José Martí: hijo de Bolívar, heredero de su antorcha
José
Martí es –sin duda- el continuador del Proyecto Bolivariano a finales del siglo
XIX. Primero desde la palabra va gestando la resurrección del Libertador
(Lourdes Ocampo Andina, 2012) proponiendo una mitología constituyente. Luego,
como la crisálida, vive su propia metamorfosis catalizada por el amor infinito
que siente por la libertad de su patria oprimida. De la tribuna y la
reivindicación textual salta a la transfiguración del héroe que, habiéndolo
invocado como referente inspirador, lo encarna a todo riesgo poniendo el pecho
ejemplar en los combates que anunciaban una lucha más compleja y prolongada. He
allí la vigencia del pensamiento, del ejemplo, de la dignidad, de estos
prohombres de la gesta emancipadora de nuestra Abya Yala.
El
legado heroico y literario de Martí bien podría calificarse como la excelsa
continuación de las aspiraciones ciudadanas del Libertador. La vigencia del
bolivarianismo como Doctrina de la emancipación latinoamericana y caribeña, se
demuestra en la continuidad que le dieron los más preclaros revolucionarios de
todos los tiempos, cada cual con sus aportes y especificidades. Es el caso del
cubano José Martí, el más aventajado continuador del bolivarianismo a finales del
siglo XIX.
Nos
invitaba a amar a Bolívar como un padre, a rendirle honores más allá de los
escollos, a materializar su proyecto inconcluso para nuestros pueblos. Martí
oficia sobre el agradecimiento a los próceres como elixir de la construcción de
ciudadanías patrióticas en un continente acechado por opresores foráneos.
El
ideario de Martí es una antorcha viva iluminando entre las penumbras que
imponían el agonizante Imperio Hispano y el gestante engendro imperialista de
Norteamérica: “Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que
más se apartan de los Estados Unidos”. (Patria, Nueva York, 22 de septiembre de
1894)
Según
Francisco Pividal, José Martí “tomó en sus manos toda la carga histórica de
Latinoamérica para continuar, con mayor profundidad y radicalización la obra de
Bolívar: pensamiento precursor del antiimperialismo”.
Las
ideas bolivarianas fundamentales de independencia, soberanía, fuerza moral,
justicia social, libertades públicas, todas ellas forman una fértil amalgama en
el pensamiento político martiano. Lo mismo ocurre con la estrategia de la
unidad latinoamericana y caribeña como medida de aseguramiento de la
estabilidad de nuestras repúblicas, y con todas las expresiones de un humanismo
que, al decir de Pablo Guadarrama, adquiere carácter práctico en “el heroico
ejemplo personal”.
Sobre
la convocatoria del Congreso de Panamá, dijo Martí: “Uno de los sueños más
hermosos y visionarios de Bolívar fue la unión de los países hispanoamericanos
independizados en una gran confederación de Estados. Para él, esa era la única
vía que podía mantener la invulnerabilidad de la independencia alcanzada frente
a los apetitos imperiales de la época, sobre todo frente a los que ya se veían
venir desde el Norte”.
A
propósito del desdén de los Estados Unidos por nuestras luchas de
independencia, en 1889 escribía Martí: “No fue nunca la de Norte América, ni
aun en los descuidos generosos de la juventud, aquella libertad humana y
comunicativa que echa a los pueblos, por sobre montes de nieve, a redimir un
pueblo hermano, o los induce a morir en haces, sonriendo bajo la cuchilla,
hasta que la especie se pueda guiar por los caminos de la redención con la luz
de la hecatombe. Del holandés mercader, del alemán egoísta, y del inglés
dominador, se amasó con la levadura del ayuntamiento señorial, el pueblo que no
vio crimen en dejar a una masa de hombres, con pretexto de la ignorancia en que
la mantenían, bajo la esclavitud de los que se resistían a ser esclavos.”
Martí
redondeó su pensamiento antiimperialista en un artículo publicado en 1889 en La
Nación de Buenos Aires, relacionado con el panamericanismo y el libre comercio
propuesto por Washington: “Jamás hubo en la América, de la Independencia para
acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida
examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes,
repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en
América, hacen a las naciones americanas de menos poder…De la tiranía de España
supo salvarse la América española, y ahora, después de ver con ojos judiciales
los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la
verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda
independencia.”
Una
tarea en la que aún estamos empeñados, y que el gran pensador ecuatoriano José
Peralta nos señala sin ambages en su clarísima comprensión del fenómeno
imperialista estadounidense: “En un Congreso Panamericano se condenó con
solemnidad y unánimemente, el llamado derecho de conquista; la anexión de
territorios por medio de la violencia; la intervención en los negocios
domésticos de un país. Y no pasó mucho sin que la República dechado hollase tan
sabias como justas resoluciones, en pueblos indefensos, a los que había
invitado -como por sarcasmo- al Congreso que las expidió con mundial aplauso.
¿Cómo dar crédito a las repetidas declaraciones de los pacifistas de aquella
nación falaz y artera? ¿Cómo soñar en la unión con una potencia que no medita
sino esclaviza a sus hermanas? El Panamericanismo es imposible; y de ser
hacedero, equivaldría al suicidio de la raza latinoamericana.”
La
obra de José Martí, de una belleza lírica conmovedora, abarcó por igual la
prosa y la poesía, que frecuentemente se mezclan en su discurso profundamente
humanista y antiimperialista, como en esta carta premonitoria que es pieza
obligada de la antología martiana: “Ya estoy todos los días en peligro de dar
mi vida por mi país y por mi deber de impedir a tiempo con la independencia de
Cuba que se extiendan por la Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa
fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré,
es para eso…Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de
David.” (Carta a Manuel Mercado, Campamento de Dos Ríos, mayo 18 de 1895)
El 19
de mayo cayó combatiendo por Cuba y Nuestra América, pero también por una mejor
humanidad que se encaminara a una vida digna del colectivo social, inspirada en
los más sublimes valores de la épica, la estética y la ética que alimentan la
utopía revolucionaria.
Lo
advertía constantemente porque sabía que no bastaba tener la razón histórica,
sino que ésta habría que arrancarla de las fauces de unos imperios moribundos
–como el español- y otros jóvenes, impulsivos y avaros, como el anglosajón que
Bolívar pronosticó en su testamento antiimperialista guayaquileño del 5 de
agosto de 1829: “Los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia
para plagar la América de miserias en nombre de la Libertad”.
Martí
por su parte, como sabio estudioso de la Historia, sabía que: “Los grandes
derechos no se compran con lágrimas, -sino con sangre…Antes que cejar en el
empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar
del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila”, exponía el 24 de
enero de 1880, New York, y en perfecta correspondencia con ese compromiso
jurado, empalma su promesa con la herencia bolivariana que considera sagrada:
“impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las
Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras
tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.
Fue
Fidel Castro quien dijo en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela
el 3 de febrero de 1999 que “Martí no sólo era martiano, sino que era aún más
bolivariano que martiano”
Había
llegado a Caracas, 21 de enero de 1881, donde desarrolló un torbellino de
actividades, fundando la Revista Venezolana el 1° de julio de ese año, pudiendo
apenas editar un solo número, por haber sido expulsado por el gobierno de
Guzmán Blanco el 27 de julio. Las razones: su elogio a Cecilio Acosta, quien
era su gran amigo y odiado adversario de Guzmán.
Martí
tiene la más alta valoración de Bolívar, que en Caracas se le brota como
sentimiento conmovedor de patriotismo y amor filial. El 21 de marzo de 1881
pronuncia su discurso en el Club del Comercio: “busqué en torno mío la montaña
más alta de los Andes, como si allá sobre la más alta cresta…debiera reposar
nuestro gigante, como mensaje, el más enérgico que pudiera enviar la tierra al
cielo”.
Se
refiere a sí mismo como “el peregrino humilde” que invoca el “derecho del
asilo”, pero que realmente viene en “busca de su solar nativo y pueblo propio”.
Le habla a las venezolanas y venezolanos a quienes considera “hijos de Bolívar,
sus primogénitos, sus herederos obligados, los ejecutores de su voluntad”.
Martí
se hermana con la herencia bolivariana, desea integrarse a esa familia que ya
abrazó como suya; dice: “luché en mi patria y fui vencido”, como buscando
consuelo en la tierra que parió al Libertador, a la que ofrece volver con los
triunfos para ofrendar “en el altar del Padre Americano, el fruto de nuestra
redención y el brillo y el honor de nuestra historia”.
La
prosa del Apóstol de Cuba se sublimiza en la entrega emocionada de sus más
altruistas ideales: “Así armado de amor, vengo a ocupar mi puesto humilde en la
urgentísima batalla; a ungir vengo mi frente en este aire sagrado, cargado de
las sales del mar libre, y del espíritu potente e inspirador de hombres
egregios, a pedir vengo a los hijos de Bolívar un puesto en la milicia de la
paz”.
Martí
se asume hijo de Bolívar; afirma en la Edad de Oro en julio de 1889: “todos los
americanos deben querer a Bolívar como un padre”. Le habla a las niñas y los
niños esperando sembrar la semilla futurista de un continente redimido: “Jamás
se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar no
defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos,
como el derecho de América a ser libre. Bolívar murió de pesar del corazón, más
que de mal del cuerpo…Murió pobre, y dejó una familia de pueblos”.
“El
corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son
héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en
pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la
ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle
a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.” Vale anotar un
paréntesis que viene como jalado por los hilos del espíritu común: “La ambición
de las naciones de Europa lleva el yugo y la esclavitud a las demás partes del
mundo…".
El
bolivarianismo de Martí se explaya en todas las direcciones, bien como
militante de la emancipación continental, bien como solidario servidor de
Venezuela: “De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya
revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, ésta es la cuna; ni
hay para labios dulces, copa amarga; ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni
de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en
mí un hijo.”
Se va
a New York. Agosto a octubre de 1889 publica su revista La Edad de Oro. Luego
viene Nuestra América, en 1891. En agosto publican Versos Sencillos, escritos
un año antes. Crea el Partido Revolucionario Cubano con exiliados en Tampa y
Cayo Hueso a comienzos (5 de enero) de 1892. El 10 de abril es fundado
oficialmente el PRC. Surge el periódico Patria el 14 de marzo. El 25 suscribe
el Manifiesto de Montecristi con Máximo Gómez
Los
desenlaces fatales fueron veloces. Campamento de Dos Ríos. A Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir: ya puedo decirle con qué ternura y
agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y
obligación: ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y
por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo – de
impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas
los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de
América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que
ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar
ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado
recias para alcanzar sobre ellas el fin (...)”.
La
gesta y obra martiana, vive muy intensamente en las luchas contemporáneas del
pueblo cubano, y es un ingrediente insustituible en el pensamiento emancipador
latinoamericano y caribeño, como contribución enriquecedora al humanismo
bolivariano del siglo XXI, antiimperialista, igualitario y democrático-popular.
Sirvan
las palabras de Fidel, para resumir la más exacta explicación del significado
histórico de José Martí: “Martí nos enseñó su ardiente patriotismo, su amor
apasionado a la libertad, la dignidad y el decoro del hombre, su repudio al
despotismo y su fe ilimitada en el pueblo. En su prédica revolucionaria estaba
el fundamento moral y la legitimidad histórica de nuestra acción armada. Por
eso dijimos que él fue el autor intelectual del 26 de Julio”.
Eso lo
dijo el Comandante en Jefe el 26 de julio de 1973, y siguen siendo enseñanzas
irrenunciables del tesoro más grande que tenemos en América Latina y el Caribe:
nuestra Historia Rebelde de Resistencia y Dignidad Irreductible.
En ese
proceso de continuidad de la liberación latinoamericana, el papel de Martí
destaca como continuador de Simón Bolívar, al que revivió y revalorizó con tal
entrega, enriqueciéndolo con sus propios aportes invaluables, y ofrendando su
existencia material a la inmortalidad donde se fundieron sus legados para una nueva
-y mejor- humanidad.
Yldefonso Finol
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