sábado, 21 de febrero de 2026

LA AGRESIÓN IMPERIALISTA DEL 3 DE ENERO: HISTORIA Y MEMORIA

 


LA AGRESIÓN IMPERIALISTA DEL 3 DE ENERO: HISTORIA Y MEMORIA

La memoria colectiva es la savia de la conciencia histórica que forma pueblos libres.

La historia es la concatenación de procesos sociales en el transcurso del tiempo, no sólo factible de rememoración (y estudio) de determinantes hechos pasados, sino también de las vivencias del presente condicionadas por ese devenir precedente, y condicionantes a la vez, de la proyección y construcción que podamos hacer del futuro.

El pasado, aunque fácticamente es un rango inmodificable, no por ello limita nuestra capacidad crítica de apropiación del conocimiento histórico, para someterlo a la reinterpretación y comprensión, a la luz de las contradicciones de intereses que han movido las transformaciones de las realidades concretas en toda la existencia de la humanidad.

El ataque imperialista del 3 de enero contra Venezuela marca un hito histórico; es necesario pues, que nuestro pueblo conozca lo más a fondo que sea posible, las verdades que rondan este hecho gravísimo, para que la memoria colectiva post agresión, pueda analizar e interpretar concienzudamente las variables actuantes y consecuencias en el desarrollo de estos días aciagos y el futuro de la Patria, incluida la vindicación de nuestra soberanía mancillada, justicia para las víctimas del acto de guerra, y la suerte del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, rehenes del gobierno que los secuestró, secuestrando con ellos al país entero.   

Recordemos que ha sido una práctica estadounidense sacar a la fuerza presidentes latinoamericanos y caribeños que les son molestos. Algunos honorables dignatarios fueron eliminados físicamente con atentados terroristas orquestados por la CIA o fueron objeto de golpes de Estado, en países donde las fuerzas armadas sirvieron como fascistas subalternos del imperialismo bajo la Doctrina de Seguridad Nacional.

Un caso poco citado es el haitiano, por el racismo y la indiferencia con que se ha castigado a ese pueblo hermano. El presidente Jean-Bertrand Aristide fue secuestrado junto a su esposa (28-02-2004), obligado a abordar un avión con rumbo desconocido, hasta aterrizar -veinte horas después- en la República Centroafricana. Estados Unidos -en complicidad con Francia- perpetró el rapto. La injerencia imperialista venía desde finales del siglo XIX, con invasión militar a comienzos del XX y la imposición de la terrible dictadura fascista de los Duvalier, destruyendo su aparato productivo endógeno y empobreciendo al límite su población, bajo un régimen de terror permanente.

Aristide emergió desde las comunidades hundidas en la miseria y fue encarnación de la esperanza desde los tiempos de la primera independencia (que la culta Francia en su despecho, truncó con el chantaje de una “indemnización” insoportable). Precedieron al secuestro, el linchamiento contra el sacerdote que abrazó la Teología de la Liberación (catalogada como enemiga de USA en el Documento de Santa Fe I), al que ofendían llamándole “ratón” y falseando un relato como paciente psiquiátrico que difundió el New York Time, junto a la desalmada presión financiera de Estados Unidos, la cooptación de la fuerza armada y la creación de escuadrones de la muerte, en una Haití martirizada desde la invasión europea que exterminó a sus originarios habitantes tainos y esclavizó pueblos africanos como parte de su avara civilización.

El proyecto imperialista estadounidense, desde los mitos religiosos y la ideología supremacista que le dieron origen, llegó a concretarse fundamentalmente por la opresión y el saqueo que impusieron violentamente en Nuestra América. Particularmente, el petróleo de Venezuela fue un recurso clave en ese proceso durante el siglo XX.

Una de las aportaciones más importantes de la Doctrina Bolivariana es el ejercicio permanente de memoria histórica, tal como lo practicó El Libertador en su método de análisis situacional, patentizado en documentos como el Manifiesto de Cartagena (lecciones para rescatar), la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura.

La agresión bélica del 3 de enero amerita un llamado general a la reflexión patriótica, un análisis profundo del hecho y sus secuelas, para el esclarecimiento del pueblo bolivariano que tendrá que procesar este golpe y repensar nuestra irrenunciable lucha por la soberanía, la autodeterminación y el modelo emancipatorio que nos planteamos construir. Los cambios vertiginosos -bajo amenazas- no son accesibles al pueblo trabajador que debe atender el difícil día a día familiar; menos para esa gran porción de la población hipnotizada por las redes antisociales, donde el fascismo imperialista global convierte en “verdades” las mentiras y en “valores” dominantes el individualismo exacerbado, el desdén hacia los semejantes, la antipatía, la xenofobia, el culto al capital y la aspiración masiva al servilismo proimperialista.

Bolívar nos hablaba de “aprender la verdad”, esa que “pura y limpia, es el mejor modo de persuadir”. “Las lecciones de la Historia” -nos decía- “la experiencia de veinte años de revolución han de serviros como otros tantos fanales colocados en medio de las tinieblas de lo futuro”. Hurguemos en nuestro acervo histórico hasta desenterrar las raíces de las nebulosas visiones del enrevesado presente.

Han proliferado opiniones sobre lo sucedido en nuestro país con la agresión gringa. Se ha citado a Lenin mencionando su obra “Un paso adelante, dos pasos atrás”, un texto referido a la crisis dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (¿…?), donde el autor critica lo que en elemental suma algebraica resulta caminar en reversa. Hay cierto estilo “Dieterich” rondándonos: gente que nos dice qué hacer y cómo proceder en nuestra revolución, mientras que no han sido capaces de hacer la suya en sus países. Pero, bueno, se les agradece el interés, si es desinteresado. La solidaridad será siempre bienvenida, sobre todo cuando más se le requiere, como en el caso de Cuba actualmente.  

Para tornar al tema de la verdad histórica, de esa magna obra de Lenin rescatamos su noción de la misma: “La dialéctica genuina… estudia los giros inevitables, demostrando que eran inevitables mediante un estudio detallado del proceso de desarrollo en toda su concreción. Uno de los principios básicos de la dialéctica es que no existe la verdad abstracta; la verdad es siempre concreta...”    

Como pueblo revolucionario necesitamos empoderarnos en las verdades de este tiempo, para rediseñar el mapa de nuestras utopías en el universo de lo posible, preservando la capacidad creadora en resistencia de las fuerzas bolivarianas. En palabras de Mao Zedong, la práctica es el criterio de la verdad, y requerimos dar el salto de lo sensorial a lo racional, para descifrar la síntesis de las contradicciones en que nos desenvolvemos. Salir de la perplejidad, repensar las formas de lucha, reafirmar nuestra esencia antiimperialista. Siguiendo con Mao, “podemos percibir con mayor profundidad sólo aquello que ya comprendemos…La sensación sólo resuelve el problema de las apariencias, únicamente la teoría puede resolver el problema de la esencia”, que nunca podrían resolverse separándolos de la práctica.

Entonces, la urgente necesidad de leer en términos históricos la situación del país a partir del criminal ataque estadounidense, bajo el chantaje de apuntarnos desde el Caribe con una flota descomunal (anticomunal), amerita un llamado -unitario y no elitista- al encuentro dialogante entre patriotas, que permita crear la más clara teoría (guía de la praxis revolucionaria) para la comprensión de la historia que debemos honrar y continuar colectivamente, en las condiciones más adversas incluso.  

Hoy más que nunca, el enemigo es el imperialismo, y la resistencia, nuestro deber con la Patria y los pueblos hermanos.

 

Yldefonso Finol

Militante Bolivariano

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