los vientos nordestes creando una atmósfera traslúcida bajo el imperio del dios sol. Tal de esa natura está hecha su alma, que hoy podemos sentir con tan envolvente presencia entre su cosecha de eternidad.

Rojas Weffer fue un venezolano ejemplar. Un patriota como tanto requerimos en esta hora urgente que sean las actuales generaciones.

Su innato desprendimiento lo llevó al río de las luchas. En ese navegar, a veces sin embarcación ni remos ni velas ni timón, los naufragios no detuvieron sus brazadas, y su espalda, ancha y fuerte, fue barca para quienes desfallecíamos entre las turbulentas aguas.

La vocación, esa magnética sinfonía del espíritu, el instinto y la conciencia, lo convirtieron en el Camarada Rojas Weffer, su marca imborrable en la historia, ganada a pulso, con sacrificios, con entrega altruista, con convicciones marmóreas, que las elites no registrarán, tarea que debemos hacer por elementales razones de amor y honor.

Esta conmemoración -además de un sensible y respetable deseo de su familia-, es un paso pleno de justicia por la veneración que merecen seres humanos elevados e imprescindibles como Jesús Rojas Weffer. Esa estirpe que sintió en sus vísceras la Patria, que acudió a inmolarse al grito ¡Muera la opresión!, que no escatimó esfuerzos más allá de toda limitación, que despreció las falsas excusas para evadir la responsabilidad histórica de ser un revolucionario bolivariano.

Pero, sobre todo, que nos iluminó con lecciones dictadas desde una franca e invaluable amistad, con severidad cuando lo creyó necesario, y con la más hermosa sonrisa para animar las batallas en realidades cotidianas adversas: siguen lloviendo esos panales la miel del pueblo.

Recordamos vívidamente ese primer día que se presentó con Daniel a manifestar su decisión de juntarnos, no se trató de una simple sumatoria, fue un impulso cualitativo que nos hizo ser mejores personas. Porque en medio de la soledad el oasis vino a nosotros, prueba que el realismo mágico lo crean y escriben nuestros pueblos cada día, como silbar el Himno Nacional mientras amasamos las arepas.


Por muchas razones -y también por causas no racionales- hemos sido militantes de la amistad. Tal vez por esas motivaciones no muy razonadas también hemos sido amantes de la amistad. Así lo determinó el paisaje amigable de aguas, manglares y tardes hermosamente iluminadas y calurosas. Así debió ocurrir por las cataratas de amor que derramaban madres y abuelas sobre la condolida humanidad (representada en este caso por humildes vecindarios).  Si. Allí donde nuestros hogares también eran refugio tierno de los necesitados, enfermería del alma y mesa común compartida.

La amistad germina en el huerto amoroso donde frondosas hermandades florecen; en el colegio entre jardines de uniformes y pupitres; en la calle con cuerdas que lo mismo hacían bailar un trompo o sostenían el volantín huidizo hacia el azul, o se estiraban en un cuatro para cantar la liberación. Y entonces el gusanito de la rebeldía se abre paso en las costumbres nebulosas, compartiendo camarote, sueños y riesgos (camaradas) y comenzando a desgranar en busca de iguales, de misma causa. Que en eso de arriesgarlo todo por los ideales, la confianza es cuestión de vida o muerte.

Hay una manera bolivariana de amistad. La veo en su verbo llameante: “La amistad es mi pasión”; escribía en su carta a Leandro Palacios el 16 de mayo de 1817. Es cierto. “El título de amigo vale solo por un himno y por todos los dictados que puede dar la tierra”. Esa forma especial de afecto y lealtad la vemos en Bolívar con Sucre y Urdaneta, con su maestro Rodríguez más allá de las edades y las distancias.

También nuestra alma de rockola se pasea en surcos de amistad al portador. Como esas canciones de Alberto Cortez que son recitales principistas a la amistad: “barco frágil de papel”…que navega seguro por el capitán amor que lo conduce. Nostalgia conmovedora “cuando un amigo se va”…la canción como encuentro de sentires. La cátedra serena que embebimos con Serrat, ese experto que sabe qué quiere “decir amigo”; o el incesante buscar entre los versos el destino de quienes hemos querido, con la pregunta sencilla que escruta Pablo Milanés: ¿dónde andarán? Es Alí Primera preguntándose aún “en qué traste se perdió la canción y la sonrisa” que queman su guitarra. Es Amaury Pérez viendo fijamente la genial mirada de Silvio Rodríguez para decirle: “yo tengo un amigo que ríe conmigo, que no anida enojos para mí castigo”, Hasta la religiosa exageración poética de Nazoa creyendo que “la amistad es mejor invento” que la vida misma.

Sigamos con Bolívar: “El gran poder existe en la fuerza irresistible del amor”.

¡Camarada Rojas Weffer, Presente!

Tu siembra seguirá germinando Amor, Patria y Humanidad.

Yldefonso Finol

Maracaibo, 27 de mayo de 2026

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