viernes, 20 de noviembre de 2020

La Chinita

 

Transfiguración histórica de la palabra “Chinita”: del significado racista a la veneración en la fe popular maracaibera

Introito

Vayamos tras el significado histórico de los fenómenos y la mutación de las palabras en el devenir de los pueblos. La palabra -que es la nave en que viaja la idea- ha sido en la historia: o un arma para el azote o una fuerza para la liberación, según quien la blandiere y contra quien la aplicase. Nebrija convenció a la monarquía de que apoyaran sus manuales gramaticales con el argumento que la expansión del Imperio Hispano requeriría imponerle sus leyes a los pueblos “bárbaros” que fuesen conquistando, y que sería el idioma la primera de ellas en demostrar su poderío.

Podemos conformarnos con rumiar los lugares comunes, repetir como loros lo que dicen los demás, lo que señalan las costumbres, lo que imponen las modas, o, simplemente, lo que “agrade” al pensamiento dominante. Así tal vez pasemos desapercibidos, seamos aceptados, no molestemos el reino de la calma aparente.

O podemos hurgar en la historia, reflexionar sobre procesos no estudiados, redescubrir el significado de las palabras a la luz de las realidades de donde surgieron, y entonces –ahora sí- chocar contra la comodidad que ofrece la conformidad, porque estaríamos avanzando al encuentro de eso que la mitología empoderada no tolera: la verdad histórica.

I

Una de las acepciones peyorativas del término “chino” es “no civilizado”, de manera que cuando los curas salesianos que llegaron al Moján en 1902 anotaban en sus memorias haber sido trasladados en un cayuco hasta Sinamaica por un par de “indios chinos”, a los que también llamaron en el título de la crónica “indios ilusos”, dejaron establecido que ambos calificativos servían de sinónimos: chinos es igual a ilusos.

Tal era la noción que tenían en Europa de los habitantes de aquél lejano país oriental que en tiempos medievales llamaron Catay (según los viajes de Marco Polo, que el propio Colón usó equivocadamente en las islas del archipiélago caribeño), y después, por la nomenclatura de la Dinastía Qin, transformaron en China, hasta el sol de hoy.

Los imperios de la rancia y culta Europa ambicionaban las riquezas de esa China que consideraban –como a todo el resto del mundo- inferior y no “civilizada”; práctica que reproduciría el naciente imperialismo estadounidense. Para no extendernos en detalles de las especies saqueadas y saberes plagiados, limitémonos a rememorar el trato esclavista que dieron al pueblo chino, trayéndolo a las colonias americanas a trabajar “como bestias” en minería, construcción de ferrocarriles, plantaciones y en el Canal de Panamá. Murieron decenas de miles por malos tratos, enfermedades y desnutrición; incluso el suicidio se multiplicó entre obreros chinos en Panamá por la profunda depresión causada al sentirse horriblemente humillados.

Entonces vemos en este otro capítulo de la criminal avaricia imperialista, que el uso de la palabra “chino” o “china” no tiene un ápice de inocente. Es un vocablo con una terrible carga de desprecio y discriminación; tal como la usaron los frailes italianos llegados a las aguas de nuestro Lago y nuestros ríos a comienzos del siglo XX, cuando, a más de habernos encasquetado el remoquete colonial de “indios” sin ser de la India, nos vinieron a completar la condición de “brutos” y “zaparrastrosos”, agregándonos el ingrediente que faltaba para estigmatizar nuestra condición de no europeos: “indios chinos”.

Si llamarnos “indios” desde el siglo XVI era ya un despectivo racista, agregarnos ahora en plena gestación del siglo XX el calificativo “chinos”, era como elevar al cuadrado la condición de inferiores que nos asignaban los europeos y su criolla descendencia.

II

Dejaré anotadas aquí algunas citas de autores colonialistas que hablan por sí solas de la visión ideológica justificadora del racismo y el genocidio contra los pueblos originarios en general, y en particular de la región del lago maracaibero:

-       Gonzalo Fernández de Oviedo: “porque su principal intento era comer, beber, folgar, lujuriar, e idolatrar, y ejercer muchas suciedades bestiales… el matrimonio que usaban…que los cristianos tenemos por sacramento, como los es, se puede decir en estos indios sacrilegio…Ved qué abominación inaudita (el pecado nefando contra natura) la cual no pudo aprender sino de tales animales…Esta gente de su natural es ociosa y viciosa, de poco trabajo, melancólicos, cobardes, viles y mal inclinados, mentirosos y de poca memoria, y de ninguna constancia. Muchos de ellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias”

-       Fray Tomás Ortiz: “Los hombres de tierra firme de Indias comen carne humana y son sodométicos más que generación alguna. Ninguna justicia hay entre ellos, andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos; no tienen en nada matarse ni matar; no guardan verdad si no es en su provecho; son inconstantes, no saben qué cosa sea consejo, son ingratísimos y amigos de novedades, précianse de borrachos, tienen vinos de diversas yerbas, frutas, raíces y grano; emborráchanse también con humo… son hechiceros, agoreros, nigrománticos…cobardes como liebres, sucios como puercos…no quieren mudar costumbres ni dioses… en fin, digo que nunca crió dios tan cocida gente en vicios y bestialidades…Juzguen ahora las gentes para qué puede ser cepa de tan malas mañas y artes”

-       Según Juan Ginés de Sepúlveda, las guerras contra los originarios de nuestra Abya Yala eran necesarias por cuatro “razones”: “1) Por la gravedad de los pecados que los indios habían cometido, en especial sus idolatrías y sus pecados contra la naturaleza. 2) A causa de la rudeza de su naturaleza que les obligaba a servir a personas que tuvieran una naturaleza más refinada, tales como los españoles. 3) A fin de difundir la fe, cosa que se haría con más facilidad mediante la previa sumisión de los naturales. 4) Para proteger a los débiles contra los mismos indígenas.”

-       Alfredo Tarre Muzi, en su Biografía de Maracaibo, reproduce esa visión racista: “El indio del Zulia era cerril, atrasado, salvaje, y en algunas tribus, era antropófago. Era difícil cristianizar estos salvajes, cuyas elementales creencias convertían en dioses los animales, los astros, ríos y árboles, el sol, la luna y el terrible jaguar”.

Podríamos desmenuzar las malignas falacias contenidas en estas afirmaciones, pero no es la tarea de este texto puntual sobre el uso de la palabra “china” y su diminutivo “chinita”; sólo dejaremos apuntado que el primer acto de canibalismo cometido en el actual territorio del estado Zulia lo protagonizaron un grupo de soldados de la tropa de Ambrosio Alfinger que traían un cargamento de oro desde el Catatumbo hacia Coro, quienes tras varios días de camino alimentándose de plantas y tubérculos, ansiosos de comer carne roja, mataron a un par de indígenas desprevenidos y se los comieron.

III

Las asociación del contenido indígena al culto católico conocido como Virgen María, no es original de Maracaibo, porque ya desde 1531 se plantea en México con la Guadalupe y en 1652 con el caso de Coromoto, por citar dos ejemplos; el hallazgo de la Virgen de Chiquinquirá y su correlación a lo indígena, se produce desde el mismo momento que una mujer añú (paraujana) encuentra la “tablita” con la imagen religiosa a orillas del gran lago. Esto es así porque el pueblo añú es el habitante ancestral del estuario, y en la Maracaibo de 1709 la única población indígena ubicada en las orillas lacustres es la descendencia de aquella nación añú que enfrentó la invasión europea desde 1499 y más específicamente desde las sucesivas incursiones militares de 1529 con el alemán Ambrosio Alfinger, de 1569 con el español Alonso Pacheco, de 1574 por Pedro Maldonado, y la de 1607 por Juan Pacheco Maldonado, cuando definitivamente fueron vencidos nuestros ancestros comandados por el Cacique Nigale. 

Llama poderosamente la atención de este Cronista la existencia previa del evento bautizado como Virgen del Rosario de Paraute, que data de octubre de 1651. Tomando en cuenta el contexto lacustre e indígena del hecho, donde una “tablita” con la imagen recordatoria de la “Virgen” se aparece –en este caso- a un joven añú de Paraute (Lagunillas de Agua), no puede pasar desapercibido el símil con la versión que dio origen a la tradición “chiquinquireña”. Entonces fueron dos “tablitas”, en vez de una; y hay el reclamo por parte de creyentes lagunillenses sobre la originalidad del rito parautano, toda vez que la de Paraute antecedió a la de Maracaibo en más de medio siglo.

El cuadro original era un lienzo de algodón, y fue abandonado en una capilla en desuso en Chiquinquirá. También nos merece un acercamiento al significado de esta hermosa palabra, que es el nombre chibcha de un lugar y un río (igual al caso de Paraute); la raíz “chib” es pronombre de primera persona plural correspondiente a “nosotros” o “nosotras”, y “cha” que quiere decir “humano”, por lo que chibcha traduce sencillamente “somos humanos” o “seres humanos”. En el estado Zulia tenemos una lengua de tronco lingüístico chibchense, la barí, que ancestralmente abarcó un gran territorio al suroeste andino del Lago Maracaibo. Son barí los dueños del Catatumbo, que en su idioma significa “río donde abunda el catatú o pez bocachico”, y que aún usan el prefijo “chi” (chi-yí: nosotros) de chibcha y Chiquinquirá.

El nombre propio Chiquinquirá, que algunos lingüistas afirman provenir del término chibcha “Xequenquirá”, referida a un “lugar de pantanos y nieblas”, nos ubica en la región boyacense hacia el año 1560 en que le es otorgada una encomienda con los indígenas como esclavos al español Antón de Santana, quien a petición de fraile encarga al pintor hispano radicado en Tunja, Alonso de Narváez, hacerle un cuadro de la Virgen, flanqueada por San Antonio de Padua y San Andrés, respectivamente.

La imagen venerada en el culto más representativo del estado Zulia y, en particular, de Maracaibo, corresponde a aquél hecho histórico ocurrido en el Reino de Nueva Granada, hoy República de Colombia.

IV

Nos preguntamos entonces: ¿Cómo devino en llamarse “Chinita” a la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá? ¿Cómo fue el proceso de asimilación y trasmutación de un término de connotación racista a una re-significación religiosa?

La respuesta nos viene de las entrañas más profundas de la cultura popular, aunque las interpretaciones antropológicas deben apelar a la semántica y la historia. Los usos y contextos socioculturales dan significados distintos a las palabras, y suele ocurrir en el devenir de los pueblos que un adjetivo despectivo aplicado por una clase social privilegiada contra otra oprimida, sea transfigurado por la víctima en un acto de rebeldía, asumiéndose orgullosa de tal denominación.  

En el caso que nos ocupa, la población criolla de la ciudad, hispana o mestiza, vio a la mujer indígena como sirvienta, y no faltaron los abusos desde el machismo patriarcal eurocéntrico que hizo de las “indiecitas” o “chinitas”, presas de la trata de personas y la esclavitud sexual; lo hicieron desde la invasión contra la originaria maracaibera añú, como con la wayúu traída a Maracaibo a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Terratenientes y señores, militares y hasta sacerdotes, encontraban placer en la posesión de jóvenes mujeres indígenas, a las que comenzaron a llamar “chinitas” en tono morboso, denigrante, socarrón. No se escandalicen los pacatos. Páginas terribles de esas historias ocultas pasaron impunes con la complicidad de sociedades colonizadas que menospreciaron por clasismo y racismo a los pueblos originarios. Resabios quedan a la vista.  

En el argot popular, en cambio, el término comienza a experimentar una metamorfosis semántica, toda vez que el mestizaje típico de la región se extendía a familias de gran arraigo, que desarrollaron prácticas gregarias basadas en valores afectivos y morales muy marcados. Las clases trabajadoras urbanas no se sentían ajenos al ser indígena porque al mirar hacia sus raíces familiares, lo más probable era encontrarse con una abuela paraujana (añú) del Moján, Laguna de Sinamaica, Isla de Toas, Punta de Palmas, Barranquita, Paraute, Tamare, Misoa, Santa Rosa y la misma Maracaibo de antaño, cuyas orillas fueron pobladas desde tiempos inmemoriales por el pueblo añú, ese mismo al que se le aparecieron las dos “tablitas”, en Paraute en 1651 y en 1709 en El Milagro.

Luego vino la presencia del pueblo wayúu, que comenzó paulatinamente tras los acuerdos para facilitar el tránsito entre Maracaibo y Río de Hacha negociados con el putshipú Yaurepara en 1801, luego fue aumentando cuando se discutieron los límites en la península Guajira con Colombia, pero sobre todo con el advenimiento del negocio petrolero que aceleró las inmigraciones y el crecimiento urbano, así como la exigencia de mano de obra en labores de construcción y servicios, formándose los barrios humildes del noroeste y oeste maracaibero a partir de las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado. Recordemos al luchador wayúu que se hizo famoso con el título de “Chino Julio”, militante revolucionario, amigo de la extinta URSS. La mujer de manta comenzó a hacerse símbolo de indianidad cotidiana palpable.

Como hemos afirmado con base a los documentos y testimonios revisados, el uso del término “chinita” no es endógeno, al contrario, es introducido desde una realidad internacional tergiversada por la hegemonía lingüística de los imperios europeos. Pasadas unas cuatro décadas de su utilización como marca discriminatoria, el sentimiento popular, en un alarde de reivindicación étnica, comienza a endilgársela a la iconografía más venerada de su fe. La fórmula lógica aplicada traza una ruta desde la Virgen como madre de todos, a la mujer indígena como madre del pueblo al que pertenecemos, del que venimos; de la Virgen como criatura sobrenatural protectora, a la abuela paraujana, mulata o guajira que nos cuida y orienta, nos cura y nos mima. Nadie duda el carácter matrilineal del agrupamiento familiar zuliano.

El pueblo al que las castas aristocráticas y secuaces, denigraban llamándolo indio-chino, hace suya la palabra llenándola de otros significados, propositivos, tiernos, amorosos, liberando al término de la carga histórica racista, apropiándoselo para el bien común. Esto es, en materia de construcción del lenguaje, un acto revolucionario: convertir una afrenta odiosa, en un sonido sublime.  

De lo demás se encargó la gaita, género musical totémico, como un gran poder identitario que se yergue sobre las cenizas inmortales del ancestro. La gaita india de maracas y luchas, afro de tambores y lamentos, con aires melodiosos de Al-Ándalus y el guanche canario, con armonías flamencas y yorubas, y en lo más hondo, en el gen de un pueblo musical por excelencia, el Arein: ese impulso natural por el arte poético del pueblo añú maracaibero.

Quedó dicho desde aquella gaita pionera “Virgen de Chiquinquirá”, grabada en 1948 por los Gaiteros del Zulia, con la autoría de José Ángel Mavárez y música de Ramón Bracho Lozano, dónde se nombra a la “excelsa Chinita” en el último de sus versos.

Como me lo comentó el poeta Renato Aguirre: “el Pueblo volteó la tortilla y nombró de esa manera a su Virgen”. ¡Santa palabra!

 

Yldefonso Finol

Economista e historiador bolivariano

Cronista de Maracaibo

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