miércoles, 21 de diciembre de 2022

Fray Pedro de Córdoba y Fray Antonio Montesino un 21 de diciembre de 1511

 


Fray Pedro de Córdoba y Fray Antonio Montesino un 21 de diciembre de 1511: la larga lucha por los Derechos Humanos de los pueblos originarios

Introducción

Concepto presto a polémica este de los Derechos Humanos. Derechos naturales, derechos del hombre y el ciudadano, derechos de la dignidad de la persona, derechos fundamentales, derechos subjetivos, derechos positivos, aluden a definiciones diversas de un mismo concepto. Por otro lado, universalidad, imprescriptibilidad, indivisibilidad, intangibilidad, inalienabilidad, moralidad, absolutidad, son las exigencias conceptuales de un modelo realmente complejo y difuso.

Los Derechos Humanos son una aspiración y una construcción histórica. ¿Un sueño? Es posible. Toda obra comienza en la imaginación. La realidad se encarga de las dificultades. ¿Tiene viabilidad el discurso de los Derechos humanos en el mundo actual? Mil trescientos millones de personas tienen que vivir hoy con menos de un dólar diario. La pobreza extrema azota a por lo menos ochenta países sobre la tierra. Cientos de millones carecen de agua. Una transnacional ostenta más presupuesto que varios países. Una única potencia mundial impone su estilo de vida a sangre y fuego. La globalización neoliberal es el imperialismo en su fase más feroz. La necesidad de seguridad del gran capital está por encima de cualquier otra consideración. Las naciones dependientes se bambolean permanentemente en la mayor inestabilidad política y social. La educación vive una crisis mundial. La pérdida de valores es la rendición de la ética ante la ambición.

¿Tiene sentido filosofar sobre Derechos Humanos? ¿Martín Luter King, Rigoberta Menchú, Chico Méndez, teorizaron sobre derechos?. Sin embargo, es tarea del intelectual contribuir al esclarecimiento de las dudas conceptuales y participar, desde la perspectiva de su compromiso, en la justificación sustantiva y el fundamento verbal de una práctica que a todas luces es necesaria.

La acepción más común de Derechos Humanos pertenece a lo contemporáneo, aunque el proceso de su construcción es añejo.  Su prestigio legitimador de realidades políticas le viene, de alguna forma, de haber sustituido las posturas netamente ideológicas, ó, más exactamente, en términos matemáticos, de haberse convertido en el punto de intersección de las ideologías. Con el discurso de los Derechos Humanos se invade un país y se cometen todo tipo de atropellos a la dignidad de las personas y de los pueblos. Las dos caras de los Derechos Humanos. ¿Pero quién se negaría hoy día a cuestionar que la gente tiene derechos? La multiculturalidad, tan propia de la humanidad, hace que se den diferentes interpretaciones de estos Derechos. El derecho a la vida convive con la pena de muerte en países con diferentes sistemas políticos y diferentes religiones. Siempre cuentan los intereses.

Pero, es innegable la raíz cristiana de esta generalizada visión de los derechos. La concepción de un humano universal con la misma esencia, dotado de alma racional, que como tal es merecedor de un trato digno, porque es un igual, viene del cristianismo. Las sociedades en las que se producen los hechos históricos que marcan el advenimiento de los Derechos Humanos, aún no siendo sociedades democráticas, les era común la influencia cristiana. No quiere decir que todo otro aporte sea nulo, no. Sin duda, desde posiciones revolucionarias no necesariamente cristianas se ha hecho mucho por la construcción de sociedades más justas, libres e igualitarias. Lo que queremos establecer es que en el fondo de la conciencia colectiva sobre los derechos, está latente el evangelio social contenido en aquel amaos los unos a los otros....

Precisamente una experiencia de radicalidad cristiana es la que comentaremos a continuación. En ella vemos los antecedentes más remotos del tema de los derechos en el continente americano. Su repercusión en el desarrollo del pensamiento europeo y, particularmente,  en la construcción de las bases conceptuales que sustentan la teoría de los derechos, no ha sido estudiada. Pero una historia de los Derechos Humanos sin ese capítulo, estaría truncada de sus verdaderas raíces.

 

El Momento Precursor

El sermón pronunciado por fray Antonio Montesino durante la misa del cuarto domingo de Adviento el 21 de diciembre de 1511 en Santo Domingo, constituye el primer hito de la lucha por los Derechos Humanos en América. La llegada de los frailes de la Orden de Predicadores en septiembre de 1510 a la isla, entonces llamada La Española, hoy República Dominicana y Haití, dio lugar al primero y más trascendental enfrentamiento en el seno de las fuerzas conquistadoras, desde el punto de vista ideológico. Debate sin precedentes donde quedaba cuestionada la presencia misma de los españoles en “las Indias”, y que tuvo además un impacto fundamental en el desarrollo del pensamiento español y europeo del siglo XVI.

Constatada la gravísima situación que vivían los originales habitantes del “Nuevo Mundo” o “Indias”, como genéricamente denominaban a las tierras halladas por Colón, y escuchadas las historias que eran vox pópuli en la isla sobre la reciente destrucción, por parte de las armas invasoras que comandaba Nicolás de Ovando, de los cinco cacicatos en que se organizaba la sociedad indígena tahína, este primer grupo de dominicos se ve obligado a tomar partido en defensa del derecho a la vida y a la libertad de los “indios”.

Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?.....¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.(1)

Más allá del anecdotario desatado a partir de la versión que de los hechos dieran los presentes en aquel histórico acto y, muy particularmente, uno que no estuvo en el templo ese día, pero que ha resultado ser el mejor testigo para la historia, como lo ha sido Bartolomé de Las Casas, el mismo que luego dio los frutos más jugosos y efectivos de esa lucha original; queda para la indagación y reflexión científica, lo concerniente a ciertos asuntos claves:

1)  Tal sería de inhumano el trato que daban los conquistadores a la población indígena, que llevó, en menos de un año, a los frailes dominicos a tomar una actitud militante en su defensa, al punto de enfrentarse a las propias autoridades reales en La Española. 2) ¿Tenían los Predicadores un plan preconcebido antes de marchar al Nuevo Mundo, fundado en la convicción de que todo hombre al nacer es libre e igual a los demás sin distingos de condición social o de sus creencias religiosas?. 3) ¿Ponían en duda los de la Orden de Santo Domingo de Guzmán la capacidad del Papa para dar en donación las tierras descubiertas al reino de Castilla?.

En todo caso, sea cual fuere la solución o interpretación que se le dé a estos tres planteamientos, y que no alcanzaremos resolver en este modesto artículo, el contenido del Sermón de Adviento pronunciado por Montesino, y suscrito por todos los miembros de la Orden bajo la conducción de Pedro de Córdoba, sienta las bases de lo que habría de convertirse en el debate fundamental de la época, con repercusiones incuestionables en la elaboración de las doctrinas de Francisco de Vitoria con su arsenal de cimientos del Derecho Internacional, de la llamada Escuela de Salamanca y todo el bagaje del yusnaturalismo clásico español, así como en otras tantas aportaciones al pensamiento europeo de aquel momento y los tiempos que le sucedieron.

En el fondo de estas turbias aguas, se trataba de definir con suma claridad, en primer lugar, la condición humana de los aborígenes americanos y su estatus jurídico-político, y, como consecuencia de ello, la razón o sinrazón de las guerras de conquista que se llevaron a cabo para esclavizarlos y arrebatarles sus territorios. ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. Es el clamor que desde el púlpito empuja a estos hombres de fe a optar por una medida ciertamente desesperada, colocándose en la acera de enfrente de los señores que detentaban el poder, que a partir de ese tremendo desafío, los convertirían en blanco de sus ataques. Para el conquistador in situ, el indio sólo representaba un imprescindible instrumento de trabajo a sus fines últimos de enriquecimiento. El instaurado régimen de repartimientos y encomiendas, de esclavitud disfrazada, al encontrar natural resistencia en los aborígenes, exige la dominación forzosa. ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?. El pretendido “derecho aristotélico” de dominación de los pueblos inferiores y atrasados, subyacente en todas las guerras de conquista emprendidas por los imperios occidentales de entonces, quedaba abiertamente cuestionado con el discurso militante de los dominicos que, además de haber escuchado de los sobreviviente de las campañas militares anteriores a 1510 en La Española, las barbaridades cometidas por los conquistadores, veían a diario la explotación extrema a que eran sometidos los indígenas en las minas, faenas agrícolas y todo tipo de trabajos pesados, las más de las veces, en condiciones degradantes.

Ponerse en el pellejo de aquellos prohombres que se atrevieron a levantar la voz que clama en el desierto, no en un ejercicio metafísico o de un romántico elucubrar, sino en la actitud de los que queremos aprender de la historia sus lecciones, no nos puede conducir a otra experiencia que no sea la admiración por su valentía y fecundidad. Retar en su propia cara a la máxima autoridad terrenal de aquellos predios, el virrey Diego Colón, y a todos los hombres de armas y gobierno de las islas bajo su mando, con la única arma de que disponían los dominicos de 1511 que era la razón de su fe, constituye de por sí un acto de tal heroicidad, que no podemos menos que intentar valorarlo históricamente.

Pero si ello no bastara para comprender en aquel suceso su carácter pionero y su poder desencadenante de una Nueva Humanidad, llamaríamos entonces a continuar tras los pasos que inmediatamente emprendieron los precursores de los Derechos Humanos en América, en los que queda explícitamente definida su aportación al proceso de surgimiento de un discurso y una acción en la defensa de los derechos del género humano.

Después de aquel primer grito de justicia, a todas luces revolucionario, las andanzas de los dominicos de La Española estuvieron marcadas por enormes esfuerzos siempre rayanos en el sacrificio extremo. La esperada reacción represiva del virrey, los funcionarios y los religiosos adeptos a las prácticas oficiales, que veían en la postura de los dominicos a un enemigo aún más peligroso que la propia resistencia indígena -prácticamente ya doblegada por la superioridad bélica y las artimañas del invasor- se activó de forma inmediata. Abandonar sus asientos en la iglesia principal de Santo Domingo y acudir a la choza que servía de convento a los frailes ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Que se retractaran les exigieron. Más la firmeza de la decisión tomada fue un muro inexpugnable ante el cual hubieron de tropezarse, en la serena pero convencida voz del joven prior Pedro de Córdoba, que apenas contaba 29 años. El siguiente domingo que coincidía con el de los Santos Inocentes, el mismo predicador incisivo que siete días antes les recriminó, señalándoles el camino de perdición por el que transitaban por la opresión en que mantenían a “sus iguales”, reiteró una a una las graves denuncias y advertencias formuladas en el sermón anterior.

El siguiente paso fue enviar a las Cortes los respectivos emisarios. Los funcionarios y encomenderos, que es lo mismo decir, enviaron al franciscano Alonso de Espinal, con la prisa, altas recomendaciones y abundantes recursos, que la gravedad de los hechos imponía. Los dominicos, tras reunir las escasas limosnas que los más escasos y pobres fieles les concedieron, encargaron su alegación al tenaz y bien formado discípulo del convento de San Esteban de Salamanca, fray Antonio Montesino.

 

Consecuencias de la lucha dominica iniciada en 1510.

Construir una historia de los Derechos Humanos debe llevarnos mucho más allá de la simple enunciación de las Declaraciones que, en sucesivas contingencias históricas, realizaron los poderes emergentes en sus procesos de consolidación como poderes constituidos. Porque una historia de los Derechos Humanos tiene que apuntar al descubrimiento de las más profundas raíces que inspiraron, no sólo declaraciones y normas que alimentan la positivación de esos derechos, si no también, y con mucha más razón, las luchas concretas que las precedieron e hicieron posibles. Porque la historia de los Derechos Humanos es la historia de la lucha por los derechos.

Partiendo de considerar a los Derechos Humanos como el proceso de la utopía por la justicia colectiva, es decir, la lucha constante que los grupos más o menos organizados e individualidades sensibilizados ante determinados maltratos e iniquidades, dan en cada época por conquistar estadios de vida acordes con la dignidad humana, tenemos entonces que asumir como premisa consecuente, que lo que hoy damos en llamar genéricamente Derechos Humanos, es el resultado de un proceso histórico en el que un conjunto de reivindicaciones y valores ligados esencialmente a la condición humana como la justicia, la libertad, la solidaridad, la vida, la convivencia, son el paradigma que guía la construcción del viejo sueño de la igualdad.

Desde diferentes y a veces contradictorias perspectivas de compromiso, religiosas, políticas, étnicas, culturales, ideológicas, los hombres y mujeres de diferentes épocas han contribuido a la generación del compendio de cláusulas que actualmente conocemos como Derechos Humanos, y que siguen enriqueciéndose de las nuevas realidades.

Pero, no sólo esas luchas, libradas en tan disímiles terrenos que van desde el etéreo –que no vago- debate filosófico hasta el sangriento campo de batalla, han constituido el antecedente original de la aceptación por parte de los poderes constituidos de esos derechos reclamados. ¿O es que acaso ha bastado la simple Declaración para que esos derechos se hagan realidad? ¿Significó, por ejemplo, la siempre citada Declaración de Independencia de los Estados Unidos, para los estadounidenses de origen africano, el goce de ciertos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Lo significó para los propios pueblos autóctonos del norte de América, legítimos dueños de aquellos ricos territorios, hoy casi exterminados por los rifles del “puritanismo” anglosajón?

Las primeras dos décadas de presencia española en el Nuevo Mundo estuvieron circunscritas al espacio insular del Mar Caribe. (Siempre, para invocar el espíritu de la inquietud por la verdad histórica, hay que dejar en el aire la pregunta de ¿por qué en estas islas no quedaron sobrevivientes de aquellos originarios pueblos indígenas?). En ese paisaje exuberante que sedujo de pleno y perenne verdor a los recién llegados, se produjeron las más terribles masacres que hasta entonces conociera el género humano.

Términos como catástrofe demográfica o colapso demográfico, acuñados de manera particular en la magnífica obra de Gustavo Gutiérrez En busca de los pobres de Jesucristo, no hacen si no, tratar de ilustrar dentro de las humanas posibilidades del lenguaje, la vertiginosa desaparición de los originarios habitantes caribeños. “Según los historiadores hay datos confiables para decir que hacia 1510 había de 20.000 a 30.000 indios en La Española. Los cálculos sobre la población taína original varían naturalmente, los primeros misioneros dominicos hablaban de 2.000.000; Las Casas (basándose en una apreciación de Colón) de 3.000.000..... la célebre escuela de Berkeley la estima en 8.000.000 ... y, hacia 1540 no había más de 300 indígenas en La Española”. (2) Ello, sin contar que, muchos pobladores de las islas vecinas, llamadas “inútiles”, desde 1508 eran llevados por la fuerza a “trabajar” en La Española.

Fue ésta la inexorable consecuencia de la conjunción de diversas causas que actuando simultáneamente y en forma combinada potenciaron al máximo su terrible poder destructor. Gutiérrez menciona cuatro, a saber: “la desnutrición y el cambio del régimen alimentario, la presencia de enfermedades (viruela, sarampión, tifus, gripe, y otras) que no encontraban inmunizada a la población indígena, las guerras de conquista y el trabajo forzado (3). Habría que agregar dos mas, relacionadas con todo el entramado del sistema de opresión instaurado por los conquistadores, y cuyos efectos en la caída de la población tienen sus manifestaciones específicas. En primer lugar y como resultado de esas guerras de conquista, la esclavización del indígena, que en muchas ocasiones implicó la extracción de grandes grupos de personas de su lugar de residencia para ser trasladados forzosamente a las minas o a los mercados de esclavos. Y, en segundo lugar, la ruptura violenta y traumática del núcleo familiar, con la separación de los padres y de los hijos, de las mujeres y varones, que generó una abrupta disminución de las tasas de natalidad entre la población autóctona. Le tocaría a una historia de la sicología social, el estudio de lo que ya en aquellos tiempos, los primeros dominicos de América y Las Casas en particular, identificaron como el desgano y desapego por la vida misma, que la perplejidad, decepción y tristeza generalizada del indio ante los increíbles maltratos de que era víctima, provocaron.

La primera concreción formal de la lucha dominica, devino de las gestiones que fray Antonio Montesino, a duras penas, logró realizar ante el Rey en aquel histórico primer viaje redentor. Fueron las Leyes de Burgos de 1512. Tras escuchar el testimonio y argumentos del luchador fraile, el Rey Fernando convoca a miembros del Consejo Real, y a connotados juristas y teólogos, a discutir la situación planteada. Montesino, que no tiene acceso al seno de la reunión, tiene que convencer de sus alegaciones al mismísimo fray Alonso de Espinal, emisario del virrey y los encomenderos. Prácticamente se trató de una difícil negociación en la que ambos hubieron de ceder parte de sus pretensiones. Sin embargo, si bien las Leyes de Burgos no recogieron el planteamiento fundamental de los dominicos de La Española, cual era ponerle fin a los repartimientos y encomiendas, éstas introdujeron un conjunto de ordenanzas reguladoras del gobierno que, al definir el trato que los españoles debían darle a los indígenas, reconocían legalmente los derechos subjetivos de los mismos. Es el momento que algunos historiadores y filósofos del derecho señalan como el comienzo del derecho hispano-indiano o la génesis legislativa del Nuevo Mundo.

El “buen trato” al indio, contenido en las conclusiones firmadas en Burgos el 27 de diciembre de 1512, venía a tratar de suavizar una cruenta realidad que en la metrópoli conocieron por la denuncia y diligencias de los dominicos de La Española, y son ellos los responsables del surgimiento de ese compendio de normas que dieron en llamar el derecho hispano-indiano. Más, son precisamente Montesino y Pedro de Córdoba, quienes desde el primer momento ven la inutilidad de las novísimas normas. Este último, avisado por su emisario Montesino sobre cómo marchaban las cosas en España, apresuró su paso en venir personalmente a entregarle sus pareceres al Rey. Ya en enero de 1513, a escasas semanas de dársele el ejecútese a las Leyes de Burgos, el joven superior de los dominicos de La Española, está en España en busca de una entrevista con su Soberano, a quien antes del mes de julio le manifiesta su decepción por la ineficacia e inutilidad de unas leyes que no abolieron los repartimientos de indios en encomiendas, y por tanto, dejaban las cosas como estaban o peor que como estaban.

A los reparos hechos por Pedro de Córdoba, el rey respondió convocando de nuevo una junta para que redactara unos pareceres complementarios, que se hicieron leyes en 28 de julio de 1513. De los cinco pareceres redactados, el rey sancionó cuatro, dejando de lado aquel por el cual los letrados dejaban abierta la posibilidad de que los servicios que los indios debían prestar al monarca, pudiesen ser dados por cierto tiempo a los privados. Pero a los dominicos de La Española no les bastaban las normas sobre el “buen trato”, y una vez más, hubieron de quedar decepcionados y proseguir una lucha que habría de durar lo que de vida les quedaba.

Por entonces, fue que a Pedro de Córdoba, se le ocurrió la idea de llevar a cabo una evangelización pacífica en tierras no ocupadas aún por españoles, y surgió aquel primer intento en la Costa de las Perlas, en el oriente de Venezuela, con el conocido desenlace fatal por la muerte de los primeros mártires de esta dura y primera batalla por los derechos humanos en continente americano: fray Francisco de Córdoba y Juan Garcés. Lista de mártires que engrosarían muchos como aquel fray Antonio Valdivieso, obispo de Managua, muerto a manos del propio gobernador español en su templo en 1545, cuya historia tiene un parecido estremecedor con la del célebre defensor de los pobres de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

Así, se fueron sucediendo un conjunto de hechos que dan testimonio de la acción dominica en defensa del Hombre durante la conquista de América. Supresión de los repartimientos y encomiendas en las Instrucciones dadas a Diego Velásquez en 1518 para la incursión sobre territorio cubano. Lo instruido a Hernán Cortés el 23 de junio de 1523. Las Ordenanzas de Granada de 1526, en cuyo prólogo, se resume el discurso creado por los dominicos de La Española: “Nos somos informados, y es notorio, que por la desordenada codicia de algunos de nuestros súbditos que pasaron a las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, y por el mal tratamiento que hicieron a los indios naturales de las dichas islas y tierra firme del mar Océano, así en los grandes y excesivos trabajos que les daban, teniéndolos en las minas para sacar oro y en las pesquerías de las perlas y en otras labores y granjerías, haciéndoles trabajar excesiva e inmoderadamente, no les dando el vestir ni el mantenimiento que les era necesario para sustentación de sus vidas, tratándoles con crueldad y desamor, mucho peor que si fueran esclavos, lo cual todo ha sido y fue causa de la muerte de gran número de los dichos indios, en tanta cantidad que muchas de las islas y parte de tierra firme quedaron yertas y sin población alguna de los dichos indios naturales de ellas, y de que otros huyesen y se ausentasen de sus propias tierras y naturaleza y se fuesen a los montes y a otros lugares para salvar sus vidas y salir de la dicha sujeción y mal tratamiento...” (4)

Pasando por la simbólica institución en 1516 del Protector de los Indios, y por la creación en 1524 del Consejo Real y Supremo de Las Indias, todavía en 1542, cuando son sancionadas en Barcelona el 20 de noviembre, las llamadas Leyes Nuevas, la “negligencia y descuido” en la aplicación de las disposiciones reales por parte de las autoridades españolas en América, y la “desordenada codicia” que mueve a los conquistadores, harían menos que letra muerta el compendio de Leyes y Cédulas Reales, que, por iniciativa tenaz de los frailes dominicanos y sus seguidores en otros lugares y en otras órdenes religiosas, se dictaron a favor del derecho a la vida, a la libertad y la dignidad de los originales habitantes del Nuevo Mundo.     

 

Tras los pasos de los Precursores de los Derechos Humanos en América.

Se comete un grave error histórico al cifrar el inicio de los Derechos Humanos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Como hemos afirmado, todavía la generación de los setenta del siglo pasado en ese país, luchaba por los derechos civiles de los descendientes africanos y poquísimos sobrevivientes indígenas de aquella poderosa república que, aún en nuestros días, aplica la pena de muerte y con evidentes signos discriminatorios hacia los no estadounidenses blancos. No pretendemos negar los aportes que tal proceso haya hecho hacia la denominada positivación de los derechos. Más, nos preguntamos, ¿ los numerosísimos documentos oficiales, Cédulas Reales y Leyes, dictados a propósito de la lucha dominica a favor de los derechos en América, qué son entonces? ¿ acaso no constituyen el resultado de una lucha por los derechos traducida en legislación vinculante? ¿no se obligaban las autoridades españolas a respetar la vida y la dignidad de los indígenas en tanto seres humanos con ánimas racionales* como obligados debían estarlo para con los indígenas y afroamericanos del norte, los gobernantes estadounidenses?

Al establecer 1776 como hito del surgimiento de una era de derechos, se desprecian casi tres siglos de historia hispanoamericana para favorecer una concepción liberal anglosajona, que por estos días ha mostrado su verdadera faz en cuanto al respeto de esos derechos que pregona.

Por supuesto que, los Derechos Humanos, tal como se conciben actualmente, con sus ineludibles y aún utópicos principios de universalidad e indivisibilidad,  no se habían formado en los umbrales del siglo XVI como tampoco a finales del XVIII, pero en su esencia ética, las raíces de los mismos las podemos encontrar, al menos en tierras americanas, en el original pensamiento y pionera acción de los frailes de la Orden de Predicadores que llegaron a Santo Domingo en septiembre de 1510.

Los históricos sermones de Montesino, los domingos 21 y 28 de diciembre de 1511, y las sucesivas gestiones de éste y de fray Pedro de Córdoba, son sólo el comienzo de una labor infatigable que continuaron muchos otros, en particular, uno que de tanto andar se hizo leyenda: Bartolomé de Las Casas.

La vida y obra de este sevillano empedernido, merece mención aparte y como se sabe, ha sido objeto de una prolija investigación y producción literaria, no exentas de apasionamientos y prejuicios. Y no podía ser de otra forma, porque las increíbles energías desplegadas por éste en sus andanzas justicieras, fueron de tal magnitud, que difícilmente quien se aproximara a ellas, en cualquier tiempo y lugar, podría evadirse de su telúrica fuerza de gravedad. Un hombre que a los treinta años renuncia voluntaria e irrevocablemente a una inmensa fortuna acumulada en sus encomiendas indianas de oro y granjerías, que su amigo el gobernador de Cuba, Diego Velásquez calificó como envidiables por cualquier caballero castellano, para dedicarse de por vida, a la lucha por la abolición de la conquista y las encomiendas. Que atravesó diez veces el nada pacífico océano Atlántico, no en los cómodos y modernos vuelos de hoy, si no, en las muy vulnerables embarcaciones de madera que como aquella Rábida de la primera expedición de Nicolás de Ovando cuando el mozo Las Casas fue por vez primera a América, naufragó antes de llegar a costas canarias. Ese Las Casas que escribió decenas de miles de folios sin bolígrafo ni máquina de escribir, ni mucho menos un ordenador, para defender los derechos humanos, que recorrió islas caribeñas y nuevo continente sin yates ni automóviles, que rectificó de tal manera su error sobre la esclavización de los africanos que llegó a ser el primero en enfrentar públicamente la esclavitud; que todo lo que hizo fue siempre pensando en salvar el alma de su amada patria española, en fiel servicio de su pueblo, sus monarcas y su fe, no puede, evidentemente, pasar desapercibido. Un Las Casas que ejerció por lo menos diez y siete oficios: desde ayudante de la tahona familiar, monaguillo, soldado, clérigo, encomendero, minero, productor agrícola, cronista, naturalista, jurista, litigante, propagandista, fraile, hasta tratadista, obispo, consejero e historiador, y que, en las Juntas de Valladolid de 1550-1551, como polemista formidable, venció con sus ya doctos y maduros argumentos al tristemente célebre Juan Ginés de Sepúlveda, el influyente eclesiástico afecto a las guerras de conquista, que entre otras importantes posiciones, hizo de cronista de Carlos V.

En fin, que no se entiende cómo algunos que se dicen pertenecer a las nuevas generaciones de historiadores interesados en el tema americano, se las arreglan para soslayar a Las Casas; y como, los teóricos de los Derechos Humanos, ni saben quién fue. Él también es consecuencia de la lucha de los primeros dominicos de La Española. En parte se le debe que hoy sobrevivan los descendientes de aquellos indios, y aún no ha sido canonizado.

Total que, datos más o datos menos, datos que en el peor de los casos nos motivan a profundizar en una época más manoseada que conocida y más cacareada que interpretada, traducen acontecimientos históricos que signaron irremisiblemente la vida de pueblos y naciones aparentemente condenados a hundirse en la arena movediza del subdesarrollo, atraso, pobreza, inestabilidad y riesgo latente de violencia política como expresión de la violencia social que subyace en el sistema imperante.

La historia de los Derechos Humanos es la Historia de la lucha del género humano por la igualdad. ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. La perspectiva desde la cual se emprenda esa lucha tiene el peso de la razón raigal. Pero el camino por el que se transita y el horizonte que se anhela, se amalgaman monolíticamente en la utopía de un mundo mejor. La solidaridad, la palabra más cristiana, ese sentimiento que nos mueve a no ser felices mientras otros no lo son, ha tenido en figuras como Gandhi y Mandela, y en muchos otros revolucionarios portadores de esa esencia, intérpretes activos de la utopía, como los millones de almas que se movilizaron en días recientes por la paz y los tercos defensores del ambiente y las valientes defensoras de la no discriminación de género. Son los constructores del verdadero Estado de Derechos, al que casi siempre se opone, con rabiosa prepotencia el Status Quo. La razón ha de andar de la mano con la ética, con el sentido de justicia, con la utopía de la igualdad. No puede ser de otra manera.

 

 

 

 

 

 

 

Yldefonso Finol Ocando

Salamanca Julio 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citas Bibliográficas

-          (1) Bartolomé de Las Casas: “Historia de Las Indias”, Tomo III. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1986. Pags. 13-14.

-          (2) Gustavo Gutiérrez: “En busca de los pobres de Jesucristo”, Ed. Sígueme. Salamanca, 1993. Pag. 653.

-          (3) Gustavo Gutiérrez: Ob. Cit., pag. 654.

-          (4) Isacio Pérez Fernández: “El Derecho Hispano-Indiano”, Ed. San Esteban, Salamanca, 2001. Pag.103.

 

Bibliografía consultada

-          María Eugenia Corvalán: “El pensamiento indígena en Europa”, Planeta, Bogotá 1999.

-          Ignacio Ara Pinilla: “Las transformaciones de los derechos humanos”, Tecnos, Madrid 1990.

-          Norberto Bobbio: “El tiempo de los derechos”, Sistema, Madrid 1994.

-          Rafael Fernández Heres: “Conquista espiritual de tierra firme”, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1999.

-          Antonio Osuna Fernández-Largo: “Teoría de los derechos humanos”, Ed. San Esteban-Edibesa, Salamanca 2001.

-          Isacio Pérez Fernández: “Fray Bartolomé de Las Casas, O.P. de defensor de los indios a defensor de los negros”, Ed. San Esteban, Salamanca 1995.

-          Antonio Enrique Pérez Luño: “La polémica sobre el Nuevo Mundo”, Ed. Trotta, 2a edición, Madrid 1995.


: la larga lucha por los Derechos Humanos de los pueblos originarios

Introducción

Concepto presto a polémica este de los Derechos Humanos. Derechos naturales, derechos del hombre y el ciudadano, derechos de la dignidad de la persona, derechos fundamentales, derechos subjetivos, derechos positivos, aluden a definiciones diversas de un mismo concepto. Por otro lado, universalidad, imprescriptibilidad, indivisibilidad, intangibilidad, inalienabilidad, moralidad, absolutidad, son las exigencias conceptuales de un modelo realmente complejo y difuso.

Los Derechos Humanos son una aspiración y una construcción histórica. ¿Un sueño? Es posible. Toda obra comienza en la imaginación. La realidad se encarga de las dificultades. ¿Tiene viabilidad el discurso de los Derechos humanos en el mundo actual? Mil trescientos millones de personas tienen que vivir hoy con menos de un dólar diario. La pobreza extrema azota a por lo menos ochenta países sobre la tierra. Cientos de millones carecen de agua. Una transnacional ostenta más presupuesto que varios países. Una única potencia mundial impone su estilo de vida a sangre y fuego. La globalización neoliberal es el imperialismo en su fase más feroz. La necesidad de seguridad del gran capital está por encima de cualquier otra consideración. Las naciones dependientes se bambolean permanentemente en la mayor inestabilidad política y social. La educación vive una crisis mundial. La pérdida de valores es la rendición de la ética ante la ambición.

¿Tiene sentido filosofar sobre Derechos Humanos? ¿Martín Luter King, Rigoberta Menchú, Chico Méndez, teorizaron sobre derechos?. Sin embargo, es tarea del intelectual contribuir al esclarecimiento de las dudas conceptuales y participar, desde la perspectiva de su compromiso, en la justificación sustantiva y el fundamento verbal de una práctica que a todas luces es necesaria.

La acepción más común de Derechos Humanos pertenece a lo contemporáneo, aunque el proceso de su construcción es añejo.  Su prestigio legitimador de realidades políticas le viene, de alguna forma, de haber sustituido las posturas netamente ideológicas, ó, más exactamente, en términos matemáticos, de haberse convertido en el punto de intersección de las ideologías. Con el discurso de los Derechos Humanos se invade un país y se cometen todo tipo de atropellos a la dignidad de las personas y de los pueblos. Las dos caras de los Derechos Humanos. ¿Pero quién se negaría hoy día a cuestionar que la gente tiene derechos? La multiculturalidad, tan propia de la humanidad, hace que se den diferentes interpretaciones de estos Derechos. El derecho a la vida convive con la pena de muerte en países con diferentes sistemas políticos y diferentes religiones. Siempre cuentan los intereses.

Pero, es innegable la raíz cristiana de esta generalizada visión de los derechos. La concepción de un humano universal con la misma esencia, dotado de alma racional, que como tal es merecedor de un trato digno, porque es un igual, viene del cristianismo. Las sociedades en las que se producen los hechos históricos que marcan el advenimiento de los Derechos Humanos, aún no siendo sociedades democráticas, les era común la influencia cristiana. No quiere decir que todo otro aporte sea nulo, no. Sin duda, desde posiciones revolucionarias no necesariamente cristianas se ha hecho mucho por la construcción de sociedades más justas, libres e igualitarias. Lo que queremos establecer es que en el fondo de la conciencia colectiva sobre los derechos, está latente el evangelio social contenido en aquel amaos los unos a los otros....

Precisamente una experiencia de radicalidad cristiana es la que comentaremos a continuación. En ella vemos los antecedentes más remotos del tema de los derechos en el continente americano. Su repercusión en el desarrollo del pensamiento europeo y, particularmente,  en la construcción de las bases conceptuales que sustentan la teoría de los derechos, no ha sido estudiada. Pero una historia de los Derechos Humanos sin ese capítulo, estaría truncada de sus verdaderas raíces.

 

El Momento Precursor

El sermón pronunciado por fray Antonio Montesino durante la misa del cuarto domingo de Adviento el 21 de diciembre de 1511 en Santo Domingo, constituye el primer hito de la lucha por los Derechos Humanos en América. La llegada de los frailes de la Orden de Predicadores en septiembre de 1510 a la isla, entonces llamada La Española, hoy República Dominicana y Haití, dio lugar al primero y más trascendental enfrentamiento en el seno de las fuerzas conquistadoras, desde el punto de vista ideológico. Debate sin precedentes donde quedaba cuestionada la presencia misma de los españoles en “las Indias”, y que tuvo además un impacto fundamental en el desarrollo del pensamiento español y europeo del siglo XVI.

Constatada la gravísima situación que vivían los originales habitantes del “Nuevo Mundo” o “Indias”, como genéricamente denominaban a las tierras halladas por Colón, y escuchadas las historias que eran vox pópuli en la isla sobre la reciente destrucción, por parte de las armas invasoras que comandaba Nicolás de Ovando, de los cinco cacicatos en que se organizaba la sociedad indígena tahína, este primer grupo de dominicos se ve obligado a tomar partido en defensa del derecho a la vida y a la libertad de los “indios”.

Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?.....¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.(1)

Más allá del anecdotario desatado a partir de la versión que de los hechos dieran los presentes en aquel histórico acto y, muy particularmente, uno que no estuvo en el templo ese día, pero que ha resultado ser el mejor testigo para la historia, como lo ha sido Bartolomé de Las Casas, el mismo que luego dio los frutos más jugosos y efectivos de esa lucha original; queda para la indagación y reflexión científica, lo concerniente a ciertos asuntos claves:

1)  Tal sería de inhumano el trato que daban los conquistadores a la población indígena, que llevó, en menos de un año, a los frailes dominicos a tomar una actitud militante en su defensa, al punto de enfrentarse a las propias autoridades reales en La Española. 2) ¿Tenían los Predicadores un plan preconcebido antes de marchar al Nuevo Mundo, fundado en la convicción de que todo hombre al nacer es libre e igual a los demás sin distingos de condición social o de sus creencias religiosas?. 3) ¿Ponían en duda los de la Orden de Santo Domingo de Guzmán la capacidad del Papa para dar en donación las tierras descubiertas al reino de Castilla?.

En todo caso, sea cual fuere la solución o interpretación que se le dé a estos tres planteamientos, y que no alcanzaremos resolver en este modesto artículo, el contenido del Sermón de Adviento pronunciado por Montesino, y suscrito por todos los miembros de la Orden bajo la conducción de Pedro de Córdoba, sienta las bases de lo que habría de convertirse en el debate fundamental de la época, con repercusiones incuestionables en la elaboración de las doctrinas de Francisco de Vitoria con su arsenal de cimientos del Derecho Internacional, de la llamada Escuela de Salamanca y todo el bagaje del yusnaturalismo clásico español, así como en otras tantas aportaciones al pensamiento europeo de aquel momento y los tiempos que le sucedieron.

En el fondo de estas turbias aguas, se trataba de definir con suma claridad, en primer lugar, la condición humana de los aborígenes americanos y su estatus jurídico-político, y, como consecuencia de ello, la razón o sinrazón de las guerras de conquista que se llevaron a cabo para esclavizarlos y arrebatarles sus territorios. ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. Es el clamor que desde el púlpito empuja a estos hombres de fe a optar por una medida ciertamente desesperada, colocándose en la acera de enfrente de los señores que detentaban el poder, que a partir de ese tremendo desafío, los convertirían en blanco de sus ataques. Para el conquistador in situ, el indio sólo representaba un imprescindible instrumento de trabajo a sus fines últimos de enriquecimiento. El instaurado régimen de repartimientos y encomiendas, de esclavitud disfrazada, al encontrar natural resistencia en los aborígenes, exige la dominación forzosa. ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?. El pretendido “derecho aristotélico” de dominación de los pueblos inferiores y atrasados, subyacente en todas las guerras de conquista emprendidas por los imperios occidentales de entonces, quedaba abiertamente cuestionado con el discurso militante de los dominicos que, además de haber escuchado de los sobreviviente de las campañas militares anteriores a 1510 en La Española, las barbaridades cometidas por los conquistadores, veían a diario la explotación extrema a que eran sometidos los indígenas en las minas, faenas agrícolas y todo tipo de trabajos pesados, las más de las veces, en condiciones degradantes.

Ponerse en el pellejo de aquellos prohombres que se atrevieron a levantar la voz que clama en el desierto, no en un ejercicio metafísico o de un romántico elucubrar, sino en la actitud de los que queremos aprender de la historia sus lecciones, no nos puede conducir a otra experiencia que no sea la admiración por su valentía y fecundidad. Retar en su propia cara a la máxima autoridad terrenal de aquellos predios, el virrey Diego Colón, y a todos los hombres de armas y gobierno de las islas bajo su mando, con la única arma de que disponían los dominicos de 1511 que era la razón de su fe, constituye de por sí un acto de tal heroicidad, que no podemos menos que intentar valorarlo históricamente.

Pero si ello no bastara para comprender en aquel suceso su carácter pionero y su poder desencadenante de una Nueva Humanidad, llamaríamos entonces a continuar tras los pasos que inmediatamente emprendieron los precursores de los Derechos Humanos en América, en los que queda explícitamente definida su aportación al proceso de surgimiento de un discurso y una acción en la defensa de los derechos del género humano.

Después de aquel primer grito de justicia, a todas luces revolucionario, las andanzas de los dominicos de La Española estuvieron marcadas por enormes esfuerzos siempre rayanos en el sacrificio extremo. La esperada reacción represiva del virrey, los funcionarios y los religiosos adeptos a las prácticas oficiales, que veían en la postura de los dominicos a un enemigo aún más peligroso que la propia resistencia indígena -prácticamente ya doblegada por la superioridad bélica y las artimañas del invasor- se activó de forma inmediata. Abandonar sus asientos en la iglesia principal de Santo Domingo y acudir a la choza que servía de convento a los frailes ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Que se retractaran les exigieron. Más la firmeza de la decisión tomada fue un muro inexpugnable ante el cual hubieron de tropezarse, en la serena pero convencida voz del joven prior Pedro de Córdoba, que apenas contaba 29 años. El siguiente domingo que coincidía con el de los Santos Inocentes, el mismo predicador incisivo que siete días antes les recriminó, señalándoles el camino de perdición por el que transitaban por la opresión en que mantenían a “sus iguales”, reiteró una a una las graves denuncias y advertencias formuladas en el sermón anterior.

El siguiente paso fue enviar a las Cortes los respectivos emisarios. Los funcionarios y encomenderos, que es lo mismo decir, enviaron al franciscano Alonso de Espinal, con la prisa, altas recomendaciones y abundantes recursos, que la gravedad de los hechos imponía. Los dominicos, tras reunir las escasas limosnas que los más escasos y pobres fieles les concedieron, encargaron su alegación al tenaz y bien formado discípulo del convento de San Esteban de Salamanca, fray Antonio Montesino.

 

Consecuencias de la lucha dominica iniciada en 1510.

Construir una historia de los Derechos Humanos debe llevarnos mucho más allá de la simple enunciación de las Declaraciones que, en sucesivas contingencias históricas, realizaron los poderes emergentes en sus procesos de consolidación como poderes constituidos. Porque una historia de los Derechos Humanos tiene que apuntar al descubrimiento de las más profundas raíces que inspiraron, no sólo declaraciones y normas que alimentan la positivación de esos derechos, si no también, y con mucha más razón, las luchas concretas que las precedieron e hicieron posibles. Porque la historia de los Derechos Humanos es la historia de la lucha por los derechos.

Partiendo de considerar a los Derechos Humanos como el proceso de la utopía por la justicia colectiva, es decir, la lucha constante que los grupos más o menos organizados e individualidades sensibilizados ante determinados maltratos e iniquidades, dan en cada época por conquistar estadios de vida acordes con la dignidad humana, tenemos entonces que asumir como premisa consecuente, que lo que hoy damos en llamar genéricamente Derechos Humanos, es el resultado de un proceso histórico en el que un conjunto de reivindicaciones y valores ligados esencialmente a la condición humana como la justicia, la libertad, la solidaridad, la vida, la convivencia, son el paradigma que guía la construcción del viejo sueño de la igualdad.

Desde diferentes y a veces contradictorias perspectivas de compromiso, religiosas, políticas, étnicas, culturales, ideológicas, los hombres y mujeres de diferentes épocas han contribuido a la generación del compendio de cláusulas que actualmente conocemos como Derechos Humanos, y que siguen enriqueciéndose de las nuevas realidades.

Pero, no sólo esas luchas, libradas en tan disímiles terrenos que van desde el etéreo –que no vago- debate filosófico hasta el sangriento campo de batalla, han constituido el antecedente original de la aceptación por parte de los poderes constituidos de esos derechos reclamados. ¿O es que acaso ha bastado la simple Declaración para que esos derechos se hagan realidad? ¿Significó, por ejemplo, la siempre citada Declaración de Independencia de los Estados Unidos, para los estadounidenses de origen africano, el goce de ciertos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Lo significó para los propios pueblos autóctonos del norte de América, legítimos dueños de aquellos ricos territorios, hoy casi exterminados por los rifles del “puritanismo” anglosajón?

Las primeras dos décadas de presencia española en el Nuevo Mundo estuvieron circunscritas al espacio insular del Mar Caribe. (Siempre, para invocar el espíritu de la inquietud por la verdad histórica, hay que dejar en el aire la pregunta de ¿por qué en estas islas no quedaron sobrevivientes de aquellos originarios pueblos indígenas?). En ese paisaje exuberante que sedujo de pleno y perenne verdor a los recién llegados, se produjeron las más terribles masacres que hasta entonces conociera el género humano.

Términos como catástrofe demográfica o colapso demográfico, acuñados de manera particular en la magnífica obra de Gustavo Gutiérrez En busca de los pobres de Jesucristo, no hacen si no, tratar de ilustrar dentro de las humanas posibilidades del lenguaje, la vertiginosa desaparición de los originarios habitantes caribeños. “Según los historiadores hay datos confiables para decir que hacia 1510 había de 20.000 a 30.000 indios en La Española. Los cálculos sobre la población taína original varían naturalmente, los primeros misioneros dominicos hablaban de 2.000.000; Las Casas (basándose en una apreciación de Colón) de 3.000.000..... la célebre escuela de Berkeley la estima en 8.000.000 ... y, hacia 1540 no había más de 300 indígenas en La Española”. (2) Ello, sin contar que, muchos pobladores de las islas vecinas, llamadas “inútiles”, desde 1508 eran llevados por la fuerza a “trabajar” en La Española.

Fue ésta la inexorable consecuencia de la conjunción de diversas causas que actuando simultáneamente y en forma combinada potenciaron al máximo su terrible poder destructor. Gutiérrez menciona cuatro, a saber: “la desnutrición y el cambio del régimen alimentario, la presencia de enfermedades (viruela, sarampión, tifus, gripe, y otras) que no encontraban inmunizada a la población indígena, las guerras de conquista y el trabajo forzado (3). Habría que agregar dos mas, relacionadas con todo el entramado del sistema de opresión instaurado por los conquistadores, y cuyos efectos en la caída de la población tienen sus manifestaciones específicas. En primer lugar y como resultado de esas guerras de conquista, la esclavización del indígena, que en muchas ocasiones implicó la extracción de grandes grupos de personas de su lugar de residencia para ser trasladados forzosamente a las minas o a los mercados de esclavos. Y, en segundo lugar, la ruptura violenta y traumática del núcleo familiar, con la separación de los padres y de los hijos, de las mujeres y varones, que generó una abrupta disminución de las tasas de natalidad entre la población autóctona. Le tocaría a una historia de la sicología social, el estudio de lo que ya en aquellos tiempos, los primeros dominicos de América y Las Casas en particular, identificaron como el desgano y desapego por la vida misma, que la perplejidad, decepción y tristeza generalizada del indio ante los increíbles maltratos de que era víctima, provocaron.

La primera concreción formal de la lucha dominica, devino de las gestiones que fray Antonio Montesino, a duras penas, logró realizar ante el Rey en aquel histórico primer viaje redentor. Fueron las Leyes de Burgos de 1512. Tras escuchar el testimonio y argumentos del luchador fraile, el Rey Fernando convoca a miembros del Consejo Real, y a connotados juristas y teólogos, a discutir la situación planteada. Montesino, que no tiene acceso al seno de la reunión, tiene que convencer de sus alegaciones al mismísimo fray Alonso de Espinal, emisario del virrey y los encomenderos. Prácticamente se trató de una difícil negociación en la que ambos hubieron de ceder parte de sus pretensiones. Sin embargo, si bien las Leyes de Burgos no recogieron el planteamiento fundamental de los dominicos de La Española, cual era ponerle fin a los repartimientos y encomiendas, éstas introdujeron un conjunto de ordenanzas reguladoras del gobierno que, al definir el trato que los españoles debían darle a los indígenas, reconocían legalmente los derechos subjetivos de los mismos. Es el momento que algunos historiadores y filósofos del derecho señalan como el comienzo del derecho hispano-indiano o la génesis legislativa del Nuevo Mundo.

El “buen trato” al indio, contenido en las conclusiones firmadas en Burgos el 27 de diciembre de 1512, venía a tratar de suavizar una cruenta realidad que en la metrópoli conocieron por la denuncia y diligencias de los dominicos de La Española, y son ellos los responsables del surgimiento de ese compendio de normas que dieron en llamar el derecho hispano-indiano. Más, son precisamente Montesino y Pedro de Córdoba, quienes desde el primer momento ven la inutilidad de las novísimas normas. Este último, avisado por su emisario Montesino sobre cómo marchaban las cosas en España, apresuró su paso en venir personalmente a entregarle sus pareceres al Rey. Ya en enero de 1513, a escasas semanas de dársele el ejecútese a las Leyes de Burgos, el joven superior de los dominicos de La Española, está en España en busca de una entrevista con su Soberano, a quien antes del mes de julio le manifiesta su decepción por la ineficacia e inutilidad de unas leyes que no abolieron los repartimientos de indios en encomiendas, y por tanto, dejaban las cosas como estaban o peor que como estaban.

A los reparos hechos por Pedro de Córdoba, el rey respondió convocando de nuevo una junta para que redactara unos pareceres complementarios, que se hicieron leyes en 28 de julio de 1513. De los cinco pareceres redactados, el rey sancionó cuatro, dejando de lado aquel por el cual los letrados dejaban abierta la posibilidad de que los servicios que los indios debían prestar al monarca, pudiesen ser dados por cierto tiempo a los privados. Pero a los dominicos de La Española no les bastaban las normas sobre el “buen trato”, y una vez más, hubieron de quedar decepcionados y proseguir una lucha que habría de durar lo que de vida les quedaba.

Por entonces, fue que a Pedro de Córdoba, se le ocurrió la idea de llevar a cabo una evangelización pacífica en tierras no ocupadas aún por españoles, y surgió aquel primer intento en la Costa de las Perlas, en el oriente de Venezuela, con el conocido desenlace fatal por la muerte de los primeros mártires de esta dura y primera batalla por los derechos humanos en continente americano: fray Francisco de Córdoba y Juan Garcés. Lista de mártires que engrosarían muchos como aquel fray Antonio Valdivieso, obispo de Managua, muerto a manos del propio gobernador español en su templo en 1545, cuya historia tiene un parecido estremecedor con la del célebre defensor de los pobres de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

Así, se fueron sucediendo un conjunto de hechos que dan testimonio de la acción dominica en defensa del Hombre durante la conquista de América. Supresión de los repartimientos y encomiendas en las Instrucciones dadas a Diego Velásquez en 1518 para la incursión sobre territorio cubano. Lo instruido a Hernán Cortés el 23 de junio de 1523. Las Ordenanzas de Granada de 1526, en cuyo prólogo, se resume el discurso creado por los dominicos de La Española: “Nos somos informados, y es notorio, que por la desordenada codicia de algunos de nuestros súbditos que pasaron a las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, y por el mal tratamiento que hicieron a los indios naturales de las dichas islas y tierra firme del mar Océano, así en los grandes y excesivos trabajos que les daban, teniéndolos en las minas para sacar oro y en las pesquerías de las perlas y en otras labores y granjerías, haciéndoles trabajar excesiva e inmoderadamente, no les dando el vestir ni el mantenimiento que les era necesario para sustentación de sus vidas, tratándoles con crueldad y desamor, mucho peor que si fueran esclavos, lo cual todo ha sido y fue causa de la muerte de gran número de los dichos indios, en tanta cantidad que muchas de las islas y parte de tierra firme quedaron yertas y sin población alguna de los dichos indios naturales de ellas, y de que otros huyesen y se ausentasen de sus propias tierras y naturaleza y se fuesen a los montes y a otros lugares para salvar sus vidas y salir de la dicha sujeción y mal tratamiento...” (4)

Pasando por la simbólica institución en 1516 del Protector de los Indios, y por la creación en 1524 del Consejo Real y Supremo de Las Indias, todavía en 1542, cuando son sancionadas en Barcelona el 20 de noviembre, las llamadas Leyes Nuevas, la “negligencia y descuido” en la aplicación de las disposiciones reales por parte de las autoridades españolas en América, y la “desordenada codicia” que mueve a los conquistadores, harían menos que letra muerta el compendio de Leyes y Cédulas Reales, que, por iniciativa tenaz de los frailes dominicanos y sus seguidores en otros lugares y en otras órdenes religiosas, se dictaron a favor del derecho a la vida, a la libertad y la dignidad de los originales habitantes del Nuevo Mundo.     

 

Tras los pasos de los Precursores de los Derechos Humanos en América.

Se comete un grave error histórico al cifrar el inicio de los Derechos Humanos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Como hemos afirmado, todavía la generación de los setenta del siglo pasado en ese país, luchaba por los derechos civiles de los descendientes africanos y poquísimos sobrevivientes indígenas de aquella poderosa república que, aún en nuestros días, aplica la pena de muerte y con evidentes signos discriminatorios hacia los no estadounidenses blancos. No pretendemos negar los aportes que tal proceso haya hecho hacia la denominada positivación de los derechos. Más, nos preguntamos, ¿ los numerosísimos documentos oficiales, Cédulas Reales y Leyes, dictados a propósito de la lucha dominica a favor de los derechos en América, qué son entonces? ¿ acaso no constituyen el resultado de una lucha por los derechos traducida en legislación vinculante? ¿no se obligaban las autoridades españolas a respetar la vida y la dignidad de los indígenas en tanto seres humanos con ánimas racionales* como obligados debían estarlo para con los indígenas y afroamericanos del norte, los gobernantes estadounidenses?

Al establecer 1776 como hito del surgimiento de una era de derechos, se desprecian casi tres siglos de historia hispanoamericana para favorecer una concepción liberal anglosajona, que por estos días ha mostrado su verdadera faz en cuanto al respeto de esos derechos que pregona.

Por supuesto que, los Derechos Humanos, tal como se conciben actualmente, con sus ineludibles y aún utópicos principios de universalidad e indivisibilidad,  no se habían formado en los umbrales del siglo XVI como tampoco a finales del XVIII, pero en su esencia ética, las raíces de los mismos las podemos encontrar, al menos en tierras americanas, en el original pensamiento y pionera acción de los frailes de la Orden de Predicadores que llegaron a Santo Domingo en septiembre de 1510.

Los históricos sermones de Montesino, los domingos 21 y 28 de diciembre de 1511, y las sucesivas gestiones de éste y de fray Pedro de Córdoba, son sólo el comienzo de una labor infatigable que continuaron muchos otros, en particular, uno que de tanto andar se hizo leyenda: Bartolomé de Las Casas.

La vida y obra de este sevillano empedernido, merece mención aparte y como se sabe, ha sido objeto de una prolija investigación y producción literaria, no exentas de apasionamientos y prejuicios. Y no podía ser de otra forma, porque las increíbles energías desplegadas por éste en sus andanzas justicieras, fueron de tal magnitud, que difícilmente quien se aproximara a ellas, en cualquier tiempo y lugar, podría evadirse de su telúrica fuerza de gravedad. Un hombre que a los treinta años renuncia voluntaria e irrevocablemente a una inmensa fortuna acumulada en sus encomiendas indianas de oro y granjerías, que su amigo el gobernador de Cuba, Diego Velásquez calificó como envidiables por cualquier caballero castellano, para dedicarse de por vida, a la lucha por la abolición de la conquista y las encomiendas. Que atravesó diez veces el nada pacífico océano Atlántico, no en los cómodos y modernos vuelos de hoy, si no, en las muy vulnerables embarcaciones de madera que como aquella Rábida de la primera expedición de Nicolás de Ovando cuando el mozo Las Casas fue por vez primera a América, naufragó antes de llegar a costas canarias. Ese Las Casas que escribió decenas de miles de folios sin bolígrafo ni máquina de escribir, ni mucho menos un ordenador, para defender los derechos humanos, que recorrió islas caribeñas y nuevo continente sin yates ni automóviles, que rectificó de tal manera su error sobre la esclavización de los africanos que llegó a ser el primero en enfrentar públicamente la esclavitud; que todo lo que hizo fue siempre pensando en salvar el alma de su amada patria española, en fiel servicio de su pueblo, sus monarcas y su fe, no puede, evidentemente, pasar desapercibido. Un Las Casas que ejerció por lo menos diez y siete oficios: desde ayudante de la tahona familiar, monaguillo, soldado, clérigo, encomendero, minero, productor agrícola, cronista, naturalista, jurista, litigante, propagandista, fraile, hasta tratadista, obispo, consejero e historiador, y que, en las Juntas de Valladolid de 1550-1551, como polemista formidable, venció con sus ya doctos y maduros argumentos al tristemente célebre Juan Ginés de Sepúlveda, el influyente eclesiástico afecto a las guerras de conquista, que entre otras importantes posiciones, hizo de cronista de Carlos V.

En fin, que no se entiende cómo algunos que se dicen pertenecer a las nuevas generaciones de historiadores interesados en el tema americano, se las arreglan para soslayar a Las Casas; y como, los teóricos de los Derechos Humanos, ni saben quién fue. Él también es consecuencia de la lucha de los primeros dominicos de La Española. En parte se le debe que hoy sobrevivan los descendientes de aquellos indios, y aún no ha sido canonizado.

Total que, datos más o datos menos, datos que en el peor de los casos nos motivan a profundizar en una época más manoseada que conocida y más cacareada que interpretada, traducen acontecimientos históricos que signaron irremisiblemente la vida de pueblos y naciones aparentemente condenados a hundirse en la arena movediza del subdesarrollo, atraso, pobreza, inestabilidad y riesgo latente de violencia política como expresión de la violencia social que subyace en el sistema imperante.

La historia de los Derechos Humanos es la Historia de la lucha del género humano por la igualdad. ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. La perspectiva desde la cual se emprenda esa lucha tiene el peso de la razón raigal. Pero el camino por el que se transita y el horizonte que se anhela, se amalgaman monolíticamente en la utopía de un mundo mejor. La solidaridad, la palabra más cristiana, ese sentimiento que nos mueve a no ser felices mientras otros no lo son, ha tenido en figuras como Gandhi y Mandela, y en muchos otros revolucionarios portadores de esa esencia, intérpretes activos de la utopía, como los millones de almas que se movilizaron en días recientes por la paz y los tercos defensores del ambiente y las valientes defensoras de la no discriminación de género. Son los constructores del verdadero Estado de Derechos, al que casi siempre se opone, con rabiosa prepotencia el Status Quo. La razón ha de andar de la mano con la ética, con el sentido de justicia, con la utopía de la igualdad. No puede ser de otra manera.

 

 

 

 

 

 

 

Yldefonso Finol Ocando

Salamanca Julio 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citas Bibliográficas

-          (1) Bartolomé de Las Casas: “Historia de Las Indias”, Tomo III. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1986. Pags. 13-14.

-          (2) Gustavo Gutiérrez: “En busca de los pobres de Jesucristo”, Ed. Sígueme. Salamanca, 1993. Pag. 653.

-          (3) Gustavo Gutiérrez: Ob. Cit., pag. 654.

-          (4) Isacio Pérez Fernández: “El Derecho Hispano-Indiano”, Ed. San Esteban, Salamanca, 2001. Pag.103.

 

Bibliografía consultada

-          María Eugenia Corvalán: “El pensamiento indígena en Europa”, Planeta, Bogotá 1999.

-          Ignacio Ara Pinilla: “Las transformaciones de los derechos humanos”, Tecnos, Madrid 1990.

-          Norberto Bobbio: “El tiempo de los derechos”, Sistema, Madrid 1994.

-          Rafael Fernández Heres: “Conquista espiritual de tierra firme”, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1999.

-          Antonio Osuna Fernández-Largo: “Teoría de los derechos humanos”, Ed. San Esteban-Edibesa, Salamanca 2001.

-          Isacio Pérez Fernández: “Fray Bartolomé de Las Casas, O.P. de defensor de los indios a defensor de los negros”, Ed. San Esteban, Salamanca 1995.

-          Antonio Enrique Pérez Luño: “La polémica sobre el Nuevo Mundo”, Ed. Trotta, 2a edición, Madrid 1995.

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