martes, 27 de julio de 2021

SATANÁS: EL FILME QUE DA LA CLAVE DEL MERCENARISMO COLOMBIANO

 

“Satanás”: el filme que da la clave sobre el mercenarismo colombiano

Introito

Hablemos de la oligarquía colombiana y del régimen que ésta impuso a sangre y fuego. Hablemos de la política de Estado que le lame las suelas a la bota yanqui mientras masacra y hambrea a su pueblo. Hablemos del fascismo en Colombia, el santanderismo: enemigo a muerte de Venezuela y de la unidad latinoamericana. Enemigo a muerte de su propio pueblo.

Pero también hablaremos de un pueblo colombiano digno y valiente que en todos los lenguajes de su anchurosa creatividad ha gritado sus esperanzas. Este pueblo hermano, el que blande la idea bolivariana de justicia e igualdad, pronto tiene que vencer.

I

La película

Se trata de una coproducción colombiana-mexicana basada en la novela “Satanás” de Mario Mendoza, que a su vez narra episodios terribles de una sociedad descompuesta, donde el 4 de diciembre de 1986, Campo Elías Delgado asesinó a veintinueve personas, veinte de ellas en el restaurante Pozzetto. Los hechos ocurrieron en Bogotá.

Dirigida por Andrés Baiz y con Rodrigo Guerrero como Productor, este impactante filme se pasea por un trío de vidas paralelas que consiguen su fatal intersección en Eliseo, el “Satanás” protagonizado por el actor mexicano Damián Alcázar.

Eliseo vive solo con madre, da clases de inglés a una señorita. Aparenta pulcritud y formalidad. Va a la biblioteca. Juega ajedrez. Se torna impaciente. Es muy insolidario. Ensimismado. Flagelante. Hostil. Iracundo y nostálgico. Desea “limpiar” la ciudad de mendigos y “pobres”. Odia a su madre. La maltrata. No bebe, pero si va con prostitutas...

El ambiente siempre tenso, se mueve a escenas lúgubres, donde reinan las transgresiones, la anomia, con personajes despreciables.

Al momento de decidirse a cometer la masacre, llama al sacerdote –otro facha como él-, pero no es atendido; se mira en el espejo-reflejo de un viejo retrato: “llegó el fin del mundo padre”...mientras miraba su foto con el uniforme militar, posando fusil en mano. Un detalle marcador del desenlace fatal de la trama que conjuga confesión y convencimiento de su destino.

Su fijación con la niña a quien enseña inglés –símbolo de la decencia- lo lleva a iniciar la masacre en ese hogar que envidia patológicamente. Está entrenado para matar con técnicas especializadas. El cuchillo sustituye al falo en la complacencia de un ser desquiciado por la guerra y la realidad social donde padece sus complejos y desprecios.

Asesinando a la madre se siente aliviado. El fuego será su aliado para “limpiar” traumas. En la escena final el filme vuelve a una mujer que mató a sus hijos para reiterar la paradoja religiosa que envuelve toda la trama. La humanidad apocalíptica, misma que queda ensangrentada en el elegante restaurant con música de piano apagada por el estruendo de los disparos.

La clave de esta historia: Eliseo estuvo al servicio del ejército de Estados Unidos en la guerra de Vietnam.

II

¿Qué hace un joven colombiano de Chinácota o Riohacha sirviendo a los gringos en sus matanzas por el mundo?

El asesinato del Presidente de Haití por un comando mercenario colombiano me hizo recordar la película comentada en las líneas precedentes. Antes en los noventa se hablaba que Colombia aspiraba ser en nuestra región lo que Israel en Medio Oriente. Ya lo es, al menos como factor perturbador, belicoso, asesino, guerrerista, traidor.

El dinero que financia este proyecto destructor viene del narcotráfico colombo-estadounidense, con México y parte de Centroamérica como bisagras de un negocio redondo que de vuelta trae armas, explota flujos migratorios, y (des) controla la política.

A la cocaína como principal producto de exportación colombiano, hay que agregarle ahora los mercenarios. Para eso arruinaron al campesinado cafetalero y papero con el TLC.

El Presidente de México López Obrador invoca las ideas de Bolívar sobre la unidad de nuestras naciones, sin tutelas imperialistas, y salta el borrego –o el cerdito- de Uribe a defender el panamericanismo monroísta. Es el mismo ignorante Iván Duque que agradeció en Cartagena al jefe de la CIA disfrazado de canciller, Pompeo, que los “padres fundadores” de Gringolandia nos dieron la Independencia.

Es que el uribismo es la fase superior del santanderismo.

El santanderismo es un apéndice de la Doctrina Monroe, que convirtió a Colombia en enclave neocolonial servil de Estados Unidos y aparato terrorista de Estado contra su pueblo y los países vecinos. Por eso bombardearon Ecuador. Por eso organizan incursiones paramilitares y mercenarias tipo “Gedeon” contra la República Bolivariana de Venezuela.

Ahora Duque, el títere de turno, se inventa unos “atentados” en Cúcuta, una ciudad totalmente controlada por ellos; pide a su amo yanqui declarar a Venezuela “patrocinador del terrorismo”, y ordena mover catorce mil efectivos militares en esa frontera. ¿A qué juega este grandísimo desgraciado?

El santanderismo (que no se refiere al gentilicio santandereano), es más que un pensamiento político: es una cultura societaria. Es negar la paz en un referéndum. Es el ESMAD reprimiendo bestialmente a la juventud colombiana que indignada reclama sus derechos conculcados por el régimen oligárquico-imperialista. Es el racismo anti indígena que la fuerza pública descarga en Cali y el Cauca. Es el neo-esclavismo que condena a los afros del Valle del Cauca y el Chocó.

El santanderismo es la sub-doctrina que pretende convertir a esa juventud en “Eliseos”. Que no sueñen, ni canten libertades. Que sean sicarios como los de Pablo Escobar, que sean “Popeyes”, para asesinar a la Colombia buena de Gaitán, Pardo Leal, Jaramillo Ossas, Galán.

El santanderismo del siglo XIX quiso matar a Bolívar; mataron a Sucre, y los matones fueron premiados llegando a dirigir los destinos de aquella patria que libertaron los héroes bolivarianos; zánganos como Lorenzo María Lleras -el que expulsó a Manuela Sáenz de Nueva Granada y entregó territorios al Brasil- y megalómanos como el realista José María Obando, infiltrado en filas republicanas en 1822, que nunca lucharon por la independencia de Colombia, pero si la usufructuaron y mancillaron.

Ese santanderismo envió muchachos colombianos a las guerras de Corea, Vietnam, Afganistán, Libia, para congraciarse con su amo imperialista. Sólo la sumisión les calma la sed de muerte, para que transcurra sereno el enriquecimiento voraz de la burguesía. Desprecian a los “pobres” igual que Eliseo el “Satanás”, y si se asoman a mostrar siquiera su existencia, se les “limpiará” a plomazos como en el filme.

III

Conclusión

El pueblo de Colombia que se ha manifestado masivamente contra esa afrenta a la humanidad que es el uribismo, tiene toda nuestra admiración y solidaridad.

La República Bolivariana de Venezuela está obligada a mantenerse en vigilia de las acciones criminales que el gobierno enemigo de Colombia ejecuta por órdenes gringas para desestabilizarnos. El fin último de esas agresiones es destruir el Estado-Nación para repartírselo a pedazos. Parte de la campaña es el linchamiento de la venezolanidad que han intentado con la transnacional mediática antibolivariana. No lo han logrado ni lo lograrán. En los pueblos emancipados por El Libertador Simón Bolívar hay reservas morales que siempre fructifican.

La Revolución Bolivariana no se dejará amedrentar (ni provocar) por los matones santanderistas; pero eso sí “Satanás”, si te pasáis de la raya, te consumiréis en tus propias cenizas.

 

Yldefonso Finol

Historiador Bolivariano

miércoles, 7 de julio de 2021

apoyo a la Ley de protección de la gaita

 

Felicitación muy especial al CLEZ, a su Presidenta Ángela Fernández y su vicepresidente, y a toda la legislatura, por la aprobación de la Ley para la Promoción Educativa y Comunicacional de la Gaita

 

La defensa de la Gaita es la defensa del Zulia y de nuestra cultura popular

La gaita es hechura raigal del pueblo en sus luchas y alegrías. Es indígena, afro y mestiza. Es canto y danza insurgente. Es poesía sublime y protesta airada.

No pertenece a las cúpulas religiosas o políticas. La gaita nació en el lamento del añú originario que tiene en el arein el impulso vital por la creación musical y poética. Nació del sudor de la africanidad traída a la fuerza que se sembró en nuestros genes con sus tambores y armonías. Nació también del criollo hispanizado que en la mezcla de artes aportó las guitarrillas y los cantes hondos venidos del Al Andaluz.

Cuando la sociedad colonial sólo permitía en sus rituales a los señores opresores y el latín y los cantos gregorianos dominaban las ceremonias; en las orillas palafiteras, los plantíos, talleres y barracones, fue cuajando esa expresión ancestral que nos da personalidad colectiva: nuestra gaita maracaibera, zuliana, venezolana.

Un Pueblo es un grupo humano con rasgos específicos. A la familia la define lo consanguíneo, al Pueblo lo cultural. Un Pueblo es una familia cultural. Uno pertenece. Se siente y es parte de un colectivo. Uno asume la identidad del grupo. Se agrega a él. Se congrega en sus valoraciones y sentires. A pesar de las particularidades individuales, de la diversidad y contradicciones de lo social.

El Pueblo hace la Nación. Porque generalmente los Pueblos están ubicados geográficamente en espacios determinados por procesos históricos. El Zulia constituye sin lugar a dudas un Pueblo con particulares especificidades.

No se trata de un asunto de sangre. Eso quedó claro. Porque si alguna región del país se mezcló con todas las sangres del universo fue ésta; región receptora de las más disímiles inmigraciones durante siglos ya de amalgamarnos. Se trata sí, de razones y emociones que nos hacen compartir un gentilicio. Códigos propios originales, marcas idiomáticas, estigmas, incluso, que nos dibujan.

Desde hace tiempo vengo hablando de la preexistencia de una Región del Lago de Maracaibo, en todos los sentidos. Nuestros historiadores han visualizado ese proceso sociohistórico. Pero somos, indudablemente, una región natural. La creación quiso que así fuera. Esa masa inmensa de agua en medio del pecho no puede ser sólo un adorno. Es, fundamentalmente, una razón para ser. Un vientre moldeador. Un orfebre de espíritus.

El Lago, delimitado por las serranías que lo circundan, con sus planicies orgánicas, ese Lago tan cacareado y traicionado por todos nosotros, es nuestra génesis como Pueblo. Él mismo con sus cientos de arterias de aguas dulces, constituye una región económica desde tiempos ancestrales.

La cultura que es el desborde del alma y la mente de todo aquello con que la creación nos tienta a ser humanos, nos hace Pueblo, diverso y único. Definitivamente único.

No se conoce sobre la tierra, por ejemplo, tanta música, tanta canción, hecha para una virgen. La Chiquinquirá provoca en la musa zuliana una hiperactividad recurrente, una entrega sublime de cantos populares que anualmente se traduce en decenas de creaciones llenas de un íntimo fervor donde el creyente dialoga coloquialmente con su Santa Patrona. Y allí los sincretismos venidos del mestizaje que somos. La “Chinita”, “Reina Morena, “Virgen Indiana”, es la madre indígena de nuestras soledades, es la divina mujer ancestral de nuestras raíces. Seno raigal que por más de cien años inspira gaitas y gaitas y más gaitas.

He allí la unidad motora del ser colectivo. La voz de la piel. El arranque de la madera y los cueros. Los elementales elementos de la posesión de las neuronas. La música, el arte más animal, más corpóreo, más humano. Por ella somos Pueblo. Por el encuentro de la danza ritualista de las maracas con el palpitar de la flora y la fauna hechas tambor entre la seducción del marullo y el tormento de las cadenas invasoras. La gaita es insurrección por atropellos históricos pendientes. Ella sola es un llamado de justicia. La gaita anda por los rincones entre las telarañas, los escombros, las sombras que en nada pueden con el sol. Ella es el sol. La patria chica zuliana, la Región del Lago Maracaibo, que en el idioma originario es Tinaja del Sol. En ella somos humanos. Nos separa del otro animal el acto de creación. La vida como inmenso y eterno acto de crear. Somos como ella. Tal como el Lago y el sol nos han hecho. Cálidos y húmedos. Como un vientre cargado.

Hay un Pueblo zuliano, ese que vive pegado a esta agua, cerros y planicies. Pegado de espíritu. El que cuando el año empieza a desvanecerse, conjura el nacimiento de lo nuevo con sonidos afectos. Música, única y exclusiva. Regional para lo universal. La Gaita, nuestra carta de identidad.

 

La gaita es la creación artística más perfecta del pueblo zuliano. En sus notas orilleras y contagioso ritmo nos hacemos cultura, original y única.

La gaita es nuestro mayor tesoro espiritual, ella amalgama nuestras raíces ancestrales con la melódica andaluza y la percusión africana. Es el sincretismo poético-musical que emerge de la paradoja invasión-resistencia; es la hija mestiza del proceso histórico que nos trajo a esta mixtura multiétnica que somos.

Tenemos razones para sentir orgullo profundo por el gentilicio que creó la gaita, como debemos amar fraternalmente a quienes riegan y cultivan con su arte nuestra insignia musical en el mundo.

La gaita es nuestro lenguaje almático; a través de ella ponemos todos los sentidos en función de un mensaje placentero al cuerpo y al espíritu. Por eso debemos proteger a esta criatura sagrada como a la existencia misma. Sin ella ya no seríamos pueblo.


Protegerla significa apartarla de la mediocridad y aportar a su desarrollo integral, conservándola, enseñándola y difundiéndola. Nuestras escuelas, liceos y universidades deben establecer cátedras gaiteras para que las nuevas generaciones aprendan la ejecución y la historia de nuestro género musical por excelencia.

Las instituciones y medios de comunicación deben comprometerse con esta tarea patria y darle espacio privilegiado todo el año al talento de hoy y de siempre.

Deben multiplicarse los certámenes de calidad gaitera, premiando moral y materialmente a los cultores en todas sus expresiones, sean compositores, intérpretes, instrumentistas o promotores. Festivales para (y con) el pueblo. No para la farándula y la elite.
Un área de sensible importancia es la fabricación de instrumentos. Sin lutieres gaiteros no habría gaita. La fabricación de instrumentos como la elaboración de artesanías con motivos gaiteros deben ser industrias protegidas por el pueblo y las instituciones. Cada vez que perdemos un José Ramón Hernández o un Eliseo Ordóñez muere una parte vital de nuestra cultura. Pensar que aún no les ha sido reconocido su inmensurable aporte.
Hay que valorar como joyas vivientes a las nuevas generaciones de lutieres, compositores y gaiteros en general, así como a quienes cultivan nuestros otros géneros como el bambuco playero, la danza, la contradanza y el vals zuliano.

Ya basta de ofender nuestra cultura pagando millonadas en dólares a artistas foráneos mientras regatean limosnas a los nuestros. Como grey digna y orgullosa tenemos que rechazar estos atropellos que esconden extraños intereses.

Nos resteamos con la gaita, madre, hija y hermana de nuestras penas y alegrías.
La gaita es nuestra vida. Paguémosle con respeto y entrega amorosa.

 

Yldefonso Finol

Movimiento de intelectuales bolivarianos

7 de julio de 2021

lunes, 28 de junio de 2021

MADURO: POLÍTICA Y DIPLOMACIA EN EL BICENTENARIO

 Maduro: política y diplomacia en el Bicentenario

Si el cuatrienio Trump significó el fin de la diplomacia, que fue sustituida por la arrogancia y el desplante, el discurso neofascista y el irrespeto a las naciones y pueblos soberanos; la presencia de Nicolás Maduro en la presidencia de la República Bolivariana de Venezuela ha sido garantía del respeto al derecho internacional y los Derechos Humanos, promoviendo relaciones internacionales armoniosas y solidarias, y el diálogo como práctica política por excelencia.

Tres exitazos se anotó el Presidente Maduro en el marco de la conmemoración del Bicentenario de la Campaña de Carabobo:

1)    Los Movimientos Sociales. La convocatoria del Congreso Bicentenario de los Pueblos provocó un registro inusitado de la ciudadanía en casi cuarenta sectores que representan el abanico de las diversidades movimientales de la sociedad venezolana. Millones nos organizamos en función de darle al Bicentenario contenidos desde lo concreto cotidiano y trascendental del pueblo. Expresiones organizativas en todos los niveles territoriales y temáticos se tradujeron en decenas de miles de actividades creativas, formativas, comunicacionales, constructivas de valores y promotoras de virtudes como exige la Doctrina Bolivariana. También convocó a miles de amistades de nuestra causa en más de ciento cincuenta países que se interesaron en acompañarnos en el Congreso Bicentenario de los Pueblos del Mundo. Diplomacia de la gente que se identifica con ese otro mundo posible que soñamos en la fraternidad y el Equilibrio del Universo. Exitazo total.

2)    La Diplomacia Bolivariana. Sorprendió a la opinión pública nacional e internacional la magnífica sesión de la ALBA-TCP que demostró el poder de renovación que tienen las fuerzas progresistas de Nuestra América y el Caribe. Sorprendió gratamente el alto nivel intelectual, la claridad política y el valiente compromiso de los jefes de Estado presentes en el encuentro, que combinó la visita de varios y el mensaje vía internet de otros. Sabiduría histórica vertió el Comandante Daniel Ortega; dignidad incólume la representación cubana por su Canciller Bruno Rodríguez; categórica posición boliviana del flamante Presidente Luís Arce; ejemplarizantes declaraciones de grandeza por los hermanos caribeños Roosevelt Skerrit y Ralph Gonsalves; engalanada junta de liderazgos invaluables con Evo Morales y Rafael Correa aupando a sus compañeros. Y Nicolás dando cátedra de internacionalismo con el testigo de Chávez en su corazón. Hay poder de resistencia a los restauradores de la Doctrina Monroe y sus serviles. Exitazo total.

3)    La Política: el Partido. Simultáneamente a los actos conmemorativos del Ciclo Bicentenario, Nicolás y la Dirección del PSUV convocaron a una consulta interna en las células de la organización para definir candidaturas a las elecciones estadales y municipales previstas para el 21 de noviembre. Un hecho inédito en la historia nacional. Millones de militantes se movilizaron el 27 de junio en las UBCHs expresándose en forma transparente por sus preferencias. Muchas miles de opciones resultaron propuestas desde las bases chavistas en cada rincón del país. La democracia participativa y protagónica de la Constitución Nacional permea por primera vez la vida interna de los partidos políticos en Venezuela en la selección de liderazgos legitimados con las masas. Exitazo total.

La conducción del barco revolucionario está en buenas y experimentadas manos. El Bicentenario de Carabobo brilla como el sol al nacer en nuestro Esequibo, y hasta en las horas más oscuras de la noche, relampaguea como el eterno rayo del Catatumbo.

¡Viva la Patria Bolivariana!

Yldefonso Finol

miércoles, 23 de junio de 2021

NIGALE: LLEGÓ LA HORA DE LLEVARLO AL PANTEÓN NACIONAL

 


El cacique Nigale: a 414 años de caída en combate (23-06-1607/23 de junio de 2021)

Llegó la hora de otorgarle a Nigale un lugar en el Panteón Nacional

Nigale es la figura egregia del pueblo originario de la cuenca de Maracaibo: el pueblo añú.

Su nombre viene de N’uraure, etimológicamente se forma de la raíz niah pronombre singular de tercera persona (el) y uraure, que significa autoridad, jefe, líder. Por lo que Nigale quiere decir El Jefe o El Líder.

Fue el último de los antiguos caciques que lideraron la resistencia del pueblo originario añú contra los invasores europeos que intentaban desde 1499 apoderarse del Lago Maracaibo, considerada por la patria de la nación añú.

Nigale fue capturado en la isla Zapara el 23 de junio de 1607, y ahorcado –junto al segundo cacique Telinogaste- en la villa española Nueva Zamora, al amanecer del 26 del mismo mes.

Para conmemorar estas efemérides aún no reconocidas por la “historia oficial” dominada por el colonialismo y el eurocentrismo, comparto con ustedes este fragmento del libro El Cacique Nigale y la ocupación europea de Maracaibo.

 

NIGALE

Las velas se roban el viento y ciegan el horizonte. Cada vez son más en número y tamaño las naves con que los españoles surcan el Lago. A ratos deben detenerlas en la barra y descargarlas en espera de la marea llena para poder entrar al cuerpo de agua y navegar rumbo al puerto de Maracaibo, que se ha convertido en un importante centro de negocios para los europeos en estas tierras. En ocasiones, llevan con ellos de guías y bogueros en los laberínticos bajos de la barra, a los de la sangre autóctona que se han doblegado a sus armas y artimañas.

Desde el alto cerro de la isla de Toas, los espesos manglares del lar maracaibero son una sinfonía de verdes naturales, que reflejados en sus cristalinas aguas, sacan acordes disonantes del brillo lacustre formando una fiesta de sensaciones espirituales. Es el canto de la creación a la libertad de las criaturas, a las gaviotas dibujando las notas de su aeronáutica danza en el cielo pentagrama, a las manadas de toninas y manatíes hilando maravillas marinas en su ballet acuoso de redondas expresiones, al ir y venir de miles de aves migratorias en su feliz encuentro secular con la vida.

Desde el alto y caluroso cerro, el joven cacique del clan zapara de la nación Añú, gime silencioso las nostalgias por un pueblo que desaparece: su pueblo. Antes de llegar los extraños todo era tan tranquilo, tan hermoso, tan humano. La pregunta le golpeaba insistente a la puerta del pensamiento, sin poder hallar respuesta: ¿por qué los españoles sufrían de tanta avaricia y crueldad? ¿cómo habían podido esclavizar y asesinar a tanta gente sólo por tener más? ¿qué sería de los poquísimos Añú que sobrevivieran a la catástrofe? ¿cómo sería el futuro del Lago en manos de estos ambiciosos?

Sólo sabía que hasta la última gota de su sangre debía derramarla tratando de hacer ir de sus territorios a los invasores.

El conticinio y la meditación se desvanecieron en la medida que la responsabilidad de jefe le reclamó. Debía convencer a los hermanos de la etnia Bari, mal llamados Quiriquires o Motilones, para que juntos enfrentaran al enemigo común, a los que pretendían despojarlos del Lago que era padre y madre de todos. Ya él había perdido a sus progenitores en manos enemigas.

Su padre fue de los que cayeron resistiendo contra los de Pacheco, cuando los invasores atacaron por sorpresa los primeros poblados Añú en busca de gente para hacerlos esclavos. En esa acción Nigale y su joven madre fueron capturados y puestos al servicio de la casa del Teniente de Gobernador de Ciudad Rodrigo de Maracaibo. Allí aprendieron a tragar amargo y respirar hondo cuando había que callar ante algún atropello. Aprendieron a ser sigilosos cuando de escuchar las instrucciones y comentarios del jefe de los invasores se trataba. Y aprendieron la lengua del enemigo, como llegaron a conocer sus intimidades, llenas de intrigas y falsedades, de temores y complejos, de hipocresía y deslealtad.

Por eso la madre protectora, simuló con el dolor de sus entrañas contraído, obediencia y sumisión ante aquellos que sólo ultrajes le habían causado. Todo con tal de no ser apartada de su crío. Todo a cambio de tenerlo cerca y protegerlo.

El pequeño Nigale, igual debía ignorar su filiación frente a los señores, pues les hubiese costado la separación, de haberles descubierto el nexo familiar que les unía. Eran normas del régimen de hecho instaurado por los encomenderos, que perseguía debilitar los lazos de pertenencia consanguínea en el grupo indígena, para quebrar su fortaleza unitaria y de resistencia, y una forma atroz de decirle a los hijos y a las madres que ambos les pertenecían por ser sólo bestias de carga, de trabajo, de servidumbre. Era la brutal negación de la familia indígena, en contra de las propias leyes españolas que, gracias al esfuerzo de conciencia de la Orden de Predicadores, se habían dictado para proteger a los indígenas de los abusos del conquistador.

En esas cosas terribles pensaba Nigale, todas las cuales quedaron reducidas a malos recuerdos en aquella gesta de noviembre de 1573 en la que sus hermanos Añú pusieron en jaque a Ciudad Rodrigo, y él, y su adorada madre, rescataron la libertad y la felicidad unidos en un abrazo que nunca se ha borrado de su pecho lleno de amor y de rabia. Su pecho que hoy sentía un vacío inmenso como el ayer. Su pecho que añora su primera infancia nadando libres como peces entre los horcones que cual fuertes piernas soportan al hogar de los descendientes de Maarak'iwo, y la transparencia del agua y la suavidad del marullo sirviendo de duendes del juego eterno de los niños que alborotan el fondo de las fantasías e ilusiones. Los niños, sus amigos, él, sintiéndose un niño con semejante carga pesada en sus hombros. Sus hombros que ya no aguantan solos el peso de las exigencias sobrehumanas que le atormentan el sueño.

Recordó cómo se hizo hombre andando fugitivo de un lado a otro en su propio lar, guerrero improvisando hazañas sin tener la edad, cacique con la única sabiduría de andar todo el tiempo arriesgando la vida en tanta empresa temeraria que imponía la lucha. Su generación no dispuso de tiempo para la feliz rutina de la paz y el amor. La afición espontánea de su pueblo al canto y los versos como adoración a la belleza del paisaje y la energía de los elementos, se trasmutó en inspiración de rebeldía por la dignidad pisoteada. Ahora el talento todo se desgranaba sobre los campos de batalla, cuerpo a cuerpo. El impulso creador que tantos momentos gratos regalaba a los Añú en sus tertulias comunitarias y reuniones familiares, cambió a impulso vengador justiciero, impulso desesperado por vivir, por ser libres otra vez. Vida y libertad, los dos gemelos creadores que nos alimentan. Las dos aspiraciones más sentidas que el cacique soñaba para su gente. Las razones de su desvelada y tenaz entrega vital.

Era el año de 1598 en que Nigale despidió los restos mortales de su madre idolatrada. Ella le fortificó en sus principios libertarios y le dio de beber la sabia de la justicia en la fuente de la igualdad y la solidaridad. Tuvo que ser guerrera por la fuerza de los acontecimientos igual que todas las madres que ven en peligro al fruto de su divina fertilidad. Fue guerrera y consejera y como tal llegó al fin de sus días sobre la tierra. Sus últimos alientos los libró a través del aceitoso brillo de su mirada que derramó sobre los húmedos ojos del libertador de sus entrañas. Los ojos que hablan por el alma y dicen lo que mil palabras no logran. El agónico mensaje crecido con un eco extraordinario en las neuronas del cacique: luchar hasta el final por la dignidad del pueblo Añú.

En lo alto del cerro isleño, Nigale llora a su madre y eleva su monólogo interior a las criaturas del universo buscando ayuda, buscando luz. Al sol, padre del brillo que aviva la existencia. Al agua, anciana abuela que nos amamanta con sus añejas mieles. Al relámpago permanente que atiza las conciencias de los pensadores. A la tierra, paridora innata de la vida con la piel llena de hijos agradecidos. A la lluvia, inquieta adolescente fertilizadora.

Su llanto no se escucha ni se ve. Su llanto inunda el aire.

Mientras, en las cálidas orillas de la bahía de Uruwá, en el delta del Macomite, entre los caños donde aparecía el piache Mohán, los guerreros escoltas de Nigale sudaban a borbollones el nerviosismo por la obligada espera que ordenó su querido jefe. Respetaban la soledad que el hombre requiríó en aquel momento de íntimo dolor, pero temían un zarpazo imprevisto de efectos irreparables, en tiempos que el capitán español Andrés de Velasco andaba con sus soldados atacando por sorpresa los reductos de la resistencia Añú.

Consideró el segundo cacique Telinogaste que era prudente comenzar a acercarse al sur de Toas, dando la orden a los remeros que empezaron con ahínco el arpegio de los canaletes. En media hora estaban sobre la rocosa isla blanquiazul. Nigale, que les vio zarpar, a pesar de no querer romper su soliloquio, inició el descenso para evitarle a sus camaradas la molestia de subir la cuesta. Sin cruzar palabras se hallaron en una playa de arenas blanquecinas, emprendiéndola rumbo al este hacia Oriboro, lugar que servía de escondite a la última guerrilla del pueblo que vivía sobre el agua.

La región de Maracaibo, patria de los Añú, poseía un paisaje único, formado por el encuentro del mar con la dulzura del Lago y sus cientos de ríos subsidiarios, produciendo una especial exuberancia en la vegetación y una diversidad prolija de su fauna. En el recorrido hacia el pueblo y ciénaga de Oriboro, se veían saltar miles de taparucas plateadas como tejiéndole collares de perlas al Lago en su piel. Se veían los caimanes y babas en los caños, y los rosados y delgaduchos togogos en los bajos de la ciénaga. Tantos colores, tonos, formas, valores, texturas, un universo en plenitud.

A la hora de la cena, con el humo del fogón por centro de mesa, Nigale compartió con sus hermanos sus más recientes reflexiones acerca de la necesaria coordinación con el resto de los clanes Añú y con las otras etnias que luchaban contra los invasores españoles. Primero debían hablar con las hermanas familias Añú de los aliles, toas, parahute, paraúja, mohanes, auzales y arubaes; y después proponerles la unidad total a los descendientes de la gran nación chibcha que habitaban el sur del Lago: los Barí. Con ellos podía contarse porque eran gentes honradas, de mucha dignidad, que además no rehuían el compromiso por difícil que fuera y amaban profundamente sus territorios. La relación tradicional de intercambio se había truncado por el trauma de la presencia invasora, pero de seguro recibirían con patriotismo la oferta unitaria del clan zapara. Esta era la estrategia nigaleana que perseguía golpear al invasor allí donde precisamente más le dolía: en sus negocios.

 

XIII

TIEMPOS DE INSURRECCIÓN

Un siglo de invasión había reducido a la población indígena de la región del Lago de Maracaibo a unos escasos quince mil, esparcidos hacia los más recónditos parajes por fuerza de las guerras desiguales e injustas que les acosaban. En toda la Provincia y Capitanía General de Venezuela, desde Maracapana hasta el Cabo de La Vela, la instauración del predominio español, desde el punto de vista institucional, formal, pasó por un largo período de desgobierno y de desorden que facilitó la implantación de un régimen de desmanes y abusos que llevó a los colonizadores a cometer crímenes de lesa humanidad con la más vil impunidad. El fracaso de la táctica dominica en la Costa de las Perlas, al oriente, que quiso demostrar que era posible pacíficamente entrar en relación con los indígenas y evangelizarlos para que fuesen vasallos voluntarios de los Reyes Católicos, dio paso al libre albedrío de los avaros y aventureros esclavistas; los mismos que provocaron la ira de los pacíficos cháimas que aceptaron sin complejos y con gran hospitalidad la presencia de los frailes domínicos y franciscanos que acudieron a convivir con ellos. En tres ocasiones sucesivas entraron los invasores a raptarles gentes, llevándose a unos seiscientos, y como no se cumpliera la promesa de los sacerdotes de hacer que les regresasen a los secuestrados, los caciques más radicalizados tomaron venganza en aquellos inocentes cristos que hubieron de cargar con las culpas de sus malévolos paisanos.

En occidente, el paso de los agentes alemanes welser, las frecuentes incursiones de secuestradores esclavistas, y los intentos frustrados por ocupar Maracaibo, junto a la complicidad criminal de representantes de la iglesia como el fariseo Rodrigo de Bastidas, habían dejado una nefasta secuela de vejámenes, muerte y desolación.

La resistencia indígena se hacía más belicosa y permanente en la medida que la presencia invasora amenazaba con establecerse. La muerte del gobernador Jerónimo de Lerma y los capitanes Olea y Simón de Alfaro, valorados por los españoles como pioneros de lo que ellos consideraban la fundación de Maracaibo, consternó de tal manera a los de Nueva Zamora, que la retirada estuvo a punto de realizarse a no ser por el auxilio que les prestó el Capitán Francisco de Cáceres, quien permaneció una temporada dando guerra, atacando los escondites indígenas y apresando a muchos, incluidos los negros cimarrones escapados de Río de Hacha, a los que atrapó en el cumbé cimarrón que habían construido a manera de fortaleza. Al marcharse llevaba como motín a los diecisiete negros que sobrevivieron el ataque y a unos trescientos añú, todos marcados a fuego vivo en la barbilla con la V de Venezuela a la usanza del obispo Bastidas.

La estrategia conquistadora en este tiempo exigía mayor estabilidad en el mando y organización en la administración. Debían proteger el negocio de las perlas en Cabo de La Vela, por lo que le encomendaron a Juan de Guillén, sustituto de Maldonado, que poblara una villa entre Maracaibo y Río de Hacha, así como desde esta última se organizaron fuertes entradas contra los wayú, llamados guajiros y cocinas por los europeos, a los que obligaron a negociar la rendición hacia 1598, cuando comenzaron a tener "buenas relaciones". Guillén murió en el intento de lo encomendado cinco años atrás a manos de unos guerrilleros aliles añú que lo emboscaron por Sira'maiki. Los reductos de la resistencia asediaron con garra esos años apoderándose del control de la navegación en el Lago, fundamentalmente en la barra, donde los guerreros de Nigale hicieron punto de honor, ubicándose audazmente en todas las islas y bajos del estrecho: Zapara, Toas, Maraca, Mohán, Parauja, Oriboro. Golpear el comercio haría más daño al invasor que golpearle sus hogares. No hubo embarcación venida de Cartagena o Santo Domingo que no fuese perseguida por las canoas guerreras. Igual con las que del puerto de Gibraltar traían el tabaco y otras mercancías de Trujillo, Barinas, Guanare, Tocuyo, Carora, Mérida. Los grupos de guerreros apenas las divisaban acudían prestos en sus ligeros cayucos, con las flechas untadas del abundante combustible que la creación sembró en las entrañas profundas de Maracaibo: el mmene. Muchas naves comerciales ardieron en llamas haciendo saltar a sus tripulantes, empujados por el ardor insoportable del fuego a las filosas saetas vengadoras que les esperaban al caer. En el sur del Lago, los Barí libran la misma lucha. Al puerto de Gibraltar, creado en 1591 por iniciativa del gobernador de Venezuela Gonzalo de Piña Ludueña, lo destruyen en 1600 provocando la huída de la mayoría de los españoles allí residenciados.

El Lago Maracaibo es ahora un inmenso campo de batalla. La insurrección indígena añú y barí campea por toda la región. El planteamiento del cacique Nigale tomó asidero y prosperó. Los intereses comerciales de los invasores comenzaron a pasarla tan mal que pedían a gritos refuerzos militares y mano dura contra los incómodos rebeldes que les truncaban sus operaciones. Al capitán Andrés de Velasco, designado por Gonzalo de Piña como Teniente de Gobernador en Nueva Zamora, que lidió por varios años con la resistencia añú, lo acusaron de ser tibio en su acción armada y le reprochaban que bajo su gestión se habían incrementado los alzamientos indígenas en la zona.

A comienzos de 1606 llega el nuevo gobernador Sancho de Alquiza. El siete de febrero se impone del cargo ante el cabildo neozamorano. Se queda en la ciudad lacustre hasta el mes de julio cuando sale a Caracas, que ya se perfilaba como la sede permanente del poder español en Venezuela. Esos cinco meses los indígenas anduvieron cautelosos por la gran cantidad de hombres de armas que acompañaban al recién llegado jefe español. Los indígenas espías que simulaban ser siervos de los extranjeros en sus casas y empresas, informaban de las quejas expuestas por los de Nueva Zamora a su autoridad y las insistentes peticiones de que acabaran de una buena vez con los indios alzados que les hacían imposible vivir en aquellas regiones, tan prometedoras para las rentas reales por su magnífica ubicación con salida al mar.

Ido Alquiza a Caracas, Nigale propone a los de Parahute y Misoa y a los Barí, arreciar la guerra y deciden realizar un ataque masivo. Primero debían arreglar cuentas con los traidores que ayudaron a los invasores desde un principio sirviéndoles de intérpretes, remeros, guías, y abasteciéndoles de alimentos. En ciento cincuenta canoas atacan y destruyen los pueblos palafíticos de Moporo y Tomoporo, persiguiendo a sus pobladores hasta hacerlos extraviar en las selvas y pantanos más distantes. Luego irrumpen de madrugada en el puerto de los españoles llevándose sus embarcaciones, piraguas, bajeles y canoas que estaban ancladas, aprovechando la oportunidad para tumbar los corrales de cabras, robando algunas y sacrificando al resto. Frente a la ciudadela hispana pasaron en sus canoas mostrándose aguerridos y dispuestos a retar sus energías. Energías que le fallaron a los mercenarios allí acantonados que no se atrevieron a aceptar el reto, intimidados por la dignidad y gallardía de los aborígenes.

En septiembre de 1606 el cabildo de Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, solicita la ayuda desesperada del gobernador Sancho de Alquiza. El emisario encargado de trasmitir la angustia y zozobras vividas fue el capitán Simón Fernández Carrasquero, quien logró entrevistarse con el primer mandatario el 4 de octubre de ese año. Le explicó, como así lo hacía la carta del Cabildo que portaba, la precaria situación en que se hallaban, después de enfrentar sin ayuda económica del Rey, catorce años de asedio permanente por parte de los hostiles indígenas de la región. Le pedían encarecidamente apoyo económico, bastimentos, piraguas e indios que les trabajasen, ya que los pocos con que contaban, que eran los de Moporo y Tomoporo, fueron aniquilados por los insurrectos. Y, como tabla de salvación del proyecto colonizador de Maracaibo, que enviasen a una persona con suficiente experiencia militar y caudal económico para emprender la pacificación de los indios a su costo.

La tarea de Fernández Carrasquero no resultó nada fácil toda vez que el impávido Alquiza no se dejó conmover por sus lamentaciones y por el contrario le repicó con una sarta de reclamos sobre la responsabilidad que ellos mismos tenían en el desmando que imperaba en la región y les recriminó no haber apreciado que la mitad de los recursos reales con que contaba para toda la gobernación se los había entregado generosamente a los de Nueva Zamora, y que eran demasiados los problemas que debía resolver con el otro cincuenta por ciento.

El ánimo del embajador Fernández Carrasquero sufrió un desaliento que casi le hace sucumbir. Alquiza no le dejó abierta ni siquiera una pequeña rendija por donde poder sensibilizarle. Sólo se imaginaba las caras de sus vecinos que todo lo habían arriesgado en aquella empresa que parecía zozobrar inexorablemente ante la apatía de quien consideraban su última carta, o la ruina y la humillante partida serían sus obligadas alternativas. Más, de la sórdida respuesta del gobernador, surgió un hálito de esperanza, un nombre que podría salvar la idea original de los que invadieron Maracaibo en 1569.

Se trataba de Juan Pacheco Maldonado, el hijo de Alonso Pacheco.

 

XIV

CAIDA DE NIGALE: TRIUNFO DEFINITIVO DE LA INVASIÓN

El primogénito de aquel Alonso Pacheco que en 1573 huyó de Maracaibo abandonando a su suerte a los que le siguieron en esa expedición colonizadora, el ahora Capitán Juan Pacheco Maldonado, residía en su natal Trujillo, donde la influencia familiar le deparaba sendos privilegios, comodidad y fortuna, aunque no siempre la deseada, pero suficiente como para darse vida de señor, en aquella provinciana ciudad de casas altas y anchos solares, y calles angostas de piedra pulida que ascendían empinadas a mirar los cerros que las rodeaban. Pueblo para el andar pausado y para el recogimiento temprano, a veces cálido en el día, pero siempre fresco en las noches. Allí lo encontró el animado Simón Fernández Carrasquero a comienzos del año 1607, cuando de regreso de Caracas decidió irse directo a buscar al Capitán Pacheco Maldonado para informarle personalmente de la oferta que le hacía el gobernador Sancho de Alquiza para que asumiera el cargo de Teniente de Gobernador de Maracaibo en sustitución de Andrés Velasco, con la solícita misión de destruir los focos de resistencia indígena que aún osaban enfrentar a las fuerzas españolas en la región del Lago: los Añú y los Barí.

Como los de Trujillo, igual que los de Mérida y las otras poblaciones de españoles en la cuenca del Lago de Maracaibo, sabían y sufrían los daños causados por las incursiones indígenas contra la navegación y el comercio y ante la inminente necesidad de ir fortificando la barra y los puertos lacustres por la amenaza de los piratas y corsarios que ya estaban acechando las costas cercanas, Juan Pacheco Maldonado logró sin mucho esfuerzo el apoyo económico, logístico y de recursos humanos que requirió para emprender su cometido.

Fernández Carrasquero informa al Cabildo el 23 de enero de 1607 sobre la respuesta de Alquiza, a la que reaccionan en dos sentidos: informar detalladamente al propio Rey a través de un informe que le envían con el alcalde Pablo de Collasos, y preparar el recibimiento al nuevo Teniente de Gobernador, Juan Pacheco Maldonado. Para esa fecha el capitán trujillano ya ha aceptado formalmente la propuesta del Gobernador y éste a su vez, procedió a nombrarlo oficialmente el 2 de febrero siguiente. EI 13 de marzo, después de recibir su título, designó a su amigo Martín Fernández como Sargento Mayor y lo envió a Maracaibo como gobernante provisional mientras él se concentraba en resolver los pormenores de la que habría de ser su gran oportunidad de reivindicar el nombre de los Pacheco en el terreno de las armas, para lo que se había formado toda la vida.

En su espaciosa habitación, al reflexionar sobre la decisión que estaba a punto de tomar, el único varón de Alonso Pacheco y Ángela Graterol, especulaba sobre lo que significaría una victoria conducida por él para toda la colonia española establecida en Venezuela y en particular, para el nombre de la familia que volvería a brillar entre las que mejor servicio han prestado a la Corona y que por tanto, mejores servicios recibían de ésta. El conocía la sicología de aquellos indígenas añú entre los que pasó un lustro de su primera infancia. Poco le importaba arrasarlos vivos si era necesario para abrirse caminos de gloria y riqueza. El sabría cómo tratarles, con la soberbia de los aceros y la pólvora, y con la maña de las víboras.

Cada uno de sus hombres debía portar un mosquete nuevo con suficiente carga para quince disparos, más una pistola al cinto, sable afilado y puñal. Las cabalgaduras servían a un quinto del batallón.

En Moporo armó las naves de velas y mandó construir canoas de buen tamaño para usarlas como acompañantes. Sin anunciar su salida y antes de entrar a Nueva Zamora, sorprendió al pueblo de Parahute, entrándole con cien hombres a fuego cerrado de mosquetes e incendiando las casas. Murieron cerca de doscientos en el acto y atraparon a otros tantos como rehenes, salvándose los que lograron huir a los montes que llaman de Lagunillas, en la costa oriental del Lago. Los caciques bautizados por los españoles como Juan Pérez Mataguelo y Camiseto, que actuaron en la insurrección contra Moporo, Tomoporo y el puerto de Nueva Zamora, fueron llevados a la ciudad para ser ejecutados en público como acostumbraban hacer con los jefes guerreros para escarmentar. Al resto los vendieron como esclavos.

No se arriesgó Pacheco Maldonado a darle tregua a los alzados y sin dilatar en formalismos burocráticos continuó la razzia contra los añú, a los que consideraba más peligrosos por su tenacidad y perseverancia, y por ser capaces de renacer como el ave fénix de sus propias cenizas, cuando de defender lo suyo se trataba. Recordaba con vergüenza la retirada deshonrosa que les hicieran emprender los indios cuando aquellos terribles días de noviembre de 1573. Veía el rostro de su padre compungido palidecer de amor propio la madrugada que con algunos de sus siervos y tropa de mayor confianza, a espaldas de todos los de Ciudad Rodrigo, marchó a Trujillo desmoralizado y derrotado. Se imaginaba al tal Nigale enseñoreándose ante él, cuando sólo era un indio miserable al que su familia dio de comer y albergó entre sus criados. Quería pronto acabar con esta pesadilla que le atormentó no pocos sueños, en sus años de juventud en que los rumores callejeros se mofaban de los Pacheco por la historia conocida.

Pero sus conocimientos sobre la guerra y del terreno que pisaba, le indicaron que actuara más con el cerebro que con el corazón, que a la rabia y los deseos de venganza debían orientarlos la audacia y la inteligencia. De allí que contuvo sus ganas de combatir rápido y dispuso una operación de espionaje, para precisar los lugares donde se refugiaban las guerrillas añú, cuáles eran sus bases de apoyo logística, con cuántos hombres contaban, y algo muy importante en estos casos, la disposición anímica del contrincante y sus armas. Una vez que recabó la información que quería y con más madurez en el conocimiento de los posibles escenarios, se trazó una táctica que habría de sorprender a sus propios correligionarios. -"Los atraparemos bajo engaño sin disparar un tiro", les dijo a sus subordinados, quienes no alcanzaban comprender el plan del Capitán.

Pacheco se notaba seguro de sí mismo, enérgico, optimista. Su posición se basaba en el hecho de haber determinado en su trabajo de inteligencia, que los añú no tenían clara conciencia de quién era su verdadero enemigo, no habían alcanzado a interpretar las intenciones totalizadoras de la conquista, de manera que los españoles que residían en Trujillo, no necesariamente eran considerados enemigos o invasores, a menos que intentaran establecerse en sus regiones, reservadas al hábitat del Lago. La guerra de resistencia que precariamente libraban los indígenas, sólo perseguía hacer retirarse a los extranjeros de sus predios. Fue lo que llevó al hijo mayor de Alonso Pacheco a tramar una treta de engaño contra Nigale. Él sabía que funcionaría.

Hasta la isla de Zapara se dirigió con sesenta hombres en un barco de velas y dos canoas acompañantes. Le envió mensajes a Nigale de que quería hablarle. El cacique se sintió confundido, Pacheco le pedía reunirse para hacer las paces ya que él vivía en Trujillo y los de allá no tenían guerra con los añú, y que al contrario ellos podían tener relaciones amigables, negociando sal y pescado que allá necesitaban, por biscochos y otras mercaderías que los de Trujillo les podían entregar a cambio.

En los caños de Oriboro Nigale pensaba y repensaba la propuesta de Juan, el niño don Juan, como le habían enseñado a llamarlo en la casa de los Pacheco en Ciudad Rodrigo, cuando con su madre y muchos de los suyos pasaron por la humillación de servir a los invasores. Su mente no dejaba de calcular la posibilidad de la paz, porque los de su pueblo eran ya tan pocos, que sobrevivir y tomar un tiempo de tregua era como respirar y beber agua. También tuvo que luchar con los zamuros que le revoloteaban la cabeza con malos pensamientos llenos de ira reprimida, al memorizar involuntariamente escenas de dolor y de impotencia del tiempo en que mandaban los Pacheco. Pensó en su padre, que como tantos hombres de paz, trabajo y poesía, tuvo que partir anónimo de este mundo por la ambición de unos extraños que habían venido a destruirlo todo.

A regañadientes fue el segundo cacique Telinogaste a dar respuesta a los de Trujillo que andaban merodeando en las dos canoas por las orillas de la insular Toas, aparentando ser pocos, porque unos cuarenta y cinco de ellos se escondieron con la nave de velas.

El acuerdo fue conversar en Zapara, en el extremo este de la isla. Cada jefe iría acompañado de un pequeño grupo de sus hombres de confianza que no sería mayor de veinticinco, los cuales debían estar desarmados.

Los que andaban con Pacheco en las canoas se escondieron sus puñales debajo de las mangas de sus camisas, mientras el grueso de ellos desembarcó por el norte llegando a pie hasta las cercanías del lugar de reunión. Con Nigale llegaron unos veinticinco guerreros que incluían mujeres y niños de escasos años adolescentes. El diálogo pautado se trocó en un monólogo de cuchillos, espadas y mosquetes. Del otro lado fueron vísceras al aire y cuerpos encadenados. A razón de dos españoles bien armados por cada añú sorprendido por la traición fue el combate, devenido en masacre. Era la víspera de San Juan, 23 de junio del año de 1607.

A Nigale lo llevaron vivo a Nueva Zamora con once guerreros más, para mantenerlo encerrado en jaula de hierro como a una fiera salvaje que se exhibe de trofeo, y para que los cobardes que no se atrevieron a enfrentarlo, lo vejaran con escupitajos y pedradas. Al tercer día los ahorcaron en la plaza mayor. Así sellaron el fin de la resistencia indígena en Maracaibo, con la muerte de su más querido líder.

El imperio español celebró la caída del último héroe de la resistencia indígena en la región del Lago de Maracaibo. Una carta del Rey del 23 de mayo de 1608 felicita a Juan Pacheco Maldonado por “haber acabado con los rebeldes que impedían la navegación en la laguna de Maracaibo”.

 

Yldefonso Finol