viernes, 28 de agosto de 2026

SOCIALISMO Y FEDERACIÓN (A Luís Hómez In Memoriam)


Recordando al profesor y amigo Luís Hómez, líder muy querido del Zulia profunda, a 36 años de su siembra. Publico en su honor estas reflexiones escritas hace veinte años, donde no sólo lo nombro como referente de dignidad y como político ejemplar, sino que -de seguro- algo de las conversaciones que tuvimos el placer de compartir con Él, habitarán en estas líneas de orilla y horizonte.   

Socialismo y Federación

Cualquier debate que se nos presente sobre el dilema centralismo o regionalismo, debemos resolverlo a la luz de la concepción revolucionaria de la historia. Dejemos sentado de una vez, que la contradicción fundamental de nuestro tiempo no es centralismo-federación, ese es un asunto de forma, de arquitectura burocrática, de método administrativo. Lo cual no quiere decir que no sea importante. En ello se juega gran parte de la posibilidad de alcanzar la eficacia política y el buen gobierno en nuestro país.

La contradicción fundamental de nuestro tiempo es imperialismo o socialismo, que en lo interno se traduce en el conflicto revolución o reacción capitalista. A los revolucionarios nos interesa con carácter prioritario transformar la estructura socioeconómica, que es lo esencial, y para ello, debemos controlar y preservar el poder político. Puede ocurrir que esta condición, nos exija aplicar una metodología administrativa centralista o federal descentralizada, según sea el caso, porque cada realidad tiene sus particularidades.

En el caso cubano, tratándose de un país con un territorio pequeño, con una economía modesta y escasas posibilidades de obtener ingresos fiscales, además, asediado por la amenaza constante de una intervención militar imperialista, es obvia la necesidad de centralizar la administración pública. Más aún, estatizar y socializar la mayor parte de la actividad productiva ha sido vital para la sobrevivencia de la Revolución. Ello ha significado, entre otras consecuencias –y pese al enorme esfuerzo que hace el Gobierno Revolucionario de atender toda la población en todo el territorio- el éxodo de cientos de miles de personas del interior hacia la capital, llegándose al punto que hoy La Habana representa la mitad de la estadística demográfica, y hasta han tenido que implementarse severas ordenanzas para tratar de frenar ese fenómeno que parece no detenerse. La descentralización emerge en nuestro país como un paliativo de forma en el régimen oligárquico, atendiendo la ola reformista que sobrevino tras la insurrección popular del 27 de febrero de 1989.

A la luz de las ideas neoliberales que predominaban en el ambiente político y económico continental, el proceso descentralizador favorecía la estrategia imperialista de desmantelar los Estados y privilegiar la tendencia privatizadora de los servicios públicos.

Pero, también debemos aclarar que, la medida adoptada por la clase política como reacción al “Guarenazo”, obedecía a la intención de manipular el cada vez más creciente reclamo popular de participación, lo que simultáneamente implicaba la exigencia de gobiernos cercanos, o, para utilizar un anglicismo citado por Mariategui, la “idea del self government”.

La visión del socialismo indoamericano

El revolucionario peruano José Carlos Mariategui ha sido uno de los pocos que dedicó esfuerzos teóricos a este tema. En uno de sus Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, titulado Regionalismo y Centralismo, Mariategui no duda en sentenciar que “uno de los vicios de nuestra organización política, es, ciertamente, el centralismo”. Nos habla de un “centralismo burocrático” y abunda en la situación específica de su país atacando radicalmente lo que califica como regionalismo gamonalista, que es la aspiración de las burguesías locales y terratenientes de fortalecer su hegemonía regional contra los intereses de los más desposeídos, en particular, de la población indígena, sin tierra ni poder político. Este “regionalismo”, busca reproducir herencias feudales de dominación.

Los señores feudales de nuevo cuño, usan demagógicamente el discurso de la descentralización, siempre que sirva a sus intereses económicos. El centralismo los utiliza como punta de lanza de la oligarquía dominante y éstos se prestan al juego por las migajas que les tocan.

En la Venezuela dominada por el centralismo oligárquico, desde Gómez hasta los gobiernos del Pacto de Punto Fijo, hubo esos feudos regionales con los militares Presidentes de Estado que ponía a dedo el caudillo tachirense o los delegados políticos de los presidentes de turno de AD y COPEI que dominaban a su antojo la vida de los estados. Recordemos los tristemente célebres feudos de los Celi en Carabobo, Sánchez Verdú en Miranda, Ildemaro Villasmil en Falcón y los “Bachacos” en el Zulia con el todopoderoso Américo Araujo a la cabeza.

Es la práctica que han pretendido repetir algunos gobernadores electos en forma directa después de las reformas del año 89. Mariategui advierte, sin embargo, como dato de la realidad, la existencia de “sentimientos regionalistas”, aunque no se expresen en programas concretos. “Las aspiraciones regionales son imprecisas; indefinidas, no se concretan en categorías y vigorosas reivindicaciones”, nos dice.

El fundador del Partido Socialista del Perú y de la Confederación General de Trabajadores, traza una visión dialéctica del dilema en cuestión, de la siguiente manera: “Tienen plena razón las regiones, las provincias, cuando condenan el centralismo, sus métodos y sus instituciones. Tienen plena razón cuando denuncian una organización que concentra en la capital la administración de la República”. Y remata, “pero no tienen razón absolutamente cuando, engañados por un miraje, creen que la descentralización bastaría para resolver sus problemas esenciales”.

Como buen marxista, Mariategui sabe que el mecanismo administrativo es algo formal, mientras que lo verdaderamente substancial es la formación económica. Nos aporta además una visión socio-histórica y antropológica original, como casi toda su obra, en cuanto a la definición de región. “Una región no nace del estatuto político del Estado. Su biología es más compleja. La región tiene generalmente raíces más antiguas que la nación misma”. Coincidimos con este precursor del pensamiento socialista latinoamericano: “Nuestra organización política y económica necesita ser íntegramente revisada y transformada”.

La capital colonial-capitalista

Si los conquistadores españoles que invadieron el territorio de lo que hoy es Venezuela, hubieran tenido entre sus planes la creación de una gran civilización, hubiesen fundado sus ciudades principales cerca de los grandes ríos. Ese nunca fue el objetivo de los que trajeron la espada y la cruz. El poblamiento colonial de lo que actualmente constituye el territorio nacional de la República Bolivariana de Venezuela, se hizo pensando en el vínculo con la metrópoli, por eso la mayor acumulación demográfica se ubica en la zona norte costera, mientras las zonas de grandes ríos están prácticamente despobladas.

Desde la creación de la Capitanía General fuimos país puerto. El invasor se establece frente al mar para desembarcar él mismo y sus importaciones, y para llevarse toda la riqueza que pueda mientras dure su estadía. Los primeros en llegar ni siquiera pensaban quedarse en forma permanente. Su sueño era regresar al sitio de origen convertidos en potentados señores para provocar la admiración de sus coterráneos y los favores de la Corona.

El sentido de pertenencia tardó tres siglos en formarse, y aún costó un inmenso derramamiento de sangre poder zafarse del yugo político-militar de España.

El proceso de formación de la capitalidad es sin lugar a dudas, imposición colonial. El centralismo es herencia colonial. La selección del lugar tiene mucho de azaroso, donde las condiciones climáticas y la cercanía con la costa terminaron definiendo su establecimiento. Los españoles aborrecían el clima tropical caribeño al que calificaban de hostil, enfermizo, infernal. Lógicamente, la benevolente frescura del valle, comparable a una primavera ibérica, les atrajo a fijar residencia, aunque los negocios ultramarinos se hiciesen desde La Guaira.

La oligarquía criolla que toma el poder al finalizar las guerras de independencia, le da continuidad al modelo centralista de gobierno. El desvanecimiento del sueño bolivariano de la Colombia original, consumado por la traición de Páez y Santander, fortaleció el poderío feudal de las rancias oligarquías capitalinas. Así se fueron delineando las capitales capitalistas dependientes que conocemos en la actualidad. La sugerencia hecha por El Libertador de diseñar una nueva capital para aquella Colombia utópica, que estuviera ubicada en un punto equidistante, como podría ser Maracaibo o una nueva ciudad llamada Bartolomé de Las Casas, fue una de las cosas que más irritó a las centralistas oligarquías de Caracas y Bogotá. (De hecho, la oligarquía central venezolana usó el pretexto del centralismo bogotano para su conspiración antibolivariana junto a Páez).

La vida republicana, penetrada precozmente por el imperialismo capitalista que condenó a nuestras naciones a la dependencia y el subdesarrollo, reiteró el esquema centralista de manera brutal, saqueando las riquezas naturales de todas las regiones del territorio nacional para satisfacer las apetencias del capital transnacional y la lacaya burguesía parasitaria. La añeja conexión de la aristocracia colonial con el imperio español, se reproduce en la nueva imbricación de la oligarquía criolla con el imperialismo.

El centralismo oligárquico capitalino es desde siempre, enemigo histórico de la liberación nacional y el socialismo.

Nuestro Federalismo

El federalismo aparece en nuestra historia unido a las luchas populares por reivindicaciones antioligárquicas. La máxima encarnación de esa unidad combativa es Ezequiel Zamora, de quien ha dicho su biógrafo Laureano Villanueva, que “su ambición constante consistía en servir al pueblo… con ciertas ideas utópicas de socialismo y de igualdad de bienes”.

Zamora es parte integrante y fundamental del “Árbol de las Tres Raíces” que inspira la Revolución Venezolana. Junto a Simón Rodríguez y Bolívar, el vencedor de Santa Inés, aporta el compromiso radical con la justicia social y el ideario de un gobierno cercano a la gente, antecedente claro del concepto de la democracia participativa pregonado y practicado por nuestra Revolución. El General de Hombres Libres nos habla de “igualdad entre los venezolanos; el imperio de las mayorías; la verdadera República” o “la República genuina” que representa la federación original del 5 de julio de 1811.

La autora del libro Las luchas federalistas en Venezuela, Catalina Banko, caracteriza la gesta zamorana como “una auténtica guerra social orientada a la lucha contra la opresión de las clases poderosas” y nos recuerda que “la lucha contra la oligarquía y en favor de la federación se transforma en una guerra que reedita las acciones heroicas de la emancipación venezolana. Ambos procesos se sintetizan en la misma causa de la libertad y en la defensa de los derechos del pueblo”.

Por eso no es extraño el enorme respaldo popular que fue granjeándose el General “Cara de Cuchillo” a su paso por las rancherías indígenas, barracones de esclavos y pueblos paupérrimos de campesinos hambrientos, porque su lucha era contra el sistema que les mantenía oprimidos. De allí que, en nuestra historia revolucionaria, hablar de federación es sinónimo de revolución social; lo supieron muy temprano los oligarcas centralistas que el 4 de mayo de 1859 publicaron un comunicado en el periódico guaireño El Comercio, donde, escandalizados por las recientes victorias federalistas, los descalificaban diciendo que “es la guerra del crimen contra la virtud, la tiranía del comunismo contra el sagrado derecho de propiedad… es lo que hasta hoy nadie creía pudiese suceder en Venezuela”. (Catalina Banko)

El caso de la región del Lago de Maracaibo

El Zulia es una región de esas que Mariategui señala de tener “raíces más antiguas que la nación misma” y de no nacer “del estatuto político de un Estado”.

Lo es desde el punto de vista de su biología geográfica. Esta condición viene dada por la existencia misma del Lago de Maracaibo (14 mil km2). Miremos el mapa y constatemos que –salvo las dos absurdas disecciones de La Ceiba y Palmarito, ambas impuestas a la fuerza como castigo por resentidos dictadores antizulianos- el territorio del actual estado Zulia corresponde a la región natural del Lago de Maracaibo. Está el Lago como inmenso corazón de agua, rodeado por la fértil planicie que bañan más de cien ríos y caños, y delimitada por las serranías que cierran el universo lacustre por oriente (Ciruma), sur (Andes) y occidente (Perijá). El norte es el mero vientre donde nace el Caribe con el Golfo de Venezuela (también llamado de Maracaibo hasta el siglo XVII) entre las penínsulas de Paraguaná y La Guajira.

El espacio ambiental derivado determina la existencia de una vegetación y una fauna específicas, así como de fenómenos paisajísticos particulares, tales como el estuario que se forma del contacto con el mar en el estrecho (hábitat ancestral de los añú) y las grandes desembocaduras del sur, con las ciénegas de Juan Manuel de Aguas Blancas y Aguas Negras y el enigmático rayo del Catatumbo.

Esta región contó con una pluricultural y multilingüe población desde tiempos inmemoriales. La invasión europea tardó una centuria en enseñorearse y la resistencia indígena se prolongó hasta la década del sesenta del siglo pasado, cuando aún los barí se enfrentaban al despojo de sus territorios por parte de las empresas petroleras y los terratenientes criollos.

La población colonial no desarrolló desde sus inicios apego a otro centro político que no fuera España misma. La inestable ocupación por la lucha de los originarios habitantes y los posteriores devaneos del gobierno imperial, que desmembró a Maracaibo de Venezuela para fundirlo con Mérida y La Grita, con sujeción a Santa Fe de Bogotá, van creando paulatinamente la necesidad de la autosuficiencia frente al distanciamiento de las autoridades coloniales. La posición geográfica de Maracaibo imposibilitaba ejercer la gobernabilidad desde cualquiera de los centros políticos implementados por la Colonia.

Paralelamente, se fue generando una simbiosis cultural diferenciada que tiene aún en el voceo su más fuerte expresión de resistencia ante la masiva arremetida oficial centralista de los siglos XIX y XX, que proponían el modelo cultural llanero-capitalino o andinocapitalino, según la impronta paecista o gomecista, como estereotipo del ser nacional.

Obviamente, no es El Zulia la única región del país con rasgos particulares. También lo son Los Andes, Guayana y La Amazonía, Los Llanos, y el Oriente con su zona insular. Y esas realidades concretas deben ser tomadas en cuenta por el proyecto revolucionario.

Regionalismo y Revolución

Que el pueblo zuliano haya asumido culturalmente una posición regionalista, es sólo la consecuencia dialéctica de su proceso histórico y sociocultural. Las gaitas de Ricardo Aguirre (La Grey Zuliana y Maracaibo Marginada) o Bernardo Bracho (Cabimas La Cenicienta) en la década del sesenta, recogían ya por entonces, el sentir de un pueblo que veía salir de su suelo y sudor toda la riqueza que se dilapidaba en el país, mientras se acumulaban las carencias locales. Luego en los 70s y 80s, el Padre Cantor Alí Primera nos regaló Perdóneme Tío Juan, Coquivacoa y Tía Juana, para solidarizarse con esos sentimientos populares; y aún su infinita generosidad nos legó pos mortem El Lago y su gente, porque sin Lago no hay puerto ni gente de Maracaibo.

La razón les asistía a nuestros queridos cultores populares: del Zulia salía el petróleo que aportaba el 70% de los ingresos fiscales y el 80% de las divisas que entraban al país; el 75% de la producción de leche y el 60% de la producción de carne; una tercera parte de los huevos y pollos, y casi todo el carbón. A cambio, los índices de pobreza sobresalían por encima de la media nacional. A cambio, en el centro capitalino florecían las grandes autopistas, mientras la Falcón-Zulia era condenada a ser una carretera rural, a pesar de estar en Paraguaná la mayor refinería mundial.

Ese reclamo justo no puede ser estigmatizado para descalificarlo. Porque la justicia distributiva también debe tomar en cuenta el sacrificio que hace una región por la grandeza nacional, cuando sus activos naturales se desgastan o destruyen, como en el caso del Lago de Maracaibo. ¿Acaso no ha sido la industria petrolera, antes gringa, luego nacionalizada, el gran verdugo del Lago? ¿O, el fenómeno de la subsidencia en la Costa Oriental del Lago? ¿O, la canalización del estrecho del Lago que ha producido su brutal salinización?

La corruptocracia que desgobernó al país en la IV República, decidió en Caracas clavarle al Lago las torres eléctricas esas que crean peligros innecesarios, afean el paisaje y asesinan especies típicas de peces y aves migratorias; esas misma elite centralista decidió entregar las tierras de los indígenas Barí y Yukpa a las transnacionales del carbón, o, despedían a mansalva trabajadores petroleros y petroquímicos mientras llenaban las ociosas oficinas de Chuao de vagos con influencia y privilegios (Los mismos que orquestaron el Golpe fascista de abril del 2002 y el “paro petrolero”).

Todo esto ocurrió cuando gobernaron tipos que de pronto mutaron a voceros de una patraña “secesionista”, con más bulla que cabuya, habiendo sido los más centralistas de la historia contemporánea. No tengo ninguna duda que detrás de esa farsa estuvo metida la mano de los Estados Unidos.

Reivindicamos el verdadero regionalismo. Si cada ciudadano ama y –por tanto-trabaja por su región, el país gana. No hay nada más desmotivador que la falta de autoestima. Pero el verdadero regionalismo es patriótico y revolucionario, y, por esencia, profundamente antiimperialista. Porque regionalismo es nacionalismo; es decir, “soy orgulloso de provenir de equis región de Mi país”.

Este regionalismo se nutre de los trabajadores petroleros que en el 36 despertaron las luchas clasistas en Venezuela. Del primer triunfo socialista en las elecciones estadales de 1989 cuando le hicieron fraude a Luís Hómez. Del primer triunfo de una gobernadora mujer con discurso progresista en 1993; de la primera Rectora de una universidad autónoma (LUZ), mujer honesta y de izquierda, como Imelda Rincón; del primer triunfo electoral dado por pueblo alguno de Venezuela a los alzados del 4 de febrero en las elecciones estadales de 1995.

Y, más allá, adentrados en la historia, nuestro regionalismo se alimenta de las luchas de nuestros pueblos indígenas encarnados en la figura de Nigale, ignorado por la historia y educación oficiales centralistas de la IV República. Porque aquí en el Lago la guerra de resistencia contra la invasión europea duró más de cien años, y eso no se enseña en las escuelas. Porque es mentira que el Zulia llegó tarde a la guerra de independencia. Nuestra resistencia anticolonialista comenzó desde el primer acercamiento de invasores por el Golfo de Venezuela el 24 de agosto de 1499. En la Gesta Independentista estuvieron los grupos clandestinos “Hijos de Maracaibo” desde 1808. Y estuvo, desde los primeros días, el Brillante patriota Rafael Urdaneta, a quien Bolívar llamó el más leal de sus soldados. En el Zulia nació el nombre de Venezuela y se selló su independencia con la Batalla Naval. En nuestra región del Catatumbo barí, enfrentamos y dimos de baja al primer gobernador colonial Ambrosio Alfinger. Hablamos de vos y cantamos gaitas. Somos mayoría bolivariana. En el referéndum reafirmatorio quedó claro. Como también está claro que el centralismo es contrarrevolucionario. En él, la democracia participativa y protagónica, y el Estado federal descentralizado de la Constitución, no son posibles.

En busca de un Regionalismo del Siglo XXI

Es urgente generar una política socialista para El Zulia. Resulta inaceptable que, bajo la mediocre manipulación de unos íconos trillados y manidas frases hechas, repetidas como letanías plañideras, la derecha se apropie del discurso regionalista. El falso regionalismo se escuda con grandilocuencia en la belleza del Lago, la majestad constructiva del Puente, la religiosidad popular simbolizada por La Chinita, la magia de la inexplicable naturaleza que es el relámpago del Catatumbo, y la rítmica musicalidad innata del zuliano que se expresa en la gaita. Pero sucumbe ante una realidad contradictoria, en la que el Lago muere de contaminación, el Puente de desidia, la Chinita es trocada por el mamotreto plástico mientras la mujer indígena sigue oprimida, el navideño kitsch luminoso apaga al Catatumbo, y la decadente música basura domina la radio y la fiesta.

Lo regional, como parte de lo nacional, debe convertirse en fuerza de resistencia a la globalización neoliberal. Atrincherarnos en los valores de nuestro ser regional y específico, fortalece nuestra personalidad colectiva, acendra el sentido de pertenencia y potencia la posibilidad de reinventarnos originales al renombrar nuestro cosmos sentipensante desde lo genuinamente raigal. Por eso, ante el dilema centralismo-descentralización, decimos, desde una perspectiva revolucionaria, nuevo regionalismo, nueva federación.

Administrativamente, centralismo o descentralización, no son dogmas sobre la eficiencia y la honestidad. Por sí mismo, un servicio o institución manejados desde el poder central, no dan segura garantía de buen funcionamiento. Veamos el ejemplo de las estaciones gasolineras en las zonas fronterizas. Siendo que dependen del Ministerio de Energía e Hidrocarburos, y que son custodiadas por la Guardia Nacional, su funcionamiento dista mucho de respetar el ordenamiento jurídico nacional y prestar buen servicio. Prácticamente, están al servicio del contrabando descarado de combustible que sirve a los más tenebrosos intereses paramiltares colombianos, enemigos a muerte de Venezuela y de la Revolución Bolivariana. Igual pudiéramos citar el sistema carcelario, las oficinas de identificación y extranjería, entre otros malos ejemplos. Pero lo mismo podemos decir de la arrogante administración descentralizada en manos de las gobernaciones. ¿Quién ha visto a alguna gobernación descentralizar alguna competencia hacia los municipios? ¿Alguien conoce de alguna alcaldía que haya transferido un servicio a determinada junta parroquial?

El centralismo se terminó convirtiendo en una enfermedad social que contagió a todos los niveles de gobierno en la IV República, que aún se padece. Pasa entonces que todas las capitales son centralistas. Porque se trata de la acumulación de cuotas de poder, a partir del manejo del presupuesto público, de esa renta petrolera las más de las veces malgastada y saqueada. Quienes me conocen saben que milito del federalismo y soy un regionalista. En la Asamblea Nacional Constituyente fui proponente de la hacienda pública estadal y las asignaciones económicas especiales. Temprano, en la sesión del 9 de septiembre de ese histórico año de 1999, propuse la caracterización federalista en los siguientes términos: “Es muy importante para nosotros que quede ratificado que el modelo de país que surja de esta Asamblea, sea un modelo de país federal descentralizado, porque, ciertamente, el centralismo es un enemigo del desarrollo de Venezuela”. Así quedó establecido tres meses después.

El proyecto de Constitución presentado por el Presidente Chávez era mucho más federalista que la Constitución que fue redactada por la Asamblea y aprobada en el referéndum del 15 de diciembre de 1999. Directamente transfería una serie de tributos a los estados creando de hecho y derecho la hacienda estadal y delimitaba perfectamente las competencias de cada nivel gubernativo, rescatando de manera ejemplar la raíz federalista zamorana.

Pero, por encima de cualquier reivindicación regionalista, está claro que lo estratégico de nuestra revolución viene dado por su carácter antiimperialista y anticapitalista; es decir, por la construcción del socialismo y de una nueva humanidad. Contrario al carácter servil del caudillismo local impuesto desde la capital centralista, que despreciaba lo regional en la historia, la cultura, la economía y las reivindicaciones sociales, el movimiento revolucionario recorrió desde tiempos añejos el camino del rescate y fortalecimiento de la cultura popular en las regiones, como vehículo para la unidad y la movilización por sus más ansiados reclamos.

Recordemos el impactante Congreso Cultural Cabimas 70, donde la izquierda revolucionaria se convocó para debatir los paradigmas de la transformación civilizatoria y trazar estrategias comunes de vinculación al movimiento de masas en pos de construir una fuerza revolucionaria que fuera alternativa al traidor Pacto de Punto Fijo. Eran los días del apogeo del movimiento literario que propugnaba, desde la izquierda política-ideológica, la irrupción de un lenguaje directo que no por cotidiano y panfletario deja de cultivar una nueva estética, que tiene en lo popular-revolucionario y en la irreverencia hacia las falsas poses de la cultura elitista, las fuentes inspiradoras de su búsqueda creativa. Eran los días del maracuchismo-leninismo. En 1977 el Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo Aquiles Nazoa, política de masas impulsada por el PRV-RUPTURA, realiza en Maracaibo el Encuentro de la Cultura Popular Armando Molero, reivindicando en la figura del cantor de Maracaibo Florido, toda la acción creadora de los humildes que sueñan un mundo mejor. Fue ese un evento de impacto político que sumó voluntades hasta el momento dispersas por toda la geografía regional. La politización y el crecimiento ideológico del pueblo zuliano experimentó un impulso telúrico inusitado a partir del movimiento cultural comprometido con la revolución. El mismo movimiento tomó la iniciativa de organizar en octubre de 1979 el Primer Encuentro Nacional Indígena en Paraguaipoa (Frente al Mar en wayúunaiki), al que acudieron representantes de pueblos originarios nacionales y de otros países, así como luchadores sociales e intelectuales solidarios con las luchas de los pueblos indígenas. Este evento, absolutamente original y pionero, echó las bases del movimiento indígena que luego se manifestó entusiasta y firme en la explosión constituyente, alcanzando las históricas conquistas que recoge nítidamente la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Me detengo acá para recalcar que estos eventos prenombrados, y, particularmente, este último de los pueblos indígenas, sí constituyeron y constituyen aportes concretos a la conformación del concepto de la zulianidad. Qué puede ser más zuliano que la reivindicación de nuestra condición indígena originaria, nuestra condición pluricultural y multilingüe. Es propicio apuntar que el Cantor del Pueblo, Alí Primera, Precursor de la Revolución Bolivariana, comprendió tan oportunamente la pertinencia de estas convocatorias, que, el 12 de octubre de aquel 1979, se presentó espontáneamente en Paraguaipoa a dejar fiel testimonio de su compromiso, cantando su Un guarao, su Coquivacoa, su Canción mansa para un pueblo bravo. Y fue él, quien recogió y dio continuidad organizativa a los frutos del Encuentro Armando Molero, al punto de llegar a establecer en la casa de Josefina, la viuda de Molero, su puesto de comando, desde donde dirigió la Canción Solidaria y la Canción Bolivariana, verdaderos hitos en la historia de la Revolución venezolana y latinoamericana.

La desértica década de los 80s, conoció, sin embargo, el andar de los movimientos sociales alternativos que, desde las luchas culturales, ambientales, indigenistas, estudiantiles, resistimos al congelamiento ideológico de la “concertación” y el bozal de arepas de la corrupción. La hegemonía adeco-copeyana local, tutorada por el poder centralista, fue enfrentada por estos movimientos donde conseguimos refugio los reductos del naufragio de la izquierda, que por esos días lucía envilecida, dispersa, vencida, cuando no entregada y subsumida al régimen que antes combatió.

El profesor universitario Luis Hómez Martínez, politólogo estudiado en Francia, militante del socialismo europeo reformista, despertó un liderazgo interesante que combinó la lucha contra la corrupción con el acompañamiento a reclamos comunitarios, utilizando de manera natural y grácil, la oralidad vernácula y los modos regionales de comunicación interpersonal. Hómez cultivaba las manifestaciones culturales zulianas, él mismo interpretaba al piano, con notable virtuosismo, las piezas tradicionales del vals, la danza, la gaita y el bambuco.

Una terrible enfermedad lo indispuso para enfrentar el fraude de que fuimos víctimas en diciembre de 1989, cuando la derecha regional centralista, nos arrebató aquel importante triunfo electoral.

Los sucesos de febrero de 1992 son harto conocidos. Un sentimiento popular se encendió con aquella chispa liberadora y comenzó a transitar la ruta de la Revolución Bolivariana. El Zulia, contrario a la conseja centralista de que tenemos una conducta política conservadora, fue el primer lugar del país que premió con su voto la insurrección del 4 de febrero. No abordaremos aquí los resultados de aquella elección, pero el hecho señalado, es, sencillamente, incontrastable.

La militancia revolucionaria de este tiempo, tiene la tarea impostergable de renombrarse desde la identidad regional construyendo el discurso de la nueva venezolanidad como expresión específica de esa nueva federación revolucionaria que aspiramos consolidar con la patria socialista.

La Nueva Federación se afinca en el fortalecimiento del Poder Popular

Si bien el fenómeno de la capitalidad es una herencia colonial, no ocurre lo mismo con la división político-territorial de la nación, que es una hechura de la República basada en los estudios geográficos y cartográficos de Agustín Codazzi y los aportes historiográficos de Rafael María Baralt. Tremendo sello de calidad que no ha sido valorado por las nuevas generaciones de académicos y gobernantes. La obra de estos dos significativos patriotas, no volvió a ser publicada en forma simultánea desde aquella primera vez de 1841 cuando sus gloriosas páginas salieron de la imprenta parisiense de la rue de San Benuá.

Los actuales estados, con algunas variaciones, son básicamente los mismos que resultaron de aquella división político-territorial convalidada por el pacto federal en 1864, pacto que devino en la complacencia de los caudillismos regionales, pero que dejó vigente el predominio oligárquico traicionando el contenido clasista original de la causa federal que encabezó Ezequiel Zamora. A todas estas, los municipios fueron proliferando de forma burocrática al calor de las apetencias clientelares partidistas, al punto que estados relativamente pequeños en territorio como Táchira y Falcón, llegan a tener en la actualidad 29 y 25 municipios respectivamente.

Y eso que los preceptos establecidos en la Constitución Nacional sobre la diversidad de configuración de los municipios, atendiendo a sus especificidades, no se han puesto en marcha todavía. La nueva arquitectura federal trasciende lo meramente formal territorial, para adentrarse en la descentralización y desconcentración del poder hacia la comunidad organizada.

La Revolución Bolivariana profundiza el carácter federal del Estado transfiriendo al pueblo competencias en la “formulación, ejecución, control y evaluación de políticas públicas”, según se lee en el Artículo 2º de la Ley de los Consejos Comunales. Más profundo aún vamos, al transferir a la gente la propiedad y administración de importantes medios de producción, en un alarde robinsoniano de inventar para crear el nuevo modelo de sociedad. Entonces, el esquema tradicional de la descentralización puntofijista, capitalista, centralista, neoliberal y farfulla, no encaja con la nueva política federal descentralizada con base en la democracia participativa y protagónica, que tiene alcances cualitativa y cuantitativamente superiores a los cacareados logros de las reformas neoliberales de los 90s.

Yldefonso Finol


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