LA
AGRESIÓN IMPERIALISTA DEL 3 DE ENERO: HISTORIA Y MEMORIA
La memoria
colectiva es la savia de la conciencia histórica que forma pueblos libres.
La historia
es la concatenación de procesos sociales en el transcurso del tiempo, no sólo factible
de rememoración (y estudio) de determinantes hechos pasados, sino también de
las vivencias del presente condicionadas por ese devenir precedente, y condicionantes
a la vez, de la proyección y construcción que podamos hacer del futuro.
El pasado,
aunque fácticamente es un rango inmodificable, no por ello limita nuestra
capacidad crítica de apropiación del conocimiento histórico, para someterlo a
la reinterpretación y comprensión, a la luz de las contradicciones de intereses
que han movido las transformaciones de las realidades concretas en toda la
existencia de la humanidad.
El
ataque imperialista del 3 de enero contra Venezuela marca un hito histórico; es
necesario pues, que nuestro pueblo conozca lo más a fondo que sea posible, las
verdades que rondan este hecho gravísimo, para que la memoria colectiva post
agresión, pueda analizar e interpretar concienzudamente las variables actuantes
y consecuencias en el desarrollo de estos días aciagos y el futuro de la
Patria, incluida la vindicación de nuestra soberanía mancillada, justicia para
las víctimas del acto de guerra, y la suerte del presidente Nicolás Maduro y su
esposa Cilia Flores, rehenes del gobierno que los secuestró, secuestrando con
ellos al país entero.
Recordemos
que ha sido una práctica estadounidense sacar a la fuerza presidentes
latinoamericanos y caribeños que les son molestos. Algunos honorables
dignatarios fueron eliminados físicamente con atentados terroristas orquestados
por la CIA o fueron objeto de golpes de Estado, en países donde las fuerzas
armadas sirvieron como fascistas subalternos del imperialismo bajo la Doctrina
de Seguridad Nacional.
Un
caso poco citado es el haitiano, por el racismo y la indiferencia con que se ha
castigado a ese pueblo hermano. El presidente Jean-Bertrand Aristide fue
secuestrado junto a su esposa (28-02-2004), obligado a abordar un avión con
rumbo desconocido, hasta aterrizar -veinte horas después- en la República
Centroafricana. Estados Unidos -en complicidad con Francia- perpetró el rapto. La
injerencia imperialista venía desde finales del siglo XIX, con invasión militar
a comienzos del XX y la imposición de la terrible dictadura fascista de los
Duvalier, destruyendo su aparato productivo endógeno y empobreciendo al límite
su población, bajo un régimen de terror permanente.
Aristide
emergió desde las comunidades hundidas en la miseria y fue encarnación de la
esperanza desde los tiempos de la primera independencia (que la culta Francia
en su despecho, truncó con el chantaje de una “indemnización” insoportable). Precedieron
al secuestro, el linchamiento contra el sacerdote que abrazó la Teología de la
Liberación (catalogada como enemiga de USA en el Documento de Santa Fe I), al
que ofendían llamándole “ratón” y falseando un relato como paciente
psiquiátrico que difundió el New York Time, junto a la desalmada presión
financiera de Estados Unidos, la cooptación de la fuerza armada y la creación
de escuadrones de la muerte, en una Haití martirizada desde la invasión europea
que exterminó a sus originarios habitantes tainos y esclavizó pueblos africanos
como parte de su avara civilización.
El proyecto
imperialista estadounidense, desde los mitos religiosos y la ideología
supremacista que le dieron origen, llegó a concretarse fundamentalmente por la
opresión y el saqueo que impusieron violentamente en Nuestra América. Particularmente,
el petróleo de Venezuela fue un recurso clave en ese proceso durante el siglo
XX.
Una de
las aportaciones más importantes de la Doctrina Bolivariana es el ejercicio
permanente de memoria histórica, tal como lo practicó El Libertador en su
método de análisis situacional, patentizado en documentos como el Manifiesto de
Cartagena (lecciones para rescatar), la Carta de Jamaica y el Discurso de
Angostura.
La agresión
bélica del 3 de enero amerita un llamado general a la reflexión patriótica, un
análisis profundo del hecho y sus secuelas, para el esclarecimiento del pueblo
bolivariano que tendrá que procesar este golpe y repensar nuestra irrenunciable
lucha por la soberanía, la autodeterminación y el modelo emancipatorio que nos
planteamos construir. Los cambios vertiginosos -bajo amenazas- no son
accesibles al pueblo trabajador que debe atender el difícil día a día familiar;
menos para esa gran porción de la población hipnotizada por las redes
antisociales, donde el fascismo imperialista global convierte en “verdades” las
mentiras y en “valores” dominantes el individualismo exacerbado, el desdén
hacia los semejantes, la antipatía, la xenofobia, el culto al capital y la
aspiración masiva al servilismo proimperialista.
Bolívar
nos hablaba de “aprender la verdad”, esa que “pura y limpia, es el mejor modo
de persuadir”. “Las lecciones de la Historia” -nos decía- “la experiencia de
veinte años de revolución han de serviros como otros tantos fanales colocados
en medio de las tinieblas de lo futuro”. Hurguemos en nuestro acervo histórico
hasta desenterrar las raíces de las nebulosas visiones del enrevesado presente.
Han proliferado
opiniones sobre lo sucedido en nuestro país con la agresión gringa. Se ha
citado a Lenin mencionando su obra “Un paso adelante, dos pasos atrás”, un
texto referido a la crisis dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (¿…?),
donde el autor critica lo que en elemental suma algebraica resulta caminar en
reversa. Hay cierto estilo “Dieterich” rondándonos: gente que nos dice qué
hacer y cómo proceder en nuestra revolución, mientras que no han sido capaces
de hacer la suya en sus países. Pero, bueno, se les agradece el interés, si es
desinteresado. La solidaridad será siempre bienvenida, sobre todo cuando más se
le requiere, como en el caso de Cuba actualmente.
Para
tornar al tema de la verdad histórica, de esa magna obra de Lenin rescatamos su
noción de la misma: “La dialéctica genuina… estudia los giros inevitables,
demostrando que eran inevitables mediante un estudio detallado del proceso de
desarrollo en toda su concreción. Uno de los principios básicos de la
dialéctica es que no existe la verdad abstracta; la verdad es siempre concreta...”
Como pueblo
revolucionario necesitamos empoderarnos en las verdades de este tiempo, para rediseñar
el mapa de nuestras utopías en el universo de lo posible, preservando la
capacidad creadora en resistencia de las fuerzas bolivarianas. En palabras de
Mao Zedong, la práctica es el criterio de la verdad, y requerimos dar el salto
de lo sensorial a lo racional, para descifrar la síntesis de las
contradicciones en que nos desenvolvemos. Salir de la perplejidad, repensar las
formas de lucha, reafirmar nuestra esencia antiimperialista. Siguiendo con Mao,
“podemos percibir con mayor profundidad sólo aquello que ya comprendemos…La
sensación sólo resuelve el problema de las apariencias, únicamente la teoría
puede resolver el problema de la esencia”, que nunca podrían resolverse
separándolos de la práctica.
Entonces,
la urgente necesidad de leer en términos históricos la situación del país a
partir del criminal ataque estadounidense, bajo el chantaje de apuntarnos desde
el Caribe con una flota descomunal (anticomunal), amerita un llamado -unitario
y no elitista- al encuentro dialogante entre patriotas, que permita crear la más
clara teoría (guía de la praxis revolucionaria) para la comprensión de la
historia que debemos honrar y continuar colectivamente, en las condiciones más
adversas incluso.
Hoy más
que nunca, el enemigo es el imperialismo, y la resistencia, nuestro deber con
la Patria y los pueblos hermanos.
Yldefonso
Finol
Militante
Bolivariano

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