Bolívar sale de Perú: del trienio prodigioso
al umbral de los abismos
Si se hubiesen de contar las
particulares crueldades y matanzas que los cristianos en aquellos reinos del
Perú han cometido y cada día hoy cometen, sin duda ninguna serían espantables,
y tantas que todo lo que hemos dicho de las otras partes pareciese poco, según
la cantidad y gravedad de ellas. (Bartolomé de Las Casas)
La crónica de invasión española al Perú cuenta
que el primer viaje de Pizarro hasta el Tahuantinsuyo fue en 1824, y que el
proceso de conquista duró cerca de una década. El Imperio Hispano trajo
enfermedad, guerra, saqueo y esclavitud. Destruyó una gran civilización.
Secuestró y asesinó autoridades políticas y religiosas de las naciones
originarias. Robó sus conocimientos, sus ciencias, sus técnicas, sus productos,
su vida. Impuso tres siglos de racismo, estratificación, castas, segregación,
estigmatización, discriminación, opresión.
Bolívar, en tres años, liberó de tres siglos
de colonialismo al Perú y Alto Perú (Bolivia), asegurando, además, con la
aniquilación del ejército continuador del dominio invasor, la Independencia de
toda Suramérica.
Simón Bolívar -en un trienio prodigioso- le
dio la Independencia a la República del Perú, y dejó creada Bolivia.
Noticias de Venezuela forzarían su salida
intempestiva de ese país que tanto amó, al que se entregó con la pasión
desenfrenada que lo caracterizó como hombre, a cuya emancipación le dedicó su
más acabada maestría militar, y su genial inventiva de estadista y estratega
geopolítico para la liberación.
“Colombia, que parecía fuera del alcance de
oscilaciones que pudieran alterar sensiblemente la marcha de su gobierno, acaba
de recibir un golpe funesto cuyo reparo es bien difícil. El congreso admitió
una acusación hecha contra el general Páez por una causa frívola, y ordenó al
ejecutivo que lo relevara del mando militar de Venezuela y lo hiciera ir a
Bogotá. El general Páez ha desobedecido la orden; ha conservado el mando
militar y la municipalidad de Valencia lo ha investido del carácter de director
de la guerra en Venezuela. Este paso escandaloso y funesto para Colombia, es
una lección para todos los demás del peligro de los cuerpos deliberantes, donde
la paz y el orden no están perfectamente establecidos. Yo tendré que marchar a
Colombia a ver si logro reponer el orden que se ha alterado, y ver si puedo
salvarla del peligro que la amenaza.” [1]
Simón Bolívar sale de Lima el 3 de septiembre
de 1826 al puerto de El Callao, para embarcarse en el bergantín Congreso el día
4 con rumbo a Guayaquil, donde arribó el 12 del mismo mes.
Tres años atrás había hecho la ruta inversa:
llegó al Perú el primero de septiembre de 1823, procedente de Guayaquil, luego
de quitarse de encima la mortificación por el efímero -pero peligrosísimo-
control español sobre Maracaibo, liquidado durante la resistencia patriota del
pueblo del Departamento Zulia que dirigió el Intendente Manuel Manrique, y que
llegó a su clímax en la audaz acción de la Armada Republicana en la Batalla
Naval de Maracaibo el 24 de julio de 1823.
Una semana antes, el 17 de julio, El
Libertador comandó personalmente la Batalla de Ibarra, donde hizo sucumbir el
fanatismo realista que venía desde Pasto con ínfulas de retrogradar la
independencia de Quito.
Así describió Bolívar la situación desde esa
ciudad el 3 de julio de 1823, en comunicación al vicepresidente de Colombia:
“Imagínese usted el conflicto en que yo estaré, habiéndose levantado los
pastusos el 12 de junio, y habiendo entrado Canterac en Lima el 19 del mismo
mes. ¡Qué bonitos estamos! El sur invadido; el norte cortado: sin veteranos,
sin comunicaciones para recibir de allá las noticias políticas y militares, y
sin que usted pueda recibir esta inmensa noticia para que tome sus medidas y el
congreso sus resoluciones. Pocas veces he estado en situación más interesante y
rara: no la llamo crítica porque la palabra es común, ni peligrosa porque
también puede tener sus grandes ventajas. Mi corazón fluctúa entre la esperanza
y el cuidado: montado sobre las faldas del Pichincha, dilato mi vista desde las
bocas del Orinoco hasta las cimas del Potosí, este inmenso campo de guerra y de
política ocupa fuertemente mi atención y me llama también imperiosamente cada
uno de sus extremos, y quisiera, como Dios, estar en todos ellos. Lo peor es
que no estoy en ninguna parte, pues ocuparme de los pastusos es estar fuera de
la esfera de la gloria, y fuera del campo de batalla. ¡Que consideración tan
amarga! Solamente mi patriotismo me la hiciera soportar sin romper las
miserables trabas que me detienen.” [2]
Llegó a Guayaquil, en una goleta peruana, el
señor general Mariano Portocarrero, como Enviado diplomático cerca del
Libertador y le informó, que el gobierno peruano, por acción militar, había
sido asumido por el señor José María de la Riva Agüero, el Congreso ya debía
estar disuelto, el gobierno solicitaba el auxilio de Colombia y el pueblo
estaba de acuerdo y que tanto el nuevo gobierno como toda la población sólo ansiaban
ver a Su Eexcelencia en el Perú a quien esperan como el salvador. Después de
conferenciar con Portocarrero y teniendo ya los aprestos militares listos con antelación,
fue dispuesta la salida inmediata, al mando del general Manuel Valdés, de los
tres mil veteranos ya preparados y alistar seis mil para algo más tarde. [3]
Ese 1° de septiembre 1823, Bolívar llegó al
Perú. No llegaba un viento pasajero empujando los aromas tiernos de la canela.
No arribó al puerto un mercante furtivo con su mareado maderamen y sus
alborozados marineros. No se trató de un nuevo -siempre viejo- virrey con un
séquito decadente y cortesanas mallugadas. Llegó Bolívar, llegó la antorcha de
la libertad encendida.
Le antecedía un camino orlado de laureles y
esmeraldas, con la sangre formando cauces que ni el tiempo supo depositar. Le
antecedían las glorias sintetizadas en Carabobo como crisol de pueblos en
victoria.
¡Es Bolívar quien llegó al Perú, carajo!
En un trienio taumatúrgico, trescientos años
de colonialismo se derrumbarían. El hombre de las realizaciones no gustaba de
perder su tiempo. La historia ansiaba ser mojada con su tinta. La victoria en
Maracaibo le aligeró la disposición anímica para cumplir la visión de Casacoima
en 1817: “Dentro de pocos días rendiremos a Angostura, y entonces... iremos a
libertar la Nueva Granada, y arrojando a los enemigos del resto de Venezuela,
constituiremos a Colombia. Enarbolaremos después el pabellón tricolor sobre el
Chimborazo, e iremos a completar nuestra obra de libertar a la América del Sur
y asegurar su independencia, llevando nuestros pendones victoriosos al Perú: el
Perú será libre”.
Sus compañeros allí presentes en esa azarosa
emboscada, creyeron que el Libertador había enloquecido, quizás por la falta de
oxigenación en su cerebro en el nado desesperado por salvar sus vidas, en medio
del laberinto de cauces que forman el delta del Orinoco con las flecheras de
Pablo Morillo siguiéndolos tan cerca que sentían las proas golpearles los pies
trocados en colas de tritones.
Pero Él sólo balbuceaba lo que su cerebro fue
planeando durante el frenético impulso de huesos y músculos en esos minutos de
mutación anfibia.
En Perú, la proeza vino importada, la ociosa
inquina, el maremágnum de intrigas, fue producción local. Abundante. La
aristocracia virreinal estaba incapacitada moral y políticamente para hacer
ninguna independencia, ni cosa útil a las causas emancipatorias. Primero
tuvieron un Protector rioplatense que se hartó de aquella elite inservible.
Luego las entrañas venezolanas le dieron un Libertador: el más sobresaliente
héroe de la América mestiza, indoafricana, nuestra, latina, meridional, como la
pongan. Nuestra Abya Yala de hoy, recolonizada por las bestias rubias del norte
anglosajón y el sionismo humanicida.
“Aprovechemos nosotros el don que nos ha hecho
la Providencia, y pidamos un Código adaptado a nuestras delicadas
circunstancias, al hombre único que desnudo de ambición, ilustrado por la
experiencia, y anhelante por la gloria pura y desinteresada, posee todos los
medios de darnos, como Solon, las mejores leyes políticas que podemos recibir,
y, lo que, es más, de establecerlas.” [4]
El péndulo de las opiniones se balanceaba
entre la adulancia y la maledicencia; ésta última siempre agazapada, desde la
cobardía característica de aquella elite, hereditaria, por cierto.
Bolívar salió del Perú obligado porque otra
elite central, en Venezuela, iniciaba una conspiración que desataría los
monstruos de la ambición personal y comarcal de esa clase parasitaria. Esos que,
sin épica propia, usurparon el poder para su propio beneficio.
Continuará…
Yldefonso Finol
[1]
Archivodellibertador.gob.ve: Carta al General Agustín Gamarra, La Magdalena, 30
de junio de 1826
[2]
Archivodellibertador.gob.ve: Carta a Santander
[3] Polanco
Alcántara: Ensayo de una interpretación biográfica a través de sus documentos.
[4]
Pando, José María: Epístola a Prometeo (Notas finales). Imprenta de la
Libertad. Lima, junio de 1826

No hay comentarios:
Publicar un comentario