domingo, 17 de julio de 2022

LA BATALLA DE IBARRA: IMPORTANTE VICTORIA BOLIVARIANA EN LA CAMPAÑA DEL SUR

 La Batalla de Ibarra (17 de julio de 1823): importante victoria bolivariana sobre la reacción realista en la Campaña del Sur

I

El 17 de julio de 1823 El Libertador Simón Bolívar dirigió personalmente esta operación militar que salvó a la ciudad de Quito –una vez más- de ser tomada por los belicosos realistas de Pasto, que venían con sed de venganza después que su Comandante Basilio García se vio obligado a capitular ante Bolívar tras el costoso triunfo patriota en Bomboná, y aún después que Sucre tuvo que acudir –por orden de Bolívar- en diciembre de 1822 a pacificar la ciudad que se había vuelto a rebelar a favor de la monarquía española, esta vez encabezada por Benito Boves y Agustín Agualongo, sanguinarios y empedernidos fanáticos del dominio colonial.      

Dice Marc Bloch, en su “Apología para la historia o el oficio de historiador”, que “el pasado es, por definición, algo dado que ya no será modificado por nada. Pero el conocimiento del pasado es una cosa en progreso que no deja de transformarse y perfeccionarse”; traigo la cita a colación, porque de aquellos sucesos de la Guerra de Independencia en la región pastusa se han tejido toda clase de mitos antibolivarianos, al punto de haberse forjado una leyenda que la historiografía positivista llama “Navidad Negra”, coincidiendo con el calificativo racista con el que los colonialistas pretendieron descalificar las denuncias de fray Bartolomé de Las Casas sobre el genocidio causado por la Conquista europea de nuestro continente.

El maestro Acosta Saignes enseña que el rol del historiador no es para servir banquetes de deseos a la carta, para complacer subjetividades, porque la Historia “no es lo que hubiera podido ocurrir sino lo inexorablemente sucedido, imborrable en los anales de la humanidad”.

Por eso para hablar de la Batalla de Ibarra y de la liberación de las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, tenemos que releer sobre la Batalla de Bomboná y la Capitulación de Basilio García.

Dejemos que sea el propio Libertador quien nos ilustre en este asunto tan trascendental para el desenlace final de la contienda que ya cumplía doce años contra el Imperio que llevaba trescientos veinte años sojuzgándonos: “Es por última vez que dirijo a Vuestra Señoría palabras de paz. Muchos pasos he dado para evitar a Usted, a esa guarnición y al desgraciado pueblo de Pasto, todos los horrores de la guerra; pero la medida de la obstinación ha llegado a su colmo, y es necesario, o que Usted, esa guarnición y el pueblo de Pasto entren por una capitulación honrosa, útil y agradable, o que se preparen a vencer o morir. Nosotros tenemos derechos para vindicar las infracciones que hicieron en el armisticio de Trujillo; tenemos derecho para tomar represalias por el asesinato cometido contra el teniente coronel Simón Muñoz, ordenado por Usted, aconsejado por sus consejeros y cubierta con la más infame hipocresía por algunos jefes y oficiales de esa guarnición, no permitiendo siquiera que exhumase su cadáver para que se enterrase en sagrado, por ser excomulgado, como lo ordenó don Miguel Retamal. La muerte de ese individuo está tan calificada, que ya Usted no tiene poder ni aun para destruir a todos los testigos del caso. Tenemos derecho para vengar el asesinato de nuestro hospital de Miraflores. La muerte de nuestros enfermos en la Cuchilla del Tampo, el capitán Ledesma y tres más de sus compañeros, asesinados después de rendidos; el asesinato vil y atroz de muchos de nuestros retrasados y enfermos que hemos visto atados a árboles y decapitados. Tenemos derecho para tratar a todo el pueblo de Pasto como prisioneros de guerra, porque todo él, sin excepción de una persona, nos hace la guerra, y para confiscarles todos sus bienes como pertenecientes a enemigos. Tenemos, en fin, derecho a tratar a esa guarnición con el último rigor de la guerra, y al pueblo para confinarlo en prisiones estrechas, como prisionero de guerra, en las plazas fuertes marítimas, y todo ese territorio secuestrado por cuenta del fisco… Si Usted lo que desea es esta suerte a las tropas y pueblos de su mando, bien puede contar con ella; y si Vuestra Señoría quiere evitar una catástrofe semejante, tiene que reconquistar a Colombia, o someterse a una capitulación.”

Como pueden ver en esta carta del Libertador del 23 de mayo de 1822 al Coronel Basilio García, jefe de las fanáticas fuerzas españolas de Pasto, contra las cuales se libró el 7 de abril la Batalla de Bomboná (con numerosas bajas patriotas, pero que rompió el muro inexpugnable hasta ese día del realismo pastuso, e impidió que dichas fuerzas acudiesen a frustrar la liberación de Quito por Sucre en la Batalla de Pichincha), los desmanes cometidos por los monárquicos contra tropas enfermas, heridas y presas, le otorgaban al ejército patriota el derecho de defensa con proporcional violencia, pero la magnanimidad bolivariana tendía un puente de paz para evitar males mayores, toda vez que en este momento la superioridad bélica del Ejército Libertador se hacía sentir como poder disuasivo contundente.

Recordemos que este Basilio García, como muchos de los oficiales españoles de su generación que quedaban dando guerra, fue de los que llegaron con Pablo Morillo, acostumbrados a cometer todas las atrocidades inimaginables con las que azolaron la Nueva Granada desde 1815, cuando impusieron la supuesta “Pacificación” asesinando, robando y ultrajando sin piedad las poblaciones a su paso, comenzando por la Heroica Cartagena de la que sólo lograron salvarse los que emigraron en barcos hacia las islas caribeñas.  

Los términos de la Capitulación eran más que justos, generosos:   “Primero: Indemnizados de todo cargo y responsabilidad aquellos contra los cuales tenemos ultrajes que reclamar. Segundo: Las tropas que quieran volver al territorio español serán remitidas con sus bagajes y propiedades donde quiera que gusten ir. Tercero: El pueblo de Pasto será tratado como el más favorecido de la República, y no pondremos ni guarnición siquiera si entrega sus armas y se restituye a una vida pasiva. Cuarto: El pueblo de Pasto tendrá los mismos privilegios que el de la capital de la república en todos los derechos respectivos. Quinto: Los españoles, sean militares o civiles, si quieren jurar fidelidad al gobierno de Colombia, serán colombianos, conservándoles sus empleos y propiedades. Estas generosas ofertas son las mismas que el Gobierno de Colombia ha hecho a sus enemigos desde la feliz transformación del gobierno español, y es bien sabido que las ha cumplido religiosamente.”

Nótese que la oferta se hace imperdible con el ultimátum que lleva implícito. El Comandante de Pasto acepta la Capitulación y cede la plaza el 6 de junio de 1822. Dos días después Bolívar entró en Pasto.

Voces derechistas muy activas en el internet junto a la transnacional mediática antibolivariana, todavía escriben que Bolívar fue derrotado en Bomboná. Sería muy extraño que dijesen la verdad, pero más extraño aún que el “vencedor” (según esas versiones mal intencionadas) sea quien capitule y se marche a su país de origen para siempre.

Pero ya en septiembre los reductos realistas liderados por el teniente coronel Benito Remigio Boves (dicen que sobrino del José Tomás), se rebelan y apoderan de nuevo de la zona de Los Pastos, causando daños a las pequeñas guarniciones republicanas y apoderándose de pertrechos hasta formar una fuerza significativa que se enseñorea con la ciudad. Es entonces que El Libertador, pasados apenas un par de meses de la entrevista con San Martín, preocupado por los estratégicos asuntos del Perú, envía a Sucre a sofocar la reciente inestabilidad surgida en Pasto. Y como era su costumbre, cumplió la misión con brillante exactitud. Sólo la mezquindad del santanderismo que se apoderó de Colombia tras la muerte del Libertador, pudo poner a rodar la canalla leyenda “Navidad Negra”, para mancillar la memoria del inmaculado Mariscal de Ayacucho.

Fíjense si no será propaganda sucia esa monstruosa mentira, que hasta la han usado como excusa justificadora del asesinato cobarde contra el Mártir de la Libertad Suramericana, el cumanés Antonio José de Sucre.

Ahora les pido me perdonen que manche estas páginas para mostrarles una prueba incontrastable de lo que estoy afirmando; el mismísimo organizador de aquél crimen atroz, la pútrida histórica de José María Obando, explayándose en rumiar la calumnia con sus bestiales fauces: “No sé cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el General Sucre, la medida altamente impolítica y sobremanera cruel, de entregar aquella ciudad, a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada: las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho saliese a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco, antes que otro negro dispusiese de su inocencia: los templos llenos de depósitos y de refugiadas, fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad ejecutados en un pueblo entero que de boca en boca ha trasmitido sus quejas a la posteridad.” (Apuntamientos para la historia, Lima, 1842)

Son las palabras del asesino de Sucre, el tránsfuga que fue realista hasta 1822, y se infiltró en las filas independentistas para hacer daño desde dentro; esclavista (es notorio su racismo en la bazofia precitada), terrófago explotador de indígenas, megalómano, y traidor de Colombia que conspiró con oligarcas limeños y quiteños para desmembrar el país.

¿Quién podría creerle a Judas semejantes calumnias contra Jesús? Algunas historiografías señalan a los coroneles Hermógenes Maza y José María Córdoba de cometer abusos en medio de la retoma de Pasto, y que el general Sucre ordenó moderar los ánimos y mantener una conducta recta; cualquier persona medianamente informada en temas de nuestra Historia Patria, sabe que Sucre es uno de los autores del Tratado de Regularización de la Guerra de 1820, precursor del Derecho Internacional Humanitario, y un hombre de talante diplomático pleno de virtudes, lo que le granjeó la admiración y el afecto de todos sus coetáneos. Menos, claro está, de los envidiosos e intrigantes que nunca faltan.    

II

Año de 1823. Bolívar estaba en Guayaquil pendiente del Perú; ya había enviado a Sucre con parte del Ejército. Esta noticia la conocieron los testarudos realistas de Pasto que no habían aprendido ni de la magnanimidad de la Capitulación post Bomboná, ni del jalón de orejas que les dio Sucre en diciembre de 1822. Pues se alzaron otra vez, con los coroneles Estanislao Merchán Cano y Agustín Agualongo, como jefes político y militar respectivamente.

Estos insurrectos lograron vencer en un choque al General Juan José Flores, lo que prendió las alarmas porque de seguro esa victoria pírrica los animaría a intentar más tropelías contrarrevolucionarias.

Enterado Bolívar de la impertinente conducta de estos nostálgicos de la Colonia, tuvo que suspender algunos preparativos referentes a la liberación del Perú; reunió la tropa que le quedaba en Guayaquil, mandó a Salom para que reuniera todas las milicias que fuese posible para defender a Quito que por entonces carecía de una guarnición con suficiente fuerza para contener un ataque de esta índole.

La batalla debía darse en las condiciones más favorables para la Patria, toda vez que en los combates antes, durante y después de Bomboná, la experiencia indicaba que el terreno jugó en pro del enemigo, que sabía aprovechar al máximo su carácter montañés y la inutilización de la caballería. La táctica correcta debía aplicarse atrayendo al enemigo hacia un campo más llano. En este aspecto la arrogancia de los jefes realistas contribuyó mucho a su fracaso estrepitoso, puesto que creyendo desguarnecida a Quito quisieron seguir hasta reconquistarla. En el camino, debían pasar por tierras planas, y allí les preparó Bolívar el epílogo de aquella confrontación que estaba latente desde el 7 de abril de 1822 en las faldas del volcán Galeras.  

Merece especial mención la diversión ordenada por El Libertador al General Bartolomé Salom, quien, marchando a encontrarse con los enemigos, dio un giro de repliegue hacia Quito, suculenta carnada en el anzuelo que las pirañas no tardaron en embestir. El parte de esa batalla da méritos especiales al valor y tino de la conducción que este General derrochó en su proceder.

El Libertador sólo logró reunir unos mil quinientos soldados, de los cuales una cuarta parte se consideraba con experiencia, el resto eran reclutas y milicias de los pueblos vecinos de Quito. Pero bien lo enseña el Arte de la Guerra, el General ya conocía esos caminos, conocía la soberbia del enemigo, y tenía con él la doctrina, esa poderosa energía creadora, que hacía que los hombres le siguieran con confianza y convicción.  

Vicente Lecuna, en su obra Bolívar y el arte militar, resume así la contienda: “Cuando ya los pastusos se habían esparcido por esos lugares, el Libertador entrando el 17 de julio de 1823 por la pica desusada de Cochicaranqui, los sorprendió y aunque se reunieron y opusieron resistencia fueron batidos y destrozados por la caballería, favorecida por la naturaleza del terreno. El desquite por los destrozos de Bomboná fue completo: en el suelo quedaron 550 muertos y 120 heridos de los realistas.”

En el parte de guerra se informa que los patriotas tuvieron trece muertos y ocho heridos.

 

Los enemigos del Proyecto Bolivariano, escamotean por supuesto las dotes militares del Libertador, en este caso concreto, borrando de la “historia” oficial quiteña, neogranadina y peruana la Batalla de Ibarra, y si se la menciona lo hacen con el remoquete de “masacre”, como si no hubiese sido un combate buscado por las fuerzas armadas del imperio que convirtió en esclavos y siervos a los herederos del Tahuantinsuyo, y exterminó a sesenta millones de seres humanos en la invasión inaugurada el 12 de octubre de 1492.

Sin esa victoria del Ejército Bolivariano no habría repúblicas soberanas en este continente de Abya Yala.

¡Honor y Gloria a los héroes y mártires de la Gesta Independentista!

Yldefonso Finol

Economista e Historiador Bolivariano

jueves, 7 de julio de 2022

EL DOBLE ASESINATO POLÍTICO DE CARLOS LANZ

 

El doble asesinato político de Carlos Lanz

“El enemigo no está planteando la invasión tradicional, está metido entre nosotros explotando las dificultades, los conflictos sociales; el enemigo está intentando descomponer el proceso, no para destruir físicamente a la dirección política y al ejército, es para volver atrás a la IV República”. (Carlos Lanz)

I

No permitamos que el crimen cometido contra el luchador revolucionario Carlos Lanz sea convertido en comidilla de bajas pasiones, tan del gusto de las mentes más atrasadas.

La palabrita “pasional”, esa con que generalmente el discurso mediático conservador ha tergiversado brutalmente la violencia machista patriarcal contra la mujer, llegando a encubrir socialmente el feminicidio con excusas horripilantes que revictimizan a las víctimas, esa palabrita de connotaciones caprichosas, no debe aplicarse al caso del compañero Lanz.

Sería reducir a un asunto banal, lo que constituye realmente un acto deleznable, un crimen político donde han convergido la corrupción política-administrativa con bandas delincuenciales, formando un entramado conspirativo al peor estilo del paramilitarismo implantado en Colombia por el cuarteto de coroneles israelíes dirigidos por Yair Klein.

No es la primera vez que en nuestra historia de insurgencia por la utopía de la igualdad, un puñado de traidores infiltrados asesinen a un revolucionario integral como Carlos Lanz. Sólo mencionaré -para no rumiar una larga lista dolorosa- el caso aún hiriente de Roque Dalton, ese unicornio de la sensibilidad militante. El instigador y ejecutor de aquella cobarde acción terminó siendo un yupi neoliberal al servicio de los gobiernos más derechistas y represores del continente: Joaquín Villalobos se llama ese matón asesor de Uribe y delator de los zapatistas.

¿Cuántos de esta calaña han infiltrado partidos e instituciones progresistas para destruirlas desde dentro?  ¿Algún revolucionario venezolano duda que en las masacres de Cantaura y Yumare, hubo delación previa?

Sólo basta ver el rumbo político de algún personajillo sombrío para saber el dedo que mostró la ruta a los genocidas de entonces.

II

Carlos Lanz murió luchando contra lo peor de la sociedad. El aparato terrorista que lo desapareció tiene una indiscutible motivación política. Tomar el control de espacios de gobierno, así fuese una institución educativa o de salud, a nivel municipal, estadal o nacional, tiene en nuestra sociedad el componente perverso del afán de lucro, junto a la ambición por mayor acumulación de poder, ascensos jerárquicos, nombramiento de cargos subalternos (clientelismo), manejo de cuentas bancarias, vinculación con contratistas y proveedores, financiamiento de activismo proselitista, etcétera.

La corrupción, por tanto, es uno de los principales problemas de nuestra sociedad, con el agravante que al instaurarse ambientes de complicidad deviene la impunidad y la normalización del dolo, el peculado, la malversación y el enriquecimiento ilícito con los dineros de todo el pueblo.

La corrupción es éticamente incompatible con el bolivarianismo como doctrina emancipatoria y constituye un obstáculo atroz al goce y ejercicio de los Derechos Humanos, sobre todo de los derechos sociales, a que aspiran los sectores más desposeídos.

Lanz realizó ingentes esfuerzos por tratar de llenar otro vacío que subyace en la pérdida de valores y virtudes ciudadanas: la formación político-ideológica. Muchos enemigos del proyecto bolivariano (externos e internos) ven un peligro en quienes enarbolan esta tarea impostergable.

Por eso debemos evitar que se asesine la memoria de Carlos Lanz convirtiendo su martirio en un grotesco capítulo de especulaciones obscenas. Eso quiere el enemigo: revolcar lo puro y abnegado en el fango de un cadalso moral.

Hago un llamado a toda la militancia revolucionaria a defender el legado combativo de Carlos Lanz y a honrar sus méritos cosechados en una vida de entrega altruista por la Patria.

El país ha vivido dos años en vilo y se ha conmocionado por este bestial suceso. El Estado debe cumplir su deber de esclarecer toda la conspiración, castigar con la pena máxima a la banda terrorista, seguir desmontando cualquier ramificación en el nivel que se sospechen conexiones, tomar medidas profilácticas en los espacios institucionales utilizados en la trama, y desarrollar suficientes políticas públicas para impedir que hechos como éste se repitan.

¡Hasta siempre camarada Carlos Lanz!

La Patria sabrá honrar tu memoria.

 

Yldefonso Finol

martes, 5 de julio de 2022

¿Qué es la Patria?

 


¿Qué es Patria?

¿Qué es la Patria?

¿Hasta dónde llega su exhalación?

¿Habita Ella en nos, o sólo existe en el preciso instante de los latidos?

Lo digo mirando el mapa completo con el Esequibo y el País Azul

Con el archipiélago de soledades asoleadas siempre acariciadas por los nordestes

Con la antología de aromas vegetales que van del ají conuquero a las orquídeas selváticas

Con las arepas que se hacen con erepa en el aripo

Las que de niño comió Bolívar en Capaya y con su ejército de pueblos en Boyacá y Carabobo

Los cazabes secos de la yuca mandioca caribe amazónica arahuaca

Los sancochos danzas de aguas y tubérculos, verduras y aliños

Los variopintos frijoles que engranan como mazorca un continente de hermanas

Los seductores perfumes del cacao maracaibero en el chocolate nahual

El alucinante elixir de la penca pecayera prima sanguínea del tequila mexicano

La Patria se lleva en el alma como si el aire que inhalamos al nacer nos siguiera a todos lados en el espíritu mismo de nuestras madres

Siempre seremos críos amamantados en su existencia mítica

Porque la Patria se siente en la distancia como una raíz etérea que nos sostiene

Como un ombligo onírico por donde fluyen los sueños más vívidos

Entonces concluyo que la Patria es mucho más que un mapa…

II

¿Tiene la Patria sonidos en su vientre de muchedumbres?

¿Se logran escuchar los arein añú, los ademi yekuanas, el arrullo pemón, los jayeshis wayúu? ¿Están en nuestra piel las marcas del tiempo oral?

¿Se sienten los gemidos en la sentina del barco donde traen encadenada la africanidad?  

Cuando Miranda fue a Rusia por Crimea, Moscú, San Petersburgo, y conoció a Catalina II en Kiev llevaba a la Patria tatuada en el cuerpo cual heridas de guerra

Cuando Bolívar deliró en el Chimborazo no bebió más estimulante que la Gloria de “redondear Colombia” en el abrazo rebelde de Manuela Sáenz

La Patria estuvo allí donde se desbordaron ríos de genialidad libertaria

El llamado de carrizos y maracas puso en levitación chamánica la épica infinita

Sonaron tambores palpitantes como volcanes en contagiosa erupción   

Faltaron días al calendario y sitios a la geografía para apuntar tantas proezas

La incesante poesía se hace canto de una fuente maravillosa inagotable

La Patria es un cosmos poblado de canciones y ritmos multicolores

Donde se oye un joropo está la Patria llana criolla y legendaria

Donde suena una gaita va la Patria alegre que ama y lucha

Donde polos y galerones, calipsos y estribillos, fulías y merengues nos anuncian amaneceres

Donde golpes y tamunangues nos descubren seres de esencias musicales

Donde siempre un cuatro como guitarrilla emblema lo inunda todo de Patria

Entonces comprendemos que estamos hechos de arepa con ánima de tiple cambur pintón

III

¿Se hace la Patria con sudores y dolores, o Ella es un don inmerecido?

La Patria sólo existe en el amor concreto que estamos dispuestos a darle

¿Nació acaso de los traidores que asaltaron el poder tras la Independencia?

¿O cuando los pueblos originarios enfrentaron primera vez la invasión colonial?

¿Fuimos república soñada el 5 de Julio de 1811 y parida en Angostura en diciembre de 1819? ¿Acaso no fue en Carabobo que Bolívar la dio por nacida?

Y todavía hubo que salvarla en el Lago Maracaibo de un terrible mal en julio 1823

La Patria es hija del parto doloroso de la Historia que nuestro Pueblo escribió con sangre, con ríos de tinta sangre sobre la misma tierra

Si, como lo han oído, con un poco de Jaramillo y bastante de Gallegos

La Patria son los hijos infinitos de Andrés Eloy hechos “hombres” en el cajón del limpiabotas Alí Primera, criados por esa madre de Nazoa en un pueblito de recuerdos

La Patria es un conclave de heroínas inmortales que nombro para bendecirme

La Patria Luisa Cáceres, Juana Ramírez, Josefa Camejo, Ana María Campos, Domitila Flores, Josefita Machado, Mercedes Alaña…

También la Patria Micaela Bastidas Puyucahua, Bartolina Sisa, Juana Azurduy, Policarpa Salavarrieta, Manuelita Sáenz, Mariana Grajales

Toda la Patria irreverente como un poema de María Calcaño

Patrias en plural y en femenino porque la patria nueva y buena tiene que llenarse las entrañas de inclusión y diversidad justiciera

Patria Grande le decimos a la Abya Yala guna, nuestra Mmogor añú

¿Es la Patria botín de los asesinos de Sucre? ¿O es Sucre la Patria asesinada?

¿La Patria es hija de la intriga oligarca de la Cosiata o en ese capítulo tenebroso hubo un secuestro precedente de los ejecutados por la Dictadura Argentina?

¡Vengan Madres de las Plazas a reclamar la niña Patria de Bolívar!

La Patria no es la que cree la elite esclavista que se lucró hasta de la abolición

No lo es la que invisibilizó a nuestros ancestros legítimos dueños del territorio

La Patria no es el petróleo en el subsuelo ni el oro en las minas

La Patria no se puede plasmar en una cédula o un pasaporte

Su inmensidad es inasible a las cosas perecederas y fatuas

La familia trabajadora que cultiva valores de dignidad es la Patria

Escudo bandera himno encarnan simbólicas pertenencias colectivas

Sólo vivirlas con hondo amor las convierte en Patria

Se piensa, se siente, se añora, se defiende, se vive y se muere por Ella.

La Patria es un ente transmaterial inconmensurable

Es la luz interior que nos impulsa a dar la mejor energía por su destino

Entonces La Patria no es el mapa, ni los símbolos, ni los recuerdos del terruño

Serían objetos inanimados o anécdotas de trasnocho sin la entrega existencial

La Patria anda en la idea que tenemos de Ella pero quiere más de sus retoños

La Patria es la pasión que ofrendamos por sostener el derecho a tenerla.

 

Yldefonso Finol

Escritor salvaje, guerrillero de las ideas, insurgente contra todo coloniaje

Hoy 5 de julio de 2022

jueves, 23 de junio de 2022

Venezuela y Colombia en 2022: reconstruir y relanzar la diplomacia bolivariana

 








Las relaciones de Venezuela y Colombia en 2022: una agenda de nuevo tipo

Sumario

El triunfo de la fórmula presidencial Gustavo Petro-Francia Márquez en Colombia este domingo 19 de junio tiene un esperanzador contenido popular. El llamado Pacto Histórico ha logrado una victoria realmente histórica. Se respiran aires de una nueva Colombia. ¡Enhorabuena al pueblo hermanado en Bolívar!

I

En agosto de este año se abrirá una nueva etapa en las relaciones binacionales colombo-venezolanas. La gran mayoría de ambos pueblos desean de corazón unas relaciones “normalizadas”, como ha dicho el Presidente electo Gustavo Petro; unas “relaciones de hermandad”, como ha sostenido desde su primera elección en 2013 el Presidente Constitucional venezolano Nicolás Maduro, siguiendo la línea del enfoque bolivariano iniciado por Hugo Chávez en 1999.

Con la salida del uribista Duque, debe cesar definitivamente el uso del territorio y las instituciones de Colombia como plataforma de agresiones viles contra la paz y la soberanía de Venezuela.

El mejor amigo, el mejor socio y la mejor hermana de Colombia ha sido por siempre Venezuela. Lamentablemente no podemos decir lo mismo de este lado respecto a Colombia, por la maligna vecindad en que incurrieron derechistas agentes del narco-paramilitarismo, rayana en una enfermiza xenofobia antivenezolana.   

Es la hora de rescatar la historia común sobre la base de los más sagrados valores que fundieron aquella nacionalidad compartida en la Gesta de Independencia.

No nos corresponde entrar en consideraciones sobre el proceso interno del cambio que hoy vive Colombia, ni de los estilos que el gobierno electo le imprima a sus acciones; somos respetuosos absolutos de la soberanía y autodeterminación de las naciones. El pueblo colombiano es el dueño de su destino y confiamos en la sabia conducción del nuevo liderazgo que ha emergido renovado tras largas décadas de opresión.

Queremos sí, dejar para nuestro Gobierno Bolivariano y la opinión ciudadana, unos breves apuntes de lo que debería constituir una agenda de nuevo tipo para las relaciones bilaterales. 

II

Principios fundamentales de la nueva diplomacia binacional:

Respeto a la soberanía nacional y autodeterminación de los pueblos

Formalización de los vínculos oficiales a través de las respectivas Cancillerías

Reinstitucionalización de las relaciones consulares

Cooperación mutua en objetivos sociales y ambientales comunes

Preeminencia de la paz y los Derechos Humanos

Unión e integración regional

Promoción de la convivencia y el intercambio fructífero entre ambos pueblos

Coordinación de esfuerzos por unas fronteras para la paz, la dignidad y la fraternidad

III

Temas para una agenda binacional de nuevo tipo

Teniendo clara la complejidad de restaurar unas relaciones que nunca han sido fáciles, pero que en los últimos años se vieron torpe y criminalmente destruidas institucionalmente por el gobierno de turno en Colombia, y en conocimiento que cada temática encierra en sí un conjunto de subtemas y aristas diversas, propongo las siguientes áreas gruesas para ir elaborando esa nueva agenda necesaria:

Rescate de la diplomacia de paz y amistad entre los pueblos y gobiernos

Movilidad migratoria y Derechos Humanos

Mecanismos formales para las relaciones económicas binacionales

Normalización fronteriza con nuevos mecanismos institucionales y participativos

Recuperación de los diálogos de paz interrumpidos por el gobierno saliente

Asuntos ambientales y de salud pública de interés común

Cooperación e intercambios educativos-culturales

Pueblos originarios que preexisten en hábitats ubicados en ambos países

Lucha contra los delitos transnacionales (narcotráfico, tráfico y trata de personas, bandas criminales internacionales, tráfico ilegal de armas, contrabando)

IV

Himnos entretejidos

Gloria al bravo pueblo, Gloria Inmarcesible

Que el yugo lanzó, júbilo inmortal

Tembló de pavor el vil egoísmo

Cesó la horrible noche, el bien germina ya.

 

Yldefonso Finol

miércoles, 22 de junio de 2022

El 23 de junio de 1607 capturan al Cacique Nigale: seguimos su lucha

NIGALE



Las velas se roban el viento y ciegan el horizonte. Cada vez son más en número y tamaño las naves con que los españoles surcan el Lago. A ratos deben detenerlas en la barra y descargarlas en espera de la marea llena para poder entrar al cuerpo de agua y navegar rumbo al puerto de Maracaibo, que se ha convertido en un importante centro de negocios para los europeos en estas tierras. En ocasiones, llevan con ellos de guías y bogueros en los laberínticos bajos de la barra, a los de la sangre autóctona que se han doblegado a sus armas y artimañas.

Desde el alto cerro de la isla de Toas, los espesos manglares del lar maracaibero son una sinfonía de verdes naturales, que reflejados en sus cristalinas aguas, sacan acordes disonantes del brillo lacustre formando una fiesta de sensaciones espirituales. Es el canto de la creación a la libertad de las criaturas, a las gaviotas dibujando las notas de su aeronáutica danza en el cielo pentagrama, a las manadas de toninas y manatíes hilando maravillas marinas en su ballet acuoso de redondas expresiones, al ir y venir de miles de aves migratorias en su feliz encuentro secular con la vida.

Desde el alto y caluroso cerro, el joven cacique del clan zapara de la nación Añú, gime silencioso las nostalgias por un pueblo que desaparece: su pueblo. Antes de llegar los extraños todo era tan tranquilo, tan hermoso, tan humano. La pregunta le golpeaba insistente a la puerta del pensamiento, sin poder hallar respuesta: ¿por qué los españoles sufrían de tanta avaricia y crueldad? ¿cómo habían podido esclavizar y asesinar a tanta gente sólo por tener más? ¿qué sería de los poquísimos Añú que sobrevivieran a la catástrofe? ¿cómo sería el futuro del Lago en manos de estos ambiciosos?

Sólo sabía que hasta la última gota de su sangre debía derramarla tratando de hacer ir de sus territorios a los invasores.

El conticinio y la meditación se desvanecieron en la medida que la responsabilidad de jefe le reclamó. Debía convencer a los hermanos de la etnia Bari, mal llamados Quiriquires o Motilones, para que juntos enfrentaran al enemigo común, a los que pretendían despojarlos del Lago que era padre y madre de todos. Ya él había perdido a sus progenitores en manos enemigas.

Su padre fue de los que cayeron resistiendo contra los de Pacheco, cuando los invasores atacaron por sorpresa los primeros poblados Añú en busca de gente para hacerlos esclavos. En esa acción Nigale y su joven madre fueron capturados y puestos al servicio de la casa del Teniente de Gobernador de Ciudad Rodrigo de Maracaibo. Allí aprendieron a tragar amargo y respirar hondo cuando había que callar ante algún atropello. Aprendieron a ser sigilosos cuando de escuchar las instrucciones y comentarios del jefe de los invasores se trataba. Y aprendieron la lengua del enemigo, como llegaron a conocer sus intimidades, llenas de intrigas y falsedades, de temores y complejos, de hipocresía y deslealtad.

Por eso la madre protectora, simuló con el dolor de sus entrañas contraído, obediencia y sumisión ante aquellos que sólo ultrajes le habían causado. Todo con tal de no ser apartada de su crío. Todo a cambio de tenerlo cerca y protegerlo.

El pequeño Nigale, igual debía ignorar su filiación frente a los señores, pues les hubiese costado la separación, de haberles descubierto el nexo familiar que les unía. Eran normas del régimen de hecho instaurado por los encomenderos, que perseguía debilitar los lazos de pertenencia consanguínea en el grupo indígena, para quebrar su fortaleza unitaria y de resistencia, y una forma atroz de decirle a los hijos y a las madres que ambos les pertenecían por ser sólo bestias de carga, de trabajo, de servidumbre. Era la brutal negación de la familia indígena, en contra de las propias leyes españolas que, gracias al esfuerzo de conciencia de la Orden de Predicadores, se habían dictado para proteger a los indígenas de los abusos del conquistador.

En esas cosas terribles pensaba Nigale, todas las cuales quedaron reducidas a malos recuerdos en aquella gesta de noviembre de 1573 en la que sus hermanos Añú pusieron en jaque a Ciudad Rodrigo, y él, y su adorada madre, rescataron la libertad y la felicidad unidos en un abrazo que nunca se ha borrado de su pecho lleno de amor y de rabia. Su pecho que hoy sentía un vacío inmenso como el ayer. Su pecho que añora su primera infancia nadando libres como peces entre los horcones que cual fuertes piernas soportan al hogar de los descendientes de Maarak'iwo, y la transparencia del agua y la suavidad del marullo sirviendo de duendes del juego eterno de los niños que alborotan el fondo de las fantasías e ilusiones. Los niños, sus amigos, él, sintiéndose un niño con semejante carga pesada en sus hombros. Sus hombros que ya no aguantan solos el peso de las exigencias sobrehumanas que le atormentan el sueño.

Recordó cómo se hizo hombre andando fugitivo de un lado a otro en su propio lar, guerrero improvisando hazañas sin tener la edad, cacique con la única sabiduría de andar todo el tiempo arriesgando la vida en tanta empresa temeraria que imponía la lucha. Su generación no dispuso de tiempo para la feliz rutina de la paz y el amor. La afición espontánea de su pueblo al canto y los versos como adoración a la belleza del paisaje y la energía de los elementos, se trasmutó en inspiración de rebeldía por la dignidad pisoteada. Ahora el talento todo se desgranaba sobre los campos de batalla, cuerpo a cuerpo. El impulso creador que tantos momentos gratos regalaba a los Añú en sus tertulias comunitarias y reuniones familiares, cambió a impulso vengador justiciero, impulso desesperado por vivir, por ser libres otra vez. Vida y libertad, los dos gemelos creadores que nos alimentan. Las dos aspiraciones más sentidas que el cacique soñaba para su gente. Las razones de su desvelada y tenaz entrega vital.

Era el año de 1598 en que Nigale despidió los restos mortales de su madre idolatrada. Ella le fortificó en sus principios libertarios y le dio de beber la sabia de la justicia en la fuente de la igualdad y la solidaridad. Tuvo que ser guerrera por la fuerza de los acontecimientos igual que todas las madres que ven en peligro al fruto de su divina fertilidad. Fue guerrera y consejera y como tal llegó al fin de sus días sobre la tierra. Sus últimos alientos los libró a través del aceitoso brillo de su mirada que derramó sobre los húmedos ojos del libertador de sus entrañas. Los ojos que hablan por el alma y dicen lo que mil palabras no logran. El agónico mensaje crecido con un eco extraordinario en las neuronas del cacique: luchar hasta el final por la dignidad del pueblo Añú.

En lo alto del cerro isleño, Nigale llora a su madre y eleva su monólogo interior a las criaturas del universo buscando ayuda, buscando luz. Al sol, padre del brillo que aviva la existencia. Al agua, anciana abuela que nos amamanta con sus añejas mieles. Al relámpago permanente que atiza las conciencias de los pensadores. A la tierra, paridora innata de la vida con la piel llena de hijos agradecidos. A la lluvia, inquieta adolescente fertilizadora.

Su llanto no se escucha ni se ve. Su llanto inunda el aire.

Mientras, en las cálidas orillas de la bahía de Uruwá, en el delta del Macomite, entre los caños donde aparecía el piache Mohán, los guerreros escoltas de Nigale sudaban a borbollones el nerviosismo por la obligada espera que ordenó su querido jefe. Respetaban la soledad que el hombre requiríó en aquel momento de íntimo dolor, pero temían un zarpazo imprevisto de efectos irreparables, en tiempos que el capitán español Andrés de Velasco andaba con sus soldados atacando por sorpresa los reductos de la resistencia Añú.

Consideró el segundo cacique Telinogaste que era prudente comenzar a acercarse al sur de Toas, dando la orden a los remeros que empezaron con ahínco el arpegio de los canaletes. En media hora estaban sobre la rocosa isla blanquiazul. Nigale, que les vio zarpar, a pesar de no querer romper su soliloquio, inició el descenso para evitarle a sus camaradas la molestia de subir la cuesta. Sin cruzar palabras se hallaron en una playa de arenas blanquecinas, emprendiéndola rumbo al este hacia Oriboro, lugar que servía de escondite a la última guerrilla del pueblo que vivía sobre el agua.

La región de Maracaibo, patria de los Añú, poseía un paisaje único, formado por el encuentro del mar con la dulzura del Lago y sus cientos de ríos subsidiarios, produciendo una especial exuberancia en la vegetación y una diversidad prolija de su fauna. En el recorrido hacia el pueblo y ciénaga de Oriboro, se veían saltar miles de taparucas plateadas como tejiéndole collares de perlas al Lago en su piel. Se veían los caimanes y babas en los caños, y los rosados y delgaduchos togogos en los bajos de la ciénaga. Tantos colores, tonos, formas, valores, texturas, un universo en plenitud.

A la hora de la cena, con el humo del fogón por centro de mesa, Nigale compartió con sus hermanos sus más recientes reflexiones acerca de la necesaria coordinación con el resto de los clanes Añú y con las otras etnias que luchaban contra los invasores españoles. Primero debían hablar con las hermanas familias Añú de los aliles, toas, parahute, paraúja, mohanes, auzales y arubaes; y después proponerles la unidad total a los descendientes de la gran nación chibcha que habitaban el sur del Lago: los Barí. Con ellos podía contarse porque eran gentes honradas, de mucha dignidad, que además no rehuían el compromiso por difícil que fuera y amaban profundamente sus territorios. La relación tradicional de intercambio se había truncado por el trauma de la presencia invasora, pero de seguro recibirían con patriotismo la oferta unitaria del clan zapara. Esta era la estrategia nigaleana que perseguía golpear al invasor allí donde precisamente más le dolía: en sus negocios.

XIII

TIEMPOS DE INSURRECCIÓN

Un siglo de invasión había reducido a la población indígena de la región del Lago de Maracaibo a unos escasos quince mil, esparcidos hacia los más recónditos parajes por fuerza de las guerras desiguales e injustas que les acosaban. En toda la Provincia y Capitanía General de Venezuela, desde Maracapana hasta el Cabo de La Vela, la instauración del predominio español, desde el punto de vista institucional, formal, pasó por un largo período de desgobierno y de desorden que facilitó la implantación de un régimen de desmanes y abusos que llevó a los colonizadores a cometer crímenes de lesa humanidad con la más vil impunidad. El fracaso de la táctica dominica en la Costa de las Perlas, al oriente, que quiso demostrar que era posible pacíficamente entrar en relación con los indígenas y evangelizarlos para que fuesen vasallos voluntarios de los Reyes Católicos, dio paso al libre albedrío de los avaros y aventureros esclavistas; los mismos que provocaron la ira de los pacíficos cháimas que aceptaron sin complejos y con gran hospitalidad la presencia de los frailes domínicos y franciscanos que acudieron a convivir con ellos. En tres ocasiones sucesivas entraron los invasores a raptarles gentes, llevándose a unos seiscientos, y como no se cumpliera la promesa de los sacerdotes de hacer que les regresasen a los secuestrados, los caciques más radicalizados tomaron venganza en aquellos inocentes cristos que hubieron de cargar con las culpas de sus malévolos paisanos.

En occidente, el paso de los agentes alemanes welser, las frecuentes incursiones de secuestradores esclavistas, y los intentos frustrados por ocupar Maracaibo, junto a la complicidad criminal de representantes de la iglesia como el fariseo Rodrigo de Bastidas, habían dejado una nefasta secuela de vejámenes, muerte y desolación.

La resistencia indígena se hacía más belicosa y permanente en la medida que la presencia invasora amenazaba con establecerse. La muerte del gobernador Jerónimo de Lerma y los capitanes Olea y Simón de Alfaro, valorados por los españoles como pioneros de lo que ellos consideraban la fundación de Maracaibo, consternó de tal manera a los de Nueva Zamora, que la retirada estuvo a punto de realizarse a no ser por el auxilio que les prestó el Capitán Francisco de Cáceres, quien permaneció una temporada dando guerra, atacando los escondites indígenas y apresando a muchos, incluidos los negros cimarrones escapados de Río de Hacha, a los que atrapó en el cumbé cimarrón que habían construido a manera de fortaleza. Al marcharse llevaba como motín a los diecisiete negros que sobrevivieron el ataque y a unos trescientos añú, todos marcados a fuego vivo en la barbilla con la V de Venezuela a la usanza del obispo Bastidas.

La estrategia conquistadora en este tiempo exigía mayor estabilidad en el mando y organización en la administración. Debían proteger el negocio de las perlas en Cabo de La Vela, por lo que le encomendaron a Juan de Guillén, sustituto de Maldonado, que poblara una villa entre Maracaibo y Río de Hacha, así como desde esta última se organizaron fuertes entradas contra los wayú, llamados guajiros y cocinas por los europeos, a los que obligaron a negociar la rendición hacia 1598, cuando comenzaron a tener "buenas relaciones". Guillén murió en el intento de lo encomendado cinco años atrás a manos de unos guerrilleros aliles añú que lo emboscaron por Sira'maiki. Los reductos de la resistencia asediaron con garra esos años apoderándose del control de la navegación en el Lago, fundamentalmente en la barra, donde los guerreros de Nigale hicieron punto de honor, ubicándose audazmente en todas las islas y bajos del estrecho: Zapara, Toas, Maraca, Mohán, Parauja, Oriboro. Golpear el comercio haría más daño al invasor que golpearle sus hogares. No hubo embarcación venida de Cartagena o Santo Domingo que no fuese perseguida por las canoas guerreras. Igual con las que del puerto de Gibraltar traían el tabaco y otras mercancías de Trujillo, Barinas, Guanare, Tocuyo, Carora, Mérida. Los grupos de guerreros apenas las divisaban acudían prestos en sus ligeros cayucos, con las flechas untadas del abundante combustible que la creación sembró en las entrañas profundas de Maracaibo: el mmene. Muchas naves comerciales ardieron en llamas haciendo saltar a sus tripulantes, empujados por el ardor insoportable del fuego a las filosas saetas vengadoras que les esperaban al caer. En el sur del Lago, los Barí libran la misma lucha. Al puerto de Gibraltar, creado en 1591 por iniciativa del gobernador de Venezuela Gonzalo de Piña Ludueña, lo destruyen en 1600 provocando la huída de la mayoría de los españoles allí residenciados.

El Lago Maracaibo es ahora un inmenso campo de batalla. La insurrección indígena añú y barí campea por toda la región. El planteamiento del cacique Nigale tomó asidero y prosperó. Los intereses comerciales de los invasores comenzaron a pasarla tan mal que pedían a gritos refuerzos militares y mano dura contra los incómodos rebeldes que les truncaban sus operaciones. Al capitán Andrés de Velasco, designado por Gonzalo de Piña como Teniente de Gobernador en Nueva Zamora, que lidió por varios años con la resistencia añú, lo acusaron de ser tibio en su acción armada y le reprochaban que bajo su gestión se habían incrementado los alzamientos indígenas en la zona.

A comienzos de 1606 llega el nuevo gobernador Sancho de Alquiza. El siete de febrero se impone del cargo ante el cabildo neozamorano. Se queda en la ciudad lacustre hasta el mes de julio cuando sale a Caracas, que ya se perfilaba como la sede permanente del poder español en Venezuela. Esos cinco meses los indígenas anduvieron cautelosos por la gran cantidad de hombres de armas que acompañaban al recién llegado jefe español. Los indígenas espías que simulaban ser siervos de los extranjeros en sus casas y empresas, informaban de las quejas expuestas por los de Nueva Zamora a su autoridad y las insistentes peticiones de que acabaran de una buena vez con los indios alzados que les hacían imposible vivir en aquellas regiones, tan prometedoras para las rentas reales por su magnífica ubicación con salida al mar.

Ido Alquiza a Caracas, Nigale propone a los de Parahute y Misoa y a los Barí, arreciar la guerra y deciden realizar un ataque masivo. Primero debían arreglar cuentas con los traidores que ayudaron a los invasores desde un principio sirviéndoles de intérpretes, remeros, guías, y abasteciéndoles de alimentos. En ciento cincuenta canoas atacan y destruyen los pueblos palafíticos de Moporo y Tomoporo, persiguiendo a sus pobladores hasta hacerlos extraviar en las selvas y pantanos más distantes. Luego irrumpen de madrugada en el puerto de los españoles llevándose sus embarcaciones, piraguas, bajeles y canoas que estaban ancladas, aprovechando la oportunidad para tumbar los corrales de cabras, robando algunas y sacrificando al resto. Frente a la ciudadela hispana pasaron en sus canoas mostrándose aguerridos y dispuestos a retar sus energías. Energías que le fallaron a los mercenarios allí acantonados que no se atrevieron a aceptar el reto, intimidados por la dignidad y gallardía de los aborígenes.

En septiembre de 1606 el cabildo de Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, solicita la ayuda desesperada del gobernador Sancho de Alquiza. El emisario encargado de trasmitir la angustia y zozobras vividas fue el capitán Simón Fernández Carrasquero, quien logró entrevistarse con el primer mandatario el 4 de octubre de ese año. Le explicó, como así lo hacía la carta del Cabildo que portaba, la precaria situación en que se hallaban, después de enfrentar sin ayuda económica del Rey, catorce años de asedio permanente por parte de los hostiles indígenas de la región. Le pedían encarecidamente apoyo económico, bastimentos, piraguas e indios que les trabajasen, ya que los pocos con que contaban, que eran los de Moporo y Tomoporo, fueron aniquilados por los insurrectos. Y, como tabla de salvación del proyecto colonizador de Maracaibo, que enviasen a una persona con suficiente experiencia militar y caudal económico para emprender la pacificación de los indios a su costo.

La tarea de Fernández Carrasquero no resultó nada fácil toda vez que el impávido Alquiza no se dejó conmover por sus lamentaciones y por el contrario le repicó con una sarta de reclamos sobre la responsabilidad que ellos mismos tenían en el desmando que imperaba en la región y les recriminó no haber apreciado que la mitad de los recursos reales con que contaba para toda la gobernación se los había entregado generosamente a los de Nueva Zamora, y que eran demasiados los problemas que debía resolver con el otro cincuenta por ciento.

El ánimo del embajador Fernández Carrasquero sufrió un desaliento que casi le hace sucumbir. Alquiza no le dejó abierta ni siquiera una pequeña rendija por donde poder sensibilizarle. Sólo se imaginaba las caras de sus vecinos que todo lo habían arriesgado en aquella empresa que parecía zozobrar inexorablemente ante la apatía de quien consideraban su última carta, o la ruina y la humillante partida serían sus obligadas alternativas. Más, de la sórdida respuesta del gobernador, surgió un hálito de esperanza, un nombre que podría salvar la idea original de los que invadieron Maracaibo en 1569.

Se trataba de Juan Pacheco Maldonado, el hijo de Alonso Pacheco.

XIV

CAIDA DE NIGALE: TRIUNFO DEFINITIVO DE LA INVASIÓN

El primogénito de aquel Alonso Pacheco que en 1573 huyó de Maracaibo abandonando a su suerte a los que le siguieron en esa expedición colonizadora, el ahora Capitán Juan Pacheco Maldonado, residía en su natal Trujillo, donde la influencia familiar le deparaba sendos privilegios, comodidad y fortuna, aunque no siempre la deseada, pero suficiente como para darse vida de señor, en aquella provinciana ciudad de casas altas y anchos solares, y calles angostas de piedra pulida que ascendían empinadas a mirar los cerros que las rodeaban. Pueblo para el andar pausado y para el recogimiento temprano, a veces cálido en el día, pero siempre fresco en las noches. Allí lo encontró el animado Simón Fernández Carrasquero a comienzos del año 1607, cuando de regreso de Caracas decidió irse directo a buscar al Capitán Pacheco Maldonado para informarle personalmente de la oferta que le hacía el gobernador Sancho de Alquiza para que asumiera el cargo de Teniente de Gobernador de Maracaibo en sustitución de Andrés Velasco, con la solícita misión de destruir los focos de resistencia indígena que aún osaban enfrentar a las fuerzas españolas en la región del Lago: los Añú y los Barí.

Como los de Trujillo, igual que los de Mérida y las otras poblaciones de españoles en la cuenca del Lago de Maracaibo, sabían y sufrían los daños causados por las incursiones indígenas contra la navegación y el comercio y ante la inminente necesidad de ir fortificando la barra y los puertos lacustres por la amenaza de los piratas y corsarios que ya estaban acechando las costas cercanas, Juan Pacheco Maldonado logró sin mucho esfuerzo el apoyo económico, logístico y de recursos humanos que requirió para emprender su cometido.

Fernández Carrasquero informa al Cabildo el 23 de enero de 1607 sobre la respuesta de Alquiza, a la que reaccionan en dos sentidos: informar detalladamente al propio Rey a través de un informe que le envían con el alcalde Pablo de Collasos, y preparar el recibimiento al nuevo Teniente de Gobernador, Juan Pacheco Maldonado. Para esa fecha el capitán trujillano ya ha aceptado formalmente la propuesta del Gobernador y éste a su vez, procedió a nombrarlo oficialmente el 2 de febrero siguiente. EI 13 de marzo, después de recibir su título, designó a su amigo Martín Fernández como Sargento Mayor y lo envió a Maracaibo como gobernante provisional mientras él se concentraba en resolver los pormenores de la que habría de ser su gran oportunidad de reivindicar el nombre de los Pacheco en el terreno de las armas, para lo que se había formado toda la vida.

En su espaciosa habitación, al reflexionar sobre la decisión que estaba a punto de tomar, el único varón de Alonso Pacheco y Ángela Graterol, especulaba sobre lo que significaría una victoria conducida por él para toda la colonia española establecida en Venezuela y en particular, para el nombre de la familia que volvería a brillar entre las que mejor servicio han prestado a la Corona y que por tanto, mejores servicios recibían de ésta. El conocía la sicología de aquellos indígenas añú entre los que pasó un lustro de su primera infancia. Poco le importaba arrasarlos vivos si era necesario para abrirse caminos de gloria y riqueza. El sabría cómo tratarles, con la soberbia de los aceros y la pólvora, y con la maña de las víboras.

Cada uno de sus hombres debía portar un mosquete nuevo con suficiente carga para quince disparos, más una pistola al cinto, sable afilado y puñal. Las cabalgaduras servían a un quinto del batallón.

En Moporo armó las naves de velas y mandó construir canoas de buen tamaño para usarlas como acompañantes. Sin anunciar su salida y antes de entrar a Nueva Zamora, sorprendió al pueblo de Parahute, entrándole con cien hombres a fuego cerrado de mosquetes e incendiando las casas. Murieron cerca de doscientos en el acto y atraparon a otros tantos como rehenes, salvándose los que lograron huir a los montes que llaman de Lagunillas, en la costa oriental del Lago. Los caciques bautizados por los españoles como Juan Pérez Mataguelo y Camiseto, que actuaron en la insurrección contra Moporo, Tomoporo y el puerto de Nueva Zamora, fueron llevados a la ciudad para ser ejecutados en público como acostumbraban hacer con los jefes guerreros para escarmentar. Al resto los vendieron como esclavos.

No se arriesgó Pacheco Maldonado a darle tregua a los alzados y sin dilatar en formalismos burocráticos continuó la razzia contra los añú, a los que consideraba más peligrosos por su tenacidad y perseverancia, y por ser capaces de renacer como el ave fénix de sus propias cenizas, cuando de defender lo suyo se trataba. Recordaba con vergüenza la retirada deshonrosa que les hicieran emprender los indios cuando aquellos terribles días de noviembre de 1573. Veía el rostro de su padre compungido palidecer de amor propio la madrugada que con algunos de sus siervos y tropa de mayor confianza, a espaldas de todos los de Ciudad Rodrigo, marchó a Trujillo desmoralizado y derrotado. Se imaginaba al tal Nigale enseñoreándose ante él, cuando sólo era un indio miserable al que su familia dio de comer y albergó entre sus criados. Quería pronto acabar con esta pesadilla que le atormentó no pocos sueños, en sus años de juventud en que los rumores callejeros se mofaban de los Pacheco por la historia conocida.

Pero sus conocimientos sobre la guerra y del terreno que pisaba, le indicaron que actuara más con el cerebro que con el corazón, que a la rabia y los deseos de venganza debían orientarlos la audacia y la inteligencia. De allí que contuvo sus ganas de combatir rápido y dispuso una operación de espionaje, para precisar los lugares donde se refugiaban las guerrillas añú, cuáles eran sus bases de apoyo logística, con cuántos hombres contaban, y algo muy importante en estos casos, la disposición anímica del contrincante y sus armas. Una vez que recabó la información que quería y con más madurez en el conocimiento de los posibles escenarios, se trazó una táctica que habría de sorprender a sus propios correligionarios. -"Los atraparemos bajo engaño sin disparar un tiro", les dijo a sus subordinados, quienes no alcanzaban comprender el plan del Capitán.

Pacheco se notaba seguro de sí mismo, enérgico, optimista. Su posición se basaba en el hecho de haber determinado en su trabajo de inteligencia, que los añú no tenían clara conciencia de quién era su verdadero enemigo, no habían alcanzado a interpretar las intenciones totalizadoras de la conquista, de manera que los españoles que residían en Trujillo, no necesariamente eran considerados enemigos o invasores, a menos que intentaran establecerse en sus regiones, reservadas al hábitat del Lago. La guerra de resistencia que precariamente libraban los indígenas, sólo perseguía hacer retirarse a los extranjeros de sus predios. Fue lo que llevó al hijo mayor de Alonso Pacheco a tramar una treta de engaño contra Nigale. Él sabía que funcionaría.

Hasta la isla de Zapara se dirigió con sesenta hombres en un barco de velas y dos canoas acompañantes. Le envió mensajes a Nigale de que quería hablarle. El cacique se sintió confundido, Pacheco le pedía reunirse para hacer las paces ya que él vivía en Trujillo y los de allá no tenían guerra con los añú, y que al contrario ellos podían tener relaciones amigables, negociando sal y pescado que allá necesitaban, por biscochos y otras mercaderías que los de Trujillo les podían entregar a cambio.

En los caños de Oriboro Nigale pensaba y repensaba la propuesta de Juan, el niño don Juan, como le habían enseñado a llamarlo en la casa de los Pacheco en Ciudad Rodrigo, cuando con su madre y muchos de los suyos pasaron por la humillación de servir a los invasores. Su mente no dejaba de calcular la posibilidad de la paz, porque los de su pueblo eran ya tan pocos, que sobrevivir y tomar un tiempo de tregua era como respirar y beber agua. También tuvo que luchar con los zamuros que le revoloteaban la cabeza con malos pensamientos llenos de ira reprimida, al memorizar involuntariamente escenas de dolor y de impotencia del tiempo en que mandaban los Pacheco. Pensó en su padre, que como tantos hombres de paz, trabajo y poesía, tuvo que partir anónimo de este mundo por la ambición de unos extraños que habían venido a destruirlo todo.

A regañadientes fue el segundo cacique Telinogaste a dar respuesta a los de Trujillo que andaban merodeando en las dos canoas por las orillas de la insular Toas, aparentando ser pocos, porque unos cuarenta y cinco de ellos se escondieron con la nave de velas.

El acuerdo fue conversar en Zapara, en el extremo este de la isla. Cada jefe iría acompañado de un pequeño grupo de sus hombres de confianza que no sería mayor de veinticinco, los cuales debían estar desarmados.

Los que andaban con Pacheco en las canoas se escondieron sus puñales debajo de las mangas de sus camisas, mientras el grueso de ellos desembarcó por el norte llegando a pie hasta las cercanías del lugar de reunión. Con Nigale llegaron unos veinticinco guerreros que incluían mujeres y niños de escasos años adolescentes. El diálogo pautado se trocó en un monólogo de cuchillos, espadas y mosquetes. Del otro lado fueron vísceras al aire y cuerpos encadenados. A razón de dos españoles bien armados por cada añú sorprendido por la traición fue el combate, devenido en masacre. Era la víspera de San Juan, 23 de junio del año de 1607.

A Nigale lo llevaron vivo a Nueva Zamora con once guerreros más, para mantenerlo encerrado en jaula de hierro como a una fiera salvaje que se exhibe de trofeo, y para que los cobardes que no se atrevieron a enfrentarlo, lo vejaran con escupitajos y pedradas. Al tercer día los ahorcaron en la plaza mayor. Así sellaron el fin de la resistencia indígena en Maracaibo, con la muerte de su más querido líder.

El imperio español celebró la caída del último héroe de la resistencia indígena en la región del Lago de Maracaibo. Una carta del Rey del 23 de mayo de 1608 felicita a Juan Pacheco Maldonado por "haber acabado con los rebeldes que impedían la navegación en la laguna de Maracaibo".

Fin

 

Yldefonso Finol Ocando

Guerrero añú

Esta es una parte de mi libro EL CACIQUE NIGALE Y LA OCUPACIÓN EUROPEA DE MARACAIBO, escrito estre 1999 y 2000, publiado por autogestión primera vez en 2001 y reeditado en 2007 en forma corrupta por PDVSA, que nunca informó al autor ni del tiraje ni de la entrega públia del libro; no tuvieron ni la amabilidad de avisarme de su salida ni de orgaanizar una presentación. Después supe entre pasillos de la misma PDVSA que habían facturado 70 mil ejemplares, lo que es muy difícil de creer. A mi como autor -luego de varios reclamos- me entregaron 500 ejemplares del libro que regalé entre mis aligos y doné a escuelas públicas.