lunes, 18 de mayo de 2020


¿Qué pasó en Maracaibo el 19 de mayo de 1799? Notas dispersas al son de la revolución afrocaribeña.
Introito
La visión eurocéntrica de la cultura y la historia que ha predominado en la historiografía nacional y latinoamericana, impuso el discurso oficial como una única lectura hegemónica de los procesos históricos, con categorías, modelos y símbolos que excluyen toda interpretación que no se amolde a la narrativa de lo colonial como origen de la “existencia” y de toda expresión inteligente, creativa y culta.
El pensamiento positivista predominante en la república dependiente no fue capaz de revisar esta sesgada concepción pro oligárquica, por el contrario, se reafirmó en el menosprecio por lo indígena, lo africano, y en general por lo criollo popular, decantándose por la propuesta de que lo nacional se erigía sobre lo europeo “heredado”, llegándose a posiciones extremas al recomendar “blanqueos” de la “raza”, como en efecto se concretó con la importación pagada por el Estado a un alto costo de inmigrantes europeos que fueron beneficiados con el viaje de venida más los recursos para establecerse en el país, para luego ser parte subsidiaria de la elite dominante.
Para la intelectualidad del sistema cualquier evento protagonizado por indígenas o por afrodescendientes no pasaba de un alboroto, un quilombo, “una merienda de negros”, como aún le dicen algunos sectores racistas. Ni siquiera se reconocía su aporte en las gestas independentistas y mucho menos se estudiaron las luchas de resistencia que los pueblos originarios libraron contra la invasión europea, esa a la que bendijeron bautizándola como “descubrimiento”, “civilización”, “fundación”.
La Capitanía General de Venezuela tuvo existencia jurídica desde 1777, y la Provincia de Maracaibo desde 1676 en conjunto con Mérida y La Grita, y desde 1678 como asiento oficial del primer gobernador Jorge Madureira y Ferreira.
Maracaibo como ciudad-puerto, sede del poder político-militar regional, más allá de su vocación agrícola y pecuaria, movía una economía comercial portuaria que sumaba producciones interioranas del piedemonte andino venezolano y neogranadino, tanto de rubros tradicionales como el café y el cacao, más otras especies alimenticias, mineras, cueros y maderas; servía a su vez de receptáculo de las importaciones de productos foráneos que demandaba el mercado interno. Por eso Maracaibo fue muy conocida en el circuito comercial colonial del área caribeña, donde su nombre comenzó a ser sinónimo de riquezas, y por tanto, fruta apetecida por la piratería que cundió en el Caribe durante el siglo XVII.
En las postrimerías del siglo XVIII, ese archipiélago antillano, repartido entre los imperios europeos y poblado con fuerza de trabajo esclava traída de África, viviría eventos extraordinarios al influjo de las ideas de la Revolución Francesa.
I
En mayo de 1799 se descubre en Maracaibo un movimiento conspirativo contra el Gobierno de la Provincia. Por delación del Cabo Tomás Ochoa que fue abordado por los complotados para que se sumase a la acción, el Gobernador,  Juan Ignacio Armada, logró con sus fuerzas controlar la situación, frustrando la asonada, y apresando a los comprometidos; como figura principal del hecho se señala al Sub-Teniente de las llamadas “milicias pardas”, Francisco Javier Pirela, sastre de oficio.
El historiador Ángel Francisco Brice, en su discurso de incorporación a la Academia Nacional de Historia, titulado “La Sublevación de Maracaibo en 1799, Manifestación de su lucha por la Independencia”, informa que la Provincia era regida por el Marqués de Santa Cruz, Juan Ignacio Armada, “cuando en la noche del 6 de mayo arribaron al puerto de la ciudad del Lago tres buques bien armados y tripulados, dos procedentes de Puerto Príncipe, con una partida de café con destino a San Thomas y el tercero, indicado como goleta inglesa que se dijo apresada sobre las costas de Coro durante el viaje. Los dos primeros denominados El Bruto y La Patrulla, estaban comandadas, respectivamente, por Juan Gaspar Bocé y Agustín Gaspar Bocé. La nave inglesa se llamaba El Arlequín y se les permitió permanecer en la rada, además de imponerlo así las relaciones de amistad y alianza entre Francia y España por la necesidad de carenar los buques y de comprar las vituallas requeridas”. (Se está refiriendo a los acuerdos entre Francia y España suscritos a partir de 1795 conocidos como la Paz de Basilea y el Tratado de San Ildefonso, por los cuales se aceptó con normalidad que las embarcaciones entraran al puerto maracaibero a labores de mantenimiento y abasto).
Estos hermanos Gaspar Bocé pertenecían al sector social conocido en el Caribe francófono como affranchis, es decir, libertos; y con ellos navegaban en su mayoría afrodescendientes con experiencia en la insurrección de esclavos en la isla La Española, y otros marinos de varias nacionalidades hasta sumar 75 hombres, los 68 originales más 7 del capturado navío inglés; las tres embarcaciones muy bien armadas. (La isla Española estaba dividida en dos países: Saint Domingue-Santo Domingo, hoy Haití-República Dominicana)
Para comprender en su objetiva dimensión los sucesos ocurridos durante el intento de sublevación en la Maracaibo de 1799, que buscaba la consecución de libertades para la población socioeconómicamente excluida, así como una mayor autonomía en la producción e intercambio de bienes sin las trabas y abusos de la metrópoli colonial, hay que analizarlo como un eslabón en el proceso de decadencia del poderío español y de la rebelión de las naciones sojuzgadas que abrazaron la causa de la Independencia para convertirse en repúblicas soberanas. Este capítulo en particular, tiene además una connotación social y racial, ya que sus protagonistas son luchadores provenientes de los estratos más excluidos y marginados: mestizos afros e indígenas, soldados de milicias, artesanos y trabajadores de oficios diversos.
Las ideas de la ilustración venidas de Francia ya habían prendido en las playas caribeñas. Los movimientos insurreccionales de Gual y España en La Guaira y de José Leonardo Chirinos en la Sierra Coriana, fueron hitos de ese proceso popular revolucionario contra el estatus quo impuesto desde la invasión europea en nuestro continente.
Lo cierto es que los explotados sin escuela ni seminario también se enamoraron de las “leyes francesas” que predicaban “igualdad, libertad y fraternidad”. No tenían pericia para los complots políticos, ni sabían de redactar proclamas rimbombantes, no tenían sentido claro de sus expectativas respecto del complicado ejercicio del poder, ni imaginaban siquiera las consecuencias de sus espontáneos impulsos libertarios. Sólo soñaron ser tratados como seres humanos iguales, que lo mismo se inspiraban en las deleitosas tardes con el polícromo crepúsculo maracaibero, o se desvelaban en las calurosas noches de mayo con sus humedades pobladas de molestos insectos como de astutos cancerberos del régimen colonial.  
II
No hay una sola versión, ni menos coincidencia en los propósitos planteados durante aquel complot que vinculó a personas humildes y laboriosas de Maracaibo con personajes extraños venidos en barcos, que podrían recordar a aquellos que un siglo atrás la saquearon ferozmente: los piratas franceses Jean Dei Nau “El Olonés” y Francois Granmont, y el famoso inglés Henry Morgan, “El Alacrán del Caribe”.
Y si algunos lo ven como un hecho sangriento que fue evitado por la disciplina social imperante, no falta quienes lo hayan considerado un movimiento justiciero, inspirado en los ideales liberales de la Revolución Francesa, que portaban los extranjeros guarecidos en sus naves en espera del apoyo local para declarar una república de iguales en Maracaibo. En esta perspectiva se inscriben los historiadores Federico Brito Figueroa y Carlos Felice Cardot que consideran la tentativa de Pirela como “precursora” de los acontecimientos posteriores que desembocaron en la Independencia de Venezuela.
Brito Figueroa va más allá, otorgándole una connotación clasista revolucionaria, denunciando los enfoques que -como el de Uslar Pietri- en la historiografía nacional le han esquilmado esa condición: “En la historia oficial venezolana, uno de los criterios de interpretación, aceptados casi como verdad de fe, consiste en negar que las luchas de los esclavos negros en la Venezuela colonial, constituyan la expresión de conflictos étnicos-sociales generados por la singular estructura global de esa sociedad implantada por derecho de conquista al norte de América del Sur por el Estado metropolitano español. Otro criterio profusamente difundido consiste en desconocer la condición de agente histórico de cambio social desempeñado por la masa popular”, a la que se estigmatiza como “bandoleros”, concluyendo que nunca los sectores populares tendrían la capacidad de ser autores y protagonistas de movimientos de avanzada sociopolítica.
Volviendo a la crónica del evento, Brice refiere que “el plan estaba tan bien preparado y manejado, que a pesar de las visitas de Pirela a bordo de los buques y de sus conferencias con los llamados Capitanes, no se había traslucido nada. Pirela ofreció conseguir 200 hombres para ayudar la sublevación; se habían preparado bailes en las casas de Petronila Montero y de una dama de apellido Henríquez, a fin de que la tripulación pudiera saltar a tierra sin llamar la atención de las autoridades y hasta se dieron el santo y seña, el cual consistió en la palabra Antillen. La víspera del suceso fue sacada en procesión a la Virgen de Chiquinquirá con motivo del prolongado verano que sufría la región y al verla uno de los marinos preguntó para qué era eso? Y al responderle que, para obtener la lluvia, replicó: “sangre lloverá”; lo que no pudieron explicarse ni comprender los inocentes y tranquilos habitantes de la pacífica ciudad lacustre”.
El relato del reconocido historiador es de obligatoria referencia para hablar de este suceso, que no se coronó con éxito por un pequeño detalle: “Pero todo no salió a la medida de los deseos: Pirela confió el secreto al cabo primero veterano de las fuerzas acantonadas en la ciudad, Tomás de Ochoa, a fin de invitarlo a tomar parte en la sublevación.  Ochoa, sin perder tiempo dio parte al Gobernador y así quedó bien aclarada la conjuración, la forma de realizarla y propósitos perseguidos”.
Tal delación quedó suficientemente confirmada durante el proceso que se le siguió a los implicados, y así quedó registrada en la documentación que lo soporta. El propio gobernador Juan Ignacio Armada declaró que: “Tomás Ochoa anoche poco después de las nueve dio parte como estando en su casa apareció Francisco Javier Pirela y después de muchos amagues y rodeos concluyó proponiéndole que con motivo de ser sastre de los corsarios franceses estos le hablaron para que juntase hasta doscientos hombres bajo su palabra con el fin de levantarse contra a ciudad a las doce de la misma noche con esta gente y la tripulación de sus buques; que en virtud esperaba que como su amigo lo acompañase y diera principio a la empresa, y que muy lejos de haberse convenido con una propuesta muy criminal, le contestó que viniese luego al gobernador a quien impondría de todo como lo hizo inmediatamente”.
Como ya hemos dicho, existen lecturas controversiales de este acontecimiento: desde los que exaltan su carácter pre-revolucionario como referencia de los movimientos independentistas cuajados una década después, hasta los que lo reducen a una acción criminal con fines piráticos, que pudieron llegar al extremo de ejecutar una masacre contra la gente pacífica de la ciudad.
Quienes lo valoran como acto de rebeldía ante los abusos del poder monárquico, tienden a equipararlo con las insurrecciones del zambo Chirinos en Coro o con la de Gual y España en el centro del país; quienes asumen la otra tesis –como el historiador Silvestre Sánchez- le dan a Pirela un papel segundón en la trama cuya autoría conceden a los corsarios franceses que capitaneaban las misteriosas naves ancladas en la rada.
Esta es la opinión de Sánchez: “El proyecto que concibieron y trataban de llevar a cabo era en realidad horrible pues pensaban nada menos que incendiar los suburbios de la ciudad para degollar sin distinción de sexo ni edad a cuantos acudiesen a apagar el incendio, y robar al propio tiempo los establecimientos mercantiles y apoderarse además del cuartel y de la casa de gobierno”.
III
Un documento que aporta elementos de convicción para el estudio de aquella confusa coyuntura, es la comunicación del 27 de julio de 1799 del Capitán General Guevara y Vasconcelos informando que “los papeles sediciosos impresos y manuscritos de que está enterado Vuestra Excelencia, han sido los precursores de otras tentativas que significan alguna confianza del expresado Gobernador (Picton, de Trinidad) para decidirse a introducir algunos hombres en nuestras posesiones y estoy persuadido a que el atentado descubierto en Maracaibo, de que di cuenta a Vuestra Excelencia en representación de 21 del anterior mes, es una consecuencia de los principios insinuados”.
Sobre el fracaso del plan insurreccional también existen diferencias en cuanto al autor de la delación. Según la tesis de Ildefonso Leal es posible que haya sido el mismo Francisco Javier Pirela quien denunciara a sus compañeros de complot ante las autoridades españolas. Esta conjetura viene dada por el hecho que pasadas dos décadas, en fecha 6 de abril de 1821, Pirela se encontraba en Madrid, donde escribió al Rey solicitando ser indemnizado por los servicios que –según su petitorio- prestó a España en la asonada de 1799. En algunos párrafos de la misiva el controversial personaje se autocalifica como “un benemérito, un defensor y un libertador a favor de Dios, del Estado y de la Nación Española”, para pedir de seguidas se reconociera su “fidelidad y servicios practicados durante toda su vida para satisfacción del público y desagravio de la falsa calumnia que inocentemente se le imputó contra la verdad y contra la inocencia”. (M. V. Magallanes)
Se nota por la elocuencia en la redacción de la carta, o que el ya maduro integrante de las milicias pardas de Maracaibo se había cultivado en forma autodidacta en las artes epistolares, o que algún bufete madrileño olfateó posibles recompensas en establecer semejante reclamo en nombra del curioso visitante. También es interesante anotar la fecha en que Pirela formula su testamento pro monárquico: justo cuando a España llegaban las noticias de la adhesión voluntaria de Maracaibo a la causa de la Independencia.
Romero Luengo considera que a pesar de la poca importancia que algunos historiadores han dado al acontecimiento, éste constituyó -en base a la documentación relacionada- una “revolución”. La relación del suceso maracaibero con los movimientos revolucionarios que germinaban en el Caribe parece confirmarse por las coincidencias de tiempo con la captura de José María España en La Guaira y la presencia conspirativa de Manuel Gual en Trinidad, acechado por espías españoles, que en ese momento ya habían logrado envenenar al patriota Juan Manzanares, camarada de Gual. Estos combatientes venezolanos habían estrechado relación con activistas de diversas islas del mosaico caribeño, propagando con intensidad sus ideales de igualdad para todas las personas indistintamente de sus procedencias étnicas y sociales. Digno es mencionar que en el proyecto libertario de Gual y España siempre tuvieron en cuenta la incorporación de Maracaibo al grupo de provincias que formarían la república por ellos soñada.
Tampoco debe descartarse la injerencia solapada del Imperio Británico que a través de sus agentes encubiertos y sus intereses comerciales se inmiscuía cada vez más en los asuntos políticos del área bajo control colonial hispano. En esos últimos años del siglo XVIII se habían apoderado de algunas ínsulas, entre ellas Trinidad y Tobago, y desde 1796 predominaron frente a los holandeses en tierra firme de las llamadas Guayanas, iniciándose el inaceptable intento de despojo -aún no resuelto legalmente- de nuestra Guayana Esequiva.
IV
A pesar de la atmósfera confusa en que pareciera quedar suspendida la verdad de aquella intentona, algo está claro para mí: no fue un hecho aislado del contexto conflictivo del espacio-tiempo caribeño influido por acontecimientos trascendentales como la independencia de las colonias británicas en América del Norte y -sobre todo- la Revolución Francesa, que con sus ideas republicanas e igualitarias contagió a la vanguardia popular confrontada con el régimen colonial español que había llegado a su punto de inflexión comenzando la trayectoria descendente de su omnímodo poderío.
O, ¿acaso es casualidad que en circunstancias muy similares se desmantelara una insurrección en Cartagena de Indias a comienzos de abril de ese mismo año, que también trató de infiltrar las milicias pardas y que contaba con la participación de esclavos libres y cimarrones entre los cuales había veteranos insurrectos de Saint Domingue, venidos tras la rebelión de 1791?
El soldado afrodescendiente José Francisco Suárez, aliado de Pirela en la conjura, había estado en la tropa que Maracaibo envió en auxilio de Saint Domingue contra la insurrección de los esclavos, y no era descabellado suponer que conociese a alguno de los tripulantes de las goletas corsarias. El levantamiento debía ocurrir la noche del 19 de mayo con el santo y seña “antillen”, que es palabra reivindicadora de la efervescencia afrocaribeña de entonces. Suárez, uno de los señalados de haberse adherido a los ideales republicanos afrocaribeños, en su declaración se desmarcó de tal sospecha señalando no compartir las intenciones belicosas de los corsarios y atribuyéndole mayor cercanía con éstos al sastre Pirela, a quien atribuyó haber aportado información de inteligencia de los complotados.
El cabo de la compañía veterana de Maracaibo Tomás Ochoa, también estuvo luchando en Saint Domingue contra la revolución de esclavos, pero en él el efecto de haber conocido aquel proceso fue adverso, razón por la cual al ser contactado por Pirela optó por develar el plan al gobernador.
La controversial conducta de Pirela, tal vez como mampara para tratar de salvarse tras la derrota del plan o por alguna inconsecuencia derivada de sus escasas convicciones revolucionarias, lo llevó a delatar la conspiración ante Antonio José Romana y Herrera, abogado de la Real Audiencia, quien así lo narró durante el juicio: “a las nueve de la noche se presentó en el corredor de la casa Francisco Javier Pirela el día diecinueve…le significó que por haberlo interesado los franceses corsarios en hacerles algunas obras de sastrería se le habían mostrado muy agradables…que con este motivo lo incitaban que fuera a comer con ellos y que lo movían para que les buscase gente de su compañía para que les auxilien prometiéndole le darían un barco y porción de dinero, que él tenía que tomar partido, que lo urgían para que respondiese; luego concluyendo me pidió le aconsejase lo que debía practicar, a que le contesto que el asunto era delicado, que como vasallo debía mostrar su amor al soberano y con mayor fuerza por haberlo distinguido con el honor de oficial de milicias, así no le podía dictar otra cosa…a poner todo cuanto supiere en la superior nóstica al señor gobernador comandante general …para que tomase las medidas correspondientes”.
V
Desenlaces…
El 21 de mayo, luego de asegurar la plaza y de iniciado el proceso judicial, el gobernador le escribió una carta al Capitán General Manuel Guevara Vasconcelos, en la cual, con una mezcla de preocupación y alivio, le informaba sobre lo que había acontecido. Allí además de relatarle los últimos sucesos y de pedirle que le enviaran refuerzos, definía a la conspiración como un intento de expandir la revolución de Saint Domingue en Maracaibo. En sus palabras: “dos corsarios franceses se querían levantar con la ciudad habiendo tramado introducir en ella con el rigor practicado en los puertos franceses de Santo Domingo el mismo sistema de libertad e igualdad con que habían reducido a la última ruina aquellas posesiones”.
El 24 de mayo el subteniente de milicias pardas Francisco Pirela, en el marco del juicio que se le siguió por el fallido complot del 19 de mayo, agregó ciertos ingredientes a su testimonio inicial que mortificó sobremanera a las autoridades coloniales en Maracaibo. Según esta versión ampliada de su declaración, el quince de mayo junto a José Romano y los otros oficiales corsarios, dijeron que “a más tardar para el día diecinueve se había de ejecutar el golpe premeditado contra los blancos y principales de esta ciudad porque en Cartagena se iba a comenzar y vendrían a darse la mano con ellos”; que además tenían contactos con elementos de la Guajira que estaban dispuestos a venir con los de Cartagena a tomar la ciudad y completar la destrucción de los españoles y blancos criollos.
La noticia se supo a posteriori, pero de verdad en abril hubo en Cartagena de Indias un tumulto con amplia movilización de tropas españolas que buscaban detener a más de cuarenta alzados, esclavos y libertos, entre los cuales habían algunos venidos de Santo Domingo y uno en particular que estuvo con el zambo José Leonardo Chirinos durante la insurrección en la serranía de Coro.
Federico Brito Figueroa lo afirma categóricamente: la sublevación estaba en conexión con la rebelión de los esclavos de Cartagena de Indias del 13 de abril de 1799, comandada por el negro libre José Diego Ortiz, compañero de José Leonardo Chirinos en el alzamiento coriano de 1795.
Estas informaciones generaron mucha inquietud en el gobierno que implementó medidas urgentes de protección, refuerzo e inteligencia, para confirmar si eran veraces o parte de la engañosa narrativa que atribuían algunos a Pirela.
Las acusaciones entre los jefes corsarios y los nativos parecían parte de la treta para defenderse unos y otros en el juicio, de manera que al menos lograsen evadir la pena máxima. El 30 de julio de 1800 el tribunal dictó sentencia: Francisco Pirela quedó imputado como uno de los cabecillas de la conjura, por lo que le podían aplicar la pena de muerte, pero por haber delatado unas horas antes de consumarse el crimen, sólo se le castigó con destierro perpetuo y diez años de prisión en la fortaleza del Morro de La Habana. A los corsarios Agustín Gaspar Bocé y José Romano –considerados ideólogos- se les condenó a prisión en los castillos de Panamá y de San Juan Ulúa, respectivamente.
Las autoridades coloniales comenzaron a temer como cierta una posible conexión entre las rebeliones fraguadas en La Guaira y ésta de los pardos y corsarios franceses en Maracaibo. En diversas comunicaciones especulaban que la acción de Maracaibo buscaba distraer la atención de Caracas mientras “los traidores refugiados en Trinidad esperaban avisos de José María España sobre los progresos de su nueva sedición”.
Es un enigma sin resolver la verdad más profunda de aquella larga noche maracaibera de mayo de 1799: ¿realmente esos barcos eran netamente comerciales o escondían un plan insurreccional insospechado? ¿Vinieron por casualidad los corsarios franco-caribeños al puerto maracaibero o existía el acuerdo previo con los mulatos locales para insurreccionarse? ¿Es una coincidencia temporal la detención de José María España mientras se desarrollaba el misterioso guion en Maracaibo? ¿Estaban coordinados los eventos de Maracaibo y Cartagena o sólo fueron parte de una efervescencia afrocaribeña espontánea en la región?
Sueño el día que estas dudas razonables y estas historias olvidadas sean la arepa de cada día en la mesa de la familia maracaibera.
Yldefonso Finol
Historiador Bolivariano/Cronista de Maracaibo

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