Yldefonso Finol
(Fragmento del libro Simón Bolívar: relatos de
vida y guerra. Editorial Urgente, 2023)
Su espada puso en huida a los opresores, su magnanimidad
y verbo le granjearon el amor eterno de aquellos pueblos. Va liberando a su
paso poblados y espíritus. El 30 de diciembre está en Guamal, y en enero de
1813 llega a Ocaña, donde reorganiza y prepara su ejército para emprender la
ofensiva sobre la importante plaza de Cúcuta. En San Cayetano, a orillas del
río Zulia, se suman los refuerzos, entre los que viene un patriota maracaibero
de nacimiento y bogotano de insurrección, que pronto sería uno de los más
fieles camaradas de armas y amigo muy querido de Simón Bolívar: Rafael
Urdaneta. Cúcuta queda en manos bolivarianas en la célebre batalla del 28 de
febrero. Esta acción impidió que los realistas invadieran Cundinamarca y se
enseñorearan con la Nueva Granada.
Luego avanzan a San Antonio del Táchira. Pese a las
oposiciones de algunos intrigantes que ya comenzaban a envidiar el prestigio
del héroe venezolano, el presidente de la confederación de la Nueva Granada,
Camilo Torres, da su visto bueno al pedido hecho por Bolívar para seguir su
victoriosa campaña en territorio de Venezuela. Cuenta el caraqueño con 29 años
de edad cuando está por realizar una de sus grandes hazañas militares: la
Campaña Admirable. Los oficiales neogranadinos de apellidos Castillo y Santander
se inauguran como gérmenes del antibolivarianismo que años después sería clave
para truncar la verdadera independencia de Nuestra América. En el trance de
desconocer el mando y pretender insubordinar a las tropas contra Bolívar, se
produce el encuentro con Urdaneta, quien da un espaldarazo fundamental al líder
indiscutible del ejército: “General: si con dos hombres bastan para emancipar
la Patria, pronto estoy a acompañarlo”. Estos seres elevados por la energía de
la lealtad a los principios, vivieron para honrar la palabra que alguna vez
empeñaron a sus afectos y su causa.
En sus memorias, Urdaneta relata la actitud de los
intrigantes: “pero el Coronel Manuel Castillo, influyente entonces y jefe de
las armas del Estado de Pamplona, se opuso a la expedición y con él el Mayor
Santander, pretextando que el país quedaba indefenso si se alejaban sus
fuerzas; que Bolívar no era hombre para tamaña empresa y otra porción de
razones de localidad que redujeron el ejército casi a la disolución.
Removiéronse todos estos inconvenientes por la constancia del Libertador, por
la buena disposición del Gobierno, por la anterior incorporación de Urdaneta,
de Girardot, D'Eluyar y otros oficiales; y la división de Bolívar se puso en
marcha sin Santander y Castillo, y a pesar de la deserción que promovieron sus
diferencias”.
Valdés Vivó destaca la madurez militar alcanzada por
Bolívar, por eso de que “el arte de vencer se aprende en las derrotas”. Venido
de la experiencia fallida de la Primera República de Venezuela, sabe que el
mando dividido genera divisiones en la tropa, más cuando se interponen
localismos chovinistas. En el caso del coronel cartaginés Castillo, “la
división comenzó como discrepancias militares de índole técnica. Bolívar
defendía el plan de realizar un ataque conjunto sobre Cúcuta, donde estaba el
grueso de las tropas realistas, para controlar el camino a San Antonio, vía
lógica de invasión a Venezuela. Castillo, en cambio, prefería inmovilizar sus
tropas en una línea defensiva que protegiera simplemente a la Nueva Granada”.
Ese inmovilismo conservador fue en muchas ocasiones el mejor aliado de las
fuerzas colonialistas.
Desde esos días tan tempranos, comenzó la intriga a
filtrarse como polillas entre el maderamen independentista. Santander
–desertando por mezquindad junto a Castillo- al verse sustituido por Urdaneta
en la cadena de mando, engendró en sus adentros un odio perenne que lo llevó
hasta los últimos extremos del encono. Tampoco escatimó sigilo cuando tuvo que
soterrar sus ambiciones mostrándose lisonjero mientras planeaba los zarpazos
contra quienes lucieron un brillo glorioso por sus sobrados méritos y elevación
vocacional.
Este traidor que boicoteó desde dentro el proyecto
bolivariano y que planificó el intento de magnicidio en septiembre de 1828, es
el mismo que el 3 de junio de 1819 le escribió desde Tame a Bolívar: “! Gloria
inmortal al Protector de la Nueva Granada, al Benemérito hijo de la tierra de
Colón! V. E. ha dado ya la salud a aquel infortunado país y ha preparado la de
Venezuela por la cual tanto se ha fatigado. El proyecto de V. E. de que me ha
impuesto el coronel Lara es el proyecto que arrancará a Fernando el cetro de la
parte de la América que posee”.
Adular era para este prototipo de Judas, sólo una forma
más de vivir su envidia y su enfermiza ambición personalista.
Contra toda obstrucción y para dicha de la Venezuela
andina, el 23 de mayo entra triunfante en Mérida el compatriota que por primera
vez –y para siempre- fue llamado “Libertador”. El ejército de Bolívar gana
importantes apoyos, con adhesiones valiosísimas como la del insigne Vicente
Campo Elías, más contribuciones que fortalecieron la logística y la moral de la
tropa.
El recorrido por los páramos de líquenes y frailejones,
con la custodia estoica de los cinco picos de nieves perpetuas, va confirmando
–sin embargo- la demencia de un enemigo sanguinario, que ha regado de mártires,
miseria, miedo, atraso y desolación, los más recónditos parajes de la patria.
La tortura se aplica por igual al luchador por la libertad que a su mujer y sus
hijos. Los fusilamientos de pueblos enteros, sin mediar juicio ni pesquisa,
mantienen bajo un régimen de terror a la población civil indefensa. Los
informes confirman en Bolívar la imagen genocida que vio retratada en la
lectura del cronista justiciero Bartolomé de Las Casas. Había que detener al
bárbaro con la fuerza necesaria para persuadirle de cesar en su carnicería.
Arrancarle los colmillos a la fiera en combate cuerpo a cuerpo con la
determinación de vencerle o dejar la vida en el intento.
Las atrocidades cometidas por la dictadura de Monteverde
mantienen bajo régimen de terror a la población. El 8 de junio de 1813, Bolívar
dice en Mérida: “Las víctimas serán vengadas, los verdugos serán exterminados.
Nuestra bondad se agotó ya, y puesto que nuestros opresores nos fuerzan a una
guerra mortal, ellos desaparecerán de América y nuestra tierra será purgada de
los monstruos que la infestan. Nuestro odio será implacable y la guerra será a
muerte…”
Se sube al cenit de la historia la contradicción
fundamental: emancipación nacional o dominación colonial. Y, con Brito Figueroa
podemos decir que lo más creador en Bolívar es precisamente su odio a toda
dominación colonial.
Para poner las cosas en su lugar, el 15 de junio dicta en
Trujillo el Decreto de Guerra a Muerte contra los realistas. Los detractores de
ayer y hoy han usado esta decisión para crear una “leyenda negra” con Bolívar,
así como se le calumnió con la supuesta pretensión de coronarse monarca, cuando
nada aborrecía más que la usurpación de la soberanía popular que genera la peor
de las desigualdades entre los humanos.
Lecuna, Parra Pérez, Brito Figueroa, entre otros,
consideran que esta medida extrema no fue un capricho ni la bravuconada de una
psique perturbada como se han empeñado en tergiversar los resentidos
antibolivarianos; esa legislación de efectos político-militares severos,
todavía en 1819, cuando Bolívar se acerca a Bogotá tras el triunfo de Boyacá,
puso en fuga al virrey Sanamo, quien la creía vigente, siendo que su autor la
había derogado a inicios de la Campaña de Oriente y Guayana.
Brito Figueroa resalta las condiciones propias de una
guerra que encerraba profundas luchas clasistas: “Tampoco fue el Decreto de
Guerra a Muerte el que impuso la crueldad y la desolación en Venezuela en 1813;
ambas fueron expresiones de la intensa lucha de clases –que de una manera sorda
y silenciosa había fermentado en la sociedad colonial- y que la lucha por la
Independencia, con la consecuente incorporación de la clase terrateniente a los
combates por la creación de la nacionalidad, sacó a flote. Instrumento de una
causa justa, que no crueldad de Simón Bolívar, fue la promulgación del Decreto
de Trujillo”.
El General Rafael Urdaneta, testigo de excepción como
protagonista de todo ese período, anota en sus crónicas dos consecuencias del
Decreto de 1813: “que los españoles, sabiendo que encontraban una muerte cierta
se acobardarían, como sucedió, y que los criollos engrosarían las filas de
Bolívar, como era necesario”; para concluir con nítida lógica militar: “Los
resultados de la ocupación de Caracas justificaron la medida
exuberantemente”.
Ese 31 de julio, con la Batalla de Taguanes en los llanos
que se estrechan hacia los valles centrales, la victoria le abre el camino de
retorno a su lar natal. El 6 de agosto Bolívar entra triunfante en Caracas
culminando la que se conocería como Campaña Admirable, partera de la Segunda
República de Venezuela. Guerra a Muerte es lo que se impone desde los
resentimientos hacia las clases propietarias criollas, bajo la fachada de una
guerra social que involucra a mucho pueblo aún no convencido de la necesidad y
la posibilidad de zafarse al poder colonial. La causa independentista deberá
lidiar simultáneamente contra el ejército regular español y las castas
desposeídas del llano acaudilladas por el canario José Tomás Boves.
Bolívar está dichoso en su Caracas. El 14 de octubre la municipalidad lo nombra Capitán General de los Ejércitos de Venezuela y le ratifica el título -antes aclamado en Mérida- de Libertador.
Yldefonso Finol




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