viernes, 10 de julio de 2020


Dejen “respirar” a Venezuela: ensañamiento “humanitario” para asfixiar al pueblo bolivariano
La imagen del afrodescendiente estadounidense George Floyd casi desnucado y al fin ahogado por el policía Derek Chauvin, me suena similar al ensañamiento con que el gobierno de Estados Unidos y sus satélites de la Unión Europea y el Cartel de Lima, han pretendido estrangular a la República Bolivariana de Venezuela.
Tal como actúa el covid-19, los agentes invasores han intentado solidificar un flujo de actos encaminados a asfixiar al país, aplicando un complejo menú de ataques:
-       Financiero: retención de oro y otros activos, congelamiento de cuentas internacionales, despojo de bienes, amenazas contra potenciales socios
-       Diplomático: persecución implacable en foros multilaterales e instancias del sistema interamericano y de Naciones Unidas
-       Terrorista: organización, entrenamiento y promoción de grupos mercenarios
-       Político: mantenimiento de una oposición extraterritorial encargada de gestionar todos los ataques desde el exterior con sus cómplices internos
-       Territorial: avanzada de Guyana como agente imperialista al servicio de Exxon Móvil, sucesivas provocaciones en la frontera con Colombia, y presencia en nuestras cercanías caribeñas de la flota de guerra gringa
-       Judicial:  activar la vía CIJ para el caso Esequibo en plena pandemia es sin duda el colmo de la agresión totalizante, junto a otros litigios donde Venezuela ha sido afectada en su derecho al debido proceso y sus intereses económicos
-       Biológico: evidente infiltración de personas contagiadas con el covid-19 por las fronteras, especialmente de Colombia
Por muchas generaciones se sabrá de los efectos de estas agresiones, y en cada ciudad de Venezuela debe erigirse un memorial que recuerde este tiempo aciago en que los imperialismos fácticos e informales intentaron doblegar nuestra voluntad para recolonizarnos y esclavizarnos.
II
La conducta extremadamente egoísta de un puñado de opositores, muchos de los cuales están residenciados en el exterior y poseen dobles nacionalidades por ser –en su mayoría- nietos o hijos de inmigrantes europeos, raya en el terrorismo político, toda vez que han sido los principales promotores de las agresiones ilegales (mal llamadas “sanciones”) contra nuestro pueblo. Esta elite con ambiciones patológicas por el poder, padece de un supremacismo racial, al considerarse “elegida” para dirigir al país, partiendo de la premisa racista y clasista de que el venezolano común, el criollo mestizo, zambo o indígena, la clase trabajadora y campesina, no son aptos para gobernar. Esa es la verdad de fondo en el comportamiento de estos opositores que actúan contra nuestro país como si de invasores o colonizadores se tratara. Guaidó es para ellos un muñeco de trapo, una construcción de imagen fallida y atroz.
No deja de sorprendernos el cúmulo de malos deseos que esta gentuza pregona contra Venezuela: que caigan los precios petroleros es para ellos motivo de celebración; que ocurran accidentes en nuestra industria refinadora los entusiasma; que la hiperinflación devore con furia el salario es lo mejor para ellos; que nos quedemos sin gasolina ni electricidad es el menos nocivo de los maleficios invocados; todos los días rezan para que el coronavirus se desate en Venezuela y llegue a los niveles de Colombia, Chile o Perú.
Esta facción de pésimos individuos, delincuentes encopetados, se han robado las donaciones internacionales para fines “humanitarios”, más los aportes desestabilizadores que gringos y europeos les han entregado a manos llenas. Son cleptómanos arcaicos innatos. Tienen sangre de piratas. Los mismos que saqueaban nuestras ciudades-puertos en el siglo XVII, nos arrebataron el territorio Esequibo y recientemente se han apropiado de oro y empresas venezolanas.
III
Estas agresiones constituyen delitos de lesa humanidad. Han causado incalculables daños a la población, especialmente a los sectores socialmente más vulnerables que son los más beneficiados con las políticas públicas tendentes a mitigar la pobreza.
Ahora se prepara la batería pesada de la transnacional antibolivariana para desconocer el proceso eleccionario que legítimamente realizaremos en diciembre con base en la temporalidad y alternancia establecidas en la Constitución Nacional. Ningún poder extranjero tiene el más mínimo derecho a meter sus narices en nuestros asuntos.
El edificio constitucional que garantiza la vigencia de la Carta Magna, la perpetuidad de la República, la soberanía popular y la preeminencia de los Derechos Humanos, también prevé las vías para impedir el vacío institucional, teniendo siempre por dogmas irrenunciables la autodeterminación, la independencia e integridad territorial.
En ausencia del quorum obligatorio para que el Poder Legislativo designara el rectorado colegiado del Poder Electoral, entra en auxilio de la institucionalidad el Poder Judicial en su máxima instancia, supliendo el insalvable impedimento matemático del mecanismo parlamentario. Tenemos CNE. Y habrá elección de la representación popular a la Asamblea Nacional.
¿Dónde irá a parar la historieta del “gobierno transitorio” pretendidamente indefinido y renovable?
El imperialismo y sus tenebrosas marionetas cacarearán como gallinetas, y hasta pueda que intenten alguna locura en su desesperación por nuestro estoicismo republicano; pero lo que no lograrán nunca es quitarnos la dignidad bolivariana, esa fuerza irreductible que nos empuja a realizar proezas históricas como amasar arepas.
Yldefonso Finol
Economista e Historiador Bolivariano
Cronista de Maracaibo

martes, 7 de julio de 2020


Vidal Atencio: el viaje a Jepira de un pastorcito wayúu
Me parece escuchar el saguagua de Salvador Montiel silbando rebaños menores en el espejismo que afila el sol sobre los resecos arenales de la Guajira. Veo al niño Worona que busca entre cardones erguidos y cujíes peinados por el viento una escuela donde vivir la aventura de las letras. Es la cátedra de Ramón Paz Ipuana enviando lecciones y saberes desde Juyot, aquella pequeña estrella como ojo de agua que vemos en Yaguasirü en noches de jayeshi y chirrinchi. Siento la casha del Chicho Montiel vibrando en los Filuos, donde degustamos el mejor ovejo asado en Kasápanaipa. Escuchar la sapiencia verbal de Jusayú y leer versos del maestro José Antonio Uriana, con la luna wayúu en el oscuro azul que arropa a Porchoure. También es placentero hundir los pies en el mar de Cojoro, soñar con las tortugas que cuidaba la maestra Dalia Durán, mientras conversamos con la joven poesía de José Ángel Fernández, aferrados a la crónica fundamental del juglar Juan Pushaina.
Percibo el andar del amigo Vidal en su vuelo a Jepira. La ciudad no lo puede retener de su peregrinación ancestral. De joven se enamoró del sacerdocio en Cristo, y se entregó con fuerza a su fe. Estudió intensamente para servir con convicciones. Luchó con dogmas medievales. Abrazó ideas disidentes de las cúpulas. Lo señalaron por amar con la libertad que su Dios le confirió. Es padre como manda la vida y fue cura en el ritual de sus creencias. No se doblegó, ni se sumó al fariseísmo. No ofendió a la humanidad por ser humano. Anduvo de frente, con la frente altiva. Y se puso al lado de los humildes.
Lo veíamos con ánimo de crecer. Comunicando con pasión las verdades de su verdad. Respetando la contradicción. Abriéndose paso en la urbe de complejas cotidianidades. Ansioso por atrapar al futuro.
Lo llamaban “Padre Vidal”, y fue estudiante en colegios barriales y universidades populares. Se mezcló con las barricadas juveniles en el canto protesta y las tertulias culturales. Sabía escuchar y era sabio en la palabra.
Te despido con el idioma de mi pueblo añú, que visitaste en nuestra casa del Moján, por allá cuando los caminos mozos comenzaban a transitar la búsqueda de la luz.
Aka iima ti mou (tenemos tiempos malos)
Ayaawa Yoúgheyeen (peleamos contra la gran serpiente)
Ayaawa oú-dagá (luchamos contra la muerte)  
Ayaawa kayingh (enfrentamos la oscuridad)
Shikï we (somos fuego)
Mïkaïña we (somos humo)

Yldefonso Finol

domingo, 5 de julio de 2020


Patria
Buenos días Patria. Mil bendiciones y bonanzas te deseo con todo mi corazón que te ama infinitamente. Tomemos un café, ese ósculo mañanero que es el verdadero despertador del espíritu nacional. Inhalemos hondo su aroma de semillas aéreas tostadas al sol con leñas del tiempo. Definitivamente somos una familia madrugadora. Nos gusta ver el amanecer con su música andariega de oficios y escuelas. El mundo sabe que a esa hora temprana se amasan en Venezuela las arepas del maíz del que nos hizo la Madre Tierra. Es que nos alimentamos de la propia energía que nos dio a luz. Feliz día Matria. Exitosa jornada tenga tu gente labradora y jornalera, el pueblo pescador, el campesinado que nos alimenta con sus sudores, el magisterio que orienta nuestra infancia y juventud; la sabiduría colme nuestras reflexiones y guíe las decisiones que debemos asumir.
Te formaron de un mosaico tan especial que no quedó paisaje sin entrar en la antología de bellezas con que te dotó la naturaleza. Un ropaje de hermosuras guarda tu más grande tesoro: tu historia. Mucha sangre regando cada empeño por doblegarnos, cada victoria de nuestra dignidad sobre los empellones. Éramos un ecosistema de naciones originarias andando por sabanas, navegando ríos, abriendo rutas en el mar, caminando montañas empinadas. Derrotaron a nuestras ancestralidades los imperios extraños que impusieron modos y creencias. Nos quitaron el nos. Se enseñorearon de lo común, y lo trocaron suyo, matando toda hermandad. Se amalgamaron nuevas estirpes siempre subyugadas por la rancia catadura de los dogmas opresores. Esclavizaron al otro, negaron al resto, con cruces y coronas quisieron eternizar el falso privilegio del poder divino.
Entre los riachuelos chispeantes, en los asolados cañaverales, en las estancias pastoriles, entre los talleres artesanales, con libros clandestinos, con sueños irredentos, con visiones progresivas, con ansias de redención, con rabia al señorío, con fastidio de cadenas, sin miedos a mitos caducos, sin reverencias absurdas, sin aprehensiones al albedrío, sin el peso de la sumisión en el alma: así nacimos para la libertad.
II
Patria amada:
Yo te llamo Patria como a todo lo que amo: con una bandera de sol te calmo el frío y te beso; con una bandera de mar te abrazo y te protejo en mi vientre; con una bandera de sangre me entrego sin restricciones.
Yo te llamo Patria y escondo tu nombre para que no te vean los peligros. Y expongo mi pecho y carnes ante el dolor que te apunta y te adoro con mi amor perseguido, en la irregularidad de las estrellas del océano, en la tempestad que ardiendo deja plumas, hojas y arena regadas por toda la intimidad de tu cuerpo hambriento. Como la soledad que duele dentro de la soledad. Te llamo Patria para dejar constancia sembrada de mi muerte cuando me alejo.
III
Quienes te engendraron del abismo infinito, del vacío y la nada, quienes desde el río anónimo y la infinitud del agua pródiga, del camino de arenas innombrables, del silencio inasible y la perturbadora desmemoria que nos carcomía las raíces…nos legaron una bandera para alzarla hacia los cielos, un himno que cantamos como coros huracanados, una primavera que perfuma los aires con cacaos irrepetibles y frutales multicolores.
Esta Patria de selvas es un manantial de lumbreras de la palabra. La poesía brota espontánea como el mene que fluye de tus entrañas sagradas. La canción va a los balcones por amor y al campo de batalla por amor también. Nuestros héroes fueron poetas con armas amantes de justicia. Su inspiración contagió de libertad a media humanidad. Llegó la pluma enamorada de Bolívar al vértice del infinito, delirando de gloria frente al macizo de los Incas, cuando la espada de Sucre emergió filosa desde el Caribe mar entonando galerones por el nacimiento de un mundo emancipado.    
El mundo que soñaron entre valses del Orinoco y que a paso de joropo fueron tejiendo pueblo a pueblo hasta el Potosí. Esa Venezuela fue liberando patrias tres siglos secuestradas, con tropas de alpargatas, que volvieron pobres a sus conucos a criar más sueños.   
IV
Patria Mía: desde que supe del duelo prematuro de tu aliento no he hecho otra cosa que cavar con mis dedos la honda historia de los gusanos, dar muerte con mis labios a la conquista, matar a fuerza de arrullos las torturas, destruir con mi entrega las murallas, las sórdidas paredes que limitan mi llegada a tu sonrisa.
V
Llueven por mi país cielos de historia. Mi país es un manantial de gestas que cantan los caídos. Todas las aves insurgentes hacen la luz de fuegos ancestrales. Un corazón azul es el sol entre las mieles. Derramándose generosa la tinaja del alba nos hidrata. Llegó un tiempo para los caminos que nacieron del paso de Bolívar. Por eso mi país es ahora más ancho que el océano.
Llueven por mi país chispazos de alegría. La humilde mujer que lavaba ropa ajena se ha operado de la vista en quirófano de lujo. Cuando le quitaron la venda de los ojos se alfabetizó y se hizo socialista. Esa lluvia no ha parado de cantar redenciones. Ni la espada de Bolívar se cansa de germinar. Llueven por mi país celos de historia. Mi país es un ojo de agua inmenso con alas que iluminan. Hay centauros y sirenas cantando en los caminos. Maíz jugoso de justicia que vive en la utopía. Y la hermandad brotando en flores de mi pecho.
VI
Te acechan los engendros del pasado que ya derrotamos cientos de veces. Viejos imperios piráticos pretenden arrancarnos la paz a dentelladas. Ambicionan nuestra fiesta de abrazos. Envidian nuestras alegrías. Saqueadores de siempre se ensañan contra nuestras esperanzas. La traición nos persigue sin piedad. No demos tregua al que se humilla ante el invasor. No descuidemos ni la sombra de los andantes. Ningún maleficio rozará tu piel acorazada de besos juveniles. Ninguna maledicencia silenciará la ópera de gaitas y sones que ensaya sin cesar el ejército que con cuatros y maracas vence las bestias.
VII
Patria
Es un sentir profundo que conmueve intuiciones y recuerdos, cimientos inmensurables de nuestro ser. Se vive íntimamente, en la médula y el alma, aunque refleja nuestra pertenencia a un colectivo sin el que no nos explicamos la existencia. El sentimiento puede parecer difuso, pero adquiere nitidez en simbologías que retratan nuestra vida en un segundo. La Patria es un acumulado de amor en un espacio-tiempo. Es la quintaescencia sentipensante del alma que se desborda de emoción en nuestra finita existencia, en la certidumbre de que en esa galaxia afectiva viviremos eternamente.
VIII
Buenas noches Patria adorada. Estaré en vigilia por tu salud y libertad. Al amanecer te daré de nuevo mi amor y mis buenos augurios por los siglos de grandeza que te esperan.
Yldefonso Finol
Maracaibo, 5 de julio de 2020
   

viernes, 3 de julio de 2020


Rafael María Baralt: una pasión existencial por el idioma, las ideas, y la historia
A 210 años de su Natalicio (03-07-2020)

Hablar de Baralt en la cotidianidad maracaibera es mantener vivo un mito que nos define como gente amante de las letras. En la versificación popular, cantada en gaitas y algún que otro género musical relegado, la palabra Baralt rima con frases hechas al estilo “lago de cristal”. Quizás algunas generaciones anteriores supieron más del rapsoda que cual deidad de las musas aludimos con el sonoro apellido: Baralt. En la ciudad natal, una escultura y una plaza siempre soñando rehacerse lo recuerdan. Pocas voces autorizadas disciernen sobre su obra. El teatro principal espera verlo asistir a la puesta en escena de su apoteósico retorno al debate de ideas, el placer de la poesía y la hechura de la historia. 
Como persona brillante, por su inteligencia y erudición, fue ocupado en tareas extraordinarias, por las que se le pagó mal, como suele suceder en nuestras inestables páginas públicas. También por sobresalir al montón, las envidias no ahorraron dardos contra su víctima notable.
Habiendo escrito la primera Historia de Venezuela (una vez constituida en república), y ayudado al Coronel Agustín Codazzi en la redacción y estilo de la Geografía, los personajes que colmaban la política nacional no le depararon felicitación, sino subrepticios reproches; no dejó de expresarse la impronta del antibolivarianismo que no le perdonó haber reivindicado al Libertador como indiscutible líder de la gesta independentista. Y hasta los hubo que se resintieron por no verse ensalzados en una Historia que no cede a chantajes, y se muestra franca de cara a la Patria como única protagonista a exaltar.
Sigue sus servicios patrióticos sustanciando el expediente sobre la delimitación con la Guayana inglesa, y una vez más los burócratas truncan los esfuerzos altruistas por conservar sus comodidades y privilegios en detrimento del interés nacional.
De ese tiempo comienza su estancia sevillana –y luego madrileña- que arrancará a Baralt de nuestras orillas para adentrarlo en la vida española de mitad del siglo XIX.


Siendo maracaibero de nacimiento (03-07-1810), la trashumancia familiar lo llevó muy pequeño a Santo Domingo, de donde era nativa su madre, para volver a Maracaibo cuando contaba 11 años. Vive los días de la independencia regional que desencadena las hostilidades que revientan en la Batalla de Carabobo, así como la incursión de Morales imponiendo el terror, hasta ser derrotado en julio de 1823 por las fuerzas de Manrique y Padilla. El torbellino de la guerra patria motiva al jovenzuelo a ingresar al oficio de las armas.
Pero el afán de conocimientos y el gusto por el estudio van encaminando las vocaciones al puerto de los saberes. Viaja con su tío Luís Baralt a Bogotá, donde cursa latinidad y filosofía, obteniendo título de bachiller. Regresa a Venezuela incorporado a las funciones de Estado que le son encomendadas como militar y como intelectual. Obtiene el grado de agrimensor en simultáneo con un espacio propio entre las tertulias culturales de Caracas, donde comienzan a admirar –y temer- la pluma del zuliano.
Más conocido por su poesía, que en el orgullo regionalista se limita a un par de versos, sin embargo Baralt teorizó con alto nivel sobre temas de hondo significado filosófico. La guerra, la legitimidad del poder, el progreso, el socialismo, la democracia, fueron tratados en sus escritos con nutrida polémica, como aportes a la filosofía política hispanoamericana.
El autor de la célebre frase “tierra del sol amada”, el hacedor de la primera Historia de Venezuela, el reivindicador de Bolívar, el mismo que en 1853 ocupó un sillón en la Real Academia de la Lengua Española, es el Rafael María Baralt que define al socialismo como “la protesta que hacen la libertad política y la igualdad social contra las instituciones y las leyes que ponen obstáculos al ejercicio de la una y al establecimiento de la otra”.
Muy interesante definición que nos remite a dos valores fundamentales de la sociedad democrática, cuales son, la libertad política y la igualdad social, valores muy característicos del pensamiento bolivariano.
Asumiendo la dialéctica como método de interpretación social, Baralt se pregunta “¿cuándo es que no ha protestado la sociedad contra sí misma? ¿Cuándo ha dejado de destruir sus propias creaciones?, para responder que “el progreso no es más que una serie de destrucciones” para dar paso, por encima de la ruinas de la vieja sociedad, a las nuevas utopías.
Ya en 1849, imbuido de los movimientos sociales franceses y los conflictos políticos internos de España, Baralt afirma que “Los hechos sociales son, pues, otras tantas tesis y antítesis que buscan la armonía de una síntesis; y ésta consiste, no en un término medio, en un eclecticismo arbitrario, impalpable, imposible; sino en un tercer principio, en una ley que, sin incluir los contrarios, los ponga de acuerdo absorbiéndolos, por decirlo así, a uno y a otro en una fórmula compleja y absoluta”.
Sorprendente formación dialéctica en la aventura ideológica del letrado maracaibero, quien llegó a predecir que el socialismo “conforme al estado peculiar y a la civilización de cada país, toma formas y caracteres diferentes, sin dejar por eso de ser homogéneo y consecuente”; idea luego expuesta a comienzos del siglo XX por el peruano José Carlos Mariategui, cuando dijo que el socialismo no era “calco ni copia, sino creación heroica”.
Pero su discurso antecesor del Socialismo del Siglo XXI, quedó confirmado al exponer premonitoriamente, que el socialismo “modificará muy en breve la naturaleza de la democracia, completando su sistema y abriendo a su expectativa nuevos horizontes”. Concepto éste que forma parte esencial del nuevo socialismo, definido por nosotros como la verdadera democracia.
Baralt contrapuso la idea del socialismo con lo que él llamaba la “economía política”, concepto que resumía las condiciones objetivas de la producción capitalista establecida. Su visión progresista se interesó en el socialismo como vehículo de libertades e igualdad, sin llegar a enfilarse en el marxismo que apenas salía del cascarón.
Digamos para conmemorar al Baralt nacido en Maracaibo, historiador y servidor público de su Venezuela, pero con una vida de trotamundos que entregó por pedazos a su otra patria Dominicana, y a la España que hizo suya con pasión, donde subió al cenit y estuvo a punto de caerse por las intrigas que lo acecharon; que la mejor forma de homenajearlo es conocerlo. Seguro lo amaríamos más que a la plaza y al teatro que llevan su nombre.

Yldefonso Finol
Historiador bolivariano/Cronista de Maracaibo


martes, 23 de junio de 2020


Manuela y Bolívar en el Inti Raymi de 1822: por una reinterpretación de la historia desde la perspectiva de género
Introito
La Coronela Manuela Sáenz fue una heroína de la Independencia que combatió en Ecuador (su país natal), Perú, Bolivia y Nueva Granada. Sirvió a Colombia, la original, con tal lealtad, que arriesgó su vida para tratar de sostenerla. Tanto en Quito como en Lima conspiró en la clandestinidad contra la dominación colonial. Cuando el 16 de junio de 1822, El Libertador entra en Quito, Manuela Sáenz es una entusiasta integrante del comité organizador del recibimiento. Ella es la mujer más destacada de la Guerra de Independencia en Suramérica. Su valentía personal la llevó a romper todos los dogmas de la rancia sociedad colonial. Abriéndose paso entre los muros y las sombras del más detestable machismo, ganó su libertad de conciencia y desempeño cuando a la mujer se le negaba hasta la existencia como ser humano con derecho a expresarse. La cultura patriarcal dominante (también en la historiografía) la ha pretendido reducir a simple amante de Bolívar, con ello la han querido mancillar. Nada más ruin y retrógrado. Amarse esas dos almas libres y poderosas no era sólo cuestión de afinidad ideológica, que lo fue altamente, o de sensual atracción cósmica, que lo fue entrañablemente; el amor de Bolívar y Manuela, estremecedor en la mitad del mundo, delirante en la cima del planeta, sanador en los estremecimientos, salvador en las tinieblas de los hombres, es nuestra historia fundadora como raíz de lo sublime y eterno, es la fuerza telúrica que nos mueve a abrazar como ninguna otra estirpe sobre la Tierra, a la humanidad total.   
I
Celebramos ese junio que Simón Bolívar conociera a Manuela Sáenz, la revolucionaria quiteña que con su talante y entrega, cambió la historia afectiva del Libertador, siendo el único gran amor que no perdió por los funestos azares de la muerte (tal desgracia le tocó ahora a Ella). Se vieron por primera vez aquel domingo 16 que El Libertador llegó a Quito, y se juntaron el sábado 22 al influjo del Inti Raymi, fiesta del Sol prohibida desde el siglo XVI por el Imperio Católico, pero que el pueblo siguió conmemorando clandestinamente, como este amor que inauguraba el renacer de la libertad en el solsticio. 
En su diario, Manuela cuenta la entrada de Bolívar por las angostas y empinadas calles quiteñas: “Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de Su Excelencia; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho. Me ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados de tal acto: pero se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía en la mano, y justo esto fue la envidia de todos, familiares y amigos, y para mí el delirio y la alegría de que Su Excelencia me distinguiera de entre todas, casi me desmayo”.
En aquella Quito apretadita en las alturas, que el Padre Sol besa con tanta cercanía, se respiró un inusitado aire de libertad e igualdad. El pueblo indígena y mestizo se mezcló en la muchedumbre alborozada para aclamar al hombre que puso en fuga tres siglos de genocidio y esclavitud. Esos a quienes ni dejaban entrar a las lujosas iglesias levantadas sobre sus hombros, se abrieron paso para ver y tocar al Libertador, ese venezolano que amablemente detuvo la solemne marcha para saludarles con sincero afecto.   
Esa noche en la gala homenaje, el anfitrión Juan Larrea presentó a Manuela con Bolívar, hubo química instantánea y pronto –a instancias del melómano caraqueño- bailaron valses, y hasta los aburridos minués que no gustaban a Manuelita sirvieron para el canje de miradas insinuantes. El cortejo se deslizaba al debate político, incluyendo alusiones a los clásicos griegos, aunque para la muchacha enamorada de la boca del pretendiente “no salían sino fragancias de una caja de música”.
Manuela, sensible como la nieve del Cotopaxi, profunda como las brasas del Tungurahua, viaja al espíritu a través de los hilillos de luz que la rozan desde los ojos del héroe: “Me di perfecta cuenta que en este señor hay una gran necesidad de cariño, es fuerte, pero débil en su interior de él, de su alma, donde anida un deseo incontenible de amor. Su Excelencia trata de demostrar su ánimo siempre vivo, pero en su mirada y su rostro se adivina una tragedia. Me comentó que se sentía en el cénit de su gloria; pero que, en verdad (y esto lo dijo muy en serio), necesitaba a alguien confidente que le diera seguridad”.
El 24 de julio de ese año de 1822, Bolívar cumplió 39 años renovado de ilusiones por haber completado exitosamente la liberación del departamento sur de su Colombia, que había proyectado en la Carta de Jamaica de 1815 y creado en 1819 en Angostura del Orinoco. Más renovado aún en sus alegrías por la presencia de Manuela.
Habían bajado a Guayaquil –Él antes, Ella unos días después- a seguir dibujando el mapa de la historia, entre bandadas de garzas, y el abrazo del Libertador del Sur, el argentino José de San Martín.
II
Distintas fechas se han dado sobre el natalicio de Manuelita. El investigador ecuatoriano Carlos Álvarez Saá (a quien se debe el rescate de sus diarios) lo ubica el 27 de diciembre de 1795 en un “ambiente altamente insurrecto”, otros autores hablan del año 1797. Las indagaciones biográficas tendrán que precisarlo.
Las mejores amigas de Manuela fueron sus propias empleadas, Nathan y Jonathás, con las que se divirtió y practicó equitación, esgrima y tiro al blanco. También conspiraron y espiaron juntas al servicio de la revolución. Siendo niña, vivió los acontecimientos del 2 de agosto de 1810 en Quito, cuando los patriotas presos desde el año anterior por haberse atrevido a ser pioneros de la independencia, fueron asesinados brutalmente por los realistas. Como era costumbre del cristiano Imperio Colonial, cortaron las cabezas de las víctimas para colgarlas en los sitios más vistosos de la ciudad.
Su padre, funcionario real y hombre de negocios, decide casarla con un comerciante inglés, la ceremonia ocurre en Lima el 27 de julio de 1817. Manuela no se deja reducir al rango de “esposa”, y participa activamente en el movimiento independentista. Entre otras gestiones, articula con su hermano José María para cambiar el batallón realista Numancia a las filas patriotas. El Protector del Perú, San Martín, la condecoró con la Orden Caballeresa del Sol por sus aportes.
Este dato es muy importante para desmontar la tesis de que Manuela entra al movimiento revolucionario a partir de su amor con Bolívar, lo que no es cierto.
A fines de 1821 viaja a Quito para tramitar asuntos de la herencia que ha dejado su abuelo. Inmediatamente se contacta con sus camaradas quiteños y asume tareas preparatorias de las acciones que lidera Antonio José de Sucre por órdenes del Libertador Simón Bolívar. El 19 de mayo de 1822 se inician las hostilidades. Manuela quiere combatir, pero los oficiales al mando no se lo permiten “por no tener permiso de su esposo ni de su padre”. Nótese la impronta del feudalismo patriarcal al cual tiene que enfrenarse la mujer en ese tiempo.
No se arredra. Sabe que su lugar debe conquistarlo luchando. De su propio peculio adquiere víveres y otros bienes que entrega en los campamentos. En la Batalla de Pichincha evacúa y ayuda a los heridos, aliviándolos con la medicina natural que conoce de los originarios quichuas. Todo lo que daba le parecía poco comparado con el trofeo de la libertad que aspiraban coronar. Manuela comienza a ser conocida por la dirección militar de la revolución, entablando buena amistad con Sucre.
Bolívar llega a Guayaquil el 13 de julio de 1822; Manuela lo sigue hasta la hacienda El Garzal, donde se instala el día 19 para pasar juntos el cumpleaños del Libertador. La entrevista con San Martín se dio los días 25, 26 y 27 de julio, quedando planteada la integración de Guayaquil a Colombia (la original).
Ese año 1822 nuestro Libertador vive un momento estelar. Inspirado en la felicidad que ha encontrado con su compañera quiteña, y tal vez contagiado del diálogo poético que mantiene con los bardos guayaquileños, escribe en octubre el Delirio sobre el Chimborazo.
III
En septiembre de 1823, Bolívar se encuentra en Lima, donde recibe la noticia de un levantamiento ocurrido en Quito, pero que fue sofocado gracias al arrojo y contundencia con que actuó Manuela. Inmediatamente le escribe felicitándola y solicitándole que venga a Lima “para hacerse cargo de la secretaría de la campaña libertadora y de su archivo personal”, quedando incorporada efectivamente al Estado Mayor General a partir de octubre cuando llegó uniformada de húsar a asumir sus nuevas funciones.
A partir de entonces Ella se adentra mucho más en las cuestiones militares y políticas; tiene acceso a reuniones y a la correspondencia que mantiene Bolívar con el gobierno en Bogotá, en la cual Manuela constata la falta de apoyo a la causa del Perú por parte del vicepresidente Santander.
Durante la convalecencia de Bolívar en Patilvica, la teniente de húsares Manuela Sáenz acude con el grupo de oficiales que van a acompañarle. El 9 de junio le escribe desde Huaraz invitándola a marchar sobre Junín. Manuela va con el Ejército Patriota, y el 6 de agosto de 1824 triunfan juntos los dos corazones enamorados que son el pueblo todo de Nuestra América. Por los méritos acumulados es ascendida a capitán de húsares, con mando en las “áreas estratégica, económica y sanitaria de su regimiento”.
Mientras la heroicidad colmaba glorias para la libertad continental, en Bogotá el ocioso intrigante despojó a través del Congreso las facultades extraordinarias de que se hallaba investido El Libertador, que eran el soporte jurídico de sus actuaciones, y sin las mismas quedaba atado de manos. Manuela sospechaba de esas jugadas ruines por la lectura entrelineas de las comunicaciones del apoltronado vicepresidente.
Permítaseme un paréntesis para sacarme algo del alma: ¿por qué la oligarquía (y cierta elite intelectual) peruana se empeñó tanto en calumniar al Libertador Simón Bolívar, que entregó sus mejores energías por la independencia del Perú, y nunca le dedicaron una mala palabra al que, negando los recursos y manipulando ridículos burocratismos, saboteaba los esfuerzos de todo un ejército formado por millares de patriotas? Algún día se debe alzar la voz de la dignidad peruana reivindicando a sus verdaderos bienhechores.
El 9 de noviembre de 1824, Bolívar escribe a Antonio José de Sucre, desde Chancay preocupado por la situación de Manuela dentro del ejército: “ruego como superior de usted, de cuidar absolutamente a Manuelita de cualquier peligro. Sin que esto desmedre en las actividades militares que surjan en el trayecto o desoriente los cuidados de la guerra”. Un mes más tarde, el 9 de diciembre de 1824, la Batalla de Ayacucho culmina con gloriosa victoria bolivariana que inmortaliza al Gran Mariscal Antonio José de Sucre como General de prestigio mundial. Éste, en su parte de guerra al Libertador, ofrece detalles de la contienda, donde destaca muy especialmente la actuación de Manuela: “incorporándose desde el primer momento a la división de Húsares y luego a la de Vencedores: organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos... Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el grado de Coronel del Ejército Colombiano”.
Al recibir el informe, emocionado, Bolívar escribe a Manuela aparentando un liviano reproche por contrariar su orden: “de que te conservaras al margen del cualquier encuentro peligroso con el enemigo”. Pero las loas asoman los verdaderos sentimientos que el orgullo amoroso anida para la valiente compañera: “a más de tu desoída conducta, halaga y ennoblece la gloria del Ejército Colombiano, para el bien de la patria y como ejemplo soberbio de la belleza imponiéndose majestuosa sobre los Andes. Mi estrategia me dio la consabida razón de que tu serías útil allí; mientras que yo recojo orgulloso para mi corazón, el estandarte de tu arrojo para nombrarte como se me pide, Coronel del Ejército Colombiano”.
El parásito monroísta que ya por entonces echaba raíces en Bogotá, se atrevió a cuestionar la autoridad de Bolívar, en una carta que fue preámbulo de la escalada traicionera que tiró al hueco del chiquero a su autor. Santander pretendía que El Libertador degradara a Manuela, partiendo del prejuicio de que su ascenso era un favor personal, y que constituía “un oprobio para el glorioso Ejército Colombiano”. (Ejército al que este falso leguleyo no servía desde 1819, cuando en mala hora Bolívar lo dejó encargado de vicepresidente)
Simón Bolívar le contesta en comunicación del 17 de febrero de 1825: “¿qué quiere usted que yo haga? Sucre me lo pide por oficio, el batallón de Húsares la proclama; la oficialidad se reunió para proponerla, y yo, empalagado por el triunfo y su audacia le doy ascenso, sólo con el propósito de hacer justicia. Yo le pregunto a usted ¿se cree usted más justo que yo? Venga entonces y salgamos juntos al campo de batalla y démosles a los inconformes una bofetada con el guante del triunfo de la causa del Sur. Sepa usted que esta señora no se ha metido nunca en leyes ni en actos que no sean su fervor por la completa Libertad de los pueblos, de la opresión y la canalla. ¿Que la degrade? ¿Me cree usted tonto? Un ejército se hace con héroes (en este caso con heroínas) y éstos son el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contienda, llevando el estandarte de su valor”.
La pareja de cóndores vuelan al cenit con sus alas abiertas bañadas por la caricia de luces universales; mientras, una sabandija se revuelca en los pantanos sin lograr siquiera alzar la mirada.
IV
El machismo historiográfico
En el caso de un genio universal como Simón Bolívar, líder político-militar que demolió al Imperio más grande de su tiempo, arrancándole de las garras un continente con sus mares y costas, sus tesoros (ya esquilmados) y sus gentes desconcertadas por el advenimiento de la libertad, surgen toda clase de autores ávidos de biografiarlo, por pasión filosófica o aventurerismo editorial. En toda la abundante obra dedicada a la vida y gesta del Libertador y a su tiempo histórico, el trato dado a Manuela Sáenz es absolutamente machista. Invisibilizada por los cronistas de la época, calumniada por la oligarquía que frustró el proyecto emancipador, demonizada por los santanderistas, Manuela tuvo que padecer en los libros el látigo de la inquisición que la persiguió aún en el limbo de la muerte, por el más terrible de los “pecados” que se le imputaban: ser irreductiblemente bolivariana.
Revisemos el caso del historiador Gerhard Masur, que huyó de Alemania en 1935 y en 1938 se mudó a Colombia, contando con el apoyo económico de la Fundación Rockefeller para escribir una biografía sobre Simón Bolívar, a partir de las fuentes neogranadinas que le ayudaron a tejer su versión de aquellos hechos históricos lejanos, extraños a su espectro emocional, pero cercanos a sus alforjas.  
“Ella parece haber hecho algunos esfuerzos para ocultar su origen”, sentencia el judío alemán, dando su particular exégesis de esta afirmación de Manuela: “Mi país es América”. Lo que debía ser considerado como una posición ideológica en la contienda colonia-independencia, el biógrafo lo considera un “complejo de inferioridad”.
“Era en realidad hija del sol tropical, de crecimiento desenfrenado y apetitos insaciables”, especula Masur en un alarde de psicoanalista. Y no resiste la tentación de estigmatizarla: “Es cierto que su origen está oscurecido por la nube de la ilegitimidad”.
Como dice un clásico del ska venezolano, “el racismo es una enfermedad del espíritu, el cuerpo, el alma y la mente”, y Masur vino contagiado de ese virus del que quiso huir. Estas son sus palabras: “Le pusieron de compañeras a dos negras, que se apegaron a ella. Estas amigas íntimas de sus primeros días tenían buen humor, eran extravagantes y conocían todos los chismes de la ciudad. Como la mayoría de las niñas de su raza, se desarrollaron pronto, y como consecuencia del ambiente se hicieron sensuales y disolutas. Manuela absorbió inconscientemente estas licencias en su vida diaria”.
Para este caballero germánico tan bien acogido por la elite bogotana, Manuelita Sáenz, por juntarse con “negras” y ser “hija natural”, “desarrolló el deseo de distinguirse”, lo cual alcanzó “pues la naturaleza la había dotado” para ser “muy atrayente, y lo sabía muy bien…con el instinto de una cortesana innata”.
¿Cómo podemos calificar la cientificidad de este individuo, que además está convencido que “en el mundo católico existe un excelente medio para disciplinar a las jóvenes coquetas”?
Masur se deleita descalificando a la heroína bolivariana con epítetos despectivos: “niña impulsiva y erótica”, “voluble amante”, “apasionada e insaciable”, “diablilla latina”. Coincide con Santander –no faltaba más- en esa “sospecha” de que Manuela “utilizó toda su astucia para lograr su ambición”. Este hijo de mala entraña la llega a tildar de “hetaira”.
Pero hay más. El tintero machista está que se desborda, como el deseo del alemán por transcribir los chismes que le contaron los santanderistas de Bogotá: “Las lenguas malignas hablaron ásperamente de su temperamento sexual; se le acusaba de ninfomanía y de muchas otras cosas aún más diabólicas. Nadie sabe qué hay de verdad en todo esto, pero dos cosas son seguras; era estéril e insaciable”.
¿Es este protervo historiador un palangrista pagado por los Rockefeller para descargar tanta morbosidad en su asedio moral contra una mujer consagrada a las más justas causas de su tiempo, que adicionalmente fue pionera de la emancipación femenina que hoy es contenido paradigmático obligatorio del pensamiento progresista?
Sabemos por experiencia histórica que el santanderismo, como sub-doctrina monroísta, prevaleció entre las cúpulas que se hicieron del poder en la Nueva Granada tras la muerte del Libertador. Entendemos que con ellas se documentó Masur, el inmigrante judío alemán que no ahorró denuestos para enlodar la memoria de Manuela Sáenz, mostrándose muy ajeno a los ejemplos de Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, asesinada la primera y expatriada la segunda, por los mismos perseguidores del señor Masur.    
Lamentablemente, el enfoque positivista extremadamente patriarcal –y racista- dominó la producción historiográfica, y en ese discurso incurrieron muchos autores, como el maestro Indalecio Liévano Aguirre, quien se dejó empujar hacia esos desfiladeros: “En los años de su infancia… sólo encuentra Manuela como compañía que merezca el nombre de tal la de dos negritas esclavas… cuya proximidad y conversaciones habrán, en el despertar de su vida instintiva, de constituir peligroso y enervante estímulo para las curiosidades iniciales de su alma. En la joven Manuela, las pasiones no llegan al conocimiento de su objetivo tranquila y gradualmente, sino que cierta brusquedad acompañada de extraño deleite. El encanto ácido de placeres desconocidos, presentidos a través de las conversaciones y los ejemplos de sus dos compañeras de juego, pone en marcha en esta naturaleza una inquietante sed de embriagueces sensibles, que habrá de conducirla tempranamente al amor con atormentada alegría”.
Y repite con Masur los brollos que la hipocresía aristocrática concibió para destilar su envidia por la grandeza de Manuelita: “precoz coquetería, ambiciones sociales, anhelos que la llevaban desde su infancia a desear el brillo, el triunfo social, todo se fundió en el fuego impaciente de esta pasión, donde se comprometía emocionada y completamente su ardiente juventud”.
¡Qué pena con este señor! Tan deplorable lenguaje hacia una heroína de la Independencia, no puede tener otra explicación que la prevalencia del más repulsivo machismo.
V
Epílogo
Urge la formulación de una teoría de la historia que supere el machismo patriarcal en el discurso historiográfico. Una metodología que nos permita releer y reinterpretar la historia desde una perspectiva de género. Resulta insolente el tratamiento de nuestras mártires y heroínas como simples acompañantes de “grandes hombres”. En el caso específico de Manuela Sáenz, es una cuestión de honor patriótico reconstruir la narrativa de su verdadera épica como militante activa de la revolución independentista, que participó con innegable protagonismo en momentos claves de la liberación de Ecuador, Perú, Bolivia y Colombia.
Simbólicamente, Manuela representa la lealtad bolivariana y el combate a la traición, valores de mucha trascendencia y vigencia en las luchas que libramos en la actualidad. Para el movimiento feminista, en el que nos inscribimos como izquierda ideológica antiimperialista y anticapitalista, Manuela debería ser emblema de la valentía de la mujer que se enfrentó a tres siglos de oscurantismo colonial y a todos sus dogmas castrantes.
Con veneración suena el nombre de Manuelita en la sublime canción del trovador venezolano Jesús “Gordo” Páez, con versos de Bolívar a “su genio encantador”.   Honores a Manuela Sáenz, a 198 años de aquel Inti Raymi de un amor inmortal.
Yldefonso Finol
Historiador bolivariano
Cronista de Maracaibo

sábado, 20 de junio de 2020


Simón y Manuela: huayno taciturno por un Amor del Inti Raimi

Amores del Inti Raimi que a la par del cosmos
Dos soledades cruzaron como dedos al conjuro
Ella, ansiosa de encontrarse en la historia
Él, con tres heridas y media en la coraza de fuego.

Saboreaba el cielo cristales de luz en las nieves
Callaban los volcanes para saciar al vals naciente
Él la besó pausado con su menú de naufragios
Ella -sabia como era- calmó al sediento con sudores.

El Guaraira era una montaña lamiendo al mar
Verde, florecida, mojada, amable, abrazante
El Pichincha como senos encrespados al sol
Delta de rocas que ascienden al elevado sueño.

Él, guerrero trashumante que nunca reposó
Ella, aurora concebida por obra de su arrojo
Las rancias ataduras no mellaron el deseo filoso
El agravio de las lejanías no estropeó la fusión astral.

El amor andino cabalgó entre las sábanas del tiempo
Fueron ocho años en tórrida vocación de eternidad
Como faquires nadaron sobre puñales envenenados
Y llegaron ilesos al refugio que la gloria acolchó para los dos.

Yldefonso Finol
A 198 años del Amor de Manuelia y Bolívar

martes, 16 de junio de 2020

Recordando la entrada de Bolívar a Quito y su encuentro con Manuela Sáenz

Luna de Quito
I
En un éxtasis profundo
Yo tuve un sueño bonito
En plena mitad del mundo
Mirando al cielo infinito
Me dio su brillo rotundo
La Luna llena de Quito.
II
Era tal su resplandor
Que en plata el azul bañaba
Con pinceladas de amor
El cosmos engalanaba
Celebraba el Ecuador
La libertad que gritaba.
III
Testigo es el firmamento
De tu pesencia ancestral
La belleza de tu asiento
Raptó el yugo colonial
Quito inspira el sentimiento
Del aquél que es un hijo leal.
IV
Tu Luna baña en ternura
Los cerros con blanco tul
Verde montaña y altura
En cúpula del azul
Es tesoro tu cultura
Y mi corazón baúl.
V
Besarte es un privilegio
Como Simón y Manuela
Lograron el sortilegio
Plasmar en Luna una esquela
Que hoy cantan en un arpegio
Ecuador y Venezuela.

Yldefonso Finol