miércoles, 21 de diciembre de 2022

Fray Pedro de Córdoba y Fray Antonio Montesino un 21 de diciembre de 1511

 


Fray Pedro de Córdoba y Fray Antonio Montesino un 21 de diciembre de 1511: la larga lucha por los Derechos Humanos de los pueblos originarios

Introducción

Concepto presto a polémica este de los Derechos Humanos. Derechos naturales, derechos del hombre y el ciudadano, derechos de la dignidad de la persona, derechos fundamentales, derechos subjetivos, derechos positivos, aluden a definiciones diversas de un mismo concepto. Por otro lado, universalidad, imprescriptibilidad, indivisibilidad, intangibilidad, inalienabilidad, moralidad, absolutidad, son las exigencias conceptuales de un modelo realmente complejo y difuso.

Los Derechos Humanos son una aspiración y una construcción histórica. ¿Un sueño? Es posible. Toda obra comienza en la imaginación. La realidad se encarga de las dificultades. ¿Tiene viabilidad el discurso de los Derechos humanos en el mundo actual? Mil trescientos millones de personas tienen que vivir hoy con menos de un dólar diario. La pobreza extrema azota a por lo menos ochenta países sobre la tierra. Cientos de millones carecen de agua. Una transnacional ostenta más presupuesto que varios países. Una única potencia mundial impone su estilo de vida a sangre y fuego. La globalización neoliberal es el imperialismo en su fase más feroz. La necesidad de seguridad del gran capital está por encima de cualquier otra consideración. Las naciones dependientes se bambolean permanentemente en la mayor inestabilidad política y social. La educación vive una crisis mundial. La pérdida de valores es la rendición de la ética ante la ambición.

¿Tiene sentido filosofar sobre Derechos Humanos? ¿Martín Luter King, Rigoberta Menchú, Chico Méndez, teorizaron sobre derechos?. Sin embargo, es tarea del intelectual contribuir al esclarecimiento de las dudas conceptuales y participar, desde la perspectiva de su compromiso, en la justificación sustantiva y el fundamento verbal de una práctica que a todas luces es necesaria.

La acepción más común de Derechos Humanos pertenece a lo contemporáneo, aunque el proceso de su construcción es añejo.  Su prestigio legitimador de realidades políticas le viene, de alguna forma, de haber sustituido las posturas netamente ideológicas, ó, más exactamente, en términos matemáticos, de haberse convertido en el punto de intersección de las ideologías. Con el discurso de los Derechos Humanos se invade un país y se cometen todo tipo de atropellos a la dignidad de las personas y de los pueblos. Las dos caras de los Derechos Humanos. ¿Pero quién se negaría hoy día a cuestionar que la gente tiene derechos? La multiculturalidad, tan propia de la humanidad, hace que se den diferentes interpretaciones de estos Derechos. El derecho a la vida convive con la pena de muerte en países con diferentes sistemas políticos y diferentes religiones. Siempre cuentan los intereses.

Pero, es innegable la raíz cristiana de esta generalizada visión de los derechos. La concepción de un humano universal con la misma esencia, dotado de alma racional, que como tal es merecedor de un trato digno, porque es un igual, viene del cristianismo. Las sociedades en las que se producen los hechos históricos que marcan el advenimiento de los Derechos Humanos, aún no siendo sociedades democráticas, les era común la influencia cristiana. No quiere decir que todo otro aporte sea nulo, no. Sin duda, desde posiciones revolucionarias no necesariamente cristianas se ha hecho mucho por la construcción de sociedades más justas, libres e igualitarias. Lo que queremos establecer es que en el fondo de la conciencia colectiva sobre los derechos, está latente el evangelio social contenido en aquel amaos los unos a los otros....

Precisamente una experiencia de radicalidad cristiana es la que comentaremos a continuación. En ella vemos los antecedentes más remotos del tema de los derechos en el continente americano. Su repercusión en el desarrollo del pensamiento europeo y, particularmente,  en la construcción de las bases conceptuales que sustentan la teoría de los derechos, no ha sido estudiada. Pero una historia de los Derechos Humanos sin ese capítulo, estaría truncada de sus verdaderas raíces.

 

El Momento Precursor

El sermón pronunciado por fray Antonio Montesino durante la misa del cuarto domingo de Adviento el 21 de diciembre de 1511 en Santo Domingo, constituye el primer hito de la lucha por los Derechos Humanos en América. La llegada de los frailes de la Orden de Predicadores en septiembre de 1510 a la isla, entonces llamada La Española, hoy República Dominicana y Haití, dio lugar al primero y más trascendental enfrentamiento en el seno de las fuerzas conquistadoras, desde el punto de vista ideológico. Debate sin precedentes donde quedaba cuestionada la presencia misma de los españoles en “las Indias”, y que tuvo además un impacto fundamental en el desarrollo del pensamiento español y europeo del siglo XVI.

Constatada la gravísima situación que vivían los originales habitantes del “Nuevo Mundo” o “Indias”, como genéricamente denominaban a las tierras halladas por Colón, y escuchadas las historias que eran vox pópuli en la isla sobre la reciente destrucción, por parte de las armas invasoras que comandaba Nicolás de Ovando, de los cinco cacicatos en que se organizaba la sociedad indígena tahína, este primer grupo de dominicos se ve obligado a tomar partido en defensa del derecho a la vida y a la libertad de los “indios”.

Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?.....¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.(1)

Más allá del anecdotario desatado a partir de la versión que de los hechos dieran los presentes en aquel histórico acto y, muy particularmente, uno que no estuvo en el templo ese día, pero que ha resultado ser el mejor testigo para la historia, como lo ha sido Bartolomé de Las Casas, el mismo que luego dio los frutos más jugosos y efectivos de esa lucha original; queda para la indagación y reflexión científica, lo concerniente a ciertos asuntos claves:

1)  Tal sería de inhumano el trato que daban los conquistadores a la población indígena, que llevó, en menos de un año, a los frailes dominicos a tomar una actitud militante en su defensa, al punto de enfrentarse a las propias autoridades reales en La Española. 2) ¿Tenían los Predicadores un plan preconcebido antes de marchar al Nuevo Mundo, fundado en la convicción de que todo hombre al nacer es libre e igual a los demás sin distingos de condición social o de sus creencias religiosas?. 3) ¿Ponían en duda los de la Orden de Santo Domingo de Guzmán la capacidad del Papa para dar en donación las tierras descubiertas al reino de Castilla?.

En todo caso, sea cual fuere la solución o interpretación que se le dé a estos tres planteamientos, y que no alcanzaremos resolver en este modesto artículo, el contenido del Sermón de Adviento pronunciado por Montesino, y suscrito por todos los miembros de la Orden bajo la conducción de Pedro de Córdoba, sienta las bases de lo que habría de convertirse en el debate fundamental de la época, con repercusiones incuestionables en la elaboración de las doctrinas de Francisco de Vitoria con su arsenal de cimientos del Derecho Internacional, de la llamada Escuela de Salamanca y todo el bagaje del yusnaturalismo clásico español, así como en otras tantas aportaciones al pensamiento europeo de aquel momento y los tiempos que le sucedieron.

En el fondo de estas turbias aguas, se trataba de definir con suma claridad, en primer lugar, la condición humana de los aborígenes americanos y su estatus jurídico-político, y, como consecuencia de ello, la razón o sinrazón de las guerras de conquista que se llevaron a cabo para esclavizarlos y arrebatarles sus territorios. ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. Es el clamor que desde el púlpito empuja a estos hombres de fe a optar por una medida ciertamente desesperada, colocándose en la acera de enfrente de los señores que detentaban el poder, que a partir de ese tremendo desafío, los convertirían en blanco de sus ataques. Para el conquistador in situ, el indio sólo representaba un imprescindible instrumento de trabajo a sus fines últimos de enriquecimiento. El instaurado régimen de repartimientos y encomiendas, de esclavitud disfrazada, al encontrar natural resistencia en los aborígenes, exige la dominación forzosa. ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?. El pretendido “derecho aristotélico” de dominación de los pueblos inferiores y atrasados, subyacente en todas las guerras de conquista emprendidas por los imperios occidentales de entonces, quedaba abiertamente cuestionado con el discurso militante de los dominicos que, además de haber escuchado de los sobreviviente de las campañas militares anteriores a 1510 en La Española, las barbaridades cometidas por los conquistadores, veían a diario la explotación extrema a que eran sometidos los indígenas en las minas, faenas agrícolas y todo tipo de trabajos pesados, las más de las veces, en condiciones degradantes.

Ponerse en el pellejo de aquellos prohombres que se atrevieron a levantar la voz que clama en el desierto, no en un ejercicio metafísico o de un romántico elucubrar, sino en la actitud de los que queremos aprender de la historia sus lecciones, no nos puede conducir a otra experiencia que no sea la admiración por su valentía y fecundidad. Retar en su propia cara a la máxima autoridad terrenal de aquellos predios, el virrey Diego Colón, y a todos los hombres de armas y gobierno de las islas bajo su mando, con la única arma de que disponían los dominicos de 1511 que era la razón de su fe, constituye de por sí un acto de tal heroicidad, que no podemos menos que intentar valorarlo históricamente.

Pero si ello no bastara para comprender en aquel suceso su carácter pionero y su poder desencadenante de una Nueva Humanidad, llamaríamos entonces a continuar tras los pasos que inmediatamente emprendieron los precursores de los Derechos Humanos en América, en los que queda explícitamente definida su aportación al proceso de surgimiento de un discurso y una acción en la defensa de los derechos del género humano.

Después de aquel primer grito de justicia, a todas luces revolucionario, las andanzas de los dominicos de La Española estuvieron marcadas por enormes esfuerzos siempre rayanos en el sacrificio extremo. La esperada reacción represiva del virrey, los funcionarios y los religiosos adeptos a las prácticas oficiales, que veían en la postura de los dominicos a un enemigo aún más peligroso que la propia resistencia indígena -prácticamente ya doblegada por la superioridad bélica y las artimañas del invasor- se activó de forma inmediata. Abandonar sus asientos en la iglesia principal de Santo Domingo y acudir a la choza que servía de convento a los frailes ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Que se retractaran les exigieron. Más la firmeza de la decisión tomada fue un muro inexpugnable ante el cual hubieron de tropezarse, en la serena pero convencida voz del joven prior Pedro de Córdoba, que apenas contaba 29 años. El siguiente domingo que coincidía con el de los Santos Inocentes, el mismo predicador incisivo que siete días antes les recriminó, señalándoles el camino de perdición por el que transitaban por la opresión en que mantenían a “sus iguales”, reiteró una a una las graves denuncias y advertencias formuladas en el sermón anterior.

El siguiente paso fue enviar a las Cortes los respectivos emisarios. Los funcionarios y encomenderos, que es lo mismo decir, enviaron al franciscano Alonso de Espinal, con la prisa, altas recomendaciones y abundantes recursos, que la gravedad de los hechos imponía. Los dominicos, tras reunir las escasas limosnas que los más escasos y pobres fieles les concedieron, encargaron su alegación al tenaz y bien formado discípulo del convento de San Esteban de Salamanca, fray Antonio Montesino.

 

Consecuencias de la lucha dominica iniciada en 1510.

Construir una historia de los Derechos Humanos debe llevarnos mucho más allá de la simple enunciación de las Declaraciones que, en sucesivas contingencias históricas, realizaron los poderes emergentes en sus procesos de consolidación como poderes constituidos. Porque una historia de los Derechos Humanos tiene que apuntar al descubrimiento de las más profundas raíces que inspiraron, no sólo declaraciones y normas que alimentan la positivación de esos derechos, si no también, y con mucha más razón, las luchas concretas que las precedieron e hicieron posibles. Porque la historia de los Derechos Humanos es la historia de la lucha por los derechos.

Partiendo de considerar a los Derechos Humanos como el proceso de la utopía por la justicia colectiva, es decir, la lucha constante que los grupos más o menos organizados e individualidades sensibilizados ante determinados maltratos e iniquidades, dan en cada época por conquistar estadios de vida acordes con la dignidad humana, tenemos entonces que asumir como premisa consecuente, que lo que hoy damos en llamar genéricamente Derechos Humanos, es el resultado de un proceso histórico en el que un conjunto de reivindicaciones y valores ligados esencialmente a la condición humana como la justicia, la libertad, la solidaridad, la vida, la convivencia, son el paradigma que guía la construcción del viejo sueño de la igualdad.

Desde diferentes y a veces contradictorias perspectivas de compromiso, religiosas, políticas, étnicas, culturales, ideológicas, los hombres y mujeres de diferentes épocas han contribuido a la generación del compendio de cláusulas que actualmente conocemos como Derechos Humanos, y que siguen enriqueciéndose de las nuevas realidades.

Pero, no sólo esas luchas, libradas en tan disímiles terrenos que van desde el etéreo –que no vago- debate filosófico hasta el sangriento campo de batalla, han constituido el antecedente original de la aceptación por parte de los poderes constituidos de esos derechos reclamados. ¿O es que acaso ha bastado la simple Declaración para que esos derechos se hagan realidad? ¿Significó, por ejemplo, la siempre citada Declaración de Independencia de los Estados Unidos, para los estadounidenses de origen africano, el goce de ciertos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Lo significó para los propios pueblos autóctonos del norte de América, legítimos dueños de aquellos ricos territorios, hoy casi exterminados por los rifles del “puritanismo” anglosajón?

Las primeras dos décadas de presencia española en el Nuevo Mundo estuvieron circunscritas al espacio insular del Mar Caribe. (Siempre, para invocar el espíritu de la inquietud por la verdad histórica, hay que dejar en el aire la pregunta de ¿por qué en estas islas no quedaron sobrevivientes de aquellos originarios pueblos indígenas?). En ese paisaje exuberante que sedujo de pleno y perenne verdor a los recién llegados, se produjeron las más terribles masacres que hasta entonces conociera el género humano.

Términos como catástrofe demográfica o colapso demográfico, acuñados de manera particular en la magnífica obra de Gustavo Gutiérrez En busca de los pobres de Jesucristo, no hacen si no, tratar de ilustrar dentro de las humanas posibilidades del lenguaje, la vertiginosa desaparición de los originarios habitantes caribeños. “Según los historiadores hay datos confiables para decir que hacia 1510 había de 20.000 a 30.000 indios en La Española. Los cálculos sobre la población taína original varían naturalmente, los primeros misioneros dominicos hablaban de 2.000.000; Las Casas (basándose en una apreciación de Colón) de 3.000.000..... la célebre escuela de Berkeley la estima en 8.000.000 ... y, hacia 1540 no había más de 300 indígenas en La Española”. (2) Ello, sin contar que, muchos pobladores de las islas vecinas, llamadas “inútiles”, desde 1508 eran llevados por la fuerza a “trabajar” en La Española.

Fue ésta la inexorable consecuencia de la conjunción de diversas causas que actuando simultáneamente y en forma combinada potenciaron al máximo su terrible poder destructor. Gutiérrez menciona cuatro, a saber: “la desnutrición y el cambio del régimen alimentario, la presencia de enfermedades (viruela, sarampión, tifus, gripe, y otras) que no encontraban inmunizada a la población indígena, las guerras de conquista y el trabajo forzado (3). Habría que agregar dos mas, relacionadas con todo el entramado del sistema de opresión instaurado por los conquistadores, y cuyos efectos en la caída de la población tienen sus manifestaciones específicas. En primer lugar y como resultado de esas guerras de conquista, la esclavización del indígena, que en muchas ocasiones implicó la extracción de grandes grupos de personas de su lugar de residencia para ser trasladados forzosamente a las minas o a los mercados de esclavos. Y, en segundo lugar, la ruptura violenta y traumática del núcleo familiar, con la separación de los padres y de los hijos, de las mujeres y varones, que generó una abrupta disminución de las tasas de natalidad entre la población autóctona. Le tocaría a una historia de la sicología social, el estudio de lo que ya en aquellos tiempos, los primeros dominicos de América y Las Casas en particular, identificaron como el desgano y desapego por la vida misma, que la perplejidad, decepción y tristeza generalizada del indio ante los increíbles maltratos de que era víctima, provocaron.

La primera concreción formal de la lucha dominica, devino de las gestiones que fray Antonio Montesino, a duras penas, logró realizar ante el Rey en aquel histórico primer viaje redentor. Fueron las Leyes de Burgos de 1512. Tras escuchar el testimonio y argumentos del luchador fraile, el Rey Fernando convoca a miembros del Consejo Real, y a connotados juristas y teólogos, a discutir la situación planteada. Montesino, que no tiene acceso al seno de la reunión, tiene que convencer de sus alegaciones al mismísimo fray Alonso de Espinal, emisario del virrey y los encomenderos. Prácticamente se trató de una difícil negociación en la que ambos hubieron de ceder parte de sus pretensiones. Sin embargo, si bien las Leyes de Burgos no recogieron el planteamiento fundamental de los dominicos de La Española, cual era ponerle fin a los repartimientos y encomiendas, éstas introdujeron un conjunto de ordenanzas reguladoras del gobierno que, al definir el trato que los españoles debían darle a los indígenas, reconocían legalmente los derechos subjetivos de los mismos. Es el momento que algunos historiadores y filósofos del derecho señalan como el comienzo del derecho hispano-indiano o la génesis legislativa del Nuevo Mundo.

El “buen trato” al indio, contenido en las conclusiones firmadas en Burgos el 27 de diciembre de 1512, venía a tratar de suavizar una cruenta realidad que en la metrópoli conocieron por la denuncia y diligencias de los dominicos de La Española, y son ellos los responsables del surgimiento de ese compendio de normas que dieron en llamar el derecho hispano-indiano. Más, son precisamente Montesino y Pedro de Córdoba, quienes desde el primer momento ven la inutilidad de las novísimas normas. Este último, avisado por su emisario Montesino sobre cómo marchaban las cosas en España, apresuró su paso en venir personalmente a entregarle sus pareceres al Rey. Ya en enero de 1513, a escasas semanas de dársele el ejecútese a las Leyes de Burgos, el joven superior de los dominicos de La Española, está en España en busca de una entrevista con su Soberano, a quien antes del mes de julio le manifiesta su decepción por la ineficacia e inutilidad de unas leyes que no abolieron los repartimientos de indios en encomiendas, y por tanto, dejaban las cosas como estaban o peor que como estaban.

A los reparos hechos por Pedro de Córdoba, el rey respondió convocando de nuevo una junta para que redactara unos pareceres complementarios, que se hicieron leyes en 28 de julio de 1513. De los cinco pareceres redactados, el rey sancionó cuatro, dejando de lado aquel por el cual los letrados dejaban abierta la posibilidad de que los servicios que los indios debían prestar al monarca, pudiesen ser dados por cierto tiempo a los privados. Pero a los dominicos de La Española no les bastaban las normas sobre el “buen trato”, y una vez más, hubieron de quedar decepcionados y proseguir una lucha que habría de durar lo que de vida les quedaba.

Por entonces, fue que a Pedro de Córdoba, se le ocurrió la idea de llevar a cabo una evangelización pacífica en tierras no ocupadas aún por españoles, y surgió aquel primer intento en la Costa de las Perlas, en el oriente de Venezuela, con el conocido desenlace fatal por la muerte de los primeros mártires de esta dura y primera batalla por los derechos humanos en continente americano: fray Francisco de Córdoba y Juan Garcés. Lista de mártires que engrosarían muchos como aquel fray Antonio Valdivieso, obispo de Managua, muerto a manos del propio gobernador español en su templo en 1545, cuya historia tiene un parecido estremecedor con la del célebre defensor de los pobres de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

Así, se fueron sucediendo un conjunto de hechos que dan testimonio de la acción dominica en defensa del Hombre durante la conquista de América. Supresión de los repartimientos y encomiendas en las Instrucciones dadas a Diego Velásquez en 1518 para la incursión sobre territorio cubano. Lo instruido a Hernán Cortés el 23 de junio de 1523. Las Ordenanzas de Granada de 1526, en cuyo prólogo, se resume el discurso creado por los dominicos de La Española: “Nos somos informados, y es notorio, que por la desordenada codicia de algunos de nuestros súbditos que pasaron a las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, y por el mal tratamiento que hicieron a los indios naturales de las dichas islas y tierra firme del mar Océano, así en los grandes y excesivos trabajos que les daban, teniéndolos en las minas para sacar oro y en las pesquerías de las perlas y en otras labores y granjerías, haciéndoles trabajar excesiva e inmoderadamente, no les dando el vestir ni el mantenimiento que les era necesario para sustentación de sus vidas, tratándoles con crueldad y desamor, mucho peor que si fueran esclavos, lo cual todo ha sido y fue causa de la muerte de gran número de los dichos indios, en tanta cantidad que muchas de las islas y parte de tierra firme quedaron yertas y sin población alguna de los dichos indios naturales de ellas, y de que otros huyesen y se ausentasen de sus propias tierras y naturaleza y se fuesen a los montes y a otros lugares para salvar sus vidas y salir de la dicha sujeción y mal tratamiento...” (4)

Pasando por la simbólica institución en 1516 del Protector de los Indios, y por la creación en 1524 del Consejo Real y Supremo de Las Indias, todavía en 1542, cuando son sancionadas en Barcelona el 20 de noviembre, las llamadas Leyes Nuevas, la “negligencia y descuido” en la aplicación de las disposiciones reales por parte de las autoridades españolas en América, y la “desordenada codicia” que mueve a los conquistadores, harían menos que letra muerta el compendio de Leyes y Cédulas Reales, que, por iniciativa tenaz de los frailes dominicanos y sus seguidores en otros lugares y en otras órdenes religiosas, se dictaron a favor del derecho a la vida, a la libertad y la dignidad de los originales habitantes del Nuevo Mundo.     

 

Tras los pasos de los Precursores de los Derechos Humanos en América.

Se comete un grave error histórico al cifrar el inicio de los Derechos Humanos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Como hemos afirmado, todavía la generación de los setenta del siglo pasado en ese país, luchaba por los derechos civiles de los descendientes africanos y poquísimos sobrevivientes indígenas de aquella poderosa república que, aún en nuestros días, aplica la pena de muerte y con evidentes signos discriminatorios hacia los no estadounidenses blancos. No pretendemos negar los aportes que tal proceso haya hecho hacia la denominada positivación de los derechos. Más, nos preguntamos, ¿ los numerosísimos documentos oficiales, Cédulas Reales y Leyes, dictados a propósito de la lucha dominica a favor de los derechos en América, qué son entonces? ¿ acaso no constituyen el resultado de una lucha por los derechos traducida en legislación vinculante? ¿no se obligaban las autoridades españolas a respetar la vida y la dignidad de los indígenas en tanto seres humanos con ánimas racionales* como obligados debían estarlo para con los indígenas y afroamericanos del norte, los gobernantes estadounidenses?

Al establecer 1776 como hito del surgimiento de una era de derechos, se desprecian casi tres siglos de historia hispanoamericana para favorecer una concepción liberal anglosajona, que por estos días ha mostrado su verdadera faz en cuanto al respeto de esos derechos que pregona.

Por supuesto que, los Derechos Humanos, tal como se conciben actualmente, con sus ineludibles y aún utópicos principios de universalidad e indivisibilidad,  no se habían formado en los umbrales del siglo XVI como tampoco a finales del XVIII, pero en su esencia ética, las raíces de los mismos las podemos encontrar, al menos en tierras americanas, en el original pensamiento y pionera acción de los frailes de la Orden de Predicadores que llegaron a Santo Domingo en septiembre de 1510.

Los históricos sermones de Montesino, los domingos 21 y 28 de diciembre de 1511, y las sucesivas gestiones de éste y de fray Pedro de Córdoba, son sólo el comienzo de una labor infatigable que continuaron muchos otros, en particular, uno que de tanto andar se hizo leyenda: Bartolomé de Las Casas.

La vida y obra de este sevillano empedernido, merece mención aparte y como se sabe, ha sido objeto de una prolija investigación y producción literaria, no exentas de apasionamientos y prejuicios. Y no podía ser de otra forma, porque las increíbles energías desplegadas por éste en sus andanzas justicieras, fueron de tal magnitud, que difícilmente quien se aproximara a ellas, en cualquier tiempo y lugar, podría evadirse de su telúrica fuerza de gravedad. Un hombre que a los treinta años renuncia voluntaria e irrevocablemente a una inmensa fortuna acumulada en sus encomiendas indianas de oro y granjerías, que su amigo el gobernador de Cuba, Diego Velásquez calificó como envidiables por cualquier caballero castellano, para dedicarse de por vida, a la lucha por la abolición de la conquista y las encomiendas. Que atravesó diez veces el nada pacífico océano Atlántico, no en los cómodos y modernos vuelos de hoy, si no, en las muy vulnerables embarcaciones de madera que como aquella Rábida de la primera expedición de Nicolás de Ovando cuando el mozo Las Casas fue por vez primera a América, naufragó antes de llegar a costas canarias. Ese Las Casas que escribió decenas de miles de folios sin bolígrafo ni máquina de escribir, ni mucho menos un ordenador, para defender los derechos humanos, que recorrió islas caribeñas y nuevo continente sin yates ni automóviles, que rectificó de tal manera su error sobre la esclavización de los africanos que llegó a ser el primero en enfrentar públicamente la esclavitud; que todo lo que hizo fue siempre pensando en salvar el alma de su amada patria española, en fiel servicio de su pueblo, sus monarcas y su fe, no puede, evidentemente, pasar desapercibido. Un Las Casas que ejerció por lo menos diez y siete oficios: desde ayudante de la tahona familiar, monaguillo, soldado, clérigo, encomendero, minero, productor agrícola, cronista, naturalista, jurista, litigante, propagandista, fraile, hasta tratadista, obispo, consejero e historiador, y que, en las Juntas de Valladolid de 1550-1551, como polemista formidable, venció con sus ya doctos y maduros argumentos al tristemente célebre Juan Ginés de Sepúlveda, el influyente eclesiástico afecto a las guerras de conquista, que entre otras importantes posiciones, hizo de cronista de Carlos V.

En fin, que no se entiende cómo algunos que se dicen pertenecer a las nuevas generaciones de historiadores interesados en el tema americano, se las arreglan para soslayar a Las Casas; y como, los teóricos de los Derechos Humanos, ni saben quién fue. Él también es consecuencia de la lucha de los primeros dominicos de La Española. En parte se le debe que hoy sobrevivan los descendientes de aquellos indios, y aún no ha sido canonizado.

Total que, datos más o datos menos, datos que en el peor de los casos nos motivan a profundizar en una época más manoseada que conocida y más cacareada que interpretada, traducen acontecimientos históricos que signaron irremisiblemente la vida de pueblos y naciones aparentemente condenados a hundirse en la arena movediza del subdesarrollo, atraso, pobreza, inestabilidad y riesgo latente de violencia política como expresión de la violencia social que subyace en el sistema imperante.

La historia de los Derechos Humanos es la Historia de la lucha del género humano por la igualdad. ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. La perspectiva desde la cual se emprenda esa lucha tiene el peso de la razón raigal. Pero el camino por el que se transita y el horizonte que se anhela, se amalgaman monolíticamente en la utopía de un mundo mejor. La solidaridad, la palabra más cristiana, ese sentimiento que nos mueve a no ser felices mientras otros no lo son, ha tenido en figuras como Gandhi y Mandela, y en muchos otros revolucionarios portadores de esa esencia, intérpretes activos de la utopía, como los millones de almas que se movilizaron en días recientes por la paz y los tercos defensores del ambiente y las valientes defensoras de la no discriminación de género. Son los constructores del verdadero Estado de Derechos, al que casi siempre se opone, con rabiosa prepotencia el Status Quo. La razón ha de andar de la mano con la ética, con el sentido de justicia, con la utopía de la igualdad. No puede ser de otra manera.

 

 

 

 

 

 

 

Yldefonso Finol Ocando

Salamanca Julio 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citas Bibliográficas

-          (1) Bartolomé de Las Casas: “Historia de Las Indias”, Tomo III. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1986. Pags. 13-14.

-          (2) Gustavo Gutiérrez: “En busca de los pobres de Jesucristo”, Ed. Sígueme. Salamanca, 1993. Pag. 653.

-          (3) Gustavo Gutiérrez: Ob. Cit., pag. 654.

-          (4) Isacio Pérez Fernández: “El Derecho Hispano-Indiano”, Ed. San Esteban, Salamanca, 2001. Pag.103.

 

Bibliografía consultada

-          María Eugenia Corvalán: “El pensamiento indígena en Europa”, Planeta, Bogotá 1999.

-          Ignacio Ara Pinilla: “Las transformaciones de los derechos humanos”, Tecnos, Madrid 1990.

-          Norberto Bobbio: “El tiempo de los derechos”, Sistema, Madrid 1994.

-          Rafael Fernández Heres: “Conquista espiritual de tierra firme”, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1999.

-          Antonio Osuna Fernández-Largo: “Teoría de los derechos humanos”, Ed. San Esteban-Edibesa, Salamanca 2001.

-          Isacio Pérez Fernández: “Fray Bartolomé de Las Casas, O.P. de defensor de los indios a defensor de los negros”, Ed. San Esteban, Salamanca 1995.

-          Antonio Enrique Pérez Luño: “La polémica sobre el Nuevo Mundo”, Ed. Trotta, 2a edición, Madrid 1995.


: la larga lucha por los Derechos Humanos de los pueblos originarios

Introducción

Concepto presto a polémica este de los Derechos Humanos. Derechos naturales, derechos del hombre y el ciudadano, derechos de la dignidad de la persona, derechos fundamentales, derechos subjetivos, derechos positivos, aluden a definiciones diversas de un mismo concepto. Por otro lado, universalidad, imprescriptibilidad, indivisibilidad, intangibilidad, inalienabilidad, moralidad, absolutidad, son las exigencias conceptuales de un modelo realmente complejo y difuso.

Los Derechos Humanos son una aspiración y una construcción histórica. ¿Un sueño? Es posible. Toda obra comienza en la imaginación. La realidad se encarga de las dificultades. ¿Tiene viabilidad el discurso de los Derechos humanos en el mundo actual? Mil trescientos millones de personas tienen que vivir hoy con menos de un dólar diario. La pobreza extrema azota a por lo menos ochenta países sobre la tierra. Cientos de millones carecen de agua. Una transnacional ostenta más presupuesto que varios países. Una única potencia mundial impone su estilo de vida a sangre y fuego. La globalización neoliberal es el imperialismo en su fase más feroz. La necesidad de seguridad del gran capital está por encima de cualquier otra consideración. Las naciones dependientes se bambolean permanentemente en la mayor inestabilidad política y social. La educación vive una crisis mundial. La pérdida de valores es la rendición de la ética ante la ambición.

¿Tiene sentido filosofar sobre Derechos Humanos? ¿Martín Luter King, Rigoberta Menchú, Chico Méndez, teorizaron sobre derechos?. Sin embargo, es tarea del intelectual contribuir al esclarecimiento de las dudas conceptuales y participar, desde la perspectiva de su compromiso, en la justificación sustantiva y el fundamento verbal de una práctica que a todas luces es necesaria.

La acepción más común de Derechos Humanos pertenece a lo contemporáneo, aunque el proceso de su construcción es añejo.  Su prestigio legitimador de realidades políticas le viene, de alguna forma, de haber sustituido las posturas netamente ideológicas, ó, más exactamente, en términos matemáticos, de haberse convertido en el punto de intersección de las ideologías. Con el discurso de los Derechos Humanos se invade un país y se cometen todo tipo de atropellos a la dignidad de las personas y de los pueblos. Las dos caras de los Derechos Humanos. ¿Pero quién se negaría hoy día a cuestionar que la gente tiene derechos? La multiculturalidad, tan propia de la humanidad, hace que se den diferentes interpretaciones de estos Derechos. El derecho a la vida convive con la pena de muerte en países con diferentes sistemas políticos y diferentes religiones. Siempre cuentan los intereses.

Pero, es innegable la raíz cristiana de esta generalizada visión de los derechos. La concepción de un humano universal con la misma esencia, dotado de alma racional, que como tal es merecedor de un trato digno, porque es un igual, viene del cristianismo. Las sociedades en las que se producen los hechos históricos que marcan el advenimiento de los Derechos Humanos, aún no siendo sociedades democráticas, les era común la influencia cristiana. No quiere decir que todo otro aporte sea nulo, no. Sin duda, desde posiciones revolucionarias no necesariamente cristianas se ha hecho mucho por la construcción de sociedades más justas, libres e igualitarias. Lo que queremos establecer es que en el fondo de la conciencia colectiva sobre los derechos, está latente el evangelio social contenido en aquel amaos los unos a los otros....

Precisamente una experiencia de radicalidad cristiana es la que comentaremos a continuación. En ella vemos los antecedentes más remotos del tema de los derechos en el continente americano. Su repercusión en el desarrollo del pensamiento europeo y, particularmente,  en la construcción de las bases conceptuales que sustentan la teoría de los derechos, no ha sido estudiada. Pero una historia de los Derechos Humanos sin ese capítulo, estaría truncada de sus verdaderas raíces.

 

El Momento Precursor

El sermón pronunciado por fray Antonio Montesino durante la misa del cuarto domingo de Adviento el 21 de diciembre de 1511 en Santo Domingo, constituye el primer hito de la lucha por los Derechos Humanos en América. La llegada de los frailes de la Orden de Predicadores en septiembre de 1510 a la isla, entonces llamada La Española, hoy República Dominicana y Haití, dio lugar al primero y más trascendental enfrentamiento en el seno de las fuerzas conquistadoras, desde el punto de vista ideológico. Debate sin precedentes donde quedaba cuestionada la presencia misma de los españoles en “las Indias”, y que tuvo además un impacto fundamental en el desarrollo del pensamiento español y europeo del siglo XVI.

Constatada la gravísima situación que vivían los originales habitantes del “Nuevo Mundo” o “Indias”, como genéricamente denominaban a las tierras halladas por Colón, y escuchadas las historias que eran vox pópuli en la isla sobre la reciente destrucción, por parte de las armas invasoras que comandaba Nicolás de Ovando, de los cinco cacicatos en que se organizaba la sociedad indígena tahína, este primer grupo de dominicos se ve obligado a tomar partido en defensa del derecho a la vida y a la libertad de los “indios”.

Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los adoctrine, y conozcan a su Dios y criador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?.....¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado que estáis no podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.(1)

Más allá del anecdotario desatado a partir de la versión que de los hechos dieran los presentes en aquel histórico acto y, muy particularmente, uno que no estuvo en el templo ese día, pero que ha resultado ser el mejor testigo para la historia, como lo ha sido Bartolomé de Las Casas, el mismo que luego dio los frutos más jugosos y efectivos de esa lucha original; queda para la indagación y reflexión científica, lo concerniente a ciertos asuntos claves:

1)  Tal sería de inhumano el trato que daban los conquistadores a la población indígena, que llevó, en menos de un año, a los frailes dominicos a tomar una actitud militante en su defensa, al punto de enfrentarse a las propias autoridades reales en La Española. 2) ¿Tenían los Predicadores un plan preconcebido antes de marchar al Nuevo Mundo, fundado en la convicción de que todo hombre al nacer es libre e igual a los demás sin distingos de condición social o de sus creencias religiosas?. 3) ¿Ponían en duda los de la Orden de Santo Domingo de Guzmán la capacidad del Papa para dar en donación las tierras descubiertas al reino de Castilla?.

En todo caso, sea cual fuere la solución o interpretación que se le dé a estos tres planteamientos, y que no alcanzaremos resolver en este modesto artículo, el contenido del Sermón de Adviento pronunciado por Montesino, y suscrito por todos los miembros de la Orden bajo la conducción de Pedro de Córdoba, sienta las bases de lo que habría de convertirse en el debate fundamental de la época, con repercusiones incuestionables en la elaboración de las doctrinas de Francisco de Vitoria con su arsenal de cimientos del Derecho Internacional, de la llamada Escuela de Salamanca y todo el bagaje del yusnaturalismo clásico español, así como en otras tantas aportaciones al pensamiento europeo de aquel momento y los tiempos que le sucedieron.

En el fondo de estas turbias aguas, se trataba de definir con suma claridad, en primer lugar, la condición humana de los aborígenes americanos y su estatus jurídico-político, y, como consecuencia de ello, la razón o sinrazón de las guerras de conquista que se llevaron a cabo para esclavizarlos y arrebatarles sus territorios. ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. Es el clamor que desde el púlpito empuja a estos hombres de fe a optar por una medida ciertamente desesperada, colocándose en la acera de enfrente de los señores que detentaban el poder, que a partir de ese tremendo desafío, los convertirían en blanco de sus ataques. Para el conquistador in situ, el indio sólo representaba un imprescindible instrumento de trabajo a sus fines últimos de enriquecimiento. El instaurado régimen de repartimientos y encomiendas, de esclavitud disfrazada, al encontrar natural resistencia en los aborígenes, exige la dominación forzosa. ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido?. El pretendido “derecho aristotélico” de dominación de los pueblos inferiores y atrasados, subyacente en todas las guerras de conquista emprendidas por los imperios occidentales de entonces, quedaba abiertamente cuestionado con el discurso militante de los dominicos que, además de haber escuchado de los sobreviviente de las campañas militares anteriores a 1510 en La Española, las barbaridades cometidas por los conquistadores, veían a diario la explotación extrema a que eran sometidos los indígenas en las minas, faenas agrícolas y todo tipo de trabajos pesados, las más de las veces, en condiciones degradantes.

Ponerse en el pellejo de aquellos prohombres que se atrevieron a levantar la voz que clama en el desierto, no en un ejercicio metafísico o de un romántico elucubrar, sino en la actitud de los que queremos aprender de la historia sus lecciones, no nos puede conducir a otra experiencia que no sea la admiración por su valentía y fecundidad. Retar en su propia cara a la máxima autoridad terrenal de aquellos predios, el virrey Diego Colón, y a todos los hombres de armas y gobierno de las islas bajo su mando, con la única arma de que disponían los dominicos de 1511 que era la razón de su fe, constituye de por sí un acto de tal heroicidad, que no podemos menos que intentar valorarlo históricamente.

Pero si ello no bastara para comprender en aquel suceso su carácter pionero y su poder desencadenante de una Nueva Humanidad, llamaríamos entonces a continuar tras los pasos que inmediatamente emprendieron los precursores de los Derechos Humanos en América, en los que queda explícitamente definida su aportación al proceso de surgimiento de un discurso y una acción en la defensa de los derechos del género humano.

Después de aquel primer grito de justicia, a todas luces revolucionario, las andanzas de los dominicos de La Española estuvieron marcadas por enormes esfuerzos siempre rayanos en el sacrificio extremo. La esperada reacción represiva del virrey, los funcionarios y los religiosos adeptos a las prácticas oficiales, que veían en la postura de los dominicos a un enemigo aún más peligroso que la propia resistencia indígena -prácticamente ya doblegada por la superioridad bélica y las artimañas del invasor- se activó de forma inmediata. Abandonar sus asientos en la iglesia principal de Santo Domingo y acudir a la choza que servía de convento a los frailes ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Que se retractaran les exigieron. Más la firmeza de la decisión tomada fue un muro inexpugnable ante el cual hubieron de tropezarse, en la serena pero convencida voz del joven prior Pedro de Córdoba, que apenas contaba 29 años. El siguiente domingo que coincidía con el de los Santos Inocentes, el mismo predicador incisivo que siete días antes les recriminó, señalándoles el camino de perdición por el que transitaban por la opresión en que mantenían a “sus iguales”, reiteró una a una las graves denuncias y advertencias formuladas en el sermón anterior.

El siguiente paso fue enviar a las Cortes los respectivos emisarios. Los funcionarios y encomenderos, que es lo mismo decir, enviaron al franciscano Alonso de Espinal, con la prisa, altas recomendaciones y abundantes recursos, que la gravedad de los hechos imponía. Los dominicos, tras reunir las escasas limosnas que los más escasos y pobres fieles les concedieron, encargaron su alegación al tenaz y bien formado discípulo del convento de San Esteban de Salamanca, fray Antonio Montesino.

 

Consecuencias de la lucha dominica iniciada en 1510.

Construir una historia de los Derechos Humanos debe llevarnos mucho más allá de la simple enunciación de las Declaraciones que, en sucesivas contingencias históricas, realizaron los poderes emergentes en sus procesos de consolidación como poderes constituidos. Porque una historia de los Derechos Humanos tiene que apuntar al descubrimiento de las más profundas raíces que inspiraron, no sólo declaraciones y normas que alimentan la positivación de esos derechos, si no también, y con mucha más razón, las luchas concretas que las precedieron e hicieron posibles. Porque la historia de los Derechos Humanos es la historia de la lucha por los derechos.

Partiendo de considerar a los Derechos Humanos como el proceso de la utopía por la justicia colectiva, es decir, la lucha constante que los grupos más o menos organizados e individualidades sensibilizados ante determinados maltratos e iniquidades, dan en cada época por conquistar estadios de vida acordes con la dignidad humana, tenemos entonces que asumir como premisa consecuente, que lo que hoy damos en llamar genéricamente Derechos Humanos, es el resultado de un proceso histórico en el que un conjunto de reivindicaciones y valores ligados esencialmente a la condición humana como la justicia, la libertad, la solidaridad, la vida, la convivencia, son el paradigma que guía la construcción del viejo sueño de la igualdad.

Desde diferentes y a veces contradictorias perspectivas de compromiso, religiosas, políticas, étnicas, culturales, ideológicas, los hombres y mujeres de diferentes épocas han contribuido a la generación del compendio de cláusulas que actualmente conocemos como Derechos Humanos, y que siguen enriqueciéndose de las nuevas realidades.

Pero, no sólo esas luchas, libradas en tan disímiles terrenos que van desde el etéreo –que no vago- debate filosófico hasta el sangriento campo de batalla, han constituido el antecedente original de la aceptación por parte de los poderes constituidos de esos derechos reclamados. ¿O es que acaso ha bastado la simple Declaración para que esos derechos se hagan realidad? ¿Significó, por ejemplo, la siempre citada Declaración de Independencia de los Estados Unidos, para los estadounidenses de origen africano, el goce de ciertos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad? ¿Lo significó para los propios pueblos autóctonos del norte de América, legítimos dueños de aquellos ricos territorios, hoy casi exterminados por los rifles del “puritanismo” anglosajón?

Las primeras dos décadas de presencia española en el Nuevo Mundo estuvieron circunscritas al espacio insular del Mar Caribe. (Siempre, para invocar el espíritu de la inquietud por la verdad histórica, hay que dejar en el aire la pregunta de ¿por qué en estas islas no quedaron sobrevivientes de aquellos originarios pueblos indígenas?). En ese paisaje exuberante que sedujo de pleno y perenne verdor a los recién llegados, se produjeron las más terribles masacres que hasta entonces conociera el género humano.

Términos como catástrofe demográfica o colapso demográfico, acuñados de manera particular en la magnífica obra de Gustavo Gutiérrez En busca de los pobres de Jesucristo, no hacen si no, tratar de ilustrar dentro de las humanas posibilidades del lenguaje, la vertiginosa desaparición de los originarios habitantes caribeños. “Según los historiadores hay datos confiables para decir que hacia 1510 había de 20.000 a 30.000 indios en La Española. Los cálculos sobre la población taína original varían naturalmente, los primeros misioneros dominicos hablaban de 2.000.000; Las Casas (basándose en una apreciación de Colón) de 3.000.000..... la célebre escuela de Berkeley la estima en 8.000.000 ... y, hacia 1540 no había más de 300 indígenas en La Española”. (2) Ello, sin contar que, muchos pobladores de las islas vecinas, llamadas “inútiles”, desde 1508 eran llevados por la fuerza a “trabajar” en La Española.

Fue ésta la inexorable consecuencia de la conjunción de diversas causas que actuando simultáneamente y en forma combinada potenciaron al máximo su terrible poder destructor. Gutiérrez menciona cuatro, a saber: “la desnutrición y el cambio del régimen alimentario, la presencia de enfermedades (viruela, sarampión, tifus, gripe, y otras) que no encontraban inmunizada a la población indígena, las guerras de conquista y el trabajo forzado (3). Habría que agregar dos mas, relacionadas con todo el entramado del sistema de opresión instaurado por los conquistadores, y cuyos efectos en la caída de la población tienen sus manifestaciones específicas. En primer lugar y como resultado de esas guerras de conquista, la esclavización del indígena, que en muchas ocasiones implicó la extracción de grandes grupos de personas de su lugar de residencia para ser trasladados forzosamente a las minas o a los mercados de esclavos. Y, en segundo lugar, la ruptura violenta y traumática del núcleo familiar, con la separación de los padres y de los hijos, de las mujeres y varones, que generó una abrupta disminución de las tasas de natalidad entre la población autóctona. Le tocaría a una historia de la sicología social, el estudio de lo que ya en aquellos tiempos, los primeros dominicos de América y Las Casas en particular, identificaron como el desgano y desapego por la vida misma, que la perplejidad, decepción y tristeza generalizada del indio ante los increíbles maltratos de que era víctima, provocaron.

La primera concreción formal de la lucha dominica, devino de las gestiones que fray Antonio Montesino, a duras penas, logró realizar ante el Rey en aquel histórico primer viaje redentor. Fueron las Leyes de Burgos de 1512. Tras escuchar el testimonio y argumentos del luchador fraile, el Rey Fernando convoca a miembros del Consejo Real, y a connotados juristas y teólogos, a discutir la situación planteada. Montesino, que no tiene acceso al seno de la reunión, tiene que convencer de sus alegaciones al mismísimo fray Alonso de Espinal, emisario del virrey y los encomenderos. Prácticamente se trató de una difícil negociación en la que ambos hubieron de ceder parte de sus pretensiones. Sin embargo, si bien las Leyes de Burgos no recogieron el planteamiento fundamental de los dominicos de La Española, cual era ponerle fin a los repartimientos y encomiendas, éstas introdujeron un conjunto de ordenanzas reguladoras del gobierno que, al definir el trato que los españoles debían darle a los indígenas, reconocían legalmente los derechos subjetivos de los mismos. Es el momento que algunos historiadores y filósofos del derecho señalan como el comienzo del derecho hispano-indiano o la génesis legislativa del Nuevo Mundo.

El “buen trato” al indio, contenido en las conclusiones firmadas en Burgos el 27 de diciembre de 1512, venía a tratar de suavizar una cruenta realidad que en la metrópoli conocieron por la denuncia y diligencias de los dominicos de La Española, y son ellos los responsables del surgimiento de ese compendio de normas que dieron en llamar el derecho hispano-indiano. Más, son precisamente Montesino y Pedro de Córdoba, quienes desde el primer momento ven la inutilidad de las novísimas normas. Este último, avisado por su emisario Montesino sobre cómo marchaban las cosas en España, apresuró su paso en venir personalmente a entregarle sus pareceres al Rey. Ya en enero de 1513, a escasas semanas de dársele el ejecútese a las Leyes de Burgos, el joven superior de los dominicos de La Española, está en España en busca de una entrevista con su Soberano, a quien antes del mes de julio le manifiesta su decepción por la ineficacia e inutilidad de unas leyes que no abolieron los repartimientos de indios en encomiendas, y por tanto, dejaban las cosas como estaban o peor que como estaban.

A los reparos hechos por Pedro de Córdoba, el rey respondió convocando de nuevo una junta para que redactara unos pareceres complementarios, que se hicieron leyes en 28 de julio de 1513. De los cinco pareceres redactados, el rey sancionó cuatro, dejando de lado aquel por el cual los letrados dejaban abierta la posibilidad de que los servicios que los indios debían prestar al monarca, pudiesen ser dados por cierto tiempo a los privados. Pero a los dominicos de La Española no les bastaban las normas sobre el “buen trato”, y una vez más, hubieron de quedar decepcionados y proseguir una lucha que habría de durar lo que de vida les quedaba.

Por entonces, fue que a Pedro de Córdoba, se le ocurrió la idea de llevar a cabo una evangelización pacífica en tierras no ocupadas aún por españoles, y surgió aquel primer intento en la Costa de las Perlas, en el oriente de Venezuela, con el conocido desenlace fatal por la muerte de los primeros mártires de esta dura y primera batalla por los derechos humanos en continente americano: fray Francisco de Córdoba y Juan Garcés. Lista de mártires que engrosarían muchos como aquel fray Antonio Valdivieso, obispo de Managua, muerto a manos del propio gobernador español en su templo en 1545, cuya historia tiene un parecido estremecedor con la del célebre defensor de los pobres de El Salvador, Oscar Arnulfo Romero.

Así, se fueron sucediendo un conjunto de hechos que dan testimonio de la acción dominica en defensa del Hombre durante la conquista de América. Supresión de los repartimientos y encomiendas en las Instrucciones dadas a Diego Velásquez en 1518 para la incursión sobre territorio cubano. Lo instruido a Hernán Cortés el 23 de junio de 1523. Las Ordenanzas de Granada de 1526, en cuyo prólogo, se resume el discurso creado por los dominicos de La Española: “Nos somos informados, y es notorio, que por la desordenada codicia de algunos de nuestros súbditos que pasaron a las nuestras Indias, islas y tierra firme del mar Océano, y por el mal tratamiento que hicieron a los indios naturales de las dichas islas y tierra firme del mar Océano, así en los grandes y excesivos trabajos que les daban, teniéndolos en las minas para sacar oro y en las pesquerías de las perlas y en otras labores y granjerías, haciéndoles trabajar excesiva e inmoderadamente, no les dando el vestir ni el mantenimiento que les era necesario para sustentación de sus vidas, tratándoles con crueldad y desamor, mucho peor que si fueran esclavos, lo cual todo ha sido y fue causa de la muerte de gran número de los dichos indios, en tanta cantidad que muchas de las islas y parte de tierra firme quedaron yertas y sin población alguna de los dichos indios naturales de ellas, y de que otros huyesen y se ausentasen de sus propias tierras y naturaleza y se fuesen a los montes y a otros lugares para salvar sus vidas y salir de la dicha sujeción y mal tratamiento...” (4)

Pasando por la simbólica institución en 1516 del Protector de los Indios, y por la creación en 1524 del Consejo Real y Supremo de Las Indias, todavía en 1542, cuando son sancionadas en Barcelona el 20 de noviembre, las llamadas Leyes Nuevas, la “negligencia y descuido” en la aplicación de las disposiciones reales por parte de las autoridades españolas en América, y la “desordenada codicia” que mueve a los conquistadores, harían menos que letra muerta el compendio de Leyes y Cédulas Reales, que, por iniciativa tenaz de los frailes dominicanos y sus seguidores en otros lugares y en otras órdenes religiosas, se dictaron a favor del derecho a la vida, a la libertad y la dignidad de los originales habitantes del Nuevo Mundo.     

 

Tras los pasos de los Precursores de los Derechos Humanos en América.

Se comete un grave error histórico al cifrar el inicio de los Derechos Humanos en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Como hemos afirmado, todavía la generación de los setenta del siglo pasado en ese país, luchaba por los derechos civiles de los descendientes africanos y poquísimos sobrevivientes indígenas de aquella poderosa república que, aún en nuestros días, aplica la pena de muerte y con evidentes signos discriminatorios hacia los no estadounidenses blancos. No pretendemos negar los aportes que tal proceso haya hecho hacia la denominada positivación de los derechos. Más, nos preguntamos, ¿ los numerosísimos documentos oficiales, Cédulas Reales y Leyes, dictados a propósito de la lucha dominica a favor de los derechos en América, qué son entonces? ¿ acaso no constituyen el resultado de una lucha por los derechos traducida en legislación vinculante? ¿no se obligaban las autoridades españolas a respetar la vida y la dignidad de los indígenas en tanto seres humanos con ánimas racionales* como obligados debían estarlo para con los indígenas y afroamericanos del norte, los gobernantes estadounidenses?

Al establecer 1776 como hito del surgimiento de una era de derechos, se desprecian casi tres siglos de historia hispanoamericana para favorecer una concepción liberal anglosajona, que por estos días ha mostrado su verdadera faz en cuanto al respeto de esos derechos que pregona.

Por supuesto que, los Derechos Humanos, tal como se conciben actualmente, con sus ineludibles y aún utópicos principios de universalidad e indivisibilidad,  no se habían formado en los umbrales del siglo XVI como tampoco a finales del XVIII, pero en su esencia ética, las raíces de los mismos las podemos encontrar, al menos en tierras americanas, en el original pensamiento y pionera acción de los frailes de la Orden de Predicadores que llegaron a Santo Domingo en septiembre de 1510.

Los históricos sermones de Montesino, los domingos 21 y 28 de diciembre de 1511, y las sucesivas gestiones de éste y de fray Pedro de Córdoba, son sólo el comienzo de una labor infatigable que continuaron muchos otros, en particular, uno que de tanto andar se hizo leyenda: Bartolomé de Las Casas.

La vida y obra de este sevillano empedernido, merece mención aparte y como se sabe, ha sido objeto de una prolija investigación y producción literaria, no exentas de apasionamientos y prejuicios. Y no podía ser de otra forma, porque las increíbles energías desplegadas por éste en sus andanzas justicieras, fueron de tal magnitud, que difícilmente quien se aproximara a ellas, en cualquier tiempo y lugar, podría evadirse de su telúrica fuerza de gravedad. Un hombre que a los treinta años renuncia voluntaria e irrevocablemente a una inmensa fortuna acumulada en sus encomiendas indianas de oro y granjerías, que su amigo el gobernador de Cuba, Diego Velásquez calificó como envidiables por cualquier caballero castellano, para dedicarse de por vida, a la lucha por la abolición de la conquista y las encomiendas. Que atravesó diez veces el nada pacífico océano Atlántico, no en los cómodos y modernos vuelos de hoy, si no, en las muy vulnerables embarcaciones de madera que como aquella Rábida de la primera expedición de Nicolás de Ovando cuando el mozo Las Casas fue por vez primera a América, naufragó antes de llegar a costas canarias. Ese Las Casas que escribió decenas de miles de folios sin bolígrafo ni máquina de escribir, ni mucho menos un ordenador, para defender los derechos humanos, que recorrió islas caribeñas y nuevo continente sin yates ni automóviles, que rectificó de tal manera su error sobre la esclavización de los africanos que llegó a ser el primero en enfrentar públicamente la esclavitud; que todo lo que hizo fue siempre pensando en salvar el alma de su amada patria española, en fiel servicio de su pueblo, sus monarcas y su fe, no puede, evidentemente, pasar desapercibido. Un Las Casas que ejerció por lo menos diez y siete oficios: desde ayudante de la tahona familiar, monaguillo, soldado, clérigo, encomendero, minero, productor agrícola, cronista, naturalista, jurista, litigante, propagandista, fraile, hasta tratadista, obispo, consejero e historiador, y que, en las Juntas de Valladolid de 1550-1551, como polemista formidable, venció con sus ya doctos y maduros argumentos al tristemente célebre Juan Ginés de Sepúlveda, el influyente eclesiástico afecto a las guerras de conquista, que entre otras importantes posiciones, hizo de cronista de Carlos V.

En fin, que no se entiende cómo algunos que se dicen pertenecer a las nuevas generaciones de historiadores interesados en el tema americano, se las arreglan para soslayar a Las Casas; y como, los teóricos de los Derechos Humanos, ni saben quién fue. Él también es consecuencia de la lucha de los primeros dominicos de La Española. En parte se le debe que hoy sobrevivan los descendientes de aquellos indios, y aún no ha sido canonizado.

Total que, datos más o datos menos, datos que en el peor de los casos nos motivan a profundizar en una época más manoseada que conocida y más cacareada que interpretada, traducen acontecimientos históricos que signaron irremisiblemente la vida de pueblos y naciones aparentemente condenados a hundirse en la arena movediza del subdesarrollo, atraso, pobreza, inestabilidad y riesgo latente de violencia política como expresión de la violencia social que subyace en el sistema imperante.

La historia de los Derechos Humanos es la Historia de la lucha del género humano por la igualdad. ¿No sois obligados a amarles como a vosotros mismos?. La perspectiva desde la cual se emprenda esa lucha tiene el peso de la razón raigal. Pero el camino por el que se transita y el horizonte que se anhela, se amalgaman monolíticamente en la utopía de un mundo mejor. La solidaridad, la palabra más cristiana, ese sentimiento que nos mueve a no ser felices mientras otros no lo son, ha tenido en figuras como Gandhi y Mandela, y en muchos otros revolucionarios portadores de esa esencia, intérpretes activos de la utopía, como los millones de almas que se movilizaron en días recientes por la paz y los tercos defensores del ambiente y las valientes defensoras de la no discriminación de género. Son los constructores del verdadero Estado de Derechos, al que casi siempre se opone, con rabiosa prepotencia el Status Quo. La razón ha de andar de la mano con la ética, con el sentido de justicia, con la utopía de la igualdad. No puede ser de otra manera.

 

 

 

 

 

 

 

Yldefonso Finol Ocando

Salamanca Julio 2003

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Citas Bibliográficas

-          (1) Bartolomé de Las Casas: “Historia de Las Indias”, Tomo III. Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1986. Pags. 13-14.

-          (2) Gustavo Gutiérrez: “En busca de los pobres de Jesucristo”, Ed. Sígueme. Salamanca, 1993. Pag. 653.

-          (3) Gustavo Gutiérrez: Ob. Cit., pag. 654.

-          (4) Isacio Pérez Fernández: “El Derecho Hispano-Indiano”, Ed. San Esteban, Salamanca, 2001. Pag.103.

 

Bibliografía consultada

-          María Eugenia Corvalán: “El pensamiento indígena en Europa”, Planeta, Bogotá 1999.

-          Ignacio Ara Pinilla: “Las transformaciones de los derechos humanos”, Tecnos, Madrid 1990.

-          Norberto Bobbio: “El tiempo de los derechos”, Sistema, Madrid 1994.

-          Rafael Fernández Heres: “Conquista espiritual de tierra firme”, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas 1999.

-          Antonio Osuna Fernández-Largo: “Teoría de los derechos humanos”, Ed. San Esteban-Edibesa, Salamanca 2001.

-          Isacio Pérez Fernández: “Fray Bartolomé de Las Casas, O.P. de defensor de los indios a defensor de los negros”, Ed. San Esteban, Salamanca 1995.

-          Antonio Enrique Pérez Luño: “La polémica sobre el Nuevo Mundo”, Ed. Trotta, 2a edición, Madrid 1995.

viernes, 16 de diciembre de 2022

BOLÍVAR ECHANDO VAINAS...

 


Bolívar echando vainas

¡Qué vainón les echó Bolívar a sus enemigos de siempre! Todavía sigue dirigiendo pueblos que no se rinden, creando movimientos emancipadores, asustando reyes e imperios de sólo asomar la punta de su espada.

Todos, sin excepción fueron (y son) efímeras piltrafas; mientras el mago de los imposibles, simplemente se hizo inmortal y no cesa de recrearse cada día en cualquier rincón donde florezca el bien.

Matarlo a traición, no pudieron, aunque la traición terminó matándolo de pena. Ninguna derrota logró derrotarlo, y se creció tras cada tropiezo, haciéndose maestro en “el arte de vencer”.

Es verdad que sufrió tristezas, pero contagió alegrías. Es cierto que poseyó riquezas como el que más, sin importarle tener que vivir por espinados momentos de pobreza, siéndole necesario apelar a la caridad de los amigos.

Bolívar dicta cátedras cotidianas de dignidad. Su fantasma mantiene en jaque a la canalla que se ha organizado en la transnacional antibolivariana más grande de la historia. Estos enemigos de la humanidad (a los que no nombraré por decencia), vociferan cualquier calumnia que se haya urdido desde los tiempos del Loco Mérida, Ducoudray Holstein, Riva Agüero y Lorenzo María Lleras.

Los gringos han intentado las más inverosímiles estratagemas para domesticar el legado bolivariano, como en vida conspiraron en su contra a través de tipos matones, aristocráticos esclavistas, genocidas de pueblos originarios, como Willian Henry Harrison, Joel Poinset y Willian Tudor, directamente mandados por los presidentes de turno en Estados Unidos.

¿Alguien recordará a estos agentes imperialistas? ¿Quién les habrá ofrendado una canción?

Para conocer a Bolívar bastaría ir mirando la lista de sus detractores: la gusanera más asquerosa les antecede: la podredumbre moral que destilan causa náuseas hasta en las cloacas del averno.

El Libertador, en cambio, ha inspirado a la poesía universal los más sublimes versos. Por doquier se cantan himnos a Bolívar. La trova libertaria de Abya Yala apela a su nombre para decir Patria, para jurar lealtad y soñar futuros.

Bolívar no pudo ser borrado de la historia (aunque lo tacharan en los textos) por más saña que le imprimieran los santanderistas en la Nueva Granada, los paecistas en Venezuela, la oligarquía peruana, las editoriales españolas. Imposible soslayar la gesta gigantesca de aquel genio de la libertad, al que la gloria se le rendía enamorada.

Menos pudieron sacarlo del corazón de los pueblos que hermanó como la hilandera que teje con hilos del alma.

Bolívar vivió más allá de la muerte en la lucha de Rafael Urdaneta por sostener su proyecto emancipatorio. Baralt lo reivindicó en la historiografía abriéndose paso entre los políticos que usurparon el poder de la República defenestrando a su fundador. Zamora hizo renacer los senderos de justicia perdidos.

El cubano José Martí rescató el bolivarianismo revolucionario a finales del siglo XIX, mientras el nicaragüense Augusto César Sandino lo relanza la primera mitad del XX.

En Ecuador, el Viejo Luchador Eloy Alfaro y su compatriota José Peralta, renuevan la vocación antiimperialista del Libertador a inicios del siglo pasado, y se plantean acuerdos (Pacto Secreto) con el presidente venezolano Cipriano Castro, José Santos Zelaya de Nicaragua, y el colombiano Rafael Uribe Uribe en la más absoluta orientación bolivariana.

Bolívar es el tema de conversación en una modesta casa frente al Océano Pacífico peruano, donde la revolucionaria Manuelita Sáenz, acompañada del Maestro Simón Rodríguez, reciben al italiano Giuseppe Garibaldi, artífice de la República de Italia.

Miguel de Unamuno dialoga con el Bolívar que lo deslumbra. Gabriela Mistral, Neruda y Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y Los Olimareños, Gloria Martín, Lilia Vera, Los Guaraguaos, Serenata Guayanesa, Silvio Rodríguez, Pablito Milanés, Alí Primera, Miguelito Ordóñez y muchas gaitas del Lago Maracaibo, joropos llaneros, milongas sureñas; cantos de Inti Ilimani, Quillapayún, y las guerrillas de Guadalupe Salcedo, Argimiro Gabaldón, Farabundo Martí, Fidel y el Che, y un Chávez reivindicándolo en el siglo que camina, más la infinita creación artística del pueblo indoamericano que incesantemente invoca a Bolívar para existir y resistir.

¡Qué tronco de vaina les ha echado Bolívar a nuestros enemigos! Hacerse el muerto desde hace 192 años, cuando nada indica que algún día vaya a morir de verdad.

 

Yldefonso Finol

Militante Bolivariano

miércoles, 14 de diciembre de 2022

MANIFIESTO DE CARTAGENA: EL PRIMER DÍA DEL LIBERTADOR




MANIFIESTO DE CARTAGENA: EL PRIMER DÍA DEL LIBERTADOR

I

Precedentes

El 26 de marzo de 1812 un fuerte terremoto destruye a Caracas. Los colonialistas con el clero al frente, crean la matriz de opinión de que se trata de un castigo divino por la desobediencia de los criollos contra su rey. Entre quienes dan la batalla de ideas contra la manipulación religiosa, destaca Simón Bolívar, arengando a sus conciudadanos a quienes exhorta a continuar la lucha por la libertad y la independencia aunque se oponga la naturaleza misma.

Ese año, a comienzos de mayo, Bolívar es asignado al mando de Puerto Cabello como comandante político-militar.  El 30 de junio, la guarnición del porteño fuerte de San Felipe, se pronuncia a favor del rey, libera los realistas que allí se hallan presos, y desconocen el gobierno republicano. Fueron seis días de ardua resistencia, donde la traición y la sorpresa obligan a Bolívar a embarcarse hacia la Guaira con los pocos oficiales y soldados leales que le quedaron. El 25 de julio Miranda capitula. Se pierde el primer intento de constituir la República de Venezuela independiente y soberana.

En la medianoche del 30 al 31 de julio un grupo de oficiales patriotas, entre quienes estaba Bolívar, irritados por considerar errada e inconsulta la decisión de Miranda, lo arrestan y apresan en La Guaira. Se proponen continuar la lucha con nuevos mandos y bajo nuevas modalidades. Los realistas atacan y toman la plaza de La Guaira, allí encuentran preso al Precursor Miranda. Fue un muy mal momento para la gesta independentista.

Gracias al gran conocimiento de los caminos rurales, y a las muchas amistades en su región vital, Bolívar consigue mantenerse clandestino en Caracas y sus cercanías. Un amigo personal, el español Francisco Iturbe, logra proveerlo de un pasaporte a condición que debe abandonar el territorio de Venezuela inmediatamente. Pasa a la isla de Curazao, donde se esconde desde el 1° de septiembre hasta mediados de octubre que alcanza zarpar hacia Cartagena.  El 2 de noviembre ya se encuentra en la amurallada Cartagena de Indias.

El autor Santiago Key Ayala narra este suceso con Miranda, ofreciendo este resumen del lamentable evento: “En la prosecución de la guerra, Miranda confía a Bolívar la plaza y el castillo de Puerto Cabello. Un oficial traidor entrega la fortaleza a los realistas. Bolívar defiende como puede la plaza, de los fuegos del castillo. Su tropa acaba por desbandarse, y la plaza queda en poder del enemigo. Desesperado, Bolívar comunica la noticia a Miranda. El Generalísimo dice: Venezuela está herida en el corazón…Traidores insinúan a Miranda la infeliz idea de capitular con el jefe realista. El Generalísimo, creyendo salvar a Venezuela de la venganza enemiga, accede a la capitulación, que, en general, es reprobada por los patriotas. En la capitulación queda garantizada la seguridad de los vencidos. Monteverde, el aventurero afortunado, jefe de los realistas, viola la capitulación. Se impide la salida del territorio a los patriotas que intentan escapar. Bolívar es de estos. El propio Miranda está todavía en tierra. Rumores de traición se alzan contra Miranda. Bolívar es de los que sospechan, injusta, pero sinceramente, del Generalísimo. Indignado, se une a otros, y arresta a Miranda. Pero la verdadera traición viene de otra parte. Todo queda a merced del triunfador. Un español nobilísimo, a quien Bolívar guardará gratitud eterna, se interesa por el joven patriota y obtiene el pasaporte que le permite ausentarse del territorio de Venezuela. Ni Monteverde, ni el generoso Iturbe, sospechan el valor intrínseco ni la importancia futura del joven oficial. Bolívar se va a la Nueva Granada, donde la revolución se mantiene entre dificultades, pero firme. En Cartagena publica un manifiesto, donde explica las causas de la caída de su patria y alerta a los patriotas para que se salven de iguales errores. El documento atrae la atención general sobre Bolívar”.

Estamos hablando del ya famoso Manifiesto de Cartagena, del 15 de diciembre de 1812, pieza prima de la esclarecida mente y prolija pluma bolivariana, donde se hace un balance descarnado de lo ocurrido en Venezuela, se alerta a los pueblos hermanos de los errores potenciales de la dispersión de esfuerzos, y se traza la nueva estrategia de la revolución, que no es otra que reunir la fuerza patriótica bajo un mismo estandarte.

De ese su primer exilio nace la Campaña Admirable. Guerrero sin fronteras, comienza a combatir para otros países, a comandar patriotas de cada rincón suramericano, a liberar pueblos recién conocidos y –con todo ello- a forjar una nueva nacionalidad. Se pone a la orden de Cartagena y la Nueva Granada. Se va forjando a sí mismo como el primer ciudadano de una república por nacer, fundiéndose en su ser la mezcla estratégica de los pueblos que harán posible la proeza. Dicho de otra forma, Bolívar cosecha con su entrega y su liderazgo, la autoridad moral para convocar a las huestes más claras y decididas.  

Del amargo capítulo con Miranda, que la transnacional antibolivariana ha manipulado para tratar de enlodar la gloria de Bolívar, nos legó un párrafo clarificador el historiador cubano Francisco Pividal: “La prisión de Miranda no obedeció a sentimientos innobles como pretenden los calumniadores del Libertador. Si esta imputación hubiera sido cierta, no se explica que Leandro y Francisco, los propios hijos de Miranda, viajaran desde Inglaterra para servir lealmente bajo las órdenes del ilustre caraqueño. Ellos vieron en Bolívar la continuación de la obra de su progenitor”.

Desde similar óptica martiana, mi maestro Raúl Valdés Vivó, considera que de haber existido en los hijos del Precursor la más mínima sospecha contra Bolívar respecto del desdichado destino de su venerado padre, no lo habrían adoptado como “guía espiritual” y protector, ni hubiesen aceptado ser empleados por el gobierno bolivariano, uno como editor de publicaciones y funcionario ministerial, y el otro como primer diplomático destacado en Londres.

Valdés Vivó concluye muy breve y contundente: “Estando Miranda preso de sus propios compañeros, por las intrigas de Peña, pudo ser capturado por los españoles, sin que eso implique que aquéllos lo entregaron. Ninguna prueba hace pensar en tamaña felonía”. (Tomado de La Doctrina Bolivariana. Esencia y Vigencia. Primera Edición. Fondo Nigale. Maracaibo, 2021) 

II

El Primer Manifiesto

Simón Bolívar había salido de Venezuela por La Guaira el 27 de agosto de 1812, vía Curazao, y allí estuvo hasta finales de octubre, cuando se dirigió al Estado de Cartagena, “libre y absolutamente independiente”, según el acta de Independencia del 11 de noviembre de 1811.

Allí redactó su “Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño”, renombrado por la historiografía como el Manifiesto de Cartagena, cuya primera edición salió a inicios de 1813.

En este texto Bolívar hace un balance descarnado de la derrota de la Primera República de Venezuela. No dudo en calificar este hito histórico, como el primer acto político de Simón Bolívar por entretejer las luchas de Nueva Granada y Venezuela. Sorprende que en uno de sus últimos párrafos hable de “liberar la cuna de la Independencia colombiana”, idea que resume el propósito central del documento, cual es, convocar a la Nueva Granada a apoyarle en la causa de retomar Venezuela.

La tarea creativa del Manifiesto de Cartagena como alegato político, implica hurgar en las causas de la caída de la Primera República venezolana, extraer lecciones de esa significativa derrota, y formular propuestas, tal es la metodología del revolucionario caraqueño, válida para todo tiempo de aprendizajes en las luchas de liberación.

Busca persuadir “a la América”, anunciando la visión unitaria del todo, que sostendrá durante su insuperable trayectoria: la unidad de los pueblos sojuzgados por el Imperio Hispano como elemento esencial de la fórmula emancipadora frente al viejo colonialismo y los nuevos imperialismos. La recomendación de fondo para evitar repetir el fracaso: corregir “los vicios de unidad, solidez, y energía” de los incipientes gobiernos republicanos.

 

El reflexivo autor, en ejercicio de amarga autocrítica, distingue algunos factores que incidieron en la fallida experiencia venezolana.

1)    Factores políticos

Venezuela adoptó un sistema tolerante, lo que resultó fatal. El ejemplo de Coro: por no doblegarla a tiempo, se le permitió al enemigo envalentonarse.

La falta de una concepción revolucionario vernácula, sólida, coherente, unificada, trajo consigo la creación de “Repúblicas aéreas”, que “han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano”.

Se permitió la impunidad de los delitos de Estados, cometidos por los “españoles europeos”, vale decir, blancos peninsulares, funcionariado de altos cargos que detentaban el poder político, militar y religioso. Se perdonaba el delito de lesa patria: “a cada conspiración sucedía un perdón…”, incurriendo en lo que Bolívar caalifica como “clemencia criminal”.

A estas debilidades político-ideológicas, había que sumar las rivalidades localistas que no fueron bien manejadas desde el comienzo del intento independentista, degenerando en guerra civil.

La forma federal como inoportuna traba autoimpuesta. Bolívar fustiga ésta como la peor equivocación: el sistema federal puede ser el más perfecto, pero es “el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes Estados”. Esa “confederación lánguida e insubsistente”, facilitó la disgregación de esfuerzos, generando la debilidad intrínseca al mando de la república naciente.

Por último, la falta de cultura política por la condición de súbditos sin la formación ciudadana necesaria, es decir, la ausencia de condiciones subjetivas para asumir la emancipación sin tutelajes feudales, frustró la estructuración del liderazgo que exigía el momento histórico.

Para rematar, el terremoto como determinante de la ruina física y anímica del pueblo, desató las fuerzas oscurantistas representadas por el clero adicto a la monarquía imperial. La campaña sacerdotal contra la revolución se afincaba en la impunidad general que reinaba por la “clemencia criminal” del Congreso; de allí que el levantamiento pro realista de Valencia que provocó miles de muertes, no tuvo el más mínimo castigo.

Resume las causas de la caída de Venezuela así: la naturaleza de la Constitución (federal), el espíritu de filantropía de los gobernantes, la oposición al establecimiento de un cuerpo militar profesional, el terremoto combinado al fanatismo religioso, y las facciones internas, sepultureras de la república.

Propone retomar Caracas desde la Nueva Granada, para evitar que cunda la reacción realista sobre la América meridional.

2)    Factor militar

No crear ejército regular, profesional, y en vez de eso, apelar a improvisadas milicias dispersas sin preparación para la guerra, debilitaron la agricultura y alejaron “a los paisanos de sus hogares”, incrementado la antipatía que muchas familias comenzaron a sentir hacia el liderazgo republicano.

Bolívar lo expone diáfanamente: “El resultado probó severamente a Venezuela el error de su cálculo; pues los milicianos que salieron al encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes, por llevarlos a la victoria. Lo que causó un desaliento general en soldados y oficiales; porque es una verdad militar que sólo ejércitos aguerridos son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos sucesos de una campaña. El soldado bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez, porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna.”

3)    Factores económicos

La mala administración, dispendiosa en lo burocrático, ineficaz en lo fiscal, ignorante de las leyes de la economía real versus la financiera, presuponiendo la idoneidad de dinero ficticio, sin respaldo productivo ni validez simbólica, todo ello se complotó contra el sostenimiento de lo verdaderamente prioritario en aquel momento de despegue revolucionario, cual era, el financiamiento sostenido de la guerra y la concentración de los esfuerzos para optimizar su aprovechamiento.

“La disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales; y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados, legisladores provinciales y federales dio un golpe mortal a la República, porque la obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía que la fuerza de las rentas imaginarias de la Confederación. Esta nueva moneda, pareció a los ojos de los más, una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto, y aún ideal. El papel moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas, para que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre.”

4)    El azar

El terremoto del 26 de marzo de 1812 que destruyó Caracas y otras ciudades y pueblos de la República, cambió abruptamente el destino de la gestación del proceso independentista en Venezuela.

En los diversos enfoques ideológicos y científicos para el análisis situacional, se ha mirado con desdén el tema de los azares (y tiene sentido desde la denominada racionalidad occidental); pero en el desarrollo de reinterpretaciones de los procesos históricos, deslastrados de prejuicios cientificistas, aplicando visiones holísticas a la luz de las diversas civilizaciones, no son descartables las ocurrencias de fenómenos azarosos capaces de torcer el rumbo a historias mínimas o totalizantes.  

En un artículo de 2009 me atreví a incorporar el azar como parte dl carácter multdimensional de lo humano. “Los azares son situaciones casuísticas, contingencias que suceden todo el tiempo en todas partes pero que nos tocan en lo personal o grupal según circunstancias fortuitas. Tienen tal grado de complejidad y diversidad como de inverosimilitudes y misterios. Son expertos generadores de perplejidades en el ser humano, y junto a las fuerzas naturales que son parte de las determinaciones, han sido los responsables de las más disparatadas creencias, supersticiones, mitos, credos y leyendas. El azar no es más que la ocurrencia de hechos no previstos que modifican el devenir inmediato de un fenómeno, que pudiera ser desde la simple agenda diaria hasta la historia de la humanidad.” (Artículo “Teoría mutidimensional de lo humano”, varios sitios web, 2010)

El futuro Libertador, apela sabiamente a argumentos lógicos con uso de categorías matemáticas, aplicadas al análisis político para hacer más convincentes sus conclusiones: “Aplicando el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada, y formando una proporción, hallaremos: que Coro es a Caracas, como Caracas es a la América entera: consiguiente- mente el peligro que amenaza este país, está en razón de la anterior progresión; porque poseyendo la España el territorio de Venezuela, podrá con facilidad sacarle hombres y municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes experimentados contra los grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde las provincias de Barinas y Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional.”

Bolívar calcula que la pérdida de España a favor de los franceses, podría provocar una migración de españoles influyentes, entre militares y sacerdotes de todos los niveles, que influirían grandemente en la población local contra el proyecto independentista, fortaleciendo las fuerzas realistas en el continente. El llamado a no subestimar un punto focal, basado en la experiencia venezolana con Coro, tenía absoluta pertinencia.

En la prognosis de los escenarios probables, Bolívar hace una panorámica de la coyuntura internacional, como acostumbrará en su método de análisis situacional, precisando la correlación de fuerzas y los intereses de las partes más involucradas en nuestro devenir como proyectos de repúblicas soberanas. Prevé lo inconveniente de carecer de una marina de guerra, factor que se pondrá en cruda evidencia con la invasión de Pablo Morillo en 1815.

Propone también pasar a la ofensiva antes que quedarse a esperar un ataque enemigo desde los territorios vecinos quedando forzados a la lucha defensiva en los territorios liberados que serían azotados por la destrucción de la guerra.

Estima que la entrada de fuerzas patrióticas despertará el ánimo de los que ansían liberar a Venezuela, que se sumarían por miles a la causa, y predice la toma de Caracas “sin haber dado una batalla campal”. Desea entrar a Maracaibo por Santa Marta (idea que mantuvo hasta su intento de 1815) y por Cúcuta hacia Barinas.

Su proclama desesperada parece contener el sentimiento de frustración y dolor que lo embargó con la pérdida de Puerto Cabello, pero en plena lucha contra sus propios demonios para sobreponerse a las ruinas anímicas que nunca lo vencieron: “Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros: no burléis su confianza: no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a todos.”

Así habló en Cartagena el alma libertadora del más vigente Libertador de todos los tiempos.

 

Yldefonso Finol

Historiador Bolivariano

 

 

 


jueves, 24 de noviembre de 2022

PRIMERA BATALLA DE MARACAIBO: NOVIEMBRE DE 1573

PRIMERA BATALLA NAVAL DE MARACAIBO 

CIUDAD RODRIGO DE ALONSO PACHECO (del libro EL CACIQUE NIGALE Y LA OCUPACIÓN EUROPEA DE MARACAIBO)

Para 1569, fecha en que se produce el segundo intento de ocupación europea de Maracaibo, los colonizadores españoles están regados por todo el continente. Han acumulado setenta y siete años de experiencia en el sofisticado arte de expropiar a los indígenas de sus tierras, recursos naturales, dioses y libertad, la vida misma. Fuese por engaño, bajo subterfugios religiosos, abusando de su natural candidez, o a través del exterminio bélico y la esclavitud. También han probado todas las formas de estímulo material y de otra índole, para procurar que el conquistador se ocupe de hacer lo que convenga a la Corona de manera que sea su propia conveniencia. La invasión y el saqueo son la garantía de su éxito económico, porque del trabajo, en aquellos días, sólo vivían los siervos y artesanos, mientras que la promesa de estas aventuras apuntaba a convertir en ricos señores a los que corrieran con suerte.

La segunda invasión de Maracaibo se organizó en Trujillo. Con el encargo explícito del gobernador Pedro Ponce de León, de "fundar una ciudad en la laguna de Maracaibo", el capitán Alonso Pacheco se dedicó por varios meses a darle forma a su propuesta con el aval del gobernante de turno. Buscó socios en Trujillo y Mérida para reunir la logística de la expedición, con la promesa de repartir encomiendas entre los que apostaran a su plan.

En el puerto de Moporo, al sureste del Lago de Maracaibo, en la región conocida como Juruara donde algunos indígenas estaban aliados a los españoles, armó las dos embarcaciones, en las que hubo de vagar con su gente por largos días que fueron meses, recorriendo el Lago, reconociéndolo, ya que más allá del posible asentamiento hispano que pudiera lograrse, el sueño de Pacheco era encontrar la vía fluvial que los comunicara con la Nueva Granada, para hacerse acreedor del derecho exclusivo al cobro de tránsito y navegación por la tan ansiada ruta, que igual fue motivo de desvelos del Alfinger. Cada conquistador se inventó su Dorado, mundo mítico de riquezas incalculables que la codicia alimentó en las perturbadas mentes conquistadoras. Perdidos anduvieron al entrar erróneamente por la desembocadura de algún río del sur, y no dejaron de tener sus escaramuzas con guerreros que se topaban a su paso, hasta llegar al fin al lugar donde había estado el campamento de los welser. Comenzaba el mes de julio del año 1569.

La táctica de ocupación de Pacheco fue la puesta en práctica por los castellanos a partir de la experiencia de Ovando en La Española. Constituyó Cabildo colocando en los cargos claves a sus amigos Juan de Morón y Francisco Camacho, primeros Alcaldes de Ciudad Rodrigo de La Laguna de Maracaibo, nombre con que bautizaron la ocupación, por ser Pacheco oriundo de Ciudad Rodrigo en España. Construyeron sus casas con argamasa, piedras calizas porosas y varas de mangle, con techos de arcilla cocida, materiales todos muy abundantes por entonces en todas las riberas maracaiberas. Y hubieron de protegerlas con barricadas por las continuas incursiones de los añú que hostigaron permanentemente la indeseable presencia del invasor. Más fiero se hizo el ataque defensivo de los originarios al constatar que estos nuevos extraños reincidirían como los anteriores en la captura de sus gentes para esclavizarlos.

Es que Pacheco, apenas instalaron su ciudadela, comenzó a repartir encomiendas a sus compinches en esta aventura comercial. Lo hizo de tal manera que entregaba tierras con todo y las gentes que allí estuviesen. Al Alcalde Francisco Camacho le dio en encomienda, en la franja oriental, el pueblo de Paraute, con las familias añú del cacique Tomaenguola. Igual procedió con los poblados cercanos. A Miguel Trejo le encomendó atacar el pueblo de Cupari, al que con saña, alevosía y nocturnidad le quemó las casas atrapando a la mayoría que salieron despavoridos y aún medio dormidos cuando sintieron el rigor de las llamas en sus cuerpos. A Coro fueron a parar al mercado de la ignominia.

Pacheco necesitaba recursos para continuar su búsqueda de la vía fluvial que los comunicara con el Nuevo Reino de Granada. El fallecimiento del gobernador Pedro Ponce de León el 22 de marzo de 1569, les produjo toda suerte de dudas y temores, ya que ignoraban la posición que adoptaría el designado sustituto Francisco de Chávez, de gran influencia en la real Audiencia de Santo Domingo por ser el yerno de su presidente Grageda, quien tomó posesión del cargo de Gobernador de la Provincia de Venezuela ante el Cabildo de Nueva Segovia de Barquisimeto el 20 de diciembre de 1569. Estas preocupaciones las expuso el Cabildo de Maracaibo a la Real Audiencia de Santo Domingo en carta del 4 de agosto de ese año, por la incertidumbre de no saber en manos de quien quedaría su destino en aquellas apartadas y cada vez más hostiles regiones.

Pacheco fue ratificado en su cargo. Pero las limitaciones materiales continuaron intactas. Haber navegado con sus propios medios por el gran río del sur del Lago hasta alcanzar los hatos de ganado cercanos a Pamplona, tenía alborotado el ánimo de Pacheco y sus colaboradores, que todos sus bienes arriesgaban en esta apuesta. Con ciento cincuenta pesos de oro en su bolsa va al Tocuyo, donde se halla el Gobernador, a solicitar apoyo para consolidar la ruta que casi completan, pero que desmayaron en el intento por la falta de recursos. Su meta era llegar a la propia Real Audiencia a explicar personalmente los beneficios que para los negocios del reino tendría el descubrimiento y apertura de esta pista fluvial. Paradójicamente, lo que consigue es un oscuro calabozo donde lo encierran sin explicación unos oficiales reales, decomisándole el dinero que llevaba. El 6 de septiembre de 1570 Pacheco escribe a la Real Audiencia relatando lo sucedido. El 16 de diciembre de 1571, el Rey emite una Cédula apoyando la iniciativa de Alonso Pacheco e instando a las autoridades locales a colaborar para su feliz término. Ya en casa, su mujer Ángela de Graterol, con quien se había casado en Trujillo, junto a su primogénito Juan Pacheco Maldonado, y las niñas Inés y María Pacheco, le recibieron cariñosamente. Pero la tertulia familiar fue muy breve. Al instante de saberse la noticia del regreso del Capitán, todos los hombres se apresuraron a conocer el desenlace del trance que los mantuvo en vilo todos estos largos meses, como los ataques indígenas cada día más frecuentes e intensos. Libando un poco del vino que alcanzó traer del Tocuyo, Pacheco contó a sus compañeros las vicisitudes que le tocó vivir con un toque nada frecuente de humor en un hombre que solía pasar las horas con el entrecejo fruncido concentrado en resolver los detalles de su tarea magistral que era ésta a la que hoy se acercaba tanto. Les relató cómo la carta que ellos enviaron antes y la que luego él escribió surtieron un efecto tremendo en los miembros de la Real Audiencia despertando el interés del mismísimo monarca. Brindó y celebró el que ahora si lo lograrían, que todo el paso comercial atravesaría la hermosa laguna vía Nueva Granada dejándole una fortuna a él y a los suyos por los derechos exclusivos de tránsito y puerto, y el Rey, tendría en ellos a sus más fieles y productivos servidores, dispuestos a besar sus manos y pies y a dar su sangre por su grandeza.

De súbito, Pacheco paró el monólogo al sentirse escrutado por la mirada de un infante que le observaba fijamente como si alcanzara a entender el significado y sentido de sus argumentos. El niño posaba sus manos sobre la madera de la puerta trasera y sobre ellas su cara, ovalada, canela, con largos cabellos lisos y negros. Se trataba de uno de los pajecitos capturados en la entrada hecha a los añú del Mohán, poblado vecino de Parahedes en la desembocadura del río Macomite, con quien solía llevar a cabo sus travesuras de niño conquistador, el mayor de los Pacheco, Juan Pacheco Maldonado. Con el desdén de su dura mirada y el gesto altivo de su rostro, echó Pacheco al pequeño que más tarde se convertiría en Nigale, el jefe.

Durante la noche, en la choza común donde pernoctaban sobre el suelo crudo y frío todos los indígenas que –obligados- prestaban sus servicios a la casa de los Pacheco, Nigale, con sus escasos seis años y repitiendo la rutina de las últimas veinte lunas, contó a los de su sangre lo que había escuchado decir al jefe de los extranjeros: “Él dijo que vendría ayuda. Que otros como ellos llegarían. Dijo, que de Río Hacha les enviarían sapuana (extranjeros negros) como refuerzos para remar sus grandes canoas hasta el sur, a donde ellos quieren llegar. Que si logran esto serían invencibles. Estaban alegres celebrando", resumió el tierno informante.

En efecto. Una de las cosas que Pacheco pidió en su famosa carta a la Real Audiencia, fue que le enviasen esclavos negros para fortalecer el grupo de remeros y así poder avanzar con más velocidad y seguridad por las vírgenes aguas del Catatumbo hacia su Dorado personal. Las instrucciones reales llegaron a Río de Hacha desde donde el llamado Mariscal de las Perlas Miguel de Castellanos, quedó comprometido a enviar 30 esclavos negros, como ciertamente lo había dispuesto sólo que éstos se fugaron cerca de su destino. Castellanos envió entonces a su cuñado Cristóbal de Ribas al frente de 25 hombres bien armados y apertrechados a recapturar a los cimarrones. Las familias aliles, toas, zaparas, onotos de la nación Añú, y los otros grupos autóctonos de la región del Maracaibo, habían aprendido mucho sobre la guerra en estas décadas recientes. Permitir que los refuerzos del enemigo llegaran a auxiliarlos, ahora que estaban debilitados militarmente, constituiría un error gravísimo que podría convertirse en más peligros para ellos.

Se trazaron un cronograma de vigilancia de los lugares por donde eventualmente entrarían los que vinieran. Un sitio clave era la angostura del Macomite al oeste de Parahedes que, por estar en tiempo de sequía, podía atravesarse sin tantos tropiezos. La vigilia fue larga, pero el día llegaría. A mediados de 1573, se vieron los españoles atravesando cómodamente el río. Parecían contentos de hallar el agua dulce y fresca del Macomite después de recorrer toda la aridez y soledad de Woumain y Karrouya. El vigía añú en lo alto de un mangle rojo, alzó su brazo derecho para dar la señal. Los sesenta guerreros armados de sus arcos, flechas, veneno y macanas, esperaban ansiosos en un claro que abrieron entre el sagrado matorral. El paisaje a esa hora del día, cuando el sol inicia su definitivo ascenso al cenit, tan cargado de luminosidad, es un canto a la vida, es la danza de miles de peces saltando en el trampolín del río y la fábula aérea de los buchones haciendo alarde de su apolínea condición. Son las risas de los monos y el silencio de los zorros, venados y osos hormigueros, que observan al trasluz el andar de las auroras. Es la sigilosa seducción de las aguas en el rozar de las serpientes que hacen del conticinio su estancia natural.

Tuvo que erguirse el grito espantoso de la muerte sobre la sinfonía celeste para que el cosmos fuera caos penetrante.

La justicia justiciera del indio rebelado contra su opresión cobró en sus victimarios 23 víctimas. Los bagres y zamuros hicieron el resto.

Los días de Ciudad Rodrigo estaban contados en la Maracaibo Añú. El duro golpe asestado a los españoles a orillas del Macomite, en los que murió el cuñado del influyente Miguel de Castellanos, generó una corriente de opiniones en contra de la aventura pachequiana, a la que se unieron los duros conceptos del nuevo Gobernador Diego de Mazariegos, de los que dejó constancia en dos importantes documentos que mellaron la fuerza y tenacidad del capitán Alonso Pacheco que decidió abandonar su ciudad al punto que los que allí quedaron tuvieron que ingeniárselas para emprender el retiro de aquella que fue su apuesta más gruesa y que se esfumaba entre sus manos al calor de las flechas indígenas que no paraban de advertir la decisión irreversible de defender sus tierras su lago sus cantos su poesía su existencia.

jueves, 13 de octubre de 2022

BOLÍVAR DELIRANTE: EN EL BICENTENARIO DE "MI DELIRIO SOBRE EL CHIMBORAZO"

 


Bolívar delirante

Cómo no delirar subiendo al vigía de los tiempos. El héroe que se sabe hacedor de libertad. El amante del paisaje que recién acaricia en vertiginosa espiral de glorias. Pichincha y Cotopaxi custodian la alcoba de Manuela. El enamorado alucinante debe escalar al cenit de su balcón por esos divinos abrigos que le cubren los secretos más difusos: la sanación cósmica.

El hombre que liberó el Magdalena y dominó el Orinoco y cruzó los Andes para volverse venerable “fantasma” en Bogotá, tiene sed de nieves. La eternidad se metió en su apuñalada hamaca de Jamaica, en su abaleada hamaca de Rincón de Toros.

Entrar en trance chamánico, recostado en el ahogo de Casacoima, con las mordeduras de caimanes y pirañas aun sangrantes, extasiado con los huesos crujiendo en el espiral abrazo de una constrictora gigante. Y ahora desembocar en las entrañas dulces del amor tras vencer la muerte que lo persiguió antes de nacer.

Todo el mal se ha esfumado a su paso y ante sus ojos resplandece una acuarela de inmensos valles verdes, cielos azules brillantes penetrados por pétreas lanzas blanquecinas. Chimborazo le pide poseerla. Él, sabiéndola tan elevada, se le entrega delirante: el alma se le llena de vida. Entonces la poesía se derrama desde las cumbres hacia el océano donde tributan sus versos los cantos ancestrales.

El equinoccio le regaló la fiesta del Kulla Raymi, había empezado la primavera. La tierra es fruta de adoración a la femineidad.

Amanece la Independencia con un sol radiante que inspira el genio que la conduce. Su mirada tiene al Universo como campo de sueños. Piensa la Utopía. Despierta ungido de ensueños. Aparta las sábanas para estirar los besos. Ella es la beldad hecha causa. Chimborazo: una humanidad amasada por la fuerza histórica del amor.

Bolívar le susurra: “es pasión, delirio de estar contigo”. Ella le corresponde jadeante: “alma mía, la gloria eres tú”.

 

Yldefonso Finol

En el Bicentenario de Mi Delirio sobre el Chimborazo

Maracaibo, 13 de octubre de 2022

 

domingo, 9 de octubre de 2022

TEÓRGIDO RINCÓN: LUCHADOR AÑÚ POR LA PATRIA BUENA

 


TEÓRGIDO RINCÓN

Teórgido Elí Rincón nació en la población El Moján, municipio Mara del estado Zulia, en la República Bolivariana de Venezuela, el 23 de enero de 1961.

Hijo de una humilde y numerosa familia de pescadores, su madre María Eligia Rincón y su padre Telemago Paz, eran descendientes directos del pueblo añú originario de la Cuenca del Maracaibo.

Su infancia la pasó en el barrio Nazaret, como se llama la comunidad palafítica del Moján autóctono. Comenzó sus primeros estudios en la escuela cercana a su barrio, también llamada Nazaret, terminó la primaria en la escuela Sixto de Vicente, y comenzó el bachillerato en el liceo Hugo Montiel Moreno en la capital marense.

Teórgido Rincón, conocido cariñosamente como “Teo” o “Machito” por sus familiares y amistades, era el tercero de siete hermanos, cinco varones y dos hembras, fue un adolescente inquieto, recio, trabajador y sensible. Realizaba labores de ayudantía en la faena pesquera para la manutención del hogar. Participaba en las actividades comunitarias tradicionales y asumió tempranamente luchas reivindicativas, tanto en su barrio como en los quehaceres estudiantiles.

A mediados de la década de los setenta, se había instalado en un palafito del barrio Nazaret una célula del Partido de la Revolución Venezolana (PRV) bajo la fachada de Casa de la Cultura Popular. En esa sede se comenzó un trabajo político vinculado a las necesidades más notorias de la población. Lo primero que se hizo fue implementar una jornada de alfabetización, ya que había muchas personas adultas sin esta elemental formación. Simultáneamente, se inició un intenso movimiento cultural con la creación de diversos grupos en las artes del teatro de calle, títeres, danzas folclóricas, decimistas, y la edición del periódico El Proletario, elaborado totalmente en forma manual con la técnica de la batea.

Teo fue de los primeros muchachos del barrio en incorporarse a aquél proyecto de concienciación y organización popular, que conjugaba su activismo con la Unión de Jóvenes Marenses que era un colectivo de vinculación del movimiento juvenial a las luchas ciudadanas en el municipio Mara, y el Comité Estudiantil Pro Asamblea (CEPA), expresión de la militancia abstencionista que no participaba en las tradicionales elecciones de centros de estudiantes por considerarlos mediatizados.

La organización política que canalizaba la presencia pública del PRV fue el Movimiento Político RUPTURA, con el periódico de igual nombre, a través del cual se difundían las líneas tácticas y estratégicas del partido. Teórgido formó parte de RUPTURA como joven comprometido y fue madurando una posición cada vez más sólida hasta hacerse un cuadro con liderazgo en el seno de la organización.

Por este tipo de compromisos, fue trasladado a la ciudad de Maracaibo, donde continuó sus estudios en la Escuela Técnica Industrial ubicada en Sierra Maestra. En esa institución educativa Teórgido descolló como líder estudiantil, tanto como representante de sus compañeros de estudio, como agitador de las masas empobrecidas del sur de la capital zuliana, donde las carencias de servicios públicos y el abandono gubernamental en general eran causa de un gran malestar social.

Por su entrega y combatividad el sistema lo sometió a persecución, impidiéndole continuar su formación profesional.

Llegada la década de los ochenta, ante la división de los jefes del PRV, Teórgido opta por seguir la línea oficial dentro de la organización que la lidera el legendario jefe guerrillero Douglas Bravo. Es cuando se traslada a la ciudad de Cabimas, apoyado por sus leales compañeros, partícipes de la misma posición, María Álvarez y Ender Fula.

Fue así como Teórgido Rincón, el Teo, el Machito del barrio añú del Moján originario, se hizo cabimero de vivencia, luchas y corazón.

II

En Cabimas Teórgido se involucró rápidamente con las luchas sociales. Entre las actividades económicas de manutención, casi siempre en el comercio informal y el emprendimiento en el área alimentaria, lo más importante era ser consecuente con las aspiraciones que los marginados de la Venezuela “saudita”, los cordones de excluidos en las ciudades petroleras, tuvieran acceso a derechos humanos esenciales.

Su personalidad enérgica y rebelde, lo llevó a movilizarse por otras partes del país, contribuyendo siempre al debate por una alternativa revolucionaria para la Patria. Anduvo con Alí Primera en las iniciativas unitarias del Padre Cantor y en eventos de trascendencia como las Canciones Solidarias y la Canción Bolivariana, evento mago con el cual Alí convocó al país y al continente a retomar el bolivarianismo como camino emancipatorio antiimperialista.

Junto al dirigente social de Cabimas Douglas Querales y su hermano Pedro, a María Álvarez y Ender Fula, y una pléyade de personas luchadoras, mantuvieron incólume una vanguardia patriótica en toda la Costa Oriental del Lago Maracaibo, aupando al movimiento obrero de conciencia clasista y el movimiento cultural que se aferraba a la creación de espacios libertarios e igualitarios en una mejor sociedad.

En esa perspectiva se atrevieron a rescatar para el pueblo humilde aquellos derechos que el sistema bipartidista negaba a las mayorías. Uno de ellos sin duda, la vivienda, una de las carencias más sentidas de aquellos tiempos injustos.

El proyecto de El Golfito no sólo fue la recuperación de tierras urbanas por vía de la acción popular organizada, sino que, más allá de la mera ocupación del terreno, se concebía como la semilla de un nuevo paradigma civilizatorio que asumía la reivindicación social como construcción colectiva de nuevas relaciones humanas basadas en la solidaridad, la autodeterminación, la corresponsabilidad, conceptos que más luego formaron parte del proceso constituyente que dio origen a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Entender la comunidad con un sentido holístico, integral e integrador, implicaba la concepción de la autonomía ciudadana como elemento básico de la redención y el conocimiento como sendero de la formación del nuevo republicano pensado por Simón Rodríguez y su discípulo Simón Bolívar, Nuestro Libertador. Por ello la escuela debía ser toda la comunidad. El barrio como escenario para compartir saberes y gestar aprendizajes para alcanzar los más altos estadios de conciencia humanista, ecologista y transformadora.

Es así que desde el primer momento se implementan acciones comunitarias para darle vida a esa utopía: “la escuela es el barrio”. Visión perseverante de la profesora María Álvarez, por demás pionera que el propio Maestro Prieto Figueroa llegó a alabar como modélica. Esta fue una de las causas justas a las que Teórgido Rincón consagró sus esfuerzos como bastión fundamental del liderazgo social emergente en la Cabimas de los ochenta.

Líderes nacionales como José Vicente Rangel y regionales como Luís Hómez dieron su concurso en pro de esta lucha emblemática en los anales de la historia revolucionaria en el Zulia.

Teórgido asumió también el combate en espacios electorales en llave con Douglas Querales, llegando a ocupar responsabilidades en la estructura institucional del municipio en representación de la izquierda cabimense.

Llegado el tiempo insurgente del 4 de Febrero de 1992, el llamado de la Patria contó con Teórgido Rincón entre los revolucionarios civiles que arriesgaron sus vidas por el despertar del pueblo bolivariano. Él es uno de esos héroes anónimos que escribieron la historia con los mayores sacrificios sin ser apenas reconocidos.

Por eso el recuerdo amoroso de quienes le conocimos y tuvimos el honor de luchar a su lado, debe ser llama eterna que lo consagre entre las páginas inmortales de las batallas de la Venezuela profunda por su libertad y su felicidad.  

El resto de la década de los noventa, Teórgido, junto al grueso de la militancia revolucionaria de la región, trabajó tesoneramente en la consolidación de un nuevo sindicalismo en la clase trabajadora petrolera y otras ramas industriales en la Costa Oriental del Lago, como parte de la estrategia de cuajar una fuerza revolucionaria capaz de tomar el poder y comenzar los cambios radicales que la Patria reclamaba.

Se sumó con entusiasmo a la campaña electoral presidencial al lado del Comandante Hugo Chávez y al Proceso Constituyente convocado por éste para refundar la República.

En varios municipios del Zulia, incluido su pueblo natal El Moján, hizo campaña por el Referéndum Consultivo del 25 de abril de 1999 para convocar la Asamblea Constituyente, luego para obtener el triunfo de elegir todos los Constituyentes por el estado, y la aprobación del pueblo el 15 de diciembre de la nueva Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

A comienzos del año 2001, su salud se había deteriorado en gran medida como consecuencia de una vida de exclusión, sacrificios, y precondiciones circulatorias incapacitantes. El 5 de julio de ese año, mientras trabajaba como vendedor informal en la población de Encontrados, municipio Catatumbo del estado Zulia, sufrió una crisis; en pleno traslado al Hospital de Mérida, fallecía ese gran luchador y buen compañero que fue Teórgido Rincón.

Sus restos fueron sepultados en el cementerio del Moján, donde a su entristecida familia se sumaron multitud de camaradas venidos de muchos lugares de la Patria.

Honor y gloria en su memoria.

 

Yldefonso Finol

Historiador Bolivariano